El Ciervo

Rosario Bofill: Nada se separa

18.11.11 | 11:02. Archivado en Espiritualidad

Rosario y Lorenzo decían que un día iban a hacer unos ejercicios espirituales juntos. Al final no cumplieron.
Pero Rosario, apenas muerto Lorenzo, empezó a ir cada verano a los que hacía Xavier Melloni
en la Cova de Manresa. Nunca quería faltar. Después de un verano de jolgorio con la familia, quería
estar en calma. Con Melloni se entendieron y hablaron de muchas cosas. Hasta 15 días antes de
morir. La presencia de Xavier no faltó en el funeral. Esta fue su homilía.

Xavier Melloni
Teólogo

Somos muchos y muchas quienes hoy querrían tomar la palabra para despedir a Rosario y agradecerle tantas facetas de su vida y cualidades de su persona. Permitidme decir algunas cosas en nombre de quienes no podrán hacerlo. Asimismo, las palabras no
dichas le llegarán igualmente, porque estará Allí donde nace toda palabra, Allí donde las palabras no solo se convierten en una sola Palabra, sino que es donde no hacen falta palabras, porque han conseguido su origen.
Expresándome así no sigo su estilo, ella, que era una mujer concreta, clara, directa, a quien estos enrevesamientos le serían un engorro. Sin embargo, se casó con un poeta, mago y maestro de las palabras. Ahora también está con él, allí donde ella, Lorenzo y la poesía son una sola cosa, allí donde él y ella se han hecho una sola presencia, una sola llama, un solo manantial de agua donde el ciervo y la cierva han apagado su sed el uno en el otro y ambos en la fuente de donde todo brota. Cabe decir que Lorenzo le hizo una mala pasada: la precedió casi seis años. Demasiado tiempo sin él, demasiado tiempo sedienta.
El último día que la ví en su casa –hace quince días– estaba más lúcida y libre que nunca. Leímos un fragmento de C. S. Lewis, de Una pena en observación, las notas que el escritor inglés escribió para vencer el dolor de la pérdida de Helen, su mujer. En un momento decía: “Éramos uña y carne. Ahora la uña se ha separado de la carne. No podemos pretender que el dedo esté completo”. La misma situación que tuvo que vivir Rosario pero con una inversión de géneros. Pero lo que propiamente leímos fue el final del libro, donde Lewis describe la experiencia inesperada que tuvo de la presencia de su mujer una noche, unos meses más tarde: “Se produjo una suprema y gozosa intimidad. Una intimidad que no se había abierto camino ni a través de los sentidos ni de las emociones. Fue una experiencia sólida. Totalmente de fiar. Los muertos no están para tonterías”. Al acabar el texto nos quedamos en silencio y sonreímos.
Así era ella: sobria, sólida, totalmente de fiar. Así fue la presencia de Dios en su vida. Y así fue también la presencia de
Lorenzo durante estos casi seis años de separación, el plazo que ella dio a sus hijas de permanecer en vida. Cumplido el plazo, con un margen de generosidad, se ha reencontrado con Lorenzo.
Pero de hecho, él no la dejó nunca y ella no solo lo sabía, sino que lo sentía. Ahora, desde el Invisible, estáis oyendo y asintiendo a estas palabras. El último testamento que has dejado, Rosario, es que lo visible y lo invisible no están separados.
El invisible es la profundidad de lo visible. Está aquí mismo. Por eso continuáis estando los dos entre nosotros. Solo hace falta un secreto: amar, amar por encima de todo aquello que creemos que nos separa y por encima de todo aquello que nos hace tambalear. Nada te separa ahora de tus hijas, nietos y nietas, ni de El Ciervo ni de Foc Nou ni de tantos familiares y amigos.
Nada se separa cuando se quiere como tú has querido. El vínculo es tan fuerte, tan radical, que todo permanece. Permanecen abiertos los frentes que tú cuestionaste con valor de la Iglesia y la sociedad a través de tus múltiples escritos. Permanece tu sentido común, consistente como los castaños y los robles de Viladrau.
El último día que nos vimos todavía sacaste un tema que no te dejaba tranquila: lo que tú creías una injusta preferencia de Jesús por María en lugar de por Marta. Volviste a proclamar tu credo: lo que es realmente valioso es amar. Y para ti, amar
era actuar y mojarte, como hiciste toda la vida. Después de haber sido Marta –con un marido que más bien era María–, ahora
sois Uno. Sois los dos uno para siempre, sin que nada de lo que has sido quede desdibujado. Al contrario, es ahora cuando
toma su plena y perenne consistencia.


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