El ojo de la aguja
15.05.06 @ 16:12:19. Archivado en Teoría, Colaboraciones
Artículo de Javier Rodriguez Magano
¿Las flechas de Cupido encienden la leña o la perforan en busca de un material menos tangible?
Razier
Pues sabéis que mi muerte invisible con mi vida nació.
C. Bousoño
Como el objeto al que tiende, la pulsión, a riesgo de extinguirse en su propia certidumbre, manifiesta el recorrido para el que toda posible satisfacción queda articulada al Goce que lo convoca.
El sujeto, transformado por ese furor que lo atrae, se desvanece en una inercia que logar apenas revelar el ser en el movimiento mismo de la demanda, cuando lo que aparece a los ojos, no es sino un enigma abierto sobre el cuerpo del lenguaje.
Así el signo, precedido por el trauma de un encuentro, emerge, como el deseo representado en los límites de su figuración prueba en cada una de sus epifanías la verdad de su tragedia: Que no todo puede alcanzarse en esa dimensión que la palabra aherroja, sin éxito, por más que la metáfora, bajo cualquier otra faz, extienda, a modo de semblante, el secreto de su propio desenvolvimiento, esto es; marcar el lugar de la ausencia precisamente allí donde no hay sino un resto que escapa. . “Dado que la tendencia hacia el fin no supone todavía el alcance del mismo, y dado que el fin no es, en realidad, alcanzable sino aproximadamente . . .” ( Más allá del principio del placer 1920).
El enigma al que apunta, por sobre su señuelo, hace del objeto de amor, de deseo, un objeto irremediablemente perdido y obtiene de la demanda el pase que le asegura su parcial satisfacción.
Agujereado en su alcance no logrará sino abolirse en ese instante en que la palabra desfallece, descubriendo que el límite que lo representa del lado del placer no se sostiene sino en ese más allá que revela el Goce: “El sujeto se dará cuenta de que su deseo no es más que un vano rodeo para pescar, engarzar, el goce del Otro, en la medida en la que al intervenir el otro, el sujeto se dará cuenta de que hay un goce más allá del principio del placer” Lacan.
Sólo así podríamos entender esa aproximación del dominio que corresponde, en última instancia, a lo que supone la insistencia del deseo en su extinción cuando lo que aparece es no todo del lado del lenguaje y nada del lado del goce.
Porque el deseo, por más que se lo represente conforme al objeto al que tiende, desconoce sus propias causas y aún más la consecuencia última de no poder serle sino fallándole.
“El objeto de la pulsión debe situarse en el plano de lo que llamé metafóricamente una subjetivación acéfala, una subjetivación sin sujeto, un hueso, una estructura, un trazado, que representa una faz de topología.
La otra faz es la que hace del sujeto, debido a sus relaciones con el significante, un sujeto agujereado.
Estos agujeros estos huecos , han de provenir de alguna parte” Lacan.
En ese descrédito, la voz que susurra “ven” desde quién sabe qué recóndito espacio Superyóico, manifiesta el anonadamiento del sujeto detenido en la indeterminación que lo arrastraría por más de la palabra y su sentido, cuando en su ambivalente decir el goce, se ve atravesado por el hilo conductor de las pulsaciones del inconsciente como expresión de lo que sólo puede decirse gozando.
Si el principio de placer (Eros), lograra sostener la constancia que se le atribuye, ¿qué presencia de lo innombrable suspendería las certidumbres del sujeto en su inercia?
Es que más allá de esa sujeción que especifica la búsqueda del placer de objeto bajo la ley del padre aparece esa otra fuerza a cuyo destino ha sido, de antemano, unido el nuestro en la particular experiencia vital que es la historia de cada uno:
“ Freud considera la muerte como la consumación de fuerzas internas a la vida misma de cada ser humano. No es sólo el límite último, sino el basamento previo a la vida, que regresa a él por sus medios y caminos propios, no un fin que se deplora o se desea, sino el cumplimiento de una pulsión que efectúa el retorno a lo inanimado, al silencio”. Poissonnier.
Para mayor ironía de lo descrito, el sujeto, incapaz de sobreponerse al imperativo que lo ordena gozar al tiempo que lo prohibe, sufrirá, en función de su estructura, las consecuencias de esta insistente dualidad pulsional.
Eros y Tánatos, las dos caras de una misma moneda lanzada al aire, manoseada por el uso de los signos, disfrazada bajo el efecto de un encuentro irremediable.
El objeto de deseo que se vuelve goce sin objeto, pero goce para un fin que es su total extinción.
¿A dónde o hacia dónde apunta la flecha de cupido sino a su horizonte imposible? ¿Podrá el deseo en su movimiento hacer pasar el hilo de la pulsión por el ojo ciego del vacío del goce? ¿La pulsión de muerte será la única pulsión al fin?
Javier Rodríguez Magano
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Jorge Gómez Alcalá
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