Rosario y Lorenzo decían que un día iban a hacer unos ejercicios espirituales juntos. Al final no cumplieron.
Pero Rosario, apenas muerto Lorenzo, empezó a ir cada verano a los que hacía Xavier Melloni
en la Cova de Manresa. Nunca quería faltar. Después de un verano de jolgorio con la familia, quería
estar en calma. Con Melloni se entendieron y hablaron de muchas cosas. Hasta 15 días antes de
morir. La presencia de Xavier no faltó en el funeral. Esta fue su homilía.
Xavier Melloni
Teólogo
Somos muchos y muchas quienes hoy querrían tomar la palabra para despedir a Rosario y agradecerle tantas facetas de su vida y cualidades de su persona. Permitidme decir algunas cosas en nombre de quienes no podrán hacerlo. Asimismo, las palabras no
dichas le llegarán igualmente, porque estará Allí donde nace toda palabra, Allí donde las palabras no solo se convierten en una sola Palabra, sino que es donde no hacen falta palabras, porque han conseguido su origen.
Expresándome así no sigo su estilo, ella, que era una mujer concreta, clara, directa, a quien estos enrevesamientos le serían un engorro. Sin embargo, se casó con un poeta, mago y maestro de las palabras. Ahora también está con él, allí donde ella, Lorenzo y la poesía son una sola cosa, allí donde él y ella se han hecho una sola presencia, una sola llama, un solo manantial de agua donde el ciervo y la cierva han apagado su sed el uno en el otro y ambos en la fuente de donde todo brota. Cabe decir que Lorenzo le hizo una mala pasada: la precedió casi seis años. Demasiado tiempo sin él, demasiado tiempo sedienta.
El último día que la ví en su casa –hace quince días– estaba más lúcida y libre que nunca. Leímos un fragmento de C. S. Lewis, de Una pena en observación, las notas que el escritor inglés escribió para vencer el dolor de la pérdida de Helen, su mujer. En un momento decía: “Éramos uña y carne. Ahora la uña se ha separado de la carne. No podemos pretender que el dedo esté completo”. La misma situación que tuvo que vivir Rosario pero con una inversión de géneros. Pero lo que propiamente leímos fue el final del libro, donde Lewis describe la experiencia inesperada que tuvo de la presencia de su mujer una noche, unos meses más tarde: “Se produjo una suprema y gozosa intimidad. Una intimidad que no se había abierto camino ni a través de los sentidos ni de las emociones. Fue una experiencia sólida. Totalmente de fiar. Los muertos no están para tonterías”. Al acabar el texto nos quedamos en silencio y sonreímos.
Así era ella: sobria, sólida, totalmente de fiar. Así fue la presencia de Dios en su vida. Y así fue también la presencia de
Lorenzo durante estos casi seis años de separación, el plazo que ella dio a sus hijas de permanecer en vida. Cumplido el plazo, con un margen de generosidad, se ha reencontrado con Lorenzo.
Pero de hecho, él no la dejó nunca y ella no solo lo sabía, sino que lo sentía. Ahora, desde el Invisible, estáis oyendo y asintiendo a estas palabras. El último testamento que has dejado, Rosario, es que lo visible y lo invisible no están separados.
El invisible es la profundidad de lo visible. Está aquí mismo. Por eso continuáis estando los dos entre nosotros. Solo hace falta un secreto: amar, amar por encima de todo aquello que creemos que nos separa y por encima de todo aquello que nos hace tambalear. Nada te separa ahora de tus hijas, nietos y nietas, ni de El Ciervo ni de Foc Nou ni de tantos familiares y amigos.
Nada se separa cuando se quiere como tú has querido. El vínculo es tan fuerte, tan radical, que todo permanece. Permanecen abiertos los frentes que tú cuestionaste con valor de la Iglesia y la sociedad a través de tus múltiples escritos. Permanece tu sentido común, consistente como los castaños y los robles de Viladrau.
El último día que nos vimos todavía sacaste un tema que no te dejaba tranquila: lo que tú creías una injusta preferencia de Jesús por María en lugar de por Marta. Volviste a proclamar tu credo: lo que es realmente valioso es amar. Y para ti, amar
era actuar y mojarte, como hiciste toda la vida. Después de haber sido Marta –con un marido que más bien era María–, ahora
sois Uno. Sois los dos uno para siempre, sin que nada de lo que has sido quede desdibujado. Al contrario, es ahora cuando
toma su plena y perenne consistencia.
Toni Comín
Profesor de ESADE (URL) y ex diputado del Parlament de Catalunya
Yo creo en la comunión de los santos o, como me cuentan que lo llamaba Rosario en estos últimos tiempos, en la “comunión del cielo y de la tierra”. Por este motivo, cuando mueren amigos o amigas importantes para mí –como en este caso– se me hace muy
difícil escribir sobre ellos. No sólo porque corro el riesgo de escribir como si ya no estuvieran, cuando mi fe me dice que
siguen estando aunque de otra manera. Mi apuro es principalmente de otro género: si cuando los tenía al lado en carne y hueso
me hubiera avergonzado un poco escribir sobre ellos por cuál pudiera ser su reacción al leerlo, este apuro se me mantiene
intacto ahora que su presencia es de otro tipo. “¿Qué va a pensar Rosario desde el cielo de lo que yo pueda decir sobre ella
en este número especial de homenaje?”, me pregunto. Y la pregunta me produce exactamente la misma inquietud que sentiría si tuviera que escribir un artículo sobre Rosario estando ella en vida terrenal.
Pero la Providencia es previsora, mucho más de lo que nos pensamos. Cuando Rosario se jubiló, hará unos quince años, el círculo entrañable de amigos que hace de alma de El Ciervo decidió hacerle un número especial de homenaje. Los lectores no lo recordarán, porque fue un número de un solo ejemplar. En efecto, era un “Ciervo” único, fuera de colección, fuera de calendario, porque se trataba de una sorpresa, de un regalo personal.
Los que ahí escribimos teníamos que responder una pregunta: “¿Qué le debo a Rosario Bofill?”. Este interrogante junto a una preciosa caricatura de Rosario dibujada por Sciammarella ocupaba en grandes letras negras la portada de aquel ejemplar tan especial.
En aquella ocasión tuve que vencer mi vergüenza y hacer mi particular “confesión de amigo”. A Rosario le gustó. La recuerdo perfectamente contenta, sonriente, explicándome lo feliz que la había hecho la lectura de mi pequeño texto.
Por esto, optaré por decir de ella ahora lo mismo que dije de ella aquella vez. Porque sé seguro que a ella, desde donde esté del cielo, le va a gustar. Por lo tanto, reproduzco íntegramente las bromas, los abrazos verbales y las reflexiones íntimas,
irónicas y amistosas –título incluido– que le dediqué hace ya más de quince años, en respuesta a la pregunta “¿qué le debo
a Rosario?”, para compartirlas hoy con todos los lectores:
“Le debo la hospitalidad y el cariño con los que ella y Lorenzo me han acogido en esta su casa de El Ciervo durante estos años, sabiendo como sabían que para mí más que una revista era una especie de mito, por motivos familiares, y que mi ilusión por participar respondía básicamente a estos “instintos impuros”. Esto no quita que les deba también el estilo que ha seguido El Ciervo a lo largo de su trayectoria; digamos pues que también soy “ciervista” por motivos “puros”. La revista, ciertamente, por su elegante suma de intereses religiosos, culturales y políticos, tiene algo de modélica y única.
Diría que a Rosario le debo, sobre todo, el modo directo y sin rodeos y, a la vez, rigurosamente existencial y profundo que tiene de escribir sobre los temas de la fe; el modo que tiene de hablar de Dios, del mal, del sufrimiento, de la muerte y de
la fe, etc. en ese libro precioso que es su “credo”, por ejemplo.
No yo, sino todos creo que le debemos esta fantástica manera que tiene de ser una madre sin dejar de ser una intelectual y de ser una intelectual sin dejar de ser una madre. (Esa manera que tiene de apoyar su actividad pública, como periodista o como mujer comprometida con los demás, en sus virtudes privadas, de mujer hogareña, me encanta. Supongo que porque en eso me recuerda mucho a mi propia madre, y eso, imagino, también se lo debo.) Le debemos su sinceridad y su calidez, su campechanía práctica con
que resuelve su cultura y su inteligencia. (Véanse los comentarios con que reconduce las disquisiciones intelectuales de las
tertulias del consejo de redacción.)
Le debo, más personalmente, las anécdotas íntimas sobre mi padre quizás más entrañables y humanas de entre todas las que me han contado sus amigos. Le debo, también, que tenga varias hijas estupendas a cuyo lado, por gracia del destino, vengo sentándome desde mi más tierna infancia, ya fuera en la escuela o ahora en la revista. Siempre alegra tener una “niña Gomis” al lado.
(Además, le debo 500 pesetas de las que no me acordaría si no fuera por la manera divertida cómo me las prestó. Un día que, urgiéndome subir a la Universidad, me encontraba sin un duro en el bolsillo, cerca de Calvet. Sabía que ella se reiría de la extravagancia de “ir a pedir a El Ciervo”.)
En fin, todo un rosario de deudas con Rosario y a partir de hoy, una más: le deberé que me perdone estos elogios que a una mujer como ella seguro que la incomodan, aunque los agradece. Un abrazo de aniversario.”
Carlos Eymar
Filósofo y teólogo
A lo largo de más de veinte años de amistad con Rosario, se acumulan en mi memoria muchas imágenes y conversaciones. Por encima de todas, conservo con especial cariño la de mi encuentro con ella en su casa de Viladrau, una noche de invierno de 2006, al calor de la lumbre, poco tiempo después de la muerte de Lorenzo. Aunque arropada por sus hijas, se encontraba Rosario un poco
blandita y frágil, protestando contra su reputación de fortaleza, de ese faire face, tan suyo, que había predicado al cabo de
los años.
Me habló de su vida en el seno de una familia “muy de derechas“, de su educación en el “muy clasista” colegio de Jesús María, de su exceso de sensibilidad para soportar el trabajo de asistente social, de su entusiasmo por el Concilio Vaticano II y de su mirada serena ante la muerte.
Pero, sobre todo, me habló de su amor por Lorenzo y, con la autoridad que da la experiencia, desechó ese lugar común de que el enamoramiento es cosa de jóvenes. “Lorenzo y yo –afirmaba con indisimulada satisfacción– estábamos enamoradísimos a los ochenta años. Enamoradísimos hasta el ridículo”.
Al día siguiente me llevó al cementerio de Viladrau para rezar un padrenuestro ante su tumba y luego a una pequeña iglesia del pueblo cercano de Espinelves donde con él solía asistir a misa los domingos. Allí, en aquella misa dominical, también yo, además de sentir una cierta presencia de Lorenzo, encontré a Cristina Kaufmann que había de morir cuatro meses después. Rosario, admiradora de Santa Teresita y de su santidad de las pequeñas cosas, también evocaba, tras su muerte, a Cristina Kaufman cuya
sonrisa tanto le había ayudado. Cuando ni Lorenzo ni la carmelita estaban ya, ella los seguía viendo y los sabía a su lado. “Los
templos –decía Rosario– están llenos de santos vivos que los pueblan para siempre”.
Ahora, la imagino definitivamente viva y feliz, junto a Lorenzo y Cristina Kaufman en la pequeña iglesia románica de Espinelves, a los pies del Montseny.
Eduardo Cierco
Abogado
La característica más relevante de Rosario es que era peligrosa. No te contagiaba la gripe, pero sí el espíritu del evangelio. Lo vivía, lo sentía, incluso la duda: “Me gustaría tener aquella fe de niña en la que todo era evidente. No es el caso. Caminamos entre tinieblas, pero caminamos”.
¡“Caminamos entre tinieblas”! O: “he tenido la suerte de vivir siempre rodeada de personas que compartían mi fe”. Un ser “sólido” no se preocupa de esa “suerte”. Apenas se fija en su entorno. Se sabe autosuficiente.
Rosario era una mística enamorada, atormentada y feliz por todos los poros del alma. A 600 kilómetros de distancia, he coincidido mucho con Lorenzo y Rosario, pero nuestras palabras versaban sobre los avatares del grupo de El Ciervo en Madrid. Y en las invitaciones de Calvet 56 para visitar Barcelona con costes a cargo de la revista éramos muchos, y todo se diluía. En cambio, nos hemos leído en El Ciervo, y son pocos los libros de ambos que me faltan para conocer sus obras completas. Rosario fue siempre emoción inteligente; por eso, de Rosario me gustaba todo “¡Rosario, vaya piropo después de una amistad de toda la vida!”
Otro rasgo de Rosario era el de cultivar ese cóctel de amor y sencillez que pone en todo. Foc Nou no parece el nombre de “la otra revista”, sino la definición de Rosario. Me he sentido mil veces acariciado, a 600 kilómetros, por ese calor de hogar encendido de leña –“mariposa de cenizas desatada”– que se le desprendía sin que ella misma lo notara. Recuerdo que tras una conferencia científica que me había hechizado, me acerqué al profesor y le dije, concisamente: “Gracias por ser”.
La evocación no es inadecuada. Rosario merece también un conciso: “Rosario, gracias por haber sido como eras”.
Enrique Moreno Castillo
Crítico teatral
Cuando una persona querida se va por el camino de la muerte, sobre todo cuando ese hecho es muy reciente y nuestra imaginación no
ha tenido tiempo de asumirlo, nos asaltan diversas sensaciones contradictorias. Percibimos el sabor extraño de la vida cuando la contemplamos sobre el fondo de su inconsistencia, la terrible crueldad de la muerte que nos borra de un plumazo, la melancolía del tiempo, que todo lo destruye y que hace que las cosas nunca vuelvan a ser como antes.
Pero hay otra sensación que se impone sobre todas las demás: la persona que se ha ido invade en estos momentos nuestra memoria con una contundencia y una rotundidad que parecen mayores aún que las que experimentamos cuando se hallaba entre nosotros. “Los hombres mueren para probar que han vivido”, dice Guimarães Rosa. En medio de la aflicción por su pérdida, Roser Bofill, que estuvo tan viva en la vida, se nos aparece, en estas horas inmediatas a la triste noticia, con toda su intensidad, con toda su presencia, con todo eso en lo que cada persona se manifiesta como imborrable y permanente.
Uno de los rasgos que caracterizaba su personalidad era una actitud religiosa que no la alejaba nada, absolutamente nada, de
las circunstancias concretas y cotidianas de este mundo. Esa actitud le llevaba a poner las cosas en perspectiva, a verlas con
distancia aunque nunca con desinterés, a relativizarlas, pero sobre todo, a relativizarse a sí misma. Su espiritualidad no era
en modo alguno proclive al dramatismo ni a la estridencia, sino que respiraba sentido común, pragmatismo y ganas de ser eficaz. Practicaba un humor suave y espontáneo, el de la persona que no pretende hacer reír, sino que simplemente, a veces, ríe; y sus escritos tenían el encanto de lo que brota con naturalidad, como si su autora se limitara a pensar en voz alta y mantuviera el tono de quien, más que impartir doctrina, está entablando una conversación con el lector.
Ella siempre creyó que la muerte no tenía la última palabra. Pero nosotros, todavía desde este lado, echaremos de menos esa conversación que ahora se interrumpe.
Pilar Malla Escofet
Ex Síndica de Greuges de Barcelona
Conocí a Roser Bofill en la Escuela de Trabajo Social hacia el año 1955. La recuerdo como una persona equilibrada e inteligente; al terminar el curso nos dijo que se dedicaría a escribir, recuerdo que sentí mucho su decisión porque me parecía que perdería
su amistad. No hacía ruido pero dejaba huella.
