Rosario y Lorenzo decían que un día iban a hacer unos ejercicios espirituales juntos. Al final no cumplieron.
Pero Rosario, apenas muerto Lorenzo, empezó a ir cada verano a los que hacía Xavier Melloni
en la Cova de Manresa. Nunca quería faltar. Después de un verano de jolgorio con la familia, quería
estar en calma. Con Melloni se entendieron y hablaron de muchas cosas. Hasta 15 días antes de
morir. La presencia de Xavier no faltó en el funeral. Esta fue su homilía.
Xavier Melloni
Teólogo
Somos muchos y muchas quienes hoy querrían tomar la palabra para despedir a Rosario y agradecerle tantas facetas de su vida y cualidades de su persona. Permitidme decir algunas cosas en nombre de quienes no podrán hacerlo. Asimismo, las palabras no
dichas le llegarán igualmente, porque estará Allí donde nace toda palabra, Allí donde las palabras no solo se convierten en una sola Palabra, sino que es donde no hacen falta palabras, porque han conseguido su origen.
Expresándome así no sigo su estilo, ella, que era una mujer concreta, clara, directa, a quien estos enrevesamientos le serían un engorro. Sin embargo, se casó con un poeta, mago y maestro de las palabras. Ahora también está con él, allí donde ella, Lorenzo y la poesía son una sola cosa, allí donde él y ella se han hecho una sola presencia, una sola llama, un solo manantial de agua donde el ciervo y la cierva han apagado su sed el uno en el otro y ambos en la fuente de donde todo brota. Cabe decir que Lorenzo le hizo una mala pasada: la precedió casi seis años. Demasiado tiempo sin él, demasiado tiempo sedienta.
El último día que la ví en su casa –hace quince días– estaba más lúcida y libre que nunca. Leímos un fragmento de C. S. Lewis, de Una pena en observación, las notas que el escritor inglés escribió para vencer el dolor de la pérdida de Helen, su mujer. En un momento decía: “Éramos uña y carne. Ahora la uña se ha separado de la carne. No podemos pretender que el dedo esté completo”. La misma situación que tuvo que vivir Rosario pero con una inversión de géneros. Pero lo que propiamente leímos fue el final del libro, donde Lewis describe la experiencia inesperada que tuvo de la presencia de su mujer una noche, unos meses más tarde: “Se produjo una suprema y gozosa intimidad. Una intimidad que no se había abierto camino ni a través de los sentidos ni de las emociones. Fue una experiencia sólida. Totalmente de fiar. Los muertos no están para tonterías”. Al acabar el texto nos quedamos en silencio y sonreímos.
Así era ella: sobria, sólida, totalmente de fiar. Así fue la presencia de Dios en su vida. Y así fue también la presencia de
Lorenzo durante estos casi seis años de separación, el plazo que ella dio a sus hijas de permanecer en vida. Cumplido el plazo, con un margen de generosidad, se ha reencontrado con Lorenzo.
Pero de hecho, él no la dejó nunca y ella no solo lo sabía, sino que lo sentía. Ahora, desde el Invisible, estáis oyendo y asintiendo a estas palabras. El último testamento que has dejado, Rosario, es que lo visible y lo invisible no están separados.
El invisible es la profundidad de lo visible. Está aquí mismo. Por eso continuáis estando los dos entre nosotros. Solo hace falta un secreto: amar, amar por encima de todo aquello que creemos que nos separa y por encima de todo aquello que nos hace tambalear. Nada te separa ahora de tus hijas, nietos y nietas, ni de El Ciervo ni de Foc Nou ni de tantos familiares y amigos.
Nada se separa cuando se quiere como tú has querido. El vínculo es tan fuerte, tan radical, que todo permanece. Permanecen abiertos los frentes que tú cuestionaste con valor de la Iglesia y la sociedad a través de tus múltiples escritos. Permanece tu sentido común, consistente como los castaños y los robles de Viladrau.
El último día que nos vimos todavía sacaste un tema que no te dejaba tranquila: lo que tú creías una injusta preferencia de Jesús por María en lugar de por Marta. Volviste a proclamar tu credo: lo que es realmente valioso es amar. Y para ti, amar
era actuar y mojarte, como hiciste toda la vida. Después de haber sido Marta –con un marido que más bien era María–, ahora
sois Uno. Sois los dos uno para siempre, sin que nada de lo que has sido quede desdibujado. Al contrario, es ahora cuando
toma su plena y perenne consistencia.
Toni Comín
Profesor de ESADE (URL) y ex diputado del Parlament de Catalunya
Yo creo en la comunión de los santos o, como me cuentan que lo llamaba Rosario en estos últimos tiempos, en la “comunión del cielo y de la tierra”. Por este motivo, cuando mueren amigos o amigas importantes para mí –como en este caso– se me hace muy
difícil escribir sobre ellos. No sólo porque corro el riesgo de escribir como si ya no estuvieran, cuando mi fe me dice que
siguen estando aunque de otra manera. Mi apuro es principalmente de otro género: si cuando los tenía al lado en carne y hueso
me hubiera avergonzado un poco escribir sobre ellos por cuál pudiera ser su reacción al leerlo, este apuro se me mantiene
intacto ahora que su presencia es de otro tipo. “¿Qué va a pensar Rosario desde el cielo de lo que yo pueda decir sobre ella
en este número especial de homenaje?”, me pregunto. Y la pregunta me produce exactamente la misma inquietud que sentiría si tuviera que escribir un artículo sobre Rosario estando ella en vida terrenal.
Pero la Providencia es previsora, mucho más de lo que nos pensamos. Cuando Rosario se jubiló, hará unos quince años, el círculo entrañable de amigos que hace de alma de El Ciervo decidió hacerle un número especial de homenaje. Los lectores no lo recordarán, porque fue un número de un solo ejemplar. En efecto, era un “Ciervo” único, fuera de colección, fuera de calendario, porque se trataba de una sorpresa, de un regalo personal.
Los que ahí escribimos teníamos que responder una pregunta: “¿Qué le debo a Rosario Bofill?”. Este interrogante junto a una preciosa caricatura de Rosario dibujada por Sciammarella ocupaba en grandes letras negras la portada de aquel ejemplar tan especial.
En aquella ocasión tuve que vencer mi vergüenza y hacer mi particular “confesión de amigo”. A Rosario le gustó. La recuerdo perfectamente contenta, sonriente, explicándome lo feliz que la había hecho la lectura de mi pequeño texto.
Por esto, optaré por decir de ella ahora lo mismo que dije de ella aquella vez. Porque sé seguro que a ella, desde donde esté del cielo, le va a gustar. Por lo tanto, reproduzco íntegramente las bromas, los abrazos verbales y las reflexiones íntimas,
irónicas y amistosas –título incluido– que le dediqué hace ya más de quince años, en respuesta a la pregunta “¿qué le debo
a Rosario?”, para compartirlas hoy con todos los lectores:
“Le debo la hospitalidad y el cariño con los que ella y Lorenzo me han acogido en esta su casa de El Ciervo durante estos años, sabiendo como sabían que para mí más que una revista era una especie de mito, por motivos familiares, y que mi ilusión por participar respondía básicamente a estos “instintos impuros”. Esto no quita que les deba también el estilo que ha seguido El Ciervo a lo largo de su trayectoria; digamos pues que también soy “ciervista” por motivos “puros”. La revista, ciertamente, por su elegante suma de intereses religiosos, culturales y políticos, tiene algo de modélica y única.
Diría que a Rosario le debo, sobre todo, el modo directo y sin rodeos y, a la vez, rigurosamente existencial y profundo que tiene de escribir sobre los temas de la fe; el modo que tiene de hablar de Dios, del mal, del sufrimiento, de la muerte y de
la fe, etc. en ese libro precioso que es su “credo”, por ejemplo.
No yo, sino todos creo que le debemos esta fantástica manera que tiene de ser una madre sin dejar de ser una intelectual y de ser una intelectual sin dejar de ser una madre. (Esa manera que tiene de apoyar su actividad pública, como periodista o como mujer comprometida con los demás, en sus virtudes privadas, de mujer hogareña, me encanta. Supongo que porque en eso me recuerda mucho a mi propia madre, y eso, imagino, también se lo debo.) Le debemos su sinceridad y su calidez, su campechanía práctica con
que resuelve su cultura y su inteligencia. (Véanse los comentarios con que reconduce las disquisiciones intelectuales de las
tertulias del consejo de redacción.)
Le debo, más personalmente, las anécdotas íntimas sobre mi padre quizás más entrañables y humanas de entre todas las que me han contado sus amigos. Le debo, también, que tenga varias hijas estupendas a cuyo lado, por gracia del destino, vengo sentándome desde mi más tierna infancia, ya fuera en la escuela o ahora en la revista. Siempre alegra tener una “niña Gomis” al lado.
(Además, le debo 500 pesetas de las que no me acordaría si no fuera por la manera divertida cómo me las prestó. Un día que, urgiéndome subir a la Universidad, me encontraba sin un duro en el bolsillo, cerca de Calvet. Sabía que ella se reiría de la extravagancia de “ir a pedir a El Ciervo”.)
En fin, todo un rosario de deudas con Rosario y a partir de hoy, una más: le deberé que me perdone estos elogios que a una mujer como ella seguro que la incomodan, aunque los agradece. Un abrazo de aniversario.”
Carlos Eymar
Filósofo y teólogo
A lo largo de más de veinte años de amistad con Rosario, se acumulan en mi memoria muchas imágenes y conversaciones. Por encima de todas, conservo con especial cariño la de mi encuentro con ella en su casa de Viladrau, una noche de invierno de 2006, al calor de la lumbre, poco tiempo después de la muerte de Lorenzo. Aunque arropada por sus hijas, se encontraba Rosario un poco
blandita y frágil, protestando contra su reputación de fortaleza, de ese faire face, tan suyo, que había predicado al cabo de
los años.
Me habló de su vida en el seno de una familia “muy de derechas“, de su educación en el “muy clasista” colegio de Jesús María, de su exceso de sensibilidad para soportar el trabajo de asistente social, de su entusiasmo por el Concilio Vaticano II y de su mirada serena ante la muerte.
Pero, sobre todo, me habló de su amor por Lorenzo y, con la autoridad que da la experiencia, desechó ese lugar común de que el enamoramiento es cosa de jóvenes. “Lorenzo y yo –afirmaba con indisimulada satisfacción– estábamos enamoradísimos a los ochenta años. Enamoradísimos hasta el ridículo”.
Al día siguiente me llevó al cementerio de Viladrau para rezar un padrenuestro ante su tumba y luego a una pequeña iglesia del pueblo cercano de Espinelves donde con él solía asistir a misa los domingos. Allí, en aquella misa dominical, también yo, además de sentir una cierta presencia de Lorenzo, encontré a Cristina Kaufmann que había de morir cuatro meses después. Rosario, admiradora de Santa Teresita y de su santidad de las pequeñas cosas, también evocaba, tras su muerte, a Cristina Kaufman cuya
sonrisa tanto le había ayudado. Cuando ni Lorenzo ni la carmelita estaban ya, ella los seguía viendo y los sabía a su lado. “Los
templos –decía Rosario– están llenos de santos vivos que los pueblan para siempre”.
Ahora, la imagino definitivamente viva y feliz, junto a Lorenzo y Cristina Kaufman en la pequeña iglesia románica de Espinelves, a los pies del Montseny.
Eduardo Cierco
Abogado
La característica más relevante de Rosario es que era peligrosa. No te contagiaba la gripe, pero sí el espíritu del evangelio. Lo vivía, lo sentía, incluso la duda: “Me gustaría tener aquella fe de niña en la que todo era evidente. No es el caso. Caminamos entre tinieblas, pero caminamos”.
¡“Caminamos entre tinieblas”! O: “he tenido la suerte de vivir siempre rodeada de personas que compartían mi fe”. Un ser “sólido” no se preocupa de esa “suerte”. Apenas se fija en su entorno. Se sabe autosuficiente.
Rosario era una mística enamorada, atormentada y feliz por todos los poros del alma. A 600 kilómetros de distancia, he coincidido mucho con Lorenzo y Rosario, pero nuestras palabras versaban sobre los avatares del grupo de El Ciervo en Madrid. Y en las invitaciones de Calvet 56 para visitar Barcelona con costes a cargo de la revista éramos muchos, y todo se diluía. En cambio, nos hemos leído en El Ciervo, y son pocos los libros de ambos que me faltan para conocer sus obras completas. Rosario fue siempre emoción inteligente; por eso, de Rosario me gustaba todo “¡Rosario, vaya piropo después de una amistad de toda la vida!”
Otro rasgo de Rosario era el de cultivar ese cóctel de amor y sencillez que pone en todo. Foc Nou no parece el nombre de “la otra revista”, sino la definición de Rosario. Me he sentido mil veces acariciado, a 600 kilómetros, por ese calor de hogar encendido de leña –“mariposa de cenizas desatada”– que se le desprendía sin que ella misma lo notara. Recuerdo que tras una conferencia científica que me había hechizado, me acerqué al profesor y le dije, concisamente: “Gracias por ser”.
La evocación no es inadecuada. Rosario merece también un conciso: “Rosario, gracias por haber sido como eras”.
Enrique Moreno Castillo
Crítico teatral
Cuando una persona querida se va por el camino de la muerte, sobre todo cuando ese hecho es muy reciente y nuestra imaginación no
ha tenido tiempo de asumirlo, nos asaltan diversas sensaciones contradictorias. Percibimos el sabor extraño de la vida cuando la contemplamos sobre el fondo de su inconsistencia, la terrible crueldad de la muerte que nos borra de un plumazo, la melancolía del tiempo, que todo lo destruye y que hace que las cosas nunca vuelvan a ser como antes.
Pero hay otra sensación que se impone sobre todas las demás: la persona que se ha ido invade en estos momentos nuestra memoria con una contundencia y una rotundidad que parecen mayores aún que las que experimentamos cuando se hallaba entre nosotros. “Los hombres mueren para probar que han vivido”, dice Guimarães Rosa. En medio de la aflicción por su pérdida, Roser Bofill, que estuvo tan viva en la vida, se nos aparece, en estas horas inmediatas a la triste noticia, con toda su intensidad, con toda su presencia, con todo eso en lo que cada persona se manifiesta como imborrable y permanente.
Uno de los rasgos que caracterizaba su personalidad era una actitud religiosa que no la alejaba nada, absolutamente nada, de
las circunstancias concretas y cotidianas de este mundo. Esa actitud le llevaba a poner las cosas en perspectiva, a verlas con
distancia aunque nunca con desinterés, a relativizarlas, pero sobre todo, a relativizarse a sí misma. Su espiritualidad no era
en modo alguno proclive al dramatismo ni a la estridencia, sino que respiraba sentido común, pragmatismo y ganas de ser eficaz. Practicaba un humor suave y espontáneo, el de la persona que no pretende hacer reír, sino que simplemente, a veces, ríe; y sus escritos tenían el encanto de lo que brota con naturalidad, como si su autora se limitara a pensar en voz alta y mantuviera el tono de quien, más que impartir doctrina, está entablando una conversación con el lector.
Ella siempre creyó que la muerte no tenía la última palabra. Pero nosotros, todavía desde este lado, echaremos de menos esa conversación que ahora se interrumpe.
Pilar Malla Escofet
Ex Síndica de Greuges de Barcelona
Conocí a Roser Bofill en la Escuela de Trabajo Social hacia el año 1955. La recuerdo como una persona equilibrada e inteligente; al terminar el curso nos dijo que se dedicaría a escribir, recuerdo que sentí mucho su decisión porque me parecía que perdería
su amistad. No hacía ruido pero dejaba huella.
Después de muchos años nos volvimos a encontrar. La recuerdo como una mujer, inteligente, culta, simpática, con criterio propio. Una mujer de fe, segura de ella misma, sin necesidad de sobresalir y siempre capaz de dar su opinión.
Ha sido una mujer comprometida, sufría por la Iglesia que la deseaba abierta y acogedora al estilo del buen Papa Juan.
No rehusó el compromiso político concreto. Ella y Llorenç cerraron la lista de Pasqual Maragall para el Parlamento de
Cataluña. Esto no es fácil para los que tienen amigos en todas partes.
Los escritos de Roser han sido claros, valientes y equilibrados. Desprendían compromiso, universalidad, amplitud, todo reforzado por su fe y su libertad.
Una persona que prepara la despedida de la vida terrena, como lo hizo Roser Bofill, escogiendo personalmente las lecturas, los cantos y sus versos preferidos es un testimonio de fe, esperanza y amor. Su predilección por Santa Teresa revela su faceta mística, donde todo se reúne en Dios. Descubrir este aspecto en su vida ayuda a vivir el amor de Dios que es a la vez universal y concreto.
La vida y la muerte de Roser Bofill son para los que la hemos conocido, un regalo de Dios. Una vida humana llena, con sus alegrías y sus penas. La vida de una mujer inteligente que puso sus cualidades al servicio de sus verdades: la paternidad
de Dios y la fraternidad humana.
La muerte es un misterio y el mundo es distinto y mejor porque personas como Roser y Llorenç han existido.
Luis Suñén
Director de ‘Scherzo’
A pesar de haber visto a Rosario Bofill muy pocas veces, menos que a Lorenzo Gomis, con quien había coincidido aquí y allá antes de que me invitara a escribir en El Ciervo –me parece tenerla delante o mejor, detrás– cada vez que escribo mi pieza mensual
para la revista. Cuando termino y le echo un vistazo me pregunto –y seguiré haciéndolo– si le gustará a Rosario. Más aún después de un encuentro que tuvimos en Madrid los de El Ciervo de Barcelona y los de aquí. Ese día, la admiración que tenía por la periodista y que se hizo muy especial a raíz de su entrevista a Alvaro Pombo –una de las mejores que he leído nunca en cualquier medio– se extendió a la persona entera, a su cordialidad, a su cercanía, a esa autoridad suave pero firme que destilaban sus comentarios.
En esa reunión madrileña de hace años –prolongada luego en la Real Academia Española por invitación generosa del propio don Álvaro– comprobé de cerca qué era El Ciervo, qué significaba, cómo unía a los de siempre con los más nuevos, cuán resistente era ese hilo casi invisible con el que me había atado de mil amores a esta gente. Un par de días antes de que muriera Rosario, Carlos Eymar y yo hablábamos de ella, sabiendo, en efecto, que nos iba a dejar enseguida, y coincidíamos en lo maravilloso que era llegar a ese momento final con una vida tan cumplida como la suya, tan llena de amor, de caridad, de trabajo, de empeño, queriendo y siendo querida.
Y yo, hombre de poca fe, le añadía a Carlos que, además, la muerte le llegaría con la calma propia de quien cree de veras,
de quien sabe que tras esa vida cumplida llegará otra que habrá de serlo aún más y que no acabará nunca. Y pensar en ello era como consolarse ante esa pérdida de alguien que estaba segura de que iba a ser feliz para siempre, con Lorenzo y, de otro modo, con todos nosotros hasta que nos encontráramos donde ella ya está. Así sea.
Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de filosofía social en ETEA
Rosario era una inconformista. Las conversaciones y el mundo de los vencedores de la guerra incivil la alertaron contra la retórica falsa. No podía soportar la hipocresía de los bienpensantes. Sus primeros trabajos como asistentes sociales y antes su experiencia como catequista en las barracas de suburbios la vacunaron contra un bienestar inconsistente. Era decididamente una inconformista. También como creyente, lo fue.
Juan Antonio Delgado de la Rosa
Filósofo
José María Díez-Alegría nació el 22 de octubre de 1911 en un Banco, la sucursal del Banco de España en Gijón.
El primer contacto de Díez-Alegría con los jesuitas fue a través de su padre, que era muy amigo del superior de la residencia de Gijón, don Cesáreo Ibero. En la Casa de Ejercicios de Chamartín (Madrid), en 1929 José María Díez-Alegría, llevó a cabo sus segundos ejercicios espirituales, de cinco días en régimen de internado, dirigidos por Victorino Feliz. Estos le marcaron profundamente, tanto que decidió hacerse jesuita, y entró en el noviciado un año después. El retraso se debe a que le faltaba documentación necesaria para su ingreso, lo que es una paradoja que le marcará el resto de su vida. Todo un símbolo. Nada más entrar en los jesuitas ya era un hombre sin papeles. En Aranjuez estaba el grupo de Novicios y el grupo de Juniores, en el que
encontró como compañero a José María de Llanos. Su núcleo y centro de interés en el estudio era el tema del deber. Le preocupaba
el planteamiento que afirmaba que el deber procedía exclusivamente de un precepto divino.
Esto no le convencía y por tanto, le predispuso a buscar y bucear en las raíces de ésta cuestión y le llevó a realizar su investigación de tesis doctoral en Filosofía sobre: El desarrollo de la doctrina de la ley natural en Luis de Molina y en los maestros de la Universidad de Évora de 1565 a 1591. Estudio histórico y textos inéditos. La tesis fue defendida en junio de 1947 en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, dirigida por el Padre Pedro Abellán, profesor de Teología Moral.
En 1951 José María Díez-Alegría decidió hacer el curso para el doctorado en la Universidad Central de Madrid, escogiendo para su tesis las relaciones entre los campos de la Ética y el Derecho, cuyo título final fue: Ética, Derecho e Historia. El tema iusnaturalista en la problemática contemporánea. Esta trayectoria intelectual y espiritual, le afianzó en vivir en profundidad
como objetivo fundamental el lograr un auténtico y verdadero razonamiento del valor y la dignidad de la persona humana
y un respeto efectivo de sus derechos y libertades a todo totalitarismo político.
Estos dos aspectos tan relevantes son tratados en el conjunto de su obra y centrados en la filosofía social, política y jurídica de esos años en nuestro país. La motivación última de todos estos planteamientos responde a estímulos y valoraciones de sentido y alcance plenamente humanista cristiano y democrático. Es un enfoque con un modo de sentir, hablar, pensar y actuar con una fuerte conexión con el respeto a la persona dentro de unas coordenadas democráticas.
Aquí fundamentó todo su pensamiento teológico en una reflexión al hilo de la historia del cristianismo, donde parte del comunismo de la primera comunidad cristiana y cuyo punto de partida es el Nuevo testamento, que testimonia la existencia de una tradición primitivísima del cristianismo favorable a la comunidad de bienes y contraria a la propiedad privada individual exclusivista. Todos los creyentes vivían unidos, y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían
entre todos, según las necesidades de cada uno. Desde esta línea de trabajo, Díez-Alegría, plantea que la ideología capitalista
está en radical oposición al espíritu del cristianismo, ya que se funda en la negación de la autarkeia y en la afirmación del deseo ilimitado de ganancia individual. La sociedad opulenta está organizada sobre una trama de consumo forzado, impuesta a base de estructuras de propaganda y de mercado, que hace imposible la autarkeia, destruyendo las posibilidades de koinonía solidaria y consolidando una vida individualista. Díez-Alegría mantiene una línea de pensamiento en la que afirma que la utopía cristiana es enteramente coincidente con la utopía comunista, es decir, que cada uno ofrece según sus posibilidades y a cada uno se le da según sus necesidades, en perfecta y plena solidaridad. Por tanto, podemos afirmar, que ser anticomunista es no ser cristiano en sentido genuino y originario y además con igual convicción se puede manifestar, que el capitalismo es la antítesis de la utopía
cristiana. Estar prendado fuertemente por el capitalismo es no ser cristiano con autenticidad. Todo esto supone una sociedad verdaderamente solidaria. Esto entraña una auténtica revolución jurídica y cultural. El Antiguo Testamento también era taxativo al respecto de y con la liberación de los pobres y oprimidos que implicaba la decadencia de los ricos. Esto desarrolla toda una revolución social para llegar a una sociedad de iguales, sin potentados ni miserables, libre y pacífica. Para Díez-Alegría los hombres tienen que ser corresponsables unos con otros, deben solidarizarse y entrar en profunda común-unión, especialmente con los más pobres. Solo desde aquí esta convencido que se podrá ir construyendo un nuevo y esperanzador futuro para construir y
reconstruir la propia sociedad de hombres y mujeres. Esta opción por y con los más sencillos debe estar encaminada a corregir las raíces estructurales de orden económico, social y jurídico que estén en la base de la marginación y la miseria. Hay que introducir nuevas corrientes de disponibilidad para servir sin necesaria contrapartida de ganancia siempre creciente. Las nuevas corrientes deben ir garantizando una inclinación a la igualdad y fraternización efectiva. Un cristiano debe tener enraizadas
fuertes convicciones éticas respecto al dinero, a la no violencia, a la cooperación social, a la opción preferencial por los
pobres, a la necesidad de combatir discriminaciones por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, la urgencia de combatir las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los pueblos, debe trabajar para que las instituciones públicas y privadas se pongan al servicio de la dignidad del hombre. El cristiano que vive con intensidad y pasión desde estas coordenadas, su conciencia sincera, encarnada con honestidad en medio de la vida será voz esperanzadora y profética desde la experiencia de la ortopraxis. Esta trayectoria la han mantenido en el cristianismo real figuras que han sido Buena Noticia para los hombres y que Díez-Alegría las tiene como referentes vitales por su testimonio de entrega: Oscar Arnulfo
Romero, Pedro Claver, San Juan de Dios, San Francisco de Asís.
A MODO DE CONCLUSIÓN
El hombre que acepta la opresión, como un factor histórico irreductible, o como elemento positivo del sentido de la historia, no puede llegar al Dios bíblico, que es esencialmente negador de la aceptación de la opresión. La actitud profética de los cristianos del siglo xxi debe aportar luz y fuerza para permanecer en la vocación militante de realizar la justicia en la historia y al empeño radical por la construcción de relaciones en que el hombre no quede aniquilado, sino realizado y reconciliado. Debemos vislumbrar una sociedad humana para todos, sin clases. Fundada en el trabajo y la solidaridad. El hombre profundamente creyente debe denunciar las estructuras sociales injustas, incluso la misma estructura del catolicismo. Si el amor al prójimo es verdadero, su dinamismo es universalista.
Iñaki Pardo Torregrosa
Periodista
Llegamos a Madrid el viernes 19 después de comer. Era el día previo al encuentro de los jóvenes con el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, una base militar donde se han celebrado los actos centrales de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) –la vigilia de oración y la misa– y donde ya se reunió Juan Pablo II con los jóvenes españoles en el año 2003.
Madrid estaba tomada por los peregrinos llegados de todos los rincones del mundo. En todas las esquinas de la ciudad aparecían grupos de jóvenes con las banderas de su país de origen; equipados con guitarras y otros instrumentos; la mayoría fáciles de reconocer al ir en grupo o por la indumentaria, ya fuera la mochila y la camiseta del peregrino o camisetas hechas para la ocasión. El sábado, recién comidos, fuimos a Cuatro Vientos. De camino a la base aérea todo era caótico, muchísimos grupos se dirigían a la vez al lugar y el transporte público estaba saturado. Algunos voluntarios nos daban fruta y los vendedores ambulantes hacían su agosto –nunca mejor dicho– vendiendo botellas de agua y otras bebidas frías. Finalmente tras andar más de una hora en medio de la aglomeración de gente conseguimos llegar al interior del recinto sobre las cuatro de la tarde.
“La Jornada Mundial de la Juventud es un encuentro con gente del mismo credo, nos reunimos con la cabeza visible y nos une. Nos hace ver que la religión no es algo individual ni personal, sino mundial y comunitario”, me dice Joan Gil, que estudia en el seminario de Navarra. Lo que resalta del viaje es la convivencia: “Compartir tantas horas te hace ver como es el otro, y la convivencia se puede tornar un poco difícil, pero vale la pena, también ves mucha gente que no ves desde hace tiempo”.
Cuando llegamos el recinto estaba casi lleno y nuestra zona asignada estaba ocupada. Nos instalamos donde pudimos: al final, en una zona que en teoría no estaba habilitada para los peregrinos. El escenario, que era mastodóntico, se veía precedido de un sinfín de cabezas como una gran montaña blanca a lo lejos en la que no se distinguía nada, pero vimos todo al detalle gracias a las pantallas gigantes. Bien podría estar el Papa en Roma y parecer que estaba allí; era como verlo por la tele.
Para acceder al recinto tenías que estar acreditado y haber pagado una inscripción previa. Había diferentes inscripciones según lo que incluían (alojamientos, comidas) y los días que ibas a estar allí. Además se pagaban cantidades diferentes en función del poder adquisitivo del país de residencia; había tres grupos A, B y C. La más barata para los países ricos –la que llevábamos nosotros– era de 45 euros. Era solo para el fin de semana e incluía un bono de transportes, la mochila del peregrino, las comidas y agua dentro de Cuatro Vientos, vales de descuento y la acreditación. Santi Ferran Galicia nació en Hiroshima, Japón. Estudia en la universidad de la misma ciudad y es hijo de padres españoles. Este verano ha venido a España y ha ido a la JMJ. “Me lo paso bien con los amigos de aquí, que hacía cuatro años que no los veía. También conoces gente, y los que hemos hecho el viaje juntos ahora tenemos algo en común para siempre. Somos como una familia, la relación que se crea no muere”, decía en referencia a la peregrinación. Respecto al encuentro con el Papa, el tercero al que va, asegura que “me parece un poco absurdo que nos desplacemos para estar con él en la vigilia y la misa, y en esos momentos, que se supone que son los más importantes, la gente ni se inmute y vaya desorientada, como si no pasara nada”.
Dentro del recinto la imagen era variopinta, no había un canon único. Había camisetas de todos los colores, incluso quien no la llevaba –algo que, sumado a la música que sonaba, por instantes hacía pensar que estabas en un festival de música–; gente de todos los países, con diferentes rasgos; distintas maneras de vestir, y los más graciosos, unos cuantos que iban con un cartel colgado que ponía free hugs –abrazos gratis, en inglés. La mayoría de peregrinos debían tener entre 15 y 25 años, aunque también
se veían sacerdotes y monjas más mayores, además de los responsables de los diferentes grupos que llevaban menores y la marea verde de voluntarios.
Durante toda la tarde sonó música y los presentadores animaban y daban instrucciones, mientras los bomberos remojaban desde los camiones con mangueras a los peregrinos; hacía mucho calor. Al principio faltaba agua y quedó claro que la organización fue un caos. Había dentro más gente de la esperada y a las seis de la tarde ya no dejaban entrar a nadie al recinto porque estaba por encima de su capacidad. Muchos acreditados se quedaron fuera.
Al pasear por allí vi banderas de todos los países, muchas que ni conocía. Lo que más me sorprendió era un grupo de árabes y judíos. Llevaban banderas de Israel, Jordania y Palestina juntas, incluso en el mismo mástil. Hablé con uno de ellos que era judío, pero no quiso mojarse y se excusó diciendo que estábamos en un evento religioso y lo demás no importaba. A medida que avanzaba la tarde el cielo se iba tapando y sobre las nueve de la noche el Papa llegó aclamado y empezó la vigilia. A media celebración se levantó una tormenta estival que nos mojó a todos y que el Papa calificó de “aventura”. En menos de una hora estábamos secos del calor que hacía; todo siguió su curso natural. Durante ese rato hubo un clima de oración y más recogido por parte de la mayoría de los peregrinos, pero cuando finalizó volvió el ambiente festivo de la tarde. Carlos Eymar escribía en
un artículo en esta revista en el número de abril, que ofrecía ”una jarra de cerveza helada a los que decidan adentrarse en
el infierno del agosto madrileño para ver al Papa”, pero no contó con que la cerveza estaba caliente, como la mayoría de las bebidas que vendían en las carpas. Hasta las dos de la mañana se oyó la percusión de los neocatecúmenos, que todavía animaban el ambiente con sus canciones y sus bailes. Muchos se sumaban y se juntaba gente de varios países. Incluso encontramos alguna charanga.
Más tarde, tras hablar con un policía nacional, conseguí salir del recinto con un compañero y acercarme a las zonas habilitadas para toda la gente no acreditada y donde estaban también los que se habían quedado fuera. Un irlandés muy simpático me dijo que todos los de su grupo habían pagado, pero por llegar tarde se habían quedado allí y no les daban la comida ni agua, pero estaba contento e ilusionado. También en aquellas zonas todo estaba abarrotado de gente.
Conseguimos volver a entrar al recinto sobre las cuatro de la mañana, mientras un grupo intentaba hacer lo mismo frente a la negativa del nacional que nos dejó pasar al recordar nuestras caras. El domingo por la mañana nos despertaron pronto con unos avisos para que la gente recogiera cuanto pudiera y creara espacio para que muchos de los que se habían quedado fuera pudieran acceder al interior. Se rezaron laudes y cerca de las diez empezó el acto central: la misa. A mi alrededor todos seguían atentos la celebración –solo distraídos por el paso por delante nuestro de un joven con una cresta multicolor en medio del sermón, en el que el Papa arengaba a los jóvenes a permanecer unidos y firmes en la fe y a vivirla en comunidad–, salvo un grupo de ingleses que seguían durmiendo. A mitad de la misa, varios grupos de gente –los más previsores– empezaron a marcharse hacia las salidas para evitar colapsos al abandonar el recinto. La decepción de muchos jóvenes fue que dada la ingente cantidad de jóvenes no se repartió la comunión.
Al finalizar la misa se anunció que el siguiente encuentro será en Rio de Janeiro, en 2013. Era un secreto a voces, pero los
brasileños que había allí lo celebraron por todo lo alto como si de una sorpresa se tratara.
Carlos Eymar
Filósofo
Aunque es conocido el apoyo incondicional del diario El País al actual director artístico del Teatro Real, Gérard Mortier, no dejan de sorprender sus elogios a una ópera como el Saint François d’Assise de Olivier Messiaen. En su editorial del pasado 11 de
julio, bajo el título de “Seis horas trascendentes”, este periódico, tan poco dado a trascendencias, saludaba como un verdadero acontecimiento la representación en Madrid, entre el 6 y el 13 de julio, de este “espectáculo insólito y excesivo, ajeno a los tiempos, las medidas y las concesiones”. Y eso gracias a un “gestor cultural audaz, rompedor, imprevisible y tozudo” como Mortier. Que no todos compartían ese juicio tuve ocasión de comprobarlo cuando, en el entreacto, me encontré con mi amigo Luis Suñén, quien mostraba algo más que reservas hacia la gestión de Mortier y hacia el millonario despliegue de medios en el Madrid Arena, fuera de la sede del Teatro Real. Oí a otros espectadores cualificados criticar la instalación de la cúpula diseñada por la pareja de artistas rusos, Emilia e Ilya Kabakov, la cual, pese a sus 22 toneladas y 13 metros de diámetro, era incapaz de envolver en la irradiación de su constante y sutil juego de luces, a todos los espectadores congregados en aquel recinto deportivo. Algunos, en fin, pese a reconocer la belleza de la música y la grandeza de la orquestación de Messiaen, argumentaban contra la carencia de sentido dramático de una obra que casi rozaba lo litúrgico. Yo he echado de menos, en el debate suscitado, una mayor altura en el tratamiento de su aspecto religioso. Era como si, en la ópera de Messiaen, la brillante y genial forma musical pudiera separarse de un prescindible y accidental contenido religioso, sospechosamente próximo a lo eclesiástico. Messiaen vivió siempre como un drama esa condición suya de músico creyente que hablaba de fe a los ateos. Es evidente que su música, impregnada de un profundo discurso teológico, resulta menos comprensible si éste es ignorado por completo.
Hijo de padres agnósticos, la fe en Messiaen surge en su infancia, de forma casi espontánea, por la vía de lo maravilloso cristiano, de un mundo que se le entrega lleno de espíritus luminosos y criaturas angélicas, en una atmósfera de alegría y
gloria. Lector asiduo de la Biblia y de la Summa Theologica de Santo Tomás, pasada por el filtro de la poesía de Reverdy, profundo conocedor del canto gregoriano y del mundo medieval, Messiaen construye un muy documentado libreto sobre San Francisco. En él, el oyente avisado podrá reconocer, en el leitmotiv del tema de Dios, la idea de la pericoresis trinitaria presente en el tema de Dios, la escatología del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios o la versión musical de la escala de Jacob. Todo ello atravesado por un cristianismo cósmico que descubre la cruz trazada por los puntos cardinales a cuyos confines son enviados, en misión, los pájaros. San Francisco, uno de los primeros poetas de Occidente, con su Canto a las Criaturas no hace sino seguir el impulso de alabanza a la creación contenido en los Libros Sapienciales. Sus mismos estigmas son la impronta que en su cuerpo deja ese deseo de abrazar al cosmos. También la ópera de Messiaen en la que se entrelazan ritmos y armonías de oriente y occidente, en la que concurren 240 músicos y cantantes, y pájaros de todos los continentes, expresa una ambición literalmente católica de abarcar en ella al universo.
¿Es preciso ser creyente para apreciar la música de Messiaen? No, pero estoy convencido de que aquel que, seducido por los acordes, decida seguir sus caminos, no podrá menos de llegar a aquellos preámbulos de la fe, colindantes con un mundo maravilloso de ángeles pájaros.
Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía social en ETEA (Universidad de Córdoba)
Occidente lleva años preguntándose por sus crisis e interpretándolas. Las interpretaciones siempre parten de otras interpretaciones. No tenemos experiencia directa de nada, si no es en marcos de interpretación ya existentes. Lo que ahora nos pasa no podemos entenderlo sin saber qué pasó en 1929, como el poscomunismo no pudimos entenderlo sin conocer y sobreinterpretar de nuevo lo ocurrido antes de 1914. Muchos no aciertan a decir sino simplezas porque no conocen la historia. No hemos de extrañarnos de la levedad irrelevante de muchos mensajes. Algún sociólogo de la cultura habló en su día de “herejía emocional” para referirse a aquella actitud emotiva y mental que ha perdido toda confianza y toda esperanza de recibir ninguna buena noticia del entramado de creencias e instituciones en que se sigue sustentando su vida. En el estado de “herejía emocional” no se cuestionan las creencias, los dogmas, ni siquiera los valores, se dan simplemente por supuestos y quizá válidos, pero de hecho ya no se espera nada de ellos que pueda ayudar a configurar la propia vida. Muchos creyentes cristianos europeos viven esta “herejía emocional” en relación a sus iglesias. Siguen siendo anglicanos, católicos o reformados, pero ya no sintonizan aquella frecuencia desde la que se alimentan las creencias o las que institucionalizan prácticas de sentido, pues sencillamente no encuentran nada en ellas que les sirva realmente para sus vidas.
Lo que está pasando en la vida pública, atravesada de un largo malestar, se parece mucho a un estado de ese tipo. Miramos con simpatía y con lástima, es decir desde la perplejidad, a los “malcontents” que han llenado las puertas hispanas del sol: la primera porque han tenido el coraje suficiente de decir “hasta aquí hemos llegado”, la segunda porque se trata de desorientados adoradores del progreso individual que de golpe ha quedado truncado.
De sol –y de hambruna– han muerto este verano miles de personas en el “cuerno de África”, ellos han sido víctimas de un sistema banal que ha colocado el becerro de oro en una fuente agrietada. Ciertamente, parece que lo mejor que les ha podido pasar a nuestros “malcontents” ha sido darse cuenta de que eran adoradores de ídolos sin vida, y ahora como idólatras defraudados por un paraíso que les ha sido robado ante sus ojos sin saber cómo ni por qué, andan revueltos; en el mejor de los casos han surgido miles de agnósticos o definitivamente ateos de aquellos ídolos sin vida, a los que habíamos entregado nuestras almas y a los que pocos se atrevieron a importunar con sus críticas. Quizá puedan por fin buscar fuentes de agua viva que no se curven sobre sus propios sueños, sino que les ofrezcan sed de autenticidad y de sentido y, al mismo tiempo, agua gratuita que sacia. Si nuestros “malcontents” –desecados y enfadados– se convirtiesen en sencillos cervatillos podríamos dar por buena la revuelta primaveral, para esperar que mujeres y hombres sigan luchando por la dignidad humana de forma fraternal. Para los muchos aquejados de “herejía emocional” o para los “decepcionados” urge una propuesta política que devuelva el valor al tiempo y a la palabra: al tiempo para enseñar/aprender/aceptar/interiorizar que lo valioso sólo se consigue con tiempo, con aquel tiempo consagrado a transformar interiormente nuestro ser al mismo ritmo y en el mismo sentido en que transformamos la realidad circundante; a la palabra, devolviéndole su dignidad de intérprete de nuestro amor por este mundo –no tenemos otro al que podamos confiar nuestro esfuerzo (nuestra “yihad”) mejor que a este mundo, que amamos apasionadamente, aunque soñemos un mundo radicalmente otro.
Hay cuatro palabras dignificadoras que esperaríamos escuchar pronunciadas por políticos dignos que quieran invitar a un nuevo acuerdo democrático para superar esta “herejía emocional” causa de nuestro agnosticismo democrático.
Ciertamente lo esperamos más de unos que de otros, pues son las palabras de su memoria, pero nos urgen palabras libres y veraces, no acomodaticias. Éstas son las palabras: fraternidad, reconciliación, cooperación y consenso socialdemócrata.
La primera y la más esencial es “fraternidad”. Unos afirman sobre todo la libertad y la autonomía personal, otros la igualdad y la justicia para todos, otros más quieren preservar lo conseguido aunque sea desde la asimetría en los beneficios y otros quieren romper esa y todas las asimetrías para implantar una novedad liberadora. Los años 30 nos hicieron tangible la dureza de los enfrentamientos y la lógica perversa –e “ilógica”– de la dialéctica amigo-enemigo; aunque con prolongaciones que tardaron en desaparecer en algunos casos, la segunda posguerra mundial quiso alumbrar un pacto de paz y de justicia que superase aquellos horrores. Para hacer política sólo hace falta saber historia y ser prudentes, decía Churchill, a lo que añadiríamos: conviene ser pacientes. La paciencia, que surge de un mismo corazón compasivo que la prudencia, sólo puede fundarse en la fraternidad.
Javier Melloni
Pensador, poeta y maestro de yoga, Aurobindo (1872-1915) es una de las figuras que hacen de puente entre Oriente y Occidente. Su propia biografía está marcada por ello: fue enviado a estudiar a Inglaterra a los siete años y permaneció allí hasta los veinte. Así adquirió una sólida formación de la cultura occidental. De regreso a la India, se implicó en la lucha por la independencia de su país, lo cual le llevó a la cárcel. El año que estuvo en prisión (1908) vivió unas experiencias internas que cambiaron el rumbo de su vida. Se retiró al sur de la India para dedicarse a la meditación y al yoga, el cual enriqueció con su propia experiencia y pensamiento. Murió en 1950. Su obra más relevante es La vida divina, donde presenta la aventura del universo como una transformación del espíritu en materia y de la materia en espíritu. Se ha comparado su pensamiento con el de Teilhard de Chardin. También aplicó unas nuevas claves de lectura a Los Veda. Su Yoga Integral es una propuesta educativa que es seguida en muchas escuelas de la India. Estando en la prisión, a los 19 años, detenido por los ingleses debido a sus actividades independentistas, tuvo esta experiencia:
“Dios tocó el corazón de mis carceleros y dijeron al oficial inglés encargado de la prisión que estaba sufriendo en mi reclusión, y que al menos me dejara caminar al aire libre media hora por la mañana y media hora al atardecer. Así fue dispuesto. Al salir de la celda, miré hacia el edificio que me separaba de los demás seres humanos, y de repente, desaparecieron las altas paredes que me aprisionaban, y sólo percibía a Dios (Vasudeva) que me rodeaba por completo. Caminé bajo las ramas del árbol que había frente a mi celda, pero ya no había árbol alguno, sino que sentía que era el Señor Krishna ante el cual me encontraba y que me protegía con su sombra. Miré los barrotes de mi celda, la reja que hacía las veces de puerta, y de nuevo vi a Dios.
Era Narayana mismo el que estaba haciendo de centinela y que me estaba vigilando. Cuando me tumbé sobre las toscas mantas que me
habían dado como colchón, sentí los brazos del Señor Krishna alrededor mío, los brazos de mi amigo y amante. Miré a los prisioneros de la cárcel (ladrones, asesinos, estafadores...), y mirándolos, veía a Dios (Vasudeva). Era Dios (Narayana) a quien encontraba en esas almas oscuras y cuerpos deteriorados. Entre esos ladrones y malhechores, hubo muchos que me hicieron avergonzar por sus gestos de simpatía, de amabilidad, por su triunfante humanidad ante tales circunstancias adversas. Cuando nuestro caso fue abierto ante el tribunal y fuimos llevados ante el juez, continuaba teniendo la misma sensación: miraba, y no era al juez a quien veía, sino a Dios (Vasudeva); era Dios (Narayana) el que estaba sentado en la tribuna. Miraba al consejo
de los Magistrados, y no era el Consejo lo que veía, sino a Dios (Sri Krishna), el cual estaba allí sentado y me sonreía.
Es un mundo joven y nuevo el que está surgiendo ahora, y es la juventud la que debe darle forma; nuestro ideal es el nacimiento del hombre en el espíritu; nuestra vida ha de ser un esfuerzo inspirado por el espíritu, por conformar un cuerpo que actúe en favor del gran nacimiento de la nueva creación (…). Para ello no quiero cientos de miles de discípulos. Bastaría con que consiguiera cien hombres perfectos que, libres de egoísmos estrechos, quisieran convertirse en instrumentos de Dios.
¿Cuál fue el comienzo de toda materia? La existencia que se multiplicaba a sí misma por mero deleite de existir, precipitándose
en innumerables trillones de formas a fin de poder encontrarse innumerablemente.
El hombre no puede por su propio esfuerzo convertirse en nada más que hombre; el ser mental no puede por sus solas fuerzas
convertirse en un Espíritu Supranatural. Sólo el descenso de la Naturaleza divina puede divinizar el receptáculo humano.
Francesc Romeu
Sacerdote y periodista
La autoridad no se tiene, sino que se gana. Eso es lo que ha generado la actual crisis de la autoridad. Y eso afecta sobre todo a los padres y maestros, que antes, por el mero hecho de ser lo que eran, ya estaban investidos de toda autoridad.
Hoy no es así. Las cosas no son y no se hacen porque la autoridad lo dice sino que –hoy más que nunca– hay que explicarlas y justificarlas hasta la saciedad. Las cosas serán así si me convencen seriamente de ello. Y a aquel que me convence, entonces, yo le invisto de toda autoridad ante mí. Por eso, es la confianza lo que da autoridad.
Se puede traicionar la autoridad pero no la confianza depositada en una persona. La corrupción de las autoridades clásicas ha levantado en nosotros muchas desconfianzas. Así, antes que nada, el padre o la madre tiene que demostrar a sus hijos que los protege, los comprende, los quiere y los acepta si quieren ganarse su confianza y tener autoridad sobre ellos. Ni siquiera les vale decir que ellos tienen más experiencia. Los maestros y profesionales de la educación también tienen que demostrar su arte, su saber y su comprensión, para erigirse como autoridad.
El hecho que se pongan en el otro extremo del aula, sobre una tarima y de cara a los alumnos no les inviste de ninguna autoridad. La clase se les puede escapar de las manos si no logran captar la atención de los alumnos y con su preparación se hacen respetar.
Los obispos en una diócesis o los sacerdotes en una parroquia, ante la comunidad de los fieles, hoy tampoco tienen ninguna autoridad si antes no han demostrado su incondicionalidad ante ellos. De hecho no se aleja de lo que pretendía Jesús de Nazaret cuando tomó como ejemplo el del Buen Pastor.
No se trata de mostrar la vara, lanzar piedras o provocar a los perros (como hace el mercenario) sino –simplemente– de defender el “propio” rebaño de toda agresión externa. ¿Quién no acepta a un defensor? ¿Quién no se aleja de un agresor? Nuestras entradas como nuevos párrocos en una comunidad parroquial cada vez son más difíciles. No sirve la autoridad que confiere un cargo eclesiástico y tampoco tenemos ningún manual de cómo una comunidad debe acoger a su nuevo párroco. Todo se tiene que ganar a pulso.
Siempre digo que hace falta pasar todo un año para entrar en una nueva parroquia. Es necesario pasar toda una Navidad, toda una Semana Santa y todo un verano para demostrar que tú no abandonas la comunidad ni la dejas en malas manos. Cuando has demostrado esto, ya te has ganado la confianza y te has investido de una cierta autoridad que conviene no malgastar después con tonterías.
También reconozco que hay compañeros míos que creen que para demostrar la autoridad lo primero que hay que hacer –cuando se llega a una nueva parroquia– son muchos cambios para demostrar quién manda y eso es lo que origina la renovación de una comunidad.
Es cierto. Pero es muy traumático y deja mucha gente en la cuneta. Eso es también lo que hacen muchos obispos cuando llegan a una diócesis. Personalmente creo que el arte de ganarse a la gente, a los feligreses, a los jóvenes, es lo que más te hace crecer
como persona. La autoridad nunca te hace crecer, porque es un falso espejismo.
De nada sirve que antes te hayas construido un personaje y te hayas fabricado un nombre en una comunidad si no sabes después entrar humildemente en otra comunidad. En cierta manera la crisis de la autoridad nos ha hecho un buen favor y nos hace nacer de nuevo.
Joaquim Gomis
Escritor
Aunque fuera en la hora de la siesta, con el calor de agosto, temiendo que el ruido de las obras en la escalera de Calvet 56 ahogara la grabadora que María Patricio había preparado, ella, Lluís Duch y un servidor se disponen a conversar. Conversamos con calma, incluso divertidos, de un tema a otro, desde las honduras de la antropología a la novela policíaca, pasando por la situación de la Iglesia en nuestro país. Surgen cuestiones no previstas y otras quedan para otra ocasión. María y yo nos encontramos a gusto con este peculiar monje benedictino de Montserrat, autor de más de cincuenta libros, que parece también hallarse a gusto con nosotros. Pero pasa el tiempo y el espacio previsto parece agotado. Ha sido una buena experiencia.
Josep Maria Margenat
Profesor de filosofía social en ETEA
En 1951, poco antes del Congreso eucarístico internacional de Barcelona, todavía hay cartilla de racionamiento. La Iglesia española es monolítica y tiene mucho poder, está alejada de los sectores más dinámicos de la sociedad, aunque parece que lo domina todo, así que no hay otras religiones ni otras confesiones cristianas. No existe pluralismo. Hay hijos de vencedores de la guerra e hijos de vencidos.
Algunos de estos promueven una política de reconciliación nacional. De los primeros, unos pocos no aceptan la versión oficial sobre el pasado, sobre la guerra, sobre el “otro”, el “enemigo”. Nace un pacto por una democracia que renuncia a un pasado que enfrenta, una nueva “memoria histórica reconciliada”.
Los primeros que escribieron en nuestra revista destacaban por su libertad y su bondad. Con gente así la transición no podía salir mal. Sin estos cristianos la democracia, la Iglesia española, la sociedad hubiesen sido diferentes. En 2011 las religiones se escriben en plural, en parte por la masiva inmigración
de los últimos años. En parte porque también el cristianismo, especialmente el católico, es plural, y en parte porque los que antes tenían que ocultar sus convicciones ahora pueden decir que son ateos o agnósticos. La religión ha ganado en calidad y en opción personal lo que ha perdido en influjo social. Vivimos la misma desorientación de muchos ciudadanos. Hemos ganado en respeto y en civilización. Somos plurales, somos más auténticos, más personales, más libres. Si me limito a lo vivido personalmente todo cambia. Ayudé la misa en latín; al final rezábamos tres avemarías. Al poco tiempo me “despidieron”: la misa entonces sería en castellano; aunque sigo rezando tres avemarías. No viví el Concilio con esperanza
ni con traumatismo. Fui un niño del concilio. La Iglesia de mis papas –Juan y Pablo– estaba más viva que nunca. La Iglesia española se hizo algo más pobre y cercana, mucho más comprometida y abierta. Al menos la que yo conozco y vivo sigue siéndolo. Nadie nos puede quitar esa cercanía humana o esa libertad. Para los niños lo que les pasa es una “evidencia”. Sigo viviendo aquella “evidencia”: ser cristiano, seguir a Jesús es fuente de vida y alegría. Lo más importante es el compromiso con lo humano y lo humanizador, abrir los ojos y el corazón de las personas a la contemplación del misterio y no ocultar la cruz florida de Cristo.
Francesc Torralba
Filósofo y teólogo
Se han escrito miles de páginas sobre la percepción que tiene el ciudadano del hecho religioso, sobre su modo de vincularse a las instituciones y su búsqueda de sentido.
No existe ningún diagnóstico que ilumine nítidamente la cuestión. Existen escarceos, aproximaciones antropológicas, sociológicas, filosóficas, teológicas, pero lo que deriva de todas ellas es que la situación de la religión en Europa no puede proyectarse a otros continentes. No es legítimo un análisis
eurocéntrico de la cuestión. Tampoco es evidente que lo que ocurra en Europa en la actualidad tenga que ocurrir en el resto del planeta.
Durante los últimos lustros se ha problematizado y transformado el concepto tradicional de religión. Entre los filósofos y fenomenólogos de la religión no existe consenso. Se identifican lugares comunes y rasgos similares, pero a la hora de captar lo que Max Scheler diría la esencia del fenómeno, irrumpe con fuerza la disparidad de criterios. La complicación semántica no solo abarca el concepto de religión, también incluye otras expresiones que antaño se concebían como claras.
En la era del pensamiento borroso, en la expresión de Kosko, todos los conceptos se han difuminado. ¿Qué es la espiritualidad? ¿Y la religiosidad? ¿Qué significa la mística? ¿Acaso la religión siempre es una relación de alteridad? ¿Qué es una sabiduría? ¿Dónde se sitúan los límites entre filosofía y religión?
En este contexto de problematización conceptual y de disolución de las barreras tradicionales, irrumpen formas de concebir y de vivir lo religioso que no encajan con los esquemas tradicionales. Hay ciudadanos que reivindican su espiritualidad, pero al margen de las religiones instituidas. Los hay que defienden una religiosidad íntima, entendida como vínculo secreto entre el yo y lo infinito, pero no conciben este
infinito de un modo personal. Los hay que viven su religiosidad en el marco de las tradiciones religiosas clásicas, pero con reservas críticas. También existe una gran masa de indiferentes, de personas que, aparentemente, son ajenas al hecho religioso, pero que sienten verdadera devoción, casi fascinación por
figuras profanas, por hitos del fútbol o de la música. Emerge una pluralidad espiritual hasta ahora desconocida.
Javier Melloni
Teólogo
En estos sesenta años el papel de la religión en nuestro país ha pasado por tres etapas claramente diferenciables: desde su relevancia social con oscuras alianzas con el poder (década de los 50 y 60) a su rechazo por parte de una sociedad emancipada y secularizada (década de los 70 y 80) hasta un retorno inesperado de lo sagrado (años 90 y primera década del tercer milenio). Este retorno no es una vuelta a atrás porque contiene formas antiguas y nuevas al mismo tiempo, con una marcada polaridad: por un lado, los fundamentalismos, vinculados al pathos identitario, y por otro, la emergencia de lo espiritual, que busca desprenderse de los marcos religiosos tradicionales.
El primer polo es inevitable que se presente porque, en un momento de pluralidad y pérdida de referentes, emerge la necesidad de pertenencia, uno de los instintos básicos del ser humano.
Las religiones son marcos de sentido y los vínculos que crean entre los que comparten las mismas creencias y celebran los mismos ritos calman la ansiedad que provoca la intemperie. Es natural que, en tanto que donadoras de sentido, las religiones se conviertan en lugares cálidos –y a la vez inegociables– de refugio
cuya delimitación territorial y cosmovisional permite sobrevivir en tiempos de globalidad y fragmentación.
Con la misma fuerza se da el otro polo: asistimos a un despertar de la espiritualidad y de la interioridad sin religión, fuera de los marcos unívocos de creencias, normas y ritos. La diversidad interreligiosa y transconfesional –o posconfesional– hace que las demarcaciones tradicionales ya no sean significativas
para muchos.
Entre ambas corrientes se halla un sector de creyentes que aman las raíces que les nutren sin caer por ello en rigideces, y que tantean con prudencia y a la vez con perplejidad lo plural y lo nuevo que se abre ante ellos.
Es natural que la religión, como dimensión integral de la condición humana, recoja las diversas situaciones existenciales y sociológicas de cada generación. Más allá de estas tres tendencias,
lo que hay que discernir en las actuales manifestaciones religiosas es en qué medida refuerzan las tendencias regresivas y más primarias del ser humano vinculadas con la supervivencia –individual o grupal–, y en qué medida ayudan a abrir a dimensiones más profundas de uno mismo y de la colectividad hacia
estados ascendentes de consciencia.
Dolores Aleixandre
Teóloga
Religión y normas caminan de la mano y se entienden de maravilla. Las normas esconden siempre la pretensión de erigirse en soberanas para regirlo y controlarlo todo y como nos descuidemos, se salen con la suya y nuestra conciencia pierde su margen de reserva y se somete sin rechistar. Pero a veces ocurre algo inesperado que lo trastoca todo (este ejemplo se lo oí a J. A. García Monge): en marzo de 1957 un motu propio de Pío XII cambió la normativa del ayuno antes de comulgar, reduciéndolo a tres horas en vez de doce para los alimentos sólidos y una para las bebidas.
¿Y eso qué importancia tiene?, se preguntará alguno. Pues muchísima, porque el tema se nos grababa a fuego en la preparación a la primera comunión. Los ejemplos de incumplimiento eran tremebundos: si un niño comulgaba, nos decían, después de haberse comido un caramelo, cometía un sacrilegio y si se moría esa noche, se iba de patitas al infierno. Traten de imaginar los nacidos después de esa fecha el shock que supuso el cambio para las conciencias y las peligrosas conclusiones que empezamos a sacar: “Entonces, si el 18 de marzo bebía agua antes de comulgar, podía condenarme para siempre mientras que si lo hago el 20 de marzo, desaparece la amenaza”. De pronto, una normativa que reinaba majestuosa e inapelable sobre los católicos dejaba de ser algo absoluto y volvía al lugar secundario del que nunca debió salir. Una piedra minúscula había provocando en ella una fisura casi invisible que la dejaba ya en irremediable estado de fragilidad.
Cuentan que un obispo dijo al terminar el Concilio: “La cristiandad ha muerto ¡viva el cristianismo!”, y Paul Ricoeur comentó después: “Yo hubiera preferido decir: “La cristiandad ha muerto ¡viva el Evangelio!”
Según J. M. Rovira Belloso la Iglesia tendría que escribir sus normas con la humildad del que escribe con lápiz, pero muchos sectores eclesiales añoran hoy volver a la tinta china para redactar urbi et orbe sus normas y costumbres. Posiblemente no coincidamos con ellos pero ¿somos conscientes de que lo que emerge del Evangelio será siempre infinitamente más totalizante y radical?
Juan Martín Velasco
Teólogo
Existen indicios suficientes para afirmar que la religión viene acompañando a la humanidad desde sus primeros pasos y a lo largo de todas las etapas de su historia. Sus formas son tan numerosas y tan variadas como las formas de ser hombre.
Todas son llamadas con razón religiones, porque todas tienen su raíz en la presencia de Dios en el fondo de todo lo que existe y en el corazón de los humanos, y todas son modulaciones del eco que esa presencia suscita en ellos. Sus diferencias proceden de la variedad de lenguas, culturas, obras, imágenes y gestos con que los hombres han vivido y viven la actitud con que reconocen el Misterio que los habita. En sus religiones, los humanos piensan, anhelan, imaginan, sueñan, alaban, cantan y dan forma y figura al
manantial del que procede el arroyo de sus vidas.
Por eso las religiones tienen su origen en Dios, pero son obra de los humanos. Todo lo visible de la religión: creencias, ritos, oraciones, sentimientos, normas, templos, fiestas, instituciones procede de los sujetos religiosos y refleja las posibilidades de su pensamiento, de su libertad, de su imaginación; las condiciones de su cultura, a la vez que las limitaciones que impone a todo lo humano su finitud.
Lo visible de la religión, el sistema de sus mediaciones, es el cauce heredado de las generaciones que le han precedido por el que cada sujeto recibe noticias de la realidad de la que está constantemente
procediendo. Es también la escala por la que eleva al cielo la adoración en la que reconoce a esa realidad. Pero sólo existe religión verdadera cuando el sujeto asume personalmente todos los elementos del sistema, haciéndolos expresión de esa actitud, personal como ninguna, de reconocimiento del Misterio,
que es “actitud teologal” en el cristianismo, “islam” en la religión musulmana, “bakthi” en corrientes personalistas del hinduismo, “wu-wei” en el taoísmo, etc.
En la religión llegan a su cima las posibilidades de lo humano, gratuitamente donadas a todos los sujetos,. Por eso la religión ha producido los preciosos textos presentes en tantas de ellas, los
monumentos admirables que sus fieles han levantado, las composiciones musicales que han acompañado a sus oraciones, las sublimes obras de generosidad, de compasión y de justicia de sus mejores representantes. Por eso los hombres de todos los tiempos “esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer conmueven íntimamente su corazón: ¿qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable Misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?” (Concilio Vaticano II)
Pero, como no hay nada peor que la corrupción de lo mejor, la historia de presenta episodios en los que no faltan sujetos que se sirven de la religión y de su capacidad de motivar a la persona y de arrastrar a las masas para perpetrar las acciones más perversas al servicio de su egoísmo, y de los intereses propios o de la institución o el pueblo a que pertenecen. Por eso las religiones han desprestigiado tantas veces la religión y ésta ha sido interpretada y despreciada como mero fruto del deseo humano, como medio para la alienación, como intento de dominación sobre la sociedad, como freno para el progreso humano, como represión de la libertad, como fuente de violencia.
La raíz de la mayor parte de las perversiones de la religión está en confundir la religión con el sistema de mediaciones que origina la actitud religiosa: creencias y fórmulas en que se expresan, instituciones que surgen de su condición de hecho social, sujetos que las gestionan, y atribuirles la condición de absolutas que son propias exclusivamente del Misterio al que remiten y que, absolutizadas, se convierten en ídolos que en lugar de orientar hacia Dios, lo suplantan, condenándose así a defraudar al sujeto
religioso y esclavizarlo. Otra razón frecuente de tal perversión consiste en una mala “teología política”, es decir, en la pervertida forma concebir y realizar la presencia de la religión en la sociedad en la que vive.
Nuestra generación en los países occidentales ha heredado de las que nos han precedido en los últimos siglos todas estas descalificaciones de la religión y hoy las personas religiosas apenas pueden presentarse socialmente como tales sin tener que comenzar por superar los prejuicios, deshacer los malentendidos, eliminar las descalificaciones que imperan en el discurso cultural dominante.
