El Ciervo

El Saint François de Messiaen

05.10.11 | 10:40. Archivado en Espiritualidad
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Carlos Eymar
Filósofo

Aunque es conocido el apoyo incondicional del diario El País al actual director artístico del Teatro Real, Gérard Mortier, no dejan de sorprender sus elogios a una ópera como el Saint François d’Assise de Olivier Messiaen. En su editorial del pasado 11 de
julio, bajo el título de “Seis horas trascendentes”, este periódico, tan poco dado a trascendencias, saludaba como un verdadero acontecimiento la representación en Madrid, entre el 6 y el 13 de julio, de este “espectáculo insólito y excesivo, ajeno a los tiempos, las medidas y las concesiones”. Y eso gracias a un “gestor cultural audaz, rompedor, imprevisible y tozudo” como Mortier. Que no todos compartían ese juicio tuve ocasión de comprobarlo cuando, en el entreacto, me encontré con mi amigo Luis Suñén, quien mostraba algo más que reservas hacia la gestión de Mortier y hacia el millonario despliegue de medios en el Madrid Arena, fuera de la sede del Teatro Real. Oí a otros espectadores cualificados criticar la instalación de la cúpula diseñada por la pareja de artistas rusos, Emilia e Ilya Kabakov, la cual, pese a sus 22 toneladas y 13 metros de diámetro, era incapaz de envolver en la irradiación de su constante y sutil juego de luces, a todos los espectadores congregados en aquel recinto deportivo. Algunos, en fin, pese a reconocer la belleza de la música y la grandeza de la orquestación de Messiaen, argumentaban contra la carencia de sentido dramático de una obra que casi rozaba lo litúrgico. Yo he echado de menos, en el debate suscitado, una mayor altura en el tratamiento de su aspecto religioso. Era como si, en la ópera de Messiaen, la brillante y genial forma musical pudiera separarse de un prescindible y accidental contenido religioso, sospechosamente próximo a lo eclesiástico. Messiaen vivió siempre como un drama esa condición suya de músico creyente que hablaba de fe a los ateos. Es evidente que su música, impregnada de un profundo discurso teológico, resulta menos comprensible si éste es ignorado por completo.
Hijo de padres agnósticos, la fe en Messiaen surge en su infancia, de forma casi espontánea, por la vía de lo maravilloso cristiano, de un mundo que se le entrega lleno de espíritus luminosos y criaturas angélicas, en una atmósfera de alegría y
gloria. Lector asiduo de la Biblia y de la Summa Theologica de Santo Tomás, pasada por el filtro de la poesía de Reverdy, profundo conocedor del canto gregoriano y del mundo medieval, Messiaen construye un muy documentado libreto sobre San Francisco. En él, el oyente avisado podrá reconocer, en el leitmotiv del tema de Dios, la idea de la pericoresis trinitaria presente en el tema de Dios, la escatología del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios o la versión musical de la escala de Jacob. Todo ello atravesado por un cristianismo cósmico que descubre la cruz trazada por los puntos cardinales a cuyos confines son enviados, en misión, los pájaros. San Francisco, uno de los primeros poetas de Occidente, con su Canto a las Criaturas no hace sino seguir el impulso de alabanza a la creación contenido en los Libros Sapienciales. Sus mismos estigmas son la impronta que en su cuerpo deja ese deseo de abrazar al cosmos. También la ópera de Messiaen en la que se entrelazan ritmos y armonías de oriente y occidente, en la que concurren 240 músicos y cantantes, y pájaros de todos los continentes, expresa una ambición literalmente católica de abarcar en ella al universo.
¿Es preciso ser creyente para apreciar la música de Messiaen? No, pero estoy convencido de que aquel que, seducido por los acordes, decida seguir sus caminos, no podrá menos de llegar a aquellos preámbulos de la fe, colindantes con un mundo maravilloso de ángeles pájaros.


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