Iñaki Pardo Torregrosa
Periodista
Llegamos a Madrid el viernes 19 después de comer. Era el día previo al encuentro de los jóvenes con el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, una base militar donde se han celebrado los actos centrales de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) –la vigilia de oración y la misa– y donde ya se reunió Juan Pablo II con los jóvenes españoles en el año 2003.
Madrid estaba tomada por los peregrinos llegados de todos los rincones del mundo. En todas las esquinas de la ciudad aparecían grupos de jóvenes con las banderas de su país de origen; equipados con guitarras y otros instrumentos; la mayoría fáciles de reconocer al ir en grupo o por la indumentaria, ya fuera la mochila y la camiseta del peregrino o camisetas hechas para la ocasión. El sábado, recién comidos, fuimos a Cuatro Vientos. De camino a la base aérea todo era caótico, muchísimos grupos se dirigían a la vez al lugar y el transporte público estaba saturado. Algunos voluntarios nos daban fruta y los vendedores ambulantes hacían su agosto –nunca mejor dicho– vendiendo botellas de agua y otras bebidas frías. Finalmente tras andar más de una hora en medio de la aglomeración de gente conseguimos llegar al interior del recinto sobre las cuatro de la tarde.
“La Jornada Mundial de la Juventud es un encuentro con gente del mismo credo, nos reunimos con la cabeza visible y nos une. Nos hace ver que la religión no es algo individual ni personal, sino mundial y comunitario”, me dice Joan Gil, que estudia en el seminario de Navarra. Lo que resalta del viaje es la convivencia: “Compartir tantas horas te hace ver como es el otro, y la convivencia se puede tornar un poco difícil, pero vale la pena, también ves mucha gente que no ves desde hace tiempo”.
Cuando llegamos el recinto estaba casi lleno y nuestra zona asignada estaba ocupada. Nos instalamos donde pudimos: al final, en una zona que en teoría no estaba habilitada para los peregrinos. El escenario, que era mastodóntico, se veía precedido de un sinfín de cabezas como una gran montaña blanca a lo lejos en la que no se distinguía nada, pero vimos todo al detalle gracias a las pantallas gigantes. Bien podría estar el Papa en Roma y parecer que estaba allí; era como verlo por la tele.
Para acceder al recinto tenías que estar acreditado y haber pagado una inscripción previa. Había diferentes inscripciones según lo que incluían (alojamientos, comidas) y los días que ibas a estar allí. Además se pagaban cantidades diferentes en función del poder adquisitivo del país de residencia; había tres grupos A, B y C. La más barata para los países ricos –la que llevábamos nosotros– era de 45 euros. Era solo para el fin de semana e incluía un bono de transportes, la mochila del peregrino, las comidas y agua dentro de Cuatro Vientos, vales de descuento y la acreditación. Santi Ferran Galicia nació en Hiroshima, Japón. Estudia en la universidad de la misma ciudad y es hijo de padres españoles. Este verano ha venido a España y ha ido a la JMJ. “Me lo paso bien con los amigos de aquí, que hacía cuatro años que no los veía. También conoces gente, y los que hemos hecho el viaje juntos ahora tenemos algo en común para siempre. Somos como una familia, la relación que se crea no muere”, decía en referencia a la peregrinación. Respecto al encuentro con el Papa, el tercero al que va, asegura que “me parece un poco absurdo que nos desplacemos para estar con él en la vigilia y la misa, y en esos momentos, que se supone que son los más importantes, la gente ni se inmute y vaya desorientada, como si no pasara nada”.
Dentro del recinto la imagen era variopinta, no había un canon único. Había camisetas de todos los colores, incluso quien no la llevaba –algo que, sumado a la música que sonaba, por instantes hacía pensar que estabas en un festival de música–; gente de todos los países, con diferentes rasgos; distintas maneras de vestir, y los más graciosos, unos cuantos que iban con un cartel colgado que ponía free hugs –abrazos gratis, en inglés. La mayoría de peregrinos debían tener entre 15 y 25 años, aunque también
se veían sacerdotes y monjas más mayores, además de los responsables de los diferentes grupos que llevaban menores y la marea verde de voluntarios.
Durante toda la tarde sonó música y los presentadores animaban y daban instrucciones, mientras los bomberos remojaban desde los camiones con mangueras a los peregrinos; hacía mucho calor. Al principio faltaba agua y quedó claro que la organización fue un caos. Había dentro más gente de la esperada y a las seis de la tarde ya no dejaban entrar a nadie al recinto porque estaba por encima de su capacidad. Muchos acreditados se quedaron fuera.
Al pasear por allí vi banderas de todos los países, muchas que ni conocía. Lo que más me sorprendió era un grupo de árabes y judíos. Llevaban banderas de Israel, Jordania y Palestina juntas, incluso en el mismo mástil. Hablé con uno de ellos que era judío, pero no quiso mojarse y se excusó diciendo que estábamos en un evento religioso y lo demás no importaba. A medida que avanzaba la tarde el cielo se iba tapando y sobre las nueve de la noche el Papa llegó aclamado y empezó la vigilia. A media celebración se levantó una tormenta estival que nos mojó a todos y que el Papa calificó de “aventura”. En menos de una hora estábamos secos del calor que hacía; todo siguió su curso natural. Durante ese rato hubo un clima de oración y más recogido por parte de la mayoría de los peregrinos, pero cuando finalizó volvió el ambiente festivo de la tarde. Carlos Eymar escribía en
un artículo en esta revista en el número de abril, que ofrecía ”una jarra de cerveza helada a los que decidan adentrarse en
el infierno del agosto madrileño para ver al Papa”, pero no contó con que la cerveza estaba caliente, como la mayoría de las bebidas que vendían en las carpas. Hasta las dos de la mañana se oyó la percusión de los neocatecúmenos, que todavía animaban el ambiente con sus canciones y sus bailes. Muchos se sumaban y se juntaba gente de varios países. Incluso encontramos alguna charanga.
Más tarde, tras hablar con un policía nacional, conseguí salir del recinto con un compañero y acercarme a las zonas habilitadas para toda la gente no acreditada y donde estaban también los que se habían quedado fuera. Un irlandés muy simpático me dijo que todos los de su grupo habían pagado, pero por llegar tarde se habían quedado allí y no les daban la comida ni agua, pero estaba contento e ilusionado. También en aquellas zonas todo estaba abarrotado de gente.
Conseguimos volver a entrar al recinto sobre las cuatro de la mañana, mientras un grupo intentaba hacer lo mismo frente a la negativa del nacional que nos dejó pasar al recordar nuestras caras. El domingo por la mañana nos despertaron pronto con unos avisos para que la gente recogiera cuanto pudiera y creara espacio para que muchos de los que se habían quedado fuera pudieran acceder al interior. Se rezaron laudes y cerca de las diez empezó el acto central: la misa. A mi alrededor todos seguían atentos la celebración –solo distraídos por el paso por delante nuestro de un joven con una cresta multicolor en medio del sermón, en el que el Papa arengaba a los jóvenes a permanecer unidos y firmes en la fe y a vivirla en comunidad–, salvo un grupo de ingleses que seguían durmiendo. A mitad de la misa, varios grupos de gente –los más previsores– empezaron a marcharse hacia las salidas para evitar colapsos al abandonar el recinto. La decepción de muchos jóvenes fue que dada la ingente cantidad de jóvenes no se repartió la comunión.
Al finalizar la misa se anunció que el siguiente encuentro será en Rio de Janeiro, en 2013. Era un secreto a voces, pero los
brasileños que había allí lo celebraron por todo lo alto como si de una sorpresa se tratara.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral