Eduardo Cierco
Abogado
La característica más relevante de Rosario es que era peligrosa. No te contagiaba la gripe, pero sí el espíritu del evangelio. Lo vivía, lo sentía, incluso la duda: “Me gustaría tener aquella fe de niña en la que todo era evidente. No es el caso. Caminamos entre tinieblas, pero caminamos”.
¡“Caminamos entre tinieblas”! O: “he tenido la suerte de vivir siempre rodeada de personas que compartían mi fe”. Un ser “sólido” no se preocupa de esa “suerte”. Apenas se fija en su entorno. Se sabe autosuficiente.
Rosario era una mística enamorada, atormentada y feliz por todos los poros del alma. A 600 kilómetros de distancia, he coincidido mucho con Lorenzo y Rosario, pero nuestras palabras versaban sobre los avatares del grupo de El Ciervo en Madrid. Y en las invitaciones de Calvet 56 para visitar Barcelona con costes a cargo de la revista éramos muchos, y todo se diluía. En cambio, nos hemos leído en El Ciervo, y son pocos los libros de ambos que me faltan para conocer sus obras completas. Rosario fue siempre emoción inteligente; por eso, de Rosario me gustaba todo “¡Rosario, vaya piropo después de una amistad de toda la vida!”
Otro rasgo de Rosario era el de cultivar ese cóctel de amor y sencillez que pone en todo. Foc Nou no parece el nombre de “la otra revista”, sino la definición de Rosario. Me he sentido mil veces acariciado, a 600 kilómetros, por ese calor de hogar encendido de leña –“mariposa de cenizas desatada”– que se le desprendía sin que ella misma lo notara. Recuerdo que tras una conferencia científica que me había hechizado, me acerqué al profesor y le dije, concisamente: “Gracias por ser”.
La evocación no es inadecuada. Rosario merece también un conciso: “Rosario, gracias por haber sido como eras”.
Lunes, 28 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez