El Señor de los Anillos, la Segunda Guerra Mundial e Isabel Pantoja
30.12.06 @ 16:12:51. Archivado en Miscelánea
Durante las últimas semanas he visto la trilogía de El Señor de los Anillos firmada por Peter Jackson. No me acaba de convencer, porque me parecen películas demasiado recargadas y barrocas en cuanto a efectos especiales, en detrimento del retrato psicológico de unos personajes que Tolkien describió con una hábil mezcla de humor y ternura. En fin. El caso es que “revisitando” las peripecias de la Comunidad del Anillo a través de la versión de Jackson he comprendido un aspecto de la obra que se me antoja importante, y es que El Señor de los Anillos es un trasunto de la Segunda Guerra Mundial.
Así se entiende la extraña sensación de familiaridad y escalofrío que despierta en el lector los versos élficos que describen al siniestro ser que se sitúa en el eje del mal de la trama dramática:
Uno (anillo) para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
En la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
Un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas.
Tolkien afirmó en una ocasión sobre las historias de El Señor de los Anillos que “crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo”. Para mí resulta evidente que la figura inspiradora del Señor Oscuro no es sino Hitler; de ahí la extraña vibración de vida que contiene ese oscuro personaje, quintaesencia del Mal en la tierra.
Seguramente un estudio detallado de las múltiples tramas y subtramas contenidas en esa excelsa obra revelarían múltiples paralelismos con lo acontecido en la Segunda Guerra Mundial (la idea de reconquista, la alusión al exterminio de civilizaciones, la necesidad de establecer alianzas entre pueblos que hasta entonces habían sido rivales, en aras de un bien mayor...) . Yo desearía detenerme en uno de esos paralelismos: el manejo de trucos para despistar al enemigo. En el tercer volumen de Tolkien (El retorno del rey) la Compañía decide entablar una batalla a muerte cuyo principal objetivo es crear un falso foco de acción para mantener la atención del Señor Oscuro en el punto X, bien lejos de lo que es el verdadero centro de la acción dramática: el grupo formado por Frodo, Sam y Gollum, que son los verdaderos héroes, ya que llevan a cabo la auténtica proeza de la novela, que es fundir el Anillo de Poder.
Eso me hace recordar una de las más ingeniosas maniobras de despiste utilizadas en la Segunda Guerra Mundial. La he leído recientemente en un libro que recomiendo encarecidamente: Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, por Jesús Hernández.
El hecho es el siguiente: A finales de 1942, el Servicio de Seguridad británico recurrió a la táctica de abandonar un cadáver en aguas españolas, provisto de documentos falsos que indicasen que los aliados estaban preparando un desembarco en Cerdeña y Grecia. El propósito de los aliados era lograr que las tropas alemanas se desplegaran en esos puntos. Así los ingleses podrían desembarcar en Sicilia con toda la tranquilidad del mundo. Era, pues, esencial, que los alemanes se tragaran el anzuelo.
Los agentes británicos, convertidos inopinadamente en guionistas de ese cadáver-cebo, se pusieron a cavilar cómo se podría dotar al muerto de una personalidad verosímil. A tal fin, consiguieron en primer lugar el cadáver de un pobre desgraciado que había muerto de pulmonía y, por tanto, tenía los pulmones encharcados de líquido (así era verosímil presentarlo como un piloto ahogado).
Después, llenaron los bolsillos del cadáver con documentos falsos cuyo objetivo era llevar a engaño a los militares alemanes. No se olvidaron de colocarle al muerto diversos objetos de atrezzo (calderilla, documentos falsificados de identidad, billetes de autobús y de teatro usados, una carta de la novia, los residuos que nos va dejando la vida en los bolsillos), para dar credibilidad a la historia del piloto ahogado ante los servicios de inteligencia alemanes.
Una vez finalizada la fase de creación del personaje-cadáver, al que denominaron mayor Martin, lo llevaron en un recipiente de hielo seco hasta la costa andaluza, y lo arrojaron al mar a aproximadamente una milla de la ría de Huelva. El cadáver fue encontrado por un pescador español y debidamente enterrado.
Por si a las autoridades españolas (cooperantes con el bando alemán) no se les había ocurrido registrar el cadáver, dos días después la embajada británica se puso en contacto con el Gobierno español para solicitar la devolución de los documentos “importantes y secretos” que llevaba en los bolsillos el mayor Martin. El truco dio resultado. Esos papeles llegaron a manos de los alemanes, que se trabaron el anzuelo y destinaron refuerzos a Cerdeña y Grecia, tal como querían los aliados. El desembarco se realizó finalmente en Sicilia, tal como los ingleses habían proyectado.
Me inclino a pensar que este tipo de artimañas es utilizado en la comunicación política actual. Por ejemplo, ¿alguien ha notado que durante estos últimos meses, cada vez que surgía una noticia inquietante sobre el proceso, y sus aledaños repentinamente la atención informativa de todas las televisiones quedaba desplazada al submundo rosa, y en concreto, hacia la figura de Isabel Pantoja?
Desgraciadamente, el atentado perpetrado hoy en Barajas ha sido demasiado grave. No hay manera de negar a la persona que ha desaparecido en los aparcamientos del aeropuerto. Tampoco se puede negar a los heridos. Seis horas después, de la Terminal 4 seguía saliendo una robusta e innegable columna de humo. Ni siquiera un Gobierno tan avezado en las artes de la persuasión y el camuflaje como el que actualmente lleva las riendas del país puede tapar lo sucedido. Hoy los grandes estrategas de la comunicación no pueden recurrir a la Pantoja, con su vida novelesca y su agitado curriculum sentimental, como cortina de humo para desviar la atención del ciudadano hacia otro escenario.
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Ya no tienes pelotas para salir al foro general desde los vómitos de tu compatriota de selva tercermundista argentina, el mono Luppi, ¿verdad cobarde?.
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María Arozamena
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