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Sexuación y teoría queer

Permalink 30.03.07 @ 19:08:45. Archivado en Psicoanálisis, Teoría, Política, Colaboraciones, Salud Mental, Sexualidad, Investigación

El gráfico pertenece a René Lew cuando dictó su seminario sobre Psicosis y Autismo en la ciudad de Quito y corresponde a lo que denominó estructura psíquica

BAUZÁ, Juan : Sexuación y teoría queer. Identidad y exclusión sexual


1) Teoría queer y psicoanálisis. El problema de la sexuación

El psicoanálisis y la teoría queer constituyen para la sexualidad dos discursos, dos posiciones, dos prácticas sui generis en relación con el saber y la acción sociopolítica que se deriva de éste. Al debatir sobre el tema de la(s) diferencia(s) sexual(es) en la actualidad, no podemos dejar de considerar estos dos campos que comportan un abordaje de la identidad y de la exclusión sexual, de la sexualidad normativa heterocentrada, más o menos aceptada, y de la sexualidad marginal, rara, excéntrica, políticamente incorrecta, susceptible de rechazo, tanto a nivel individual como a nivel social, esa sexualidad que llamaré aquí queer, forzando un poco la acepción corriente del término, por contraposición a la sexualidad “normal”.

La “identidad” sexuada se produce, según Lacan, mediante un proceso que llama sexuación. La identidad de un sujeto, más o menos estable o abierta, resultante de este proceso estructurante en función de las condiciones y de la historia del sujeto de la misma, producirá las diversas manifestaciones fenomenológicas que conforman su vida y también su ex-sistencia sexual, en el sentido amplio que este término adquiere en psicoanálisis y que incluye la vida sensual, erótica y sentimental del sujeto (placer-dolor, fantasías, afectos, deseos, relaciones objetales, etc.).

Es una alteración de la economía sexual o libidinal de un sujeto, en este sentido, lo que generalmente constituye su demanda de análisis, cualquiera de vosotros puede referirse a las demandas que llevan a ver a un psicoanalista: algo no anda o no acaba de funcionar en la vida sexual, siempre en el sentido indicado, del sujeto, algo que el sujeto espera no llega o algo se rompió al respecto sin que pueda repararse de nuevo. Resulta que todo eso es un real que el sujeto no acaba de integrar.

Lacan, que siempre opondrá las manifestaciones fenomenológicas o imaginarias de lo sexual a la estructura simbólica que las gobierna o a la que responden, hablará de una lógica de la sexuación, que tratará de formalizar con sus fórmulas del mismo nombre que, como he señalado en diversas ocasiones, más allá de las críticas que pueden hacerse a las mismas, no me parecen en general adecuadamente interpretadas, y requerirían una escritura lógica más adecuada y precisa.

La llamada teoría queer aparece a finales de los años 80 vinculada a un movimiento social contestatario, que se rebela contra la idea de una “identidad gay” y, generalizando, contra la idea de clase genérica referida a la identidad sexual: los gays, las lesbianas, los transexuales, los transgénero F2M o M2F, los travestidos, drag queens o drag kings, los S/M, los homosexuales, los heterosexuales, etc.

Las teóricas queer, y utilizo el femenino porque la mayoría de sus representantes son mujeres, sintéticamente cuestionan que el sexo de un sujeto pueda reducirse a una clase universal en función de algunos rasgos identitarios cerrados, con la clasificación consiguiente. Para ellas esta reducción comporta una simplificación y una trivialización imaginaria de la cosa sexual real, más singular y compleja, que reduce y excluye al sujeto sexuado real.

Este planteamiento parecería aproximar el movimiento queer al movimiento psicoanalítico, o como mínimo a la corriente lacaniana del mismo, pero esta aproximación no parece tal, sobre todo si consideramos que la teoría queer desde sus inicios, ha realizado una crítica compleja de la teoría psicoanalítica, muchas veces, es cierto, de manera mal informada y sacada de contexto, pero otras no tanto.

En todo caso, pienso que esa crítica responde a una intuición que me parece importante escuchar y analizar, pues cuestiona, desde diversas posiciones, el heterocentrismo normativo que ciertamente ha dominado y sigue dominando en buena parte las diversas corrientes psicoanalíticas, y con él la queerfobia solapada asociada al mismo.

En todo caso el movimiento queer incide en lo que podemos considerar como un síntoma del psicoanálisis o de sus representantes, y plantea serios problemas epistemológicos al mismo, a los que pienso no hay que hacer oídos sordos y hay que responder. Es lo que intentaré aquí en una primera aproximación que está en la línea de mis anteriores exposiciones en Roma y en Berlín.

Los nuevos grupos de liberación sexual que se organizan a comienzos de los años 70 van a cuestionar la imagen asociada al discurso heterocentrado dominante respecto a los no-heterosexuales, insistiendo más en la diferencia entre ellos que en la igualdad, es decir en oposición, por ejemplo, a una identidad gay.

En este marco social de contestación va a producirse la aparición de nuevos discursos y prácticas a finales de los años 80, que vendrán a denominarse movimiento queer y que al reflexionar sobre sí mismos van a producir la teoría queer, término introducido en 1991 por la teórica queer Teresa De Lauretis[1].

“Queer” subraya frente a la identidad sexual universalizante agrupada en clases, la idea de raro, diferente, excéntrico, que practica una sexualidad políticamente incorrecta respecto de los valores normativos establecidos. Se reivindica la orientación sexual real, por así decirlo, más compleja que la que trata de adaptarse o conformarse al rol establecido “normal” vinculado a la “diferencia sexual”.

Ese rol es interpretado como el producto de la identificación imaginaria a un modelo o a una clase de identificación que opera como ideal del Yo, en tanto en cuanto promete engañosamente la recuperación del paraíso imaginado perdido de la infancia, la promesa fálica. Con lo queer se reivindica la orientación singular y compleja del sujeto sexuado real, una sexualidad que se niega a ser reducida a lo homo o a lo hetero, a masculino o femenino, a los roles estereotipados de hombre o de mujer, que comporta un orden excluyente y normativo que bajo el disfraz de una sanción médica o psicológica, calificada incluso como científica, encubre de hecho una ideología en busca de argumentos de autoridad impostores.

Con el psicoanálisis precisamente se había comenzado a poder simbolizarse, integrarse y elaborarse esa complicación de lo sexual denunciada por el movimiento queer. Freud es el primero en constatar, incluso para su sorpresa, que la sexualidad humana no puede justificarse en la reproducción que, es más bien su consecuencia contingente e incluso indeseable. Y, que la vida sexual es más bien un lugar problemático, un lugar de desencuentro de uno consigo mismo y con los otros, como lo constatamos casi en todos los casos que llenan nuestras consultas como psicoanalistas, lo que, por otra parte no deja de ser sorprendente, y que se relaciona fácilmente con ese “No hay correspondencia o relación sexual” de que habla Lacan como drama humano, tragedia y comedia a la vez.

2) Teoría queer y psicoanálisis: Confluencias. Obstáculos para una escucha analítica y queer de la cosa sexual: el biologismo médico y el psicologismo diferencial identitario

Una vez acogido y tratado analíticamente el motivo de la demanda analítica de acuerdo con las condiciones de un análisis auténtico, del desarrollo de la experiencia psicoanalítica, ¿qué podemos decir, como psicoanalistas, de la vida sexual humana real?

En primer lugar, constatar efectivamente que la experiencia analizante indica que la demanda de análisis, que se manifiesta a través de los síntomas o del discurso sintomático del yo, en la mayoría de los casos, se refiere finalmente a un problema de economía sexual.

Freud, construyó su teoría del complejo de Edipo como una explicación del problema asociado al sexo, lo que comporta una respuesta y de algún modo una solución del problema económico sexual. Todavía hace falta saber: ¿Cuál es el problema con el que nos enfrentamos más allá de su presentación fenoménica sintomal y cuál la solución posible al mismo?

Una experiencia analítica auténtica sólo es posible si la posición del analista o de la persona del analista, logra vencer las ideologías a las que me referiré a continuación, y que a modo de saber referencial, operan a modo de resistencia ignorada por parte de la persona del analista, que le impide aguzar su escucha y usurpa el lugar legítimo del sujeto supuesto saber en cuestión, puesto en juego en la transferencia.

Este saber no es el saber referencial común de un profesional médico-psicoanalista o psicólogo-psicoanalista, que interpretará los “síntomas” como signos, referidos al sistema de saber de su Manual, reduciendo así lo que en verdad son significantes que representan un sujeto en relación con otros significantes, a dilucidar en el análisis, convirtiendo al sujeto de la demanda en un objeto de goce del profesional que impide el advenimiento del sujeto del deseo.

El saber de que se trata en un análisis es el del sujeto de la enunciación analizante, inconsciente que es el que debe sacarse a la luz. Es de ese saber que se pueden obtener o sancionar legítimamente las diversas teorías psicoanalíticas de la sexualidad y de la verdad de lo deseable[2] sexual, y, en este sentido es más bien el analista el que está en el lugar del objeto, a causa del deseo, lo llamamos, del analizante, aún sin confundirse con él, para que pueda producirse la operación analítica, su acto propio.

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