Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía social en ETEA (Universidad de Córdoba)
Occidente lleva años preguntándose por sus crisis e interpretándolas. Las interpretaciones siempre parten de otras interpretaciones. No tenemos experiencia directa de nada, si no es en marcos de interpretación ya existentes. Lo que ahora nos pasa no podemos entenderlo sin saber qué pasó en 1929, como el poscomunismo no pudimos entenderlo sin conocer y sobreinterpretar de nuevo lo ocurrido antes de 1914. Muchos no aciertan a decir sino simplezas porque no conocen la historia. No hemos de extrañarnos de la levedad irrelevante de muchos mensajes. Algún sociólogo de la cultura habló en su día de “herejía emocional” para referirse a aquella actitud emotiva y mental que ha perdido toda confianza y toda esperanza de recibir ninguna buena noticia del entramado de creencias e instituciones en que se sigue sustentando su vida. En el estado de “herejía emocional” no se cuestionan las creencias, los dogmas, ni siquiera los valores, se dan simplemente por supuestos y quizá válidos, pero de hecho ya no se espera nada de ellos que pueda ayudar a configurar la propia vida. Muchos creyentes cristianos europeos viven esta “herejía emocional” en relación a sus iglesias. Siguen siendo anglicanos, católicos o reformados, pero ya no sintonizan aquella frecuencia desde la que se alimentan las creencias o las que institucionalizan prácticas de sentido, pues sencillamente no encuentran nada en ellas que les sirva realmente para sus vidas.
Lo que está pasando en la vida pública, atravesada de un largo malestar, se parece mucho a un estado de ese tipo. Miramos con simpatía y con lástima, es decir desde la perplejidad, a los “malcontents” que han llenado las puertas hispanas del sol: la primera porque han tenido el coraje suficiente de decir “hasta aquí hemos llegado”, la segunda porque se trata de desorientados adoradores del progreso individual que de golpe ha quedado truncado.
De sol –y de hambruna– han muerto este verano miles de personas en el “cuerno de África”, ellos han sido víctimas de un sistema banal que ha colocado el becerro de oro en una fuente agrietada. Ciertamente, parece que lo mejor que les ha podido pasar a nuestros “malcontents” ha sido darse cuenta de que eran adoradores de ídolos sin vida, y ahora como idólatras defraudados por un paraíso que les ha sido robado ante sus ojos sin saber cómo ni por qué, andan revueltos; en el mejor de los casos han surgido miles de agnósticos o definitivamente ateos de aquellos ídolos sin vida, a los que habíamos entregado nuestras almas y a los que pocos se atrevieron a importunar con sus críticas. Quizá puedan por fin buscar fuentes de agua viva que no se curven sobre sus propios sueños, sino que les ofrezcan sed de autenticidad y de sentido y, al mismo tiempo, agua gratuita que sacia. Si nuestros “malcontents” –desecados y enfadados– se convirtiesen en sencillos cervatillos podríamos dar por buena la revuelta primaveral, para esperar que mujeres y hombres sigan luchando por la dignidad humana de forma fraternal. Para los muchos aquejados de “herejía emocional” o para los “decepcionados” urge una propuesta política que devuelva el valor al tiempo y a la palabra: al tiempo para enseñar/aprender/aceptar/interiorizar que lo valioso sólo se consigue con tiempo, con aquel tiempo consagrado a transformar interiormente nuestro ser al mismo ritmo y en el mismo sentido en que transformamos la realidad circundante; a la palabra, devolviéndole su dignidad de intérprete de nuestro amor por este mundo –no tenemos otro al que podamos confiar nuestro esfuerzo (nuestra “yihad”) mejor que a este mundo, que amamos apasionadamente, aunque soñemos un mundo radicalmente otro.
Hay cuatro palabras dignificadoras que esperaríamos escuchar pronunciadas por políticos dignos que quieran invitar a un nuevo acuerdo democrático para superar esta “herejía emocional” causa de nuestro agnosticismo democrático.
Ciertamente lo esperamos más de unos que de otros, pues son las palabras de su memoria, pero nos urgen palabras libres y veraces, no acomodaticias. Éstas son las palabras: fraternidad, reconciliación, cooperación y consenso socialdemócrata.
La primera y la más esencial es “fraternidad”. Unos afirman sobre todo la libertad y la autonomía personal, otros la igualdad y la justicia para todos, otros más quieren preservar lo conseguido aunque sea desde la asimetría en los beneficios y otros quieren romper esa y todas las asimetrías para implantar una novedad liberadora. Los años 30 nos hicieron tangible la dureza de los enfrentamientos y la lógica perversa –e “ilógica”– de la dialéctica amigo-enemigo; aunque con prolongaciones que tardaron en desaparecer en algunos casos, la segunda posguerra mundial quiso alumbrar un pacto de paz y de justicia que superase aquellos horrores. Para hacer política sólo hace falta saber historia y ser prudentes, decía Churchill, a lo que añadiríamos: conviene ser pacientes. La paciencia, que surge de un mismo corazón compasivo que la prudencia, sólo puede fundarse en la fraternidad.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral