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El Gran Farma

Permalink 04.11.06 @ 23:13:48. Archivado en Economia, Política, Otros Autores, Prensa, Salud

Ayer salió publicado en Industriafarmaceutica.blogpots.com que es una página dedicada a luchar contra los excesos dentro del campo de las multinacionales farmacéuticas, el siguiente artículo de John Le Carré.
Luis Ricardo Borriquero, quien nos lo presenta, nos comenta que fue publicado en el periódico "El País" en el año 2001 y coincido con él en otorgarle rigurosa actualidad.
Ya antes he dado mi opinión sobre este tema en otros pots de este mismo blog y solo comentarles que el famoso escritor ya hace muchos años que viene investigando y luchando contra esta situación.

03 noviembre 2006
El Gran Farma.

John Le Carré, espía al servicio de su Majestad británica durante su juventud y autor de éxito de novelas de espionaje en su madurez, analiza en este artículo el asombroso poder de la industria farmacéutica y lo señala como uno de los ejemplos más elocuentes de lo que él considera el gobierno de las grandes corporaciones económicas. Arguye que su enorme capacidad de hacer el bien se ha visto apagada por su lado más oscuro: la corrupción, la avaricia y la hipocresía que la rodean. La prepotencia de estas gigantescas transnacionales forma parte de la trama de la última novela de Le Carré que Plaza y Janés pondrá a la venta en España en la primera quincena de marzo.

Artículo

Los tiempos han cambiado desde la guerra fría, pero ni la mitad de lo que nos gustaría creer. La guerra fría ofrecía la excusa perfecta a los Gobiernos occidentales para saquear y explotar el Tercer Mundo en nombre de la libertad; para amañar sus elecciones, sobornar a sus políticos, nombrar a sus tiranos y, utilizando los más complejos instrumentos de persuasión e injerencia, detener la aparición de las jóvenes democracias en nombre de la democracia.

Y mientras actuaban así -ya fuera en el sureste asiático, Centroamérica y Suramérica o África- fue tomando cuerpo una idea ridícula con la que seguimos cargando hoy. Es una noción muy querida tanto para conservadores como, en mi país, el Reino Unido, para el nuevo laborismo. Una idea que convierte en hermanos siameses a Tony Blair, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Bill Clinton y George W. Bush. Se trata de la convicción de que, hagan lo que hagan las grandes empresas comerciales a corto plazo, en última instancia se mueven por razones éticas y, por consiguiente, su influencia es beneficiosa para el mundo. Y cualquiera que piense lo contrario es un hereje neocomunista.

En nombre de esta teoría contemplamos, aparentemente sin poder hacer nada, cómo desaparecen cada año millones de kilómetros cuadrados de selvas tropicales, las comunidades agrícolas nativas se ven sistemáticamente despojadas de sus formas de vida, desplazadas y sin hogar, se ahorca a los que protestan y se dispara contra ellos, se invaden y profanan los rincones más encantadores del mundo y los paraísos tropicales se convierten en páramos en descomposición, cuyo centro lo ocupan megalópolis desmesuradas e infestadas de enfermedades.

Cuando empezaba a buscar una historia que ilustrase este argumento para mi última novela, me pareció que el ejemplo más elocuente de todos estos crímenes del capitalismo salvaje me lo ofrecía la industria farmacéutica. Podría haber abordado el escándalo del tabaco con aditivos, elaborado por los fabricantes occidentales para producir adicción y, de paso, cáncer en comunidades del Tercer Mundo ya asoladas por el sida, la tuberculosis, la malaria y la pobreza en una medida que pocos de nosotros podemos imaginar.

Podría haberme ocupado de las compañías petroleras y la impunidad con la que Shell, por ejemplo, desencadenó una inmensa catástrofe humana en Nigeria al desplazar a tribus, contaminar su tierra y provocar un levantamiento que desembocó en juicios irregulares y la vergonzosa tortura y ejecución de hombres muy valientes a manos de un régimen totalitario perverso y corrupto.

Sin embargo, el mundo de las multinacionales farmacéuticas me atrapó al entrar en él, y ya no pude dejarlo. El Gran Farma, como se lo conoce, tenía de todo: las esperanzas y los sueños que depositamos en él; su enorme potencial -en parte llevado a la práctica- de hacer el bien, y su lado más oscuro, alimentado por inmensas cantidades de dinero, una hipocresía rampante, corrupción y avaricia.

Cuando llevaba sólo un par de días investigando el Gran Farma oí hablar del frenético reclutamiento de voluntarios del Tercer Mundo como conejillos de Indias baratos. Su papel, aunque quizá nunca lo sepan, es el de experimentar fármacos cuyas pruebas no se han aprobado todavía en Estados Unidos, y que ellos no podrán jamás comprar, incluso aunque las pruebas den -que está por verse- resultados razonablemente seguros. Después, esas personas desaparecen. Los voluntarios, por cierto, resultan caros. En Estados Unidos cuesta una media de 10.000 dólares por paciente realizar una prueba clínica; en Rusia cuesta 3.000 dólares, y en las regiones más pobres del mundo, todavía menos.

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