De ahí, la profundidad de la crisis religiosa imperante en Europa, que no se limita a la crisis del conjunto de las mediaciones religiosas, sino que afecta a la misma realidad divina y a la relación
creyente que sólo él merece. El descrédito de la religión se ha hecho tan profundo que, incluso entre los cristianos, son numerosos los que abogan por la realización no religiosa del cristianismo, y no faltan quienes dan por superada la época religiosa y proponen como forma de realización ideal de lo humano una espiritualidad ajena a la religión, presentada como su alternativa.
El cristianismo se inscribe en la historia de las religiones y en el marco de comprensión de lo religioso al que acabamos de referirnos. Pero es una religión original, cuya novedad deriva de su comprensión del Misterio como Dios Padre, creador de todo lo que existe, revelado en Jesús de Nazaret, muerto en la cruz para revelar a los hombres el amor sin límites del Padre, resucitado por él y que entrega a los creyentes el Espíritu Santo para hacer de ellos su hijos. De la originalidad de su contenido se deriva la originalidad de la fe cristiana llamada a transformar la vida de los creyentes y moverlos a trabajar en la historia para hacerla avanzar hacia el reinado de Dios que culminará en “una tierra nueva y un cielo nuevo en que habite la justicia”.
En la actualidad, el fútbol domina nuestras vidas y desplaza a la cultura e invade y condiciona la vida familiar
Josep Maria Margenat
La religión, por su capacidad de fascinación o por su hondo entrañamiento humano, exige entrega personal,
tiene héroes, y ordena la violencia. Sus fieles se sacrifican: es decir renuncian u ordenan aspectos esenciales de su vida desde que son de esa religión. Nadie piense que me refiero a las religiones
establecidas en Europa: éstas son previsibles, ¿aburridas?, muy poco exigentes, están aburguesadas, plenamente funcionales al sistema económico y al orden social. No, claramente no hablo de las
religiones. Me refiero al fútbol, que Mario Vargas Llosa llama “religión laica”.
Rosario Bofill
Algunas veces cuando hablo con amigos les pregunto: “¿Habeis leído el evangelio?” Suelen contestar: “Sí, claro”, y me explican que conocen el evangelio porque se lee en la misa los domingos; pero yo insisto en que eso es un fragmento del evangelio, y lo que yo pregunto es si han leído alguna vez el evangelio entero, según Marcos, Mateo, Lucas o Juan. La repuesta es un tanto decepcionante, muy pocos lo han leído.
Hay que evitar que la religión se reduzca a la esfera privada a la vez que no puede ser norma en temas civiles
Toni Comín
Finalizaré con este artículo y el siguiente nuestro debate –por así decirlo– con el papa Benedicto XVI,
a raíz de su interesante alocución del pasado otoño en Westminster Hall sobre la relación entre religión y política. Si inicié la serie con una larga cita, donde exponía la idea fundamental de su discurso,
seguiré hoy con una de las reflexiones que lo cierran. Después de reivindicar la necesidad mutua entre religión y razón para dar un fundamento ética verdaderamente sólido a nuestras sociedades democráticas, dijo Ratzinger: “En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar,
sino una contribución vital al debate nacional.
J. A. GONZÁLEZ CASANOVA
Catedrático de derecho constitucional
Una sentencia del Tribunal europeo de Derechos Humanos del año 2009 señalaba que las convicciones religiosas de las personas implican el derecho a creer y la libertad de no creer, por lo que el deber de neutralidad del Estado en esta materia es incompatible con cualquier poder de apreciación acerca de la legitimidad de una religión y de sus formas de expresión externas, como, por ejemplo, el crucifijo. En
dicha sentencia no cabía la menor duda del significado religioso del principal símbolo cristiano y de que la neutralidad confesional impedía su exposición en las aulas de la enseñanza pública italiana.
CARLOS EYMAR
Filósofo
La sentencia de la Gran Sala del Tribunal europeo de Derechos Humanos del pasado 18 de marzo, en el asunto Lautsi contra Italia, merece ser leída. Pocos documentos reflejan tan bien el conflicto entre una Europa defensora de la laicidad y otra que proclama sus raíces cristianas. La polémica se suscitó hace dos años cuando una Sala del mismo Tribunal accedía a la demanda de Soile Lautsi sobre la retirada del crucifijo en
el colegio público italiano al que iban sus hijos. Es esta decisión la que acaba de ser revocada al considerarse que la presencia del crucifijo, en las aulas de las escuelas públicas, es una cuestión que corresponde al margen de apreciación de los Estados.
Alfredo Tamayo Ayestarán
Doctor en filosofía y teología
Una Conferencia Episcopal es una institución avalada y promocionada por el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos siguiendo la deriva que constituyó, según Yves
Congar, la apuesta capital de dicho concilio: la colegialidad con su no a un excesivo monarquismo de todo tipo. La responsabilidad que le corresponde a cada obispo frente a su diócesis debe ser también una responsabilidad compartida.
Francesc Romeu
Sacerdote y periodista
Las conferencias episcopales si no existieran se tendrían que inventar, porque son absolutamente necesarias. Igual que en los otros ámbitos de la pastoral de la Iglesia, es muy necesaria una muy buena coordinación entre todos sus agentes de pastoral. En este caso, también los obispos. El problema es pensar que en todo el mundo se funciona igual que en España, donde se peca de un excesivo presidencialismo,
muy por encima de la asamblea.
Toni Comín
Profesor de ESADE (URL) y ha sido diputado del Parlament de Catalunya
La función de la religión es motivar al hombre para convertirlo en un agente más universal a través del uso de la razón
Terminé el artículo de diciembre con el siguiente interrogante: ¿En qué sentido podemos decir que la razón precisa de la religión, del mismo modo como ésta precisa de aquélla?
Venía a propósito del debate que el papa Benedicto XVI, unos meses antes de dar el salto a la televisión, abrió en su sin duda interesante conferencia de Westminster Hall sobre religión y política.
Rosario Bofill
Directora de El Ciervo
De la película De dioses y de hombres, sobre ocho monjes que conviven con los lugareños en un pueblecito de las montañas del Atlas, lo que más me ha quedado grabado son los ojos, la mirada, y también aquellos momentos en que en la pequeña iglesia rezan los salmos, entre silencio y silencio. Ambas secuencias, están repetidas en la película (publicamos la crítica en el núm. 720).
Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía social en ETEA (Universidad de Córdoba)
Desde un monasterio, la sencillez de la vida monástica y la misión religiosa se muestran en toda su plenitud
Bajaba por la sierra de Prades. Amanecía. El azul teñía el ocre del monasterio, el verde tabaco de las vides y el más vivaz de los naranjos. O a mí me lo parecía. Al llegar, unos minutos antes de comenzar la salmodia de laudes, me emociono. Poco a poco van situándose allí para continuar el opus Dei, el oficio divino, que nunca debe ser abandonado, según san Benito. Habían pasado veinte años justos, de agosto a agosto, en veinte años no han hecho otra cosa, han sido fieles a ese opus Dei. Son los monjes. Alguno ya no estaba, había alguno nuevo. Todos tenían veinte años más. Yo, sin embargo, había rodado por el mundo cercano, incluso África cinco veces. Ellos seguían allí. Yo había vivido en siete ciudades diferentes y distantes. Ellos no se habían movido. Quizá se habían quedado allí para recordarme, recordarnos, que estamos sólo una temporada en la tierra.
La luz nos sorprendería al acecho aquellos días, en su paraíso interior, el claustro, y en la iglesia austera y pura, recién amanecida. Ellos seguían allí, repitiendo los mismos salmos durante aquellos veinte años, aunque, en realidad, muchos más, cuarenta, cincuenta, hasta setenta años. Ellos habían elegido consagrarse sólo a alabar, dar gracias y hacer reverencia a Dios. Se ocupaban de otras cosas, claro. Un gallinero, la vieja imprenta desparecida, de cuyos tipos salían libros que se podían leer al tacto buscando las incisiones del plomo. Los frutales eran cuidados por alguien; el archivo era atendido por otros; los peregrinos –hombres y mujeres buscadores, sin saber si buscan a Dios, una tierra, el amor, un sentido– seguían acudiendo a ese lugar fundado hace casi novecientos años para algo tan sencillo como alabar a Dios: un lloc per a lloar Déu, había dicho el rey al concederles aquellas alamedas insalubres y selváticas.
Cerca del paraje de la alameda, me encuentro en un tiempo privilegiado de oración acompañada. Es un valle frío y habitado de bondad. A las casi cuatro horas diarias del opus Dei, añadimos estos días otros largos tiempos de oración personal, de editación, de contemplación.
Una de las mujeres que vive allí me dice: entré en el monasterio hace casi 70 años, había nacido en el pueblo y durante estos
años siempre he sido feliz. Son personas normales, como la gente de la calle a la que se refería Madeleine Delbrêl en su barrio
comunista cercano a París. También ellas son personas normales: se ocupan de las gallinas, de la cerámica, de la tienda de
recuerdos, de la hospedería o del archivo musical. Pero siguen la consigna benedictina: que nada se anteponga al oficio divino.
Voy al cine con tres amigos. Al entrar en la sala vamos saludando a gente conocida. Veremos Des hommes et des dieux (De dioses y de hombres, debieron traducir mejor el título original), que ha impresionado a la opinión pública francesa. A nosotros
nos sitúa en el mismo horizonte de interpretación. La historia que narra la película, basada en el asesinato de siete monjes
franceses en Argelia en 1996, nos sobrecoge y nos implica. No es una historia distinta de nuestra vida que podamos ver sólo como espectadores. Habla de nosotros. De personas como nosotros, personas normales, que tienen dudas, temores, pequeños sueños, sencillos deseos, pero que eligen quedarse allí, porque aquella es ya su gente, y si se rompen las ramas de los árboles, ¿donde se posarán los pajarillos?
El hermano Jean-Pierre ahora vive en Midelt, en el Atlas marroquí, donde continúa el monasterio de Nuestra Señora del Atlas. Han recuperado el antiguo convento de las franciscanas en que durante tres semanas celebrábamos diariamente la eucaristía en 1991. Thibirine, cerca de Médea (Atlas argelino), ahora está en Midelt (Marruecos).
El hermano Jean-Pierre de 88 años, uno de los dos que se salvaron aquella noche, dice que lo que vivieron juntos era una acción de gracias: ¡inolvidable escena de la comunión en el vino y en la música de Chaikovski!
Todo esto ha pasado en unas pocas semanas entre enero y febrero. Muchas personas conocidas me cuestionan por el sentido de la vida contemplativa. En la posmodernidad líquida, que un puñado de mujeres y hombres nos recuerden el final del trayecto y su sentido no es irrelevante, aunque pueda ser falseado o ignorado.
Todos tenemos vocación de monjes, es una vocación universal, trans-cultural y trans-religiosa: la de ser personas unificadas
en un mundo unificado en el amor y la justicia. Ellos hacen soportable la espera escatológica de los cristianos. Estamos de
vacaciones en este mundo, escribía Lorenzo Gomis, esperando el momento oportuno para regresar a casa. A mí lo que me sucede es lo contrario: me cuesta entender por qué seguimos todos tan entretenidos. No logro explicarlo a los amigos que saben que están de vacaciones y quieren seguir un rato más.
Carlos Eymar
Filósofo
La convocatoria de Madrid no parece capaz de rellenar la sima existente entre jóvenes católicos y la mayoría restante
Sé, por propia experiencia, que en eventos análogos al de la Jornada Mundial de la Juventud, uno puede encontrar a la mujer de su vida. También puedo referir la historia de algún matrimonio feliz, surgido al calor del Concilio de los Jóvenes, en Taizé, allá por los años 70. No seré yo, por tanto, quien rehúse la debida hospitalidad y una jarra de cerveza helada a los que decidan adentrarse en el infierno del agosto madrileño para ver al Papa. Pero, al igual que del nacimiento de amores, he sido testigo de cómo muchos fervores y entusiasmos religiosos, expresados en grupos o concentraciones juveniles, fueron engullidos por las zarzas
del tiempo.
Pere Escorsa
Catedrático de Economía de la Universidad Politécnica de Cataluña
El filósofo, desde sus convicciones religiosas, pide un distanciamiento ante la tecnología que es hoy el factor dominante
'El hombre está persuadido de que ha ganado su dinero, de que éste es fruto de su trabajo, siendo así que Dios le declara, por el contrario, que es un don gratuito, que nada saldrá de su trabajo si no se lo diera Dios.”
