El Ciervo

Cien años de José María Díez-Alegría

12.10.11 | 10:56. Archivado en Cine

Juan Antonio Delgado de la Rosa
Filósofo

José María Díez-Alegría nació el 22 de octubre de 1911 en un Banco, la sucursal del Banco de España en Gijón.
El primer contacto de Díez-Alegría con los jesuitas fue a través de su padre, que era muy amigo del superior de la residencia de Gijón, don Cesáreo Ibero. En la Casa de Ejercicios de Chamartín (Madrid), en 1929 José María Díez-Alegría, llevó a cabo sus segundos ejercicios espirituales, de cinco días en régimen de internado, dirigidos por Victorino Feliz. Estos le marcaron profundamente, tanto que decidió hacerse jesuita, y entró en el noviciado un año después. El retraso se debe a que le faltaba documentación necesaria para su ingreso, lo que es una paradoja que le marcará el resto de su vida. Todo un símbolo. Nada más entrar en los jesuitas ya era un hombre sin papeles. En Aranjuez estaba el grupo de Novicios y el grupo de Juniores, en el que
encontró como compañero a José María de Llanos. Su núcleo y centro de interés en el estudio era el tema del deber. Le preocupaba
el planteamiento que afirmaba que el deber procedía exclusivamente de un precepto divino.
Esto no le convencía y por tanto, le predispuso a buscar y bucear en las raíces de ésta cuestión y le llevó a realizar su investigación de tesis doctoral en Filosofía sobre: El desarrollo de la doctrina de la ley natural en Luis de Molina y en los maestros de la Universidad de Évora de 1565 a 1591. Estudio histórico y textos inéditos. La tesis fue defendida en junio de 1947 en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, dirigida por el Padre Pedro Abellán, profesor de Teología Moral.
En 1951 José María Díez-Alegría decidió hacer el curso para el doctorado en la Universidad Central de Madrid, escogiendo para su tesis las relaciones entre los campos de la Ética y el Derecho, cuyo título final fue: Ética, Derecho e Historia. El tema iusnaturalista en la problemática contemporánea. Esta trayectoria intelectual y espiritual, le afianzó en vivir en profundidad
como objetivo fundamental el lograr un auténtico y verdadero razonamiento del valor y la dignidad de la persona humana
y un respeto efectivo de sus derechos y libertades a todo totalitarismo político.
Estos dos aspectos tan relevantes son tratados en el conjunto de su obra y centrados en la filosofía social, política y jurídica de esos años en nuestro país. La motivación última de todos estos planteamientos responde a estímulos y valoraciones de sentido y alcance plenamente humanista cristiano y democrático. Es un enfoque con un modo de sentir, hablar, pensar y actuar con una fuerte conexión con el respeto a la persona dentro de unas coordenadas democráticas.
Aquí fundamentó todo su pensamiento teológico en una reflexión al hilo de la historia del cristianismo, donde parte del comunismo de la primera comunidad cristiana y cuyo punto de partida es el Nuevo testamento, que testimonia la existencia de una tradición primitivísima del cristianismo favorable a la comunidad de bienes y contraria a la propiedad privada individual exclusivista. Todos los creyentes vivían unidos, y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían
entre todos, según las necesidades de cada uno. Desde esta línea de trabajo, Díez-Alegría, plantea que la ideología capitalista
está en radical oposición al espíritu del cristianismo, ya que se funda en la negación de la autarkeia y en la afirmación del deseo ilimitado de ganancia individual. La sociedad opulenta está organizada sobre una trama de consumo forzado, impuesta a base de estructuras de propaganda y de mercado, que hace imposible la autarkeia, destruyendo las posibilidades de koinonía solidaria y consolidando una vida individualista. Díez-Alegría mantiene una línea de pensamiento en la que afirma que la utopía cristiana es enteramente coincidente con la utopía comunista, es decir, que cada uno ofrece según sus posibilidades y a cada uno se le da según sus necesidades, en perfecta y plena solidaridad. Por tanto, podemos afirmar, que ser anticomunista es no ser cristiano en sentido genuino y originario y además con igual convicción se puede manifestar, que el capitalismo es la antítesis de la utopía
cristiana. Estar prendado fuertemente por el capitalismo es no ser cristiano con autenticidad. Todo esto supone una sociedad verdaderamente solidaria. Esto entraña una auténtica revolución jurídica y cultural. El Antiguo Testamento también era taxativo al respecto de y con la liberación de los pobres y oprimidos que implicaba la decadencia de los ricos. Esto desarrolla toda una revolución social para llegar a una sociedad de iguales, sin potentados ni miserables, libre y pacífica. Para Díez-Alegría los hombres tienen que ser corresponsables unos con otros, deben solidarizarse y entrar en profunda común-unión, especialmente con los más pobres. Solo desde aquí esta convencido que se podrá ir construyendo un nuevo y esperanzador futuro para construir y
reconstruir la propia sociedad de hombres y mujeres. Esta opción por y con los más sencillos debe estar encaminada a corregir las raíces estructurales de orden económico, social y jurídico que estén en la base de la marginación y la miseria. Hay que introducir nuevas corrientes de disponibilidad para servir sin necesaria contrapartida de ganancia siempre creciente. Las nuevas corrientes deben ir garantizando una inclinación a la igualdad y fraternización efectiva. Un cristiano debe tener enraizadas
fuertes convicciones éticas respecto al dinero, a la no violencia, a la cooperación social, a la opción preferencial por los
pobres, a la necesidad de combatir discriminaciones por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, la urgencia de combatir las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los pueblos, debe trabajar para que las instituciones públicas y privadas se pongan al servicio de la dignidad del hombre. El cristiano que vive con intensidad y pasión desde estas coordenadas, su conciencia sincera, encarnada con honestidad en medio de la vida será voz esperanzadora y profética desde la experiencia de la ortopraxis. Esta trayectoria la han mantenido en el cristianismo real figuras que han sido Buena Noticia para los hombres y que Díez-Alegría las tiene como referentes vitales por su testimonio de entrega: Oscar Arnulfo
Romero, Pedro Claver, San Juan de Dios, San Francisco de Asís.

A MODO DE CONCLUSIÓN
El hombre que acepta la opresión, como un factor histórico irreductible, o como elemento positivo del sentido de la historia, no puede llegar al Dios bíblico, que es esencialmente negador de la aceptación de la opresión. La actitud profética de los cristianos del siglo xxi debe aportar luz y fuerza para permanecer en la vocación militante de realizar la justicia en la historia y al empeño radical por la construcción de relaciones en que el hombre no quede aniquilado, sino realizado y reconciliado. Debemos vislumbrar una sociedad humana para todos, sin clases. Fundada en el trabajo y la solidaridad. El hombre profundamente creyente debe denunciar las estructuras sociales injustas, incluso la misma estructura del catolicismo. Si el amor al prójimo es verdadero, su dinamismo es universalista.

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La aventura del Papa

07.10.11 | 10:46. Archivado en Iglesia

Iñaki Pardo Torregrosa
Periodista

Llegamos a Madrid el viernes 19 después de comer. Era el día previo al encuentro de los jóvenes con el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, una base militar donde se han celebrado los actos centrales de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) –la vigilia de oración y la misa– y donde ya se reunió Juan Pablo II con los jóvenes españoles en el año 2003.
Madrid estaba tomada por los peregrinos llegados de todos los rincones del mundo. En todas las esquinas de la ciudad aparecían grupos de jóvenes con las banderas de su país de origen; equipados con guitarras y otros instrumentos; la mayoría fáciles de reconocer al ir en grupo o por la indumentaria, ya fuera la mochila y la camiseta del peregrino o camisetas hechas para la ocasión. El sábado, recién comidos, fuimos a Cuatro Vientos. De camino a la base aérea todo era caótico, muchísimos grupos se dirigían a la vez al lugar y el transporte público estaba saturado. Algunos voluntarios nos daban fruta y los vendedores ambulantes hacían su agosto –nunca mejor dicho– vendiendo botellas de agua y otras bebidas frías. Finalmente tras andar más de una hora en medio de la aglomeración de gente conseguimos llegar al interior del recinto sobre las cuatro de la tarde.
“La Jornada Mundial de la Juventud es un encuentro con gente del mismo credo, nos reunimos con la cabeza visible y nos une. Nos hace ver que la religión no es algo individual ni personal, sino mundial y comunitario”, me dice Joan Gil, que estudia en el seminario de Navarra. Lo que resalta del viaje es la convivencia: “Compartir tantas horas te hace ver como es el otro, y la convivencia se puede tornar un poco difícil, pero vale la pena, también ves mucha gente que no ves desde hace tiempo”.
Cuando llegamos el recinto estaba casi lleno y nuestra zona asignada estaba ocupada. Nos instalamos donde pudimos: al final, en una zona que en teoría no estaba habilitada para los peregrinos. El escenario, que era mastodóntico, se veía precedido de un sinfín de cabezas como una gran montaña blanca a lo lejos en la que no se distinguía nada, pero vimos todo al detalle gracias a las pantallas gigantes. Bien podría estar el Papa en Roma y parecer que estaba allí; era como verlo por la tele.
Para acceder al recinto tenías que estar acreditado y haber pagado una inscripción previa. Había diferentes inscripciones según lo que incluían (alojamientos, comidas) y los días que ibas a estar allí. Además se pagaban cantidades diferentes en función del poder adquisitivo del país de residencia; había tres grupos A, B y C. La más barata para los países ricos –la que llevábamos nosotros– era de 45 euros. Era solo para el fin de semana e incluía un bono de transportes, la mochila del peregrino, las comidas y agua dentro de Cuatro Vientos, vales de descuento y la acreditación. Santi Ferran Galicia nació en Hiroshima, Japón. Estudia en la universidad de la misma ciudad y es hijo de padres españoles. Este verano ha venido a España y ha ido a la JMJ. “Me lo paso bien con los amigos de aquí, que hacía cuatro años que no los veía. También conoces gente, y los que hemos hecho el viaje juntos ahora tenemos algo en común para siempre. Somos como una familia, la relación que se crea no muere”, decía en referencia a la peregrinación. Respecto al encuentro con el Papa, el tercero al que va, asegura que “me parece un poco absurdo que nos desplacemos para estar con él en la vigilia y la misa, y en esos momentos, que se supone que son los más importantes, la gente ni se inmute y vaya desorientada, como si no pasara nada”.
Dentro del recinto la imagen era variopinta, no había un canon único. Había camisetas de todos los colores, incluso quien no la llevaba –algo que, sumado a la música que sonaba, por instantes hacía pensar que estabas en un festival de música–; gente de todos los países, con diferentes rasgos; distintas maneras de vestir, y los más graciosos, unos cuantos que iban con un cartel colgado que ponía free hugs –abrazos gratis, en inglés. La mayoría de peregrinos debían tener entre 15 y 25 años, aunque también
se veían sacerdotes y monjas más mayores, además de los responsables de los diferentes grupos que llevaban menores y la marea verde de voluntarios.
Durante toda la tarde sonó música y los presentadores animaban y daban instrucciones, mientras los bomberos remojaban desde los camiones con mangueras a los peregrinos; hacía mucho calor. Al principio faltaba agua y quedó claro que la organización fue un caos. Había dentro más gente de la esperada y a las seis de la tarde ya no dejaban entrar a nadie al recinto porque estaba por encima de su capacidad. Muchos acreditados se quedaron fuera.
Al pasear por allí vi banderas de todos los países, muchas que ni conocía. Lo que más me sorprendió era un grupo de árabes y judíos. Llevaban banderas de Israel, Jordania y Palestina juntas, incluso en el mismo mástil. Hablé con uno de ellos que era judío, pero no quiso mojarse y se excusó diciendo que estábamos en un evento religioso y lo demás no importaba. A medida que avanzaba la tarde el cielo se iba tapando y sobre las nueve de la noche el Papa llegó aclamado y empezó la vigilia. A media celebración se levantó una tormenta estival que nos mojó a todos y que el Papa calificó de “aventura”. En menos de una hora estábamos secos del calor que hacía; todo siguió su curso natural. Durante ese rato hubo un clima de oración y más recogido por parte de la mayoría de los peregrinos, pero cuando finalizó volvió el ambiente festivo de la tarde. Carlos Eymar escribía en
un artículo en esta revista en el número de abril, que ofrecía ”una jarra de cerveza helada a los que decidan adentrarse en
el infierno del agosto madrileño para ver al Papa”, pero no contó con que la cerveza estaba caliente, como la mayoría de las bebidas que vendían en las carpas. Hasta las dos de la mañana se oyó la percusión de los neocatecúmenos, que todavía animaban el ambiente con sus canciones y sus bailes. Muchos se sumaban y se juntaba gente de varios países. Incluso encontramos alguna charanga.
Más tarde, tras hablar con un policía nacional, conseguí salir del recinto con un compañero y acercarme a las zonas habilitadas para toda la gente no acreditada y donde estaban también los que se habían quedado fuera. Un irlandés muy simpático me dijo que todos los de su grupo habían pagado, pero por llegar tarde se habían quedado allí y no les daban la comida ni agua, pero estaba contento e ilusionado. También en aquellas zonas todo estaba abarrotado de gente.
Conseguimos volver a entrar al recinto sobre las cuatro de la mañana, mientras un grupo intentaba hacer lo mismo frente a la negativa del nacional que nos dejó pasar al recordar nuestras caras. El domingo por la mañana nos despertaron pronto con unos avisos para que la gente recogiera cuanto pudiera y creara espacio para que muchos de los que se habían quedado fuera pudieran acceder al interior. Se rezaron laudes y cerca de las diez empezó el acto central: la misa. A mi alrededor todos seguían atentos la celebración –solo distraídos por el paso por delante nuestro de un joven con una cresta multicolor en medio del sermón, en el que el Papa arengaba a los jóvenes a permanecer unidos y firmes en la fe y a vivirla en comunidad–, salvo un grupo de ingleses que seguían durmiendo. A mitad de la misa, varios grupos de gente –los más previsores– empezaron a marcharse hacia las salidas para evitar colapsos al abandonar el recinto. La decepción de muchos jóvenes fue que dada la ingente cantidad de jóvenes no se repartió la comunión.
Al finalizar la misa se anunció que el siguiente encuentro será en Rio de Janeiro, en 2013. Era un secreto a voces, pero los
brasileños que había allí lo celebraron por todo lo alto como si de una sorpresa se tratara.


El Saint François de Messiaen

05.10.11 | 10:40. Archivado en Espiritualidad

Carlos Eymar
Filósofo

Aunque es conocido el apoyo incondicional del diario El País al actual director artístico del Teatro Real, Gérard Mortier, no dejan de sorprender sus elogios a una ópera como el Saint François d’Assise de Olivier Messiaen. En su editorial del pasado 11 de
julio, bajo el título de “Seis horas trascendentes”, este periódico, tan poco dado a trascendencias, saludaba como un verdadero acontecimiento la representación en Madrid, entre el 6 y el 13 de julio, de este “espectáculo insólito y excesivo, ajeno a los tiempos, las medidas y las concesiones”. Y eso gracias a un “gestor cultural audaz, rompedor, imprevisible y tozudo” como Mortier. Que no todos compartían ese juicio tuve ocasión de comprobarlo cuando, en el entreacto, me encontré con mi amigo Luis Suñén, quien mostraba algo más que reservas hacia la gestión de Mortier y hacia el millonario despliegue de medios en el Madrid Arena, fuera de la sede del Teatro Real. Oí a otros espectadores cualificados criticar la instalación de la cúpula diseñada por la pareja de artistas rusos, Emilia e Ilya Kabakov, la cual, pese a sus 22 toneladas y 13 metros de diámetro, era incapaz de envolver en la irradiación de su constante y sutil juego de luces, a todos los espectadores congregados en aquel recinto deportivo. Algunos, en fin, pese a reconocer la belleza de la música y la grandeza de la orquestación de Messiaen, argumentaban contra la carencia de sentido dramático de una obra que casi rozaba lo litúrgico. Yo he echado de menos, en el debate suscitado, una mayor altura en el tratamiento de su aspecto religioso. Era como si, en la ópera de Messiaen, la brillante y genial forma musical pudiera separarse de un prescindible y accidental contenido religioso, sospechosamente próximo a lo eclesiástico. Messiaen vivió siempre como un drama esa condición suya de músico creyente que hablaba de fe a los ateos. Es evidente que su música, impregnada de un profundo discurso teológico, resulta menos comprensible si éste es ignorado por completo.
Hijo de padres agnósticos, la fe en Messiaen surge en su infancia, de forma casi espontánea, por la vía de lo maravilloso cristiano, de un mundo que se le entrega lleno de espíritus luminosos y criaturas angélicas, en una atmósfera de alegría y
gloria. Lector asiduo de la Biblia y de la Summa Theologica de Santo Tomás, pasada por el filtro de la poesía de Reverdy, profundo conocedor del canto gregoriano y del mundo medieval, Messiaen construye un muy documentado libreto sobre San Francisco. En él, el oyente avisado podrá reconocer, en el leitmotiv del tema de Dios, la idea de la pericoresis trinitaria presente en el tema de Dios, la escatología del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios o la versión musical de la escala de Jacob. Todo ello atravesado por un cristianismo cósmico que descubre la cruz trazada por los puntos cardinales a cuyos confines son enviados, en misión, los pájaros. San Francisco, uno de los primeros poetas de Occidente, con su Canto a las Criaturas no hace sino seguir el impulso de alabanza a la creación contenido en los Libros Sapienciales. Sus mismos estigmas son la impronta que en su cuerpo deja ese deseo de abrazar al cosmos. También la ópera de Messiaen en la que se entrelazan ritmos y armonías de oriente y occidente, en la que concurren 240 músicos y cantantes, y pájaros de todos los continentes, expresa una ambición literalmente católica de abarcar en ella al universo.
¿Es preciso ser creyente para apreciar la música de Messiaen? No, pero estoy convencido de que aquel que, seducido por los acordes, decida seguir sus caminos, no podrá menos de llegar a aquellos preámbulos de la fe, colindantes con un mundo maravilloso de ángeles pájaros.


Ante la herejía emocional

03.10.11 | 10:31. Archivado en Espiritualidad

Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía social en ETEA (Universidad de Córdoba)

Occidente lleva años preguntándose por sus crisis e interpretándolas. Las interpretaciones siempre parten de otras interpretaciones. No tenemos experiencia directa de nada, si no es en marcos de interpretación ya existentes. Lo que ahora nos pasa no podemos entenderlo sin saber qué pasó en 1929, como el poscomunismo no pudimos entenderlo sin conocer y sobreinterpretar de nuevo lo ocurrido antes de 1914. Muchos no aciertan a decir sino simplezas porque no conocen la historia. No hemos de extrañarnos de la levedad irrelevante de muchos mensajes. Algún sociólogo de la cultura habló en su día de “herejía emocional” para referirse a aquella actitud emotiva y mental que ha perdido toda confianza y toda esperanza de recibir ninguna buena noticia del entramado de creencias e instituciones en que se sigue sustentando su vida. En el estado de “herejía emocional” no se cuestionan las creencias, los dogmas, ni siquiera los valores, se dan simplemente por supuestos y quizá válidos, pero de hecho ya no se espera nada de ellos que pueda ayudar a configurar la propia vida. Muchos creyentes cristianos europeos viven esta “herejía emocional” en relación a sus iglesias. Siguen siendo anglicanos, católicos o reformados, pero ya no sintonizan aquella frecuencia desde la que se alimentan las creencias o las que institucionalizan prácticas de sentido, pues sencillamente no encuentran nada en ellas que les sirva realmente para sus vidas.
Lo que está pasando en la vida pública, atravesada de un largo malestar, se parece mucho a un estado de ese tipo. Miramos con simpatía y con lástima, es decir desde la perplejidad, a los “malcontents” que han llenado las puertas hispanas del sol: la primera porque han tenido el coraje suficiente de decir “hasta aquí hemos llegado”, la segunda porque se trata de desorientados adoradores del progreso individual que de golpe ha quedado truncado.
De sol –y de hambruna– han muerto este verano miles de personas en el “cuerno de África”, ellos han sido víctimas de un sistema banal que ha colocado el becerro de oro en una fuente agrietada. Ciertamente, parece que lo mejor que les ha podido pasar a nuestros “malcontents” ha sido darse cuenta de que eran adoradores de ídolos sin vida, y ahora como idólatras defraudados por un paraíso que les ha sido robado ante sus ojos sin saber cómo ni por qué, andan revueltos; en el mejor de los casos han surgido miles de agnósticos o definitivamente ateos de aquellos ídolos sin vida, a los que habíamos entregado nuestras almas y a los que pocos se atrevieron a importunar con sus críticas. Quizá puedan por fin buscar fuentes de agua viva que no se curven sobre sus propios sueños, sino que les ofrezcan sed de autenticidad y de sentido y, al mismo tiempo, agua gratuita que sacia. Si nuestros “malcontents” –desecados y enfadados– se convirtiesen en sencillos cervatillos podríamos dar por buena la revuelta primaveral, para esperar que mujeres y hombres sigan luchando por la dignidad humana de forma fraternal. Para los muchos aquejados de “herejía emocional” o para los “decepcionados” urge una propuesta política que devuelva el valor al tiempo y a la palabra: al tiempo para enseñar/aprender/aceptar/interiorizar que lo valioso sólo se consigue con tiempo, con aquel tiempo consagrado a transformar interiormente nuestro ser al mismo ritmo y en el mismo sentido en que transformamos la realidad circundante; a la palabra, devolviéndole su dignidad de intérprete de nuestro amor por este mundo –no tenemos otro al que podamos confiar nuestro esfuerzo (nuestra “yihad”) mejor que a este mundo, que amamos apasionadamente, aunque soñemos un mundo radicalmente otro.
Hay cuatro palabras dignificadoras que esperaríamos escuchar pronunciadas por políticos dignos que quieran invitar a un nuevo acuerdo democrático para superar esta “herejía emocional” causa de nuestro agnosticismo democrático.
Ciertamente lo esperamos más de unos que de otros, pues son las palabras de su memoria, pero nos urgen palabras libres y veraces, no acomodaticias. Éstas son las palabras: fraternidad, reconciliación, cooperación y consenso socialdemócrata.
La primera y la más esencial es “fraternidad”. Unos afirman sobre todo la libertad y la autonomía personal, otros la igualdad y la justicia para todos, otros más quieren preservar lo conseguido aunque sea desde la asimetría en los beneficios y otros quieren romper esa y todas las asimetrías para implantar una novedad liberadora. Los años 30 nos hicieron tangible la dureza de los enfrentamientos y la lógica perversa –e “ilógica”– de la dialéctica amigo-enemigo; aunque con prolongaciones que tardaron en desaparecer en algunos casos, la segunda posguerra mundial quiso alumbrar un pacto de paz y de justicia que superase aquellos horrores. Para hacer política sólo hace falta saber historia y ser prudentes, decía Churchill, a lo que añadiríamos: conviene ser pacientes. La paciencia, que surge de un mismo corazón compasivo que la prudencia, sólo puede fundarse en la fraternidad.


Lunes, 28 de mayo

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