Después de muchos años nos volvimos a encontrar. La recuerdo como una mujer, inteligente, culta, simpática, con criterio propio. Una mujer de fe, segura de ella misma, sin necesidad de sobresalir y siempre capaz de dar su opinión.
Ha sido una mujer comprometida, sufría por la Iglesia que la deseaba abierta y acogedora al estilo del buen Papa Juan.
No rehusó el compromiso político concreto. Ella y Llorenç cerraron la lista de Pasqual Maragall para el Parlamento de
Cataluña. Esto no es fácil para los que tienen amigos en todas partes.
Los escritos de Roser han sido claros, valientes y equilibrados. Desprendían compromiso, universalidad, amplitud, todo reforzado por su fe y su libertad.
Una persona que prepara la despedida de la vida terrena, como lo hizo Roser Bofill, escogiendo personalmente las lecturas, los cantos y sus versos preferidos es un testimonio de fe, esperanza y amor. Su predilección por Santa Teresa revela su faceta mística, donde todo se reúne en Dios. Descubrir este aspecto en su vida ayuda a vivir el amor de Dios que es a la vez universal y concreto.
La vida y la muerte de Roser Bofill son para los que la hemos conocido, un regalo de Dios. Una vida humana llena, con sus alegrías y sus penas. La vida de una mujer inteligente que puso sus cualidades al servicio de sus verdades: la paternidad
de Dios y la fraternidad humana.
La muerte es un misterio y el mundo es distinto y mejor porque personas como Roser y Llorenç han existido.
Luis Suñén
Director de ‘Scherzo’
A pesar de haber visto a Rosario Bofill muy pocas veces, menos que a Lorenzo Gomis, con quien había coincidido aquí y allá antes de que me invitara a escribir en El Ciervo –me parece tenerla delante o mejor, detrás– cada vez que escribo mi pieza mensual
para la revista. Cuando termino y le echo un vistazo me pregunto –y seguiré haciéndolo– si le gustará a Rosario. Más aún después de un encuentro que tuvimos en Madrid los de El Ciervo de Barcelona y los de aquí. Ese día, la admiración que tenía por la periodista y que se hizo muy especial a raíz de su entrevista a Alvaro Pombo –una de las mejores que he leído nunca en cualquier medio– se extendió a la persona entera, a su cordialidad, a su cercanía, a esa autoridad suave pero firme que destilaban sus comentarios.
En esa reunión madrileña de hace años –prolongada luego en la Real Academia Española por invitación generosa del propio don Álvaro– comprobé de cerca qué era El Ciervo, qué significaba, cómo unía a los de siempre con los más nuevos, cuán resistente era ese hilo casi invisible con el que me había atado de mil amores a esta gente. Un par de días antes de que muriera Rosario, Carlos Eymar y yo hablábamos de ella, sabiendo, en efecto, que nos iba a dejar enseguida, y coincidíamos en lo maravilloso que era llegar a ese momento final con una vida tan cumplida como la suya, tan llena de amor, de caridad, de trabajo, de empeño, queriendo y siendo querida.
Y yo, hombre de poca fe, le añadía a Carlos que, además, la muerte le llegaría con la calma propia de quien cree de veras,
de quien sabe que tras esa vida cumplida llegará otra que habrá de serlo aún más y que no acabará nunca. Y pensar en ello era como consolarse ante esa pérdida de alguien que estaba segura de que iba a ser feliz para siempre, con Lorenzo y, de otro modo, con todos nosotros hasta que nos encontráramos donde ella ya está. Así sea.
Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de filosofía social en ETEA
Rosario era una inconformista. Las conversaciones y el mundo de los vencedores de la guerra incivil la alertaron contra la retórica falsa. No podía soportar la hipocresía de los bienpensantes. Sus primeros trabajos como asistentes sociales y antes su experiencia como catequista en las barracas de suburbios la vacunaron contra un bienestar inconsistente. Era decididamente una inconformista. También como creyente, lo fue.
Lunes, 28 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez