El café filosófico
25.05.06 @ 23:18:40. Archivado en Filosofía, Sexualidad, Otros Autores
En Buenos Aires, durante el siglo pasado, florecieron
estos cafés donde se discutía de lo humano y de lo divino y en donde se encontraban muchos pensadores, escritores y filósofos.
A aquellas reuniones asistían una variedad muy amplia de personas que exponían sus ideas o sus poemas y que luegon debatían, siempre alrededor de una mesa de café.
Marechal, Borges y otros grandes, solían frecuentarlos, y personalidades como Raúl Sciarreta, Óscar Massotta, León Rozichner,o Germán Leopoldo García fueron muy aficionados a ellos.
El equivalente en España es la famosa "tertulia", que todavía se realiza en algunos lugares como el Ateneo de Madrid.
Hoy los cafés van dejando paso en Argentina a reuniones que se realizan en Centros Culturales, locales de ONGs, o en casas particulares.
Pero conservan las mismas motivaciones y el infaltable café a mitad de la sesión, ahora ampliando la oferta al té y alguna cosa dulce para amenizar.
En la calle 11 de septiembre,aunque a punto de trasladarse a otro lugar, se reúne un café filosófico todos los días viernes, y allí se debate sobre el amor, la culpa, la envidia, el deseo, la ira y cualquier otro tema acordado previamente.
Dirige la reunión, unas 50 personas, Roxana Kreimer, licenciada en Filosofía y Doctora en Ciencias Sociales, que tiene publicado varios libros.
Ella introduce el tema, y luego se lanza un debate en el que el público es libre de participar.
La entrada cuesta 15 pesos, que apenas alcanza para amortizar los gastos.
De un libro de Roxana reproduzco un fragmento que me parece interesante como para abrir un debate sobre el tema del amor.
Los psicoanalistas hemos estudiado bastante el tema, pero siempre estamos abiertos a nuevos puntos de vistas que puedan ampliar, enriquecer, nuestros conocimientos.
Se trata de analizar las concepciones occidentales sobre el amor.
(Fragmento de Artes del buen vivir,
Roxana Kreimer, Ediciones Anarres)
Los antiguos griegos representaron al dios Eros como un niño ciego, sordo, caprichoso y carente de piedad hasta con su propia madre. Caprichoso porque ama tan pronto como deja de amar. Ciego porque cuanto más viva es una pasión, más lejos nos encontramos del pensamiento reflexivo. Hesíodo juzgó a Eros como el más bello entre los dioses inmortales porque relaja los miembros y somete en el pecho al corazón. Las flechas de Eros fulminan con la instantaneidad de un relámpago: el inglés y el francés dan cuenta de este efecto con las metáforas to fall in love y tomber amoureux ("caer enamorado"). Esta dulce caída es provocada por un agente externo, y por ello en la mitología griega el amor aparece como una pasión, es decir como una alteración de ánimo tan irracional como la ira, la envidia, la alegría, la tristeza o el odio.
Aristóteles ya discute en su Etica a Nicómaco la creencia de que las pasiones vienen de afuera y son impuestas por un dios. Sin embargo, la idea del afecto como instancia externa continuó signando un concepto de pasión que en su especie amorosa era capaz de provocar el más temible de los naufragios. Los griegos opusieron la categoría de pasión a la de acción, entendiendo por pasión una alteración del alma que se siente pasivamente (de este concepto derivan paciente o patología). Como el enfermo, el enamorado-apasionado sería víctima de una acción externa a sí mismo compuesta por fuerzas extrañas sobre las cuales no puede ejercer ningún control. De esto se deduciría que el enamorado no es libre, y que por tanto tampoco es responsable por sus acciones, lo que ubicaría al amor en la vereda opuesta de los valores éticos. El sofista Gorgias justifica que Helena haya traicionado a su pueblo abandonando a su marido, al argumentar que en realidad ella fue víctima de la acción externa de Eros y de la extraordinaria elocuencia de Paris para enamorarla. Hoy día los efectos de haber escindido amor y ética se ven, por ejemplo, cuando un hombre inicia una relación amorosa con la hija de su mujer justificándose con un escuálido argumento: "Se dio". Ni Helena ni este hombre parecen responsables por sus acciones. Sin embargo, aunque en principio no podamos decidir sobre un sentimiento, podemos decidir y por tanto ser responsables por las acciones a seguir en relación a ese sentimiento. Es la distinción que hace Aristóteles cuando al referirse al acto libre y voluntario escribe que sería absurdo pensar que uno se ha visto forzado por el placer a seducir a la mujer de su amigo. Digo que "en principio" no podríamos decidir sobre un sentimiento, porque aunque desde una perspectiva naturalista los sentimientos suelen ser vistos como afectos evidentes de suyo, tan naturales como el arbusto que crece en un jardín, creo que los sentimientos no son un destino que sólo puede padecerse. La reflexión y el desarrollo de nuevos hábitos producen variaciones en la forma en que sentimos las cosas. Las emociones emergen de un contexto cultural y también se construyen socialmente. La biología a lo sumo brinda la capacidad de sentirlas. Cambiar una idea -y el hábito que se sigue de esa idea- puede producir variaciones en la forma en que sentimos y en que actuamos.
Asimismo, los sentimientos y las acciones también modifican nuestro pensamiento.
El hecho de que el amor haya sido inscripto en la esfera de las irracionalidades hace que los científicos sociales y los filósofos vean con recelo la posibilidad de reflexionar sistemáticamente sobre el amor a partir de explicaciones que excedan la psicología individual. Pareciera que un modelo fuertemente racional como el de Occidente hubiera necesitado concebir una zona franca despojada de racionalidad, y que esa forma de "locura" no hubiera sido otra que el amor. Shakespeare describe este temple irracional y caprichoso del amor en Sueño de una noche de verano: allí unos duendes mueven los hilos del amor mientras las personas duermen, provocando que al despertar se enamoren caprichosamente tan pronto de una como de otra, la bella de la bestia, el cuerdo de la absurda, la mujer apasionada del varón que la desprecia.
Una parte significativa de nuestro bienestar se juega en las relaciones amorosas. Cabría preguntarse por qué diablos habremos de utilizar la razón para otras decisiones importantes de la vida y preferir en cambio la sinrazón a la hora del amor.
La consideración del amor como un fenómeno irracional ha contribuido en mucho a que Occidente anudara amor y sufrimiento, al punto de valorar el sufrimiento por amor como un signo de virtud y heroísmo. Esta relación entre amor y sufrimiento en modo alguno es universal. Nace en la antigua Grecia con la consideración del amor como una pasión irracional, como una deseada y temida forma de locura. En la tragedia griega las pasiones -el amor, la ira, el odio y la envidia, entre otras- obnubilan la razón y conducen a la desdicha. Los filósofos estoicos más radicales propusieron extirparlas de raíz como un cáncer, exaltando -en las versiones más extremas- una ética de la insensibilidad. A través del amor cortés, la Edad Media revaloriza la pasión de amor frente al ascetismo cristiano, pero exclusivamente en el contexto extramatrimonial, lo que llevó a Denis de Rougemont a afirmar que allí comienza a exaltarse un tipo de relación cuyo destino no es otro que el de la desdicha. Los cantos de los trovadores -en base a los cuales se comenzó a hablar de fin amour o amor cortés- son casi todos testimonios de amor desdichado, al igual que casi todas las historias de amor anteriores a la aparición de los medios de formación de masas. El romanticismo exalta la pasión amorosa y su reguero de desdichas, y con frecuencia da a entender que los goces que no producen dolor son meras expresiones filisteas. Sade continúa en esta línea y entiende que el goce que no produce sufrimiento no vale nada. En Madame Bovary Flaubert escurre el pañuelo y pone un poco de cordura frente a tanto desatino: la pasión de amor es valiosa, dice, pero muy triste cuando conduce a la desdicha.
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Jorge Gómez Alcalá
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