Jacques Ellul
Hace bastantes años cayó en mis manos El hombre y el dinero, que me impresionó por su radicalismo. Ellul recordaba que no se puede servir a Dios y al dinero: “Amar el dinero, apegarse a él, es odiar a Dios”. Le fui siguiendo en sus libros dedicados al análisis de la técnica: La technique ou l’enjeu du siècle, Le système technicien y Le bluff technologique. Recientemente Albert Florensa ha publicado un libro sobre su obra (La vida humana en el medi tècnic. El pensament de Jacques Ellul, Claret, Barcelona), lo que me ha animado a escribir este artículo.
Javier Melloni
Este filósofo francés forma parte de una nueva generación de pensadores ateos que no niega la dimensión espiritual, pero sin que se exprese en términos religiosos. En su obra El alma del ateísmo (2006) ha desarrollado explícitamente los contenidos de una espiritualidad atea o sin Dios. Considera que una persona no-creyente o no-religiosa también es capaz de captar el misterio de la vida y de la existencia, de vivir abierta y admirativa ante la inmensidad, que es capaz de desear el silencio y nutrirse de él, y de tender hacia la simplicidad con la conciencia de la unidad de todo, caminando con serenidad y aceptación, con libertad e independencia en una búsqueda honesta por la verdad y con respeto hacia los demás seres. En un lugar de la obra citada narra haber tenido hacia los veinticinco años una experiencia inefable, mientras paseaba por los alrededores de una población rural al norte de Francia donde era profesor de filosofía de un instituto.
Volvió a tener tales aperturas de conciencia en diversas ocasiones aunque, según él mismo dice, de modo decreciente a causa
de la saturación de ocupaciones.
Después de cenar, salí a pasear con algunos amigos por un bosque que nos era muy querido. Estaba oscuro. Caminábamos.
Poco a poco las risas se apagaron; las palabras escaseaban. Quedaba la amistad, la confianza, la presencia compartida, la
dulzura de esa noche y de todo. No pensaba en nada. Miraba. Escuchaba. Rodeado por la oscuridad del sotobosque. La asombrosa
luminosidad del cielo. El silencio ruidoso del bosque: algunos crujidos de las ramas, algunos gritos de animales, el ruido
más sordo de nuestros pasos… Todo eso hacía que el silencio fuera más audible.
Y de pronto, ¿Qué? ¡Nada! Es decir, ¡todo! Ningún discurso. Ningún sentido. Ninguna interrogación. Sólo una sorpresa. Sólo
una evidencia. Sólo una felicidad que parecía infinita. Sólo una paz que parecía eterna. El cielo estrellado sobre mi cabeza,
inmenso, insondable, luminoso, y ninguna otra cosa en mí que ese cielo, del que yo formaba parte, ninguna otra cosa en mí que
ese silencio, que esa luz, como una vibración feliz, como una alegría sin sujeto, sin objeto (sin otro objeto que todo, sin otro sujeto que ella misma), ¡ninguna otra cosa en mí, en la noche oscura, que la presencia deslumbrante de todo! (…).
Ya no había palabras, ni carencia ni espera: puro presente de la presencia. Apenas puedo decir que paseara: sólo estaba el
paseo, el bosque, las estrellas, nuestro grupo de amigos… Ya no había ego, únicamente la presentación silenciosa de todo. Ya no
había juicios de valor: tan sólo lo real. Ya no había tiempo: tan sólo el presente. Ya no había nada: tan sólo el ser. Ya no había insatisfacción, ni odio, ni miedo, ni cólera ni angustia: únicamente alegría y paz. Ya no había comedia, ni ilusiones ni mentiras: tan solo la verdad que me contiene y a la que yo no contengo. Todo eso duró apenas unos segundos. A la vez me sentía
agitado y reconciliado, agitado y más tranquilo que nunca. Desasimiento. Libertad. Necesidad. El infinito al fin devuelto a
sí mismo. ¿Finito? ¿Infinito? No se planteaba la pregunta. Ya no había preguntas. ¿Cómo se les podría dar respuesta? Sólo había
la evidencia. Sólo había el silencio. Sólo había la verdad, pero sin frases. Sólo el mundo, pero sin significación ni meta. Sólo la inmanencia, pero sin contrario. Solo lo real, pero sin otro. Ni fe. Ni esperanza. Ni promesa. Sólo había todo, y la belleza de todo, y la verdad de todo, y la presencia de todo. Eso era suficiente.
MANUEL QUINTO
Nuestras pantallas acogen dos cintas religiosas de diferentes épocas y pretensiones: ‘Thérèse’ y ‘De dioses y hombres’
Del compromiso
En 1993, siete monjes cistercienses de un monasterio en la localidad de Tibhirine, en el Magreb argelino, reciben impresionados la noticia de que los terroristas islámicos que controlan las montañas circundantes han masacrado a 14 trabajadores cristianos croatas cerca de allí. Durante la Nochebuena, un grupo armado comandado por el emir Sayat Attira irrumpe en el convento exigiendo que el hermano Luc, un viejo monje médico, se traslade a curar a los heridos de la guerrilla, a lo que se niegan el interesado y su superior, el padre Christian. Dicen que su puesto está al servicio de la comunidad que forman con los vecinos. Por extraño que parezca, Sayat Attira se marcha sin hacerles daño. A pesar de las recomendaciones del ejército argelino, que les aconseja abandonar la peligrosa región, los monjes deciden afrontar los acontecimientos con la única ayuda de la fe, confiando en que su constante ayuda a los bereberes les exima de la acción de los radicales islámicos del GIA. La madrugada del 26 al 27 de marzo de 1996, un comando formado por una veintena de hombres secuestra a siete de los religiosos. Los hermanos Jean Pierre y Amedée que dormían en habitaciones apartadas consiguen esconderse y se salvan. Dos meses más tarde, un comunicado del GIA anuncia la ejecución de los rehenes, cuyas cabezas son halladas por el ejército argelino cerca de Medea, sin el resto de los cuerpos.
La muerte de los monjes de Tibhirine no ha quedado clara, incluso se ha llegado a suponer la implicación del ejército argelino, sea por infiltrados en el GIA, sea por fatal error en un ametrallamiento de la zona con helicópteros militares. Así, el plano final de la película, que se resuelve con la desaparición de los religiosos entre la niebla, no es una elección de puesta en escena, sino una forma de mostrar la incertidumbre de las circunstancias de su sacrificio.
Xavier Beauvois es un director formado como ayudante de Manoel de Oliveira y André Téchiné. De dioses y hombres, su quinta realización, ha ganado el Premio Especial del Jurado en Cannes.
Des hommes et des dieux no es un film sobre el martirio por la fe, ni un alegato contra la intolerancia islamista radical. Su valor reside en la presentación de un sentido religioso basado en el compromiso con la gente humilde, con el entorno social en el que se integra. La virtud esencial de los monjes de Tibhirine es la convivencia a nivel humano. No se encastillan en el monasterio, celosos de sus creencias y reforzados por una misión apostólica. Su labor no es colonizar, sino acompañar y ponerse al servicio del ser humano. Se dedican a la agricultura, comparten tierra y esfuerzos con los campesinos, combaten las enfermedades y participan de los problemas que aquejan a una comunidad de hermanos que va más allá de los claustros. Incluso su permanencia en el pueblo, rechazando las recomendaciones del gobierno, responde a un deseo de reforzar a los lugareños haciéndoles menos vulnerables. Se sienten unidos a ellos por una fe sencilla, que se manifiesta bajo diferentes nombres, pero que, en el fondo, es la misma, porque se concreta en los ideales de fraternidad y comprensión. Es un retorno al cristianismo de los primeros tiempos.
De entre los personajes que presenta la película, dos emergen con fuerza incontestable: el superior Christian y el viejo médico Luc. Muy poco se nos dice de su historia personal. Beauvois hace que sepamos de los monjes a través de sus conductas y nunca de lo que pueda ampararlas. De todos modos, hay que constatar que el hermano Christian fue oficial del ejército francés durante la guerra de Liberación argelina y su vida fue salvada por un musulmán, hecho que le marcó y le indujo a orientarse a la vida religiosa y al conocimiento de la cultura musulmana.
Dos años antes de su muerte, en lo que significa tanto una premonición como una identificación, dejó constancia de su perdón “al hermano del último día, que no habrá sabido lo que hacía”. Por su parte, el hermano Luc se internó voluntario en un campo de concentración nazi, ocupando el lugar de un padre de familia numerosa, y allí cuidó de los prisioneros con absoluta entrega. Para su entierro había preparado una cinta con la grabación de la canción de Edith Piaf “Je ne regrette rien”.
Un misterio envolvente
Las películas sobre monjas han sido poco numerosas, y narradas desde diferentes puntos de vista, desde el claramente hagiográfico de la Teresa de Jesús de Juan de Orduña (1962), hasta la crítica anticonventual de La religiosa, de Jacques Rivette (1966), sobre la novela de Denis Diderot, que levantó un buen escándalo en el Festival de Cannes. A mí me han interesado sobre todo Historia de una monja, de Fred Zinnemann (1959), sobre la vida real de la belga Maria Louise Habets, focalizada en la tensión entre orgullo y obediencia; Diálogos de carmelitas, de Philippe Agostini y Raymond Leopold Bruckberger (1960), sobre el martirio de 16 carmelitas del monasterio de Compiègne durante la Revolución Francesa, según la pieza teatral de Bernanos; y Yo, la peor de todas, de María Luisa Bemberg (1990), acerca de la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, autora dramática mexicana de la orden de las Jerónimas en la segunda mitad del xvii.
Santa Teresa de Lisieux se llamaba en realidad María Francisca Teresa Martín Guerin y nació en Alençon (Normandía) el 2 de enero de 1873. Murió de tuberculosis con sólo 24 años. En su autobiografía Historia de un alma, escrito por mandato de su superiora Madre Gonzaga, nos revela sus años familiares junto con su padre, al que le unía un gran amor –su madre había muerto cuando Teresa tenía 4 años–, sus ansias por ingresar en la Orden del Carmelo, su petición ante León XIII de que se lo permitiera pese a su minoría de edad, su quehacer en el convento de Lisieux, sus sentimientos y el modo como sublimó su enfermedad. Se conservan asimismo 274 de sus cartas y una serie de poemas, expresión de una fe tan sencilla como intensa.
Hay una película dirigida por Leonardo Defilippis en 2004, titulada Thérèse: the story of Thérèse de Lisieux, que no tiene mayor interés que el de servir de información biográfica, lo mismo que sucedía, aunque con mejores resultados en la silente La vie miraculeuse de Thérèse Martin, rodada por Julien Duvivier en 1930. Pero el film que trasciende la mera exposición de hechos y adquiere valor tanto humano como cinematográfico es esta Thérèse de Alain Cavalier, estrenada ahora aquí con 25 años de retraso.
Thérèse es una obra inclasificable dentro de la trayectoria de Cavalier, formado junto a Louis Malle, que empezó con películas de alcance político o negro. Luego sufrió una crisis que le hizo pasarse años sin dirigir y regresar al cine con propuestas muy personales.
Es difícil hoy sustraerse a la condición de espectador que o bien busca distraerse o muestra interés sólo por aquello que le concierne. En esta última tendencia, el ecologista elogia películas sobre la naturaleza, la feminista llega incluso a valorar a las superheroínas de cómic, las medioañeras se nutren del sacrificio de una madre o de la esperanza de una abandonada. Así, esperar la comprensión de un film de temática religiosa por parte de indiferentes o no creyentes es una complicada pretensión. Sin embargo, películas como Thérèse no son una ferviente apología, sino una fuerte impresión. Tratan de una confianza íntima y de una sublimación amorosa, que pueden llamarse fe y caridad cristiana o permanecer en el fondo de un misterio anclado en lo espiritual.
El tratamiento que Cavalier hace de Thérèse es un intento de biografía interior, un difícil acercamiento al alma de una persona muy especial, a la que la Iglesia ha ensalzado como santa y es objeto de una gran veneración. La primera parte, la crónica de su adolescencia y su ingreso en la orden, viene narrada mediante escenas muy cortas, casi flashes, en plano sostenido, la ambientación propocionada únicamente por la luz, engarzadas unas con otras mediante fundidos. Esta elección propicia que el relato avance y vaya a concentrarse en la profundización en la protagonista. Nunca se establece un desequilibrio entre lo humano y lo religioso: la posible tensión entre la fe como consecuencia de la gracia o como valor adquirido no se establece, porque el film avanza en el sentido de mostrar y no de demostrar. Hay películas que provocan en sí, por un especial misterio envolvente, una elevación espiritual, como es el caso de Ordet, de Dreyer, o El diario de un cura de aldea, de Bresson. La Thérèse de Cavalier va en esta dirección. Puede hacerlo porque Teresa fue sencilla, franciscana, con una religiosidad basada en una entrega amorosa y en un entusiasmo que consigue elevar la ingenuidad a la categoría de virtud evangélica. Por ello, su vida puede cautivar o sorprender tanto a creyentes como a no creyentes y desarmar a la gente que se debate en una pretendida lucidez que ahoga la falta de horizontes.
La puesta en escena de Cavalier es a la vez austera e intensa. Se despoja de todos los elementos que pudieran alcanzar una cierta espectacularidad, hasta el punto de que no hay referencias plásticas a la época y sí al tratamiento de la luz a lo Zurbarán. Las relaciones entre los personajes nunca son crispadas, pues la entrega total de Thérèse, esta joven “enamorada”, se basa en una inocencia apasionada, que cautiva. Las miradas de la excepcional Catherine Mouchet –una actriz que luego no tuvo demasiado éxito– nunca vienen subrayadas con énfasis, y pasa del arrobo a la determinación de representar a una mujer diferente, capaz de ser fiel a una pasión envolvente y de superar sus propios sufrimientos con la energía que le proporciona su entrega total a un sentimiento que llena toda su existencia y le da un sentido. El film obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes.
J. A. González Casanova
La Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, la actual Inquisición, ha abierto un proceso contra el libro Jesús. Aproximación histórica del teólogo vasco José Antonio Pagola, para establecer si es conforme con la doctrina de la Iglesia, pese a que la edición revisada de la obra (la novena) lleva el nihil obstat (nada que oponer) y el imprimatur (imprímase) del ex obispo de Donosti, Juan Maria Uriarte.La iniciativa de Roma se produce tres años después de que el trabajo saliera en las librerías y tiene su origen en las presiones del núcleo más integrista de la Conferencia Episcopal Española, que en su día publicó una nota contra los contenidos del libro. Aunque ha cambiado el nombre del dicasterio, los procesos siguen siendo inquisitoriales porque los afectados ni siquiera saben de qué se les acusa, no saben quiénes son sus censores y no pueden preparar su defensa.
El caso es que el número dos de la congregación vaticana, el mallorquín Luis Francisco Ladaria, era favorable a Pagola.El grupo acusador ha puenteado a Ladaria para que el propio presidente, el cardenal americano William Joseph Levada, se implique directamente en el asunto. Con todo, el libro de Pagola tiene importantes valedores. El cardenal Gianfranco Ravasi, un verdadero peso pesado del Vaticano, que preside el Pontificio Consejo para la Cultura, acaba de recomendar el libro del teólogo vasco en la revista italiana Il Sole 44 Hore. Ravasi es un renombrado biblista y considera la obra un estudio muy valioso para guiar a los lectores no iniciados en el conocimiento de la historia de Jesús.El artículo de Ravasi no ha sentado nada bien al grupo de la jerarquía española que persigue a Pagola, en especial al obispo de Córdoba Demetrio Fernández, que inició en su día la cruzada contra el libro, y el propio portavoz de la Conferencia, el jesuíta Martinez Camino. De hecho, una iniciativa de diálogo con los no creyentes (conocida como Patio de los gentiles), que iba a tener como protagonista a Ravasi en Madrid, de la mano de una publicación religiosa, ha sido congelada por instancias eclesiales de alto nivel.
La persecución del libro de Pagola se ha producido en un momento de la Iglesia española de acoso sin precedentes al pluralismo teológico. Pagola contestó en bloque a sus perseguidores en una reflexión de 50 folios titulada La verdad nos hará libres, en la que defendía su trabajo y desmontaba las acusaciones. Monseñor Uriarte adoptó una postura valiente y se implicó en persona en el pulso que se libraba entre Pagola y los fundamentalistas. A instancias de Uriarte, el teólogo accedió a realizar una relectura de su trabajo, aclarando la naturaleza del libro e introduciendo modificaciones para disipar interpretaciones incorrectas. Uriarte se mojó y concedió el permiso de edición.Los enemigos de Pagola pusieron el grito en el cielo, enviaron el libro a Roma y, tras fuertes presiones, lograron que la editorial PPC ordenara retirar esa edición, bendecida por Uriarte, de todas las librerías.
El libro Jesús. Aproximación histórica ha sido traducido a siete idiomas. Ha sido un gran éxito de ventas, un singular bestseller para una obra de estas características. Se han hecho nueve ediciones, se piratea en internet y un misionero vasco lo ha traducido al japonés. La popularidad alcanzada es lo que ha motivado el celo censor del integrismo. El jesuita González Faus escribe a este respecto que “a muchas autoridades eclesiásticas inquisidoras les molesta tanto la palabra “Jesús” que han dado orden de que en catecismos y libros de texto, no se diga Jesús, sino Cristo. Quizá por esto asistimos hoy a persecuciones crueles que se excusan con que algunos (pensemos en Jon Sobrino o José Antonio Pagola) niegan la divinidad de Jesús.No es que la nieguen. Es que, a través de Jesús se le da a Dios un rostro que no es el que quisieran los inquisidores. Porque los pone en evidencia. Yo mismo, en mi libro El dios presente. Confesiones dee un viejo cristiano (Kairós, 2010) reconozco la deuda contraída con el Jesús histórico, tal como me lo describe Pagola.Es un modelo de erudición, de rigor teológico y de hondura espiritual. Creo que ha sido la primera vez que, sin sentimentalismo alguno, me ha emocionado hasta la lágrima el relato de la pasión y muerte de Jesús. Eso es para mí una señal de que la propia humanidad del Cristo es el mejor argumento de su divinidad. Si la teología clásica ponía énfasis en la divinidad de Jesús, la nueva cristología destaca la divinidad en Jesús. No endiosa al humilde galileo: lo entusiasma. Como dice otra víctima de la Inquisición, el teólogo franciscano Leonardo Boff: “Sólo Dios puede ser tan humano”.
Josep Maria Margenat
El humanismo integral y la formación tomista, o la espiritualidad ignaciana y aquello que Josep Ferrater llamaba las notas distintivas del carácter catalán –capacidad de limitar sin excluir, mesura, seny– me han hecho sentir siempre mucha prevención, incluso alergia, ante la palabra “contracultura”, inevitablemente asociada a fideísmos de talante antimoderno o a los acratismos antiautoritarios, “soixantehuitards” o californianos. Porque creo que la cultura es el-lugar-del-hombre que ya no es pura naturaleza, porque pienso que la continuidad y la integralidad forman parte del pensar justo sobre lo real, porque el realismo nos ha acostumbrado a no pensar el ser en abstracto sino a partir de las cosas, porque la espiritualidad de la encarnación nos lleva a admitir y querer este mundo de forma radical aunque seamos capaces de soñar apasionadamente otro mundo, por todo esto no puedo pensar sin desconfianza cuando oigo hablar de contracultura. A veces se trata de amigos que escriben sobre el carácter contracultural del evangelio o sobre los sujetos “contraculturales” que han de generar una nueva universidad. Me resisto a seguirles.
El cristianismo está aquejado, desde la exclusión que generó la modernidad hiperracionalista (la “separación” cartesiana), de una enfermedad de retirada a mundos imaginarios desde los que sea posible ser plenamente cristianos. Unos rechazaron el Estado liberal desde su integralismo –en estas tierras los conocimos demasiado bien–, otros se agazaparon bajo la palabra fundamentalista leída sin interpretar; los utopistas se evadieron hacia un no lugar, en otros tiempos el paraíso de la sociedad sin clases, hoy el “otro mundo posible” (y sus correlatos infantiles: otra economía, otra educación, otra Iglesia son posibles). La teología de la encarnación llevó equivocadamente a algunos –¿muchos?– cristianos a la aceptación, simplista y naif, del mundo y perdieron la virginidad del discernimiento. Promiscuamente mundanizados, en lugar de haberse hecho al mundo desde la analogía, que les hubiese permitido conservar un potencial de discernimiento, se consumó el proceso en una doble dirección que algunos sociólogos vienen señalando últimamente: el cristianismo católico –el protestante ya había recorrido algo antes ese camino– se exculturó haciéndose extraño a su propia patria; no es que, como quería la carta a Diogneto, los cristianos fueran extranjeros en su propia patria por su insoportable esperanza escatológica, sino que los cristianos se habían convertido en extraños a su propia Iglesia y por ello a su propia ciudad. La globalización reforzó más tarde ese extrañamiento: en el imaginario religioso cada uno hiperconsume los elementos –que puede y quiere– de las tradiciones religiosas, ahora desreguladas y descomunitarizadas. Sin norma normans (la comunidad, la regla hermenéutica), el cristianismo no sólo ha sido “exculturizado” (Hervieu-Léger) de la sociedad europea, sino que la “santa ignorancia” (Olivier Roy) hiperindividualista (Gilles Lipovetsky) lo ha colonizado.
En muchos ambientes, simplemente el hecho de utilizar la palabra contracultura sólo sirve al propio descrédito. Lo cristiano no tiene otro camino de llegar a lo humano que la cultura, lo cultural. Por lo mismo hemos de rechazar un “cristianismo puro” exculturado e ignorante, y hemos de promover un cristianismo mestizo, pero culto y cultural. El cristianismo es la religión que más tiene que perder con su exculturación pues es la única religión –si es que lo es del todo y como las otras– que afirma nuclearmente la encarnación (es decir que lleva en su código genético la cultura como mediación). Por ello el cristianismo no es nada sin un proyecto cultural para la sociedad. Es cierto que la mayor urgencia cristiana es la divinización de lo humano, pero con la contrapartida de la lógica encarnatoria: la vocación transformadora y elevadora (“divinizatoria”) de lo humano. Estamos confundidos y confundimos más a los indecisos. Decimos contracultural cuando queremos decir crítico, escatológico o profético; digamos estas palabras y expliquémoslas si fuere menester.
Un humanismo que abre a lo transcendente tomado en su radicalidad y abre a lo solidario tomado en su universalidad y profundidad, un humanismo integral, reclama que la cultura en sentido estricto sea integradora, es decir, productora de una ciudadanía compleja e intercultural. Si, por otra parte, la cultura no abre y hace posible el acceso a la transcendencia, una transcendencia plena, es decir también integradora de todo lo humano, plenamente humana y toda de Dios, no es verdaderamente integral, y por ello no es que sea sólo humana, simplemente humana, es que, sencillamente, es infrahumana. Este proyecto cultural sólo lo podrán llevar a cabo, como acaba de escribir Senent de Frutos en Revista de Fomento Social, “sujetos no desintegrados”, capaces de síntesis complejas, con posiciones de respuesta radical ante las hodiernas carencias culturales. Los sujetos del proyecto cultural humanista integral han de tener una “tranquilidad de ánimo y una radical serenidad” –como escribió Laín Entralgo en 1992– o “fe sólida y profunda, cultura seria y auténtica sensibilidad humana y social” como nos pidió Benito XVI a los jesuitas en febrero de 2008.
Carlos Eymar
Filósofo
Concluía mi anterior artículo preguntándome sobre la supuesta eficacia de palabras edificantes dirigidas a un auditorio descreído. Auditorio de jóvenes occidentales cuyos intereses, tal y como recordaba valiéndome de ciertas encuestas, se situaban en el polo opuesto de la religión, la Iglesia y la interioridad. Otros estudios sociológicos vienen a completar la radiografía de la juventud, con su negro trasfondo de desesperanza y aburrimiento.
Existen motivos objetivos como el tremendo paro juvenil, o los datos que anuncian un inevitable proceso de desclasamiento de los jóvenes con respecto a sus padres. La esperanza y la confianza en el futuro no parecen ser el sentimiento dominante en la juventud europea y, menos aún, en la española o la latinoamericana. La prueba última que viene a confirmarlo es ese ínfimo índice de natalidad que ostentamos, signo fehaciente de la desesperanza. Desesperanza que, a veces, roza la desesperación, la angustia y el aburrimiento, que tratan de exorcizarse con los tradicionales remedios del sexo, la violencia y las drogas a los que ahora viene a añadirse la nueva terapia de la red.
Leo en un reciente e interesante libro de la antropóloga Remedios Zafra, Un cuarto propio conectado (Fórcola), cómo la red puede brindarnos insólitas respuestas a nuestras búsquedas. Si uno, por ejemplo, introduce en Google la palabra “me”, encontrará un sorprendente listado de frases que reflejan la realidad de una búsqueda colectiva, más elocuente que cualquier encuesta: “Me aburro (967.000 resultados), me paso el día comprando (1.090.000 resultados), me siento sola (19.000.000 resultados), me quiero morir (1.610.000 resultados)” La mayoría de esas búsquedas provienen de jóvenes, principales usuarios de la red, pero también de adultos que adoptan su mismo discurso juvenil.
Una sociedad aburrida, consumista, autodestructiva, impregