El Ciervo

Rosario Bofill: Un Rosario de deudas

16.11.11 | 10:55. Archivado en Espiritualidad
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Toni Comín
Profesor de ESADE (URL) y ex diputado del Parlament de Catalunya

Yo creo en la comunión de los santos o, como me cuentan que lo llamaba Rosario en estos últimos tiempos, en la “comunión del cielo y de la tierra”. Por este motivo, cuando mueren amigos o amigas importantes para mí –como en este caso– se me hace muy
difícil escribir sobre ellos. No sólo porque corro el riesgo de escribir como si ya no estuvieran, cuando mi fe me dice que
siguen estando aunque de otra manera. Mi apuro es principalmente de otro género: si cuando los tenía al lado en carne y hueso
me hubiera avergonzado un poco escribir sobre ellos por cuál pudiera ser su reacción al leerlo, este apuro se me mantiene
intacto ahora que su presencia es de otro tipo. “¿Qué va a pensar Rosario desde el cielo de lo que yo pueda decir sobre ella
en este número especial de homenaje?”, me pregunto. Y la pregunta me produce exactamente la misma inquietud que sentiría si tuviera que escribir un artículo sobre Rosario estando ella en vida terrenal.
Pero la Providencia es previsora, mucho más de lo que nos pensamos. Cuando Rosario se jubiló, hará unos quince años, el círculo entrañable de amigos que hace de alma de El Ciervo decidió hacerle un número especial de homenaje. Los lectores no lo recordarán, porque fue un número de un solo ejemplar. En efecto, era un “Ciervo” único, fuera de colección, fuera de calendario, porque se trataba de una sorpresa, de un regalo personal.
Los que ahí escribimos teníamos que responder una pregunta: “¿Qué le debo a Rosario Bofill?”. Este interrogante junto a una preciosa caricatura de Rosario dibujada por Sciammarella ocupaba en grandes letras negras la portada de aquel ejemplar tan especial.
En aquella ocasión tuve que vencer mi vergüenza y hacer mi particular “confesión de amigo”. A Rosario le gustó. La recuerdo perfectamente contenta, sonriente, explicándome lo feliz que la había hecho la lectura de mi pequeño texto.
Por esto, optaré por decir de ella ahora lo mismo que dije de ella aquella vez. Porque sé seguro que a ella, desde donde esté del cielo, le va a gustar. Por lo tanto, reproduzco íntegramente las bromas, los abrazos verbales y las reflexiones íntimas,
irónicas y amistosas –título incluido– que le dediqué hace ya más de quince años, en respuesta a la pregunta “¿qué le debo
a Rosario?”, para compartirlas hoy con todos los lectores:

“Le debo la hospitalidad y el cariño con los que ella y Lorenzo me han acogido en esta su casa de El Ciervo durante estos años, sabiendo como sabían que para mí más que una revista era una especie de mito, por motivos familiares, y que mi ilusión por participar respondía básicamente a estos “instintos impuros”. Esto no quita que les deba también el estilo que ha seguido El Ciervo a lo largo de su trayectoria; digamos pues que también soy “ciervista” por motivos “puros”. La revista, ciertamente, por su elegante suma de intereses religiosos, culturales y políticos, tiene algo de modélica y única.
Diría que a Rosario le debo, sobre todo, el modo directo y sin rodeos y, a la vez, rigurosamente existencial y profundo que tiene de escribir sobre los temas de la fe; el modo que tiene de hablar de Dios, del mal, del sufrimiento, de la muerte y de
la fe, etc. en ese libro precioso que es su “credo”, por ejemplo.
No yo, sino todos creo que le debemos esta fantástica manera que tiene de ser una madre sin dejar de ser una intelectual y de ser una intelectual sin dejar de ser una madre. (Esa manera que tiene de apoyar su actividad pública, como periodista o como mujer comprometida con los demás, en sus virtudes privadas, de mujer hogareña, me encanta. Supongo que porque en eso me recuerda mucho a mi propia madre, y eso, imagino, también se lo debo.) Le debemos su sinceridad y su calidez, su campechanía práctica con
que resuelve su cultura y su inteligencia. (Véanse los comentarios con que reconduce las disquisiciones intelectuales de las
tertulias del consejo de redacción.)
Le debo, más personalmente, las anécdotas íntimas sobre mi padre quizás más entrañables y humanas de entre todas las que me han contado sus amigos. Le debo, también, que tenga varias hijas estupendas a cuyo lado, por gracia del destino, vengo sentándome desde mi más tierna infancia, ya fuera en la escuela o ahora en la revista. Siempre alegra tener una “niña Gomis” al lado.
(Además, le debo 500 pesetas de las que no me acordaría si no fuera por la manera divertida cómo me las prestó. Un día que, urgiéndome subir a la Universidad, me encontraba sin un duro en el bolsillo, cerca de Calvet. Sabía que ella se reiría de la extravagancia de “ir a pedir a El Ciervo”.)
En fin, todo un rosario de deudas con Rosario y a partir de hoy, una más: le deberé que me perdone estos elogios que a una mujer como ella seguro que la incomodan, aunque los agradece. Un abrazo de aniversario.”


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