Un Papa que canoniza a su inmediato predecesor parece ejecutar un acto de promoción interna “a lo divino” o que prepara su futura beatificación.
Dudo del buen sentido de estas canonizaciones (la palabra viene de cánon, de “caña que se utiliza para medir lo que cabe
y lo que no cabe”). ¿Se trata de controlar el efecto Wojtyla? Como párroco del mundo, como luchador antitotalitarismos
o como promotor de un catolicismo emocional de masas, Karol Wojtyla fue más que notable, probablemente uno de los últimos líderes del siglo xx, junto a Mandela. ¿Nos dejó un poco huérfanos?; a unos sí, a otros no tanto, aunque todos sentimos el vacío de su muerte, es cierto. Pero no hemos de confundirnos: al beatificar a alguien la Iglesia no canoniza ni su modelo político, ni su eclesiología, ni su ideología o su ciencia.
Agustín o “la petite Thérèse”, Rosa de Lima o Martín de Tours son santos por haber destacado en tres virtudes: fe, esperanza
y caridad. Sólo por eso. El Concilio Vaticano proclamó con fuerza que todos los cristianos estamos llamados a la santidad.
Numéricamente sobran “santos oficiales” y faltan cristianos de toda edad, condición o país que queramos ser santos: hemos de
ser santos. Juan Pablo II nos marcó caminos con su vida entregada y con su fe intrépida. Si Juan Pablo II sigue inspirando
el camino de santidad, aunque sólo sea a algunos cristianos –parece que sí– entonces bien vale la pena reconocérselo y que
lo sepamos. Ni más ni menos.
Sin lugar a dudas ha sido una figura relevante y polémica en la Iglesia y fuera de ella. Ha sido adorado por unos por su apertura al mundo y contestado por otros por su conservadurismo militante.
Nombrar beato a un personaje que hemos podido ver y oír en los medios de comunicación es una novedad porque estamos acostumbrados
a que los santos y beatos sean gente muy buena pero no han sido nuestros contemporáneos.
José Antonio González Casanova
Como ocurrió con la canonización del fundador del Opus Dei o la de unos supuestos mártires de la represión antifranquista en 1936, la beatificación del papa Juan Pablo II, paso previo para declararlo santo, tiene unas evidentes connotaciones políticas. No sé a quien beneficia concretamente (Vaticano, poder financiero, grupos integristas), lo que sí creo es que no aporta nada a la imagen cristiana de la Iglesia católica por diversos motivos:
1) la prisa en el proceso es sospechosa;
2) el famoso “milagrito” imprescindible es más sospechoso aún, por lo fácil que es crearlo y creerlo; 3) aunque no hay por qué dudar de las virtudes personales del citado Papa, su condición pontificia (y, además, durante largo tiempo) le hace precisamente más gobernante que pastor, más hombre de Estado que de Iglesia, y más polémica su posible santidad. ¿En qué consiste la santiddad
de un Papa? Un Papa santo fue, según creyentes de todo signo y ateos o agnósticos, Juan XXIII. ¿Por qué está detenido su proceso?
De nuevo razones estratégicas. No interesa que sea santo oficial el mejor testimonio cristiano de un cura conservador, pero bueno, amoroso, espiritual, que clamó por un cambio en la Iglesia, urgente y necesario. La restauración integrista intenta hoy borrar cualquier huella del “papa bueno” y substituirla por la de un Papa político y mediático convertido en santo por el derecho administrativo del Estado Vaticano. El papa Ratzinger prosigue su tarea de desprestigio de la Iglesia en un intento desesperado e inútil por preservar su pasado histórico más impresentable con olvido de sus verdaderos y fecundos orígenes cristianos.
José Antonio González Casanova
Como ocurrió con la canonización del fundador del Opus Dei o la de unos supuestos mártires de la represión antifranquista en 1936, la beatificación del papa Juan Pablo II, paso previo para declararlo santo, tiene unas evidentes connotaciones políticas. No sé a quien beneficia concretamente (Vaticano, poder financiero, grupos integristas), lo que sí creo es que no aporta nada a la imagen cristiana de la Iglesia católica por diversos motivos:
1) la prisa en el proceso es sospechosa;
2) el famoso “milagrito” imprescindible es más sospechoso aún, por lo fácil que es crearlo y creerlo; 3) aunque no hay por qué dudar de las virtudes personales del citado Papa, su condición pontificia (y, además, durante largo tiempo) le hace precisamente más gobernante que pastor, más hombre de Estado que de Iglesia, y más polémica su posible santidad. ¿En qué consiste la santiddad
de un Papa? Un Papa santo fue, según creyentes de todo signo y ateos o agnósticos, Juan XXIII. ¿Por qué está detenido su proceso?
De nuevo razones estratégicas. No interesa que sea santo oficial el mejor testimonio cristiano de un cura conservador, pero bueno, amoroso, espiritual, que clamó por un cambio en la Iglesia, urgente y necesario. La restauración integrista intenta hoy borrar cualquier huella del “papa bueno” y substituirla por la de un Papa político y mediático convertido en santo por el derecho administrativo del Estado Vaticano. El papa Ratzinger prosigue su tarea de desprestigio de la Iglesia en un intento desesperado e inútil por preservar su pasado histórico más impresentable con olvido de sus verdaderos y fecundos orígenes cristianos.
Cuando tras larga enfermedad murió Juan Pablo II, muchos de sus más devotos admiradores pidieron y gritaron aquello de santo subito (santo enseguida). Era un deseo de volver a una práctica frecuente en la edad media, con canonizaciones muy pronto después del fallecimiento y por aclamación popular. Los excesos que provocó esta costumbre llevaron a los papas a regular la cuestión, lo que implicaba ralentizarla. Por ejemplo, establecer que ningún proceso hacia la beatificación y luego canonización empezara antes de cinco años después de la muerte, para que hubiera tiempo de calmar los fervores y proceder con serenidad. Probablemente es lo que hubiera deseado Joseph Ratzinger, pero la insistencia y la influencia de los entusiastas de su antecesor –entre ellos, en primer lugar, de los neocatecumenales de Kiko Argüello– le llevaron a dispensar los cinco años de espera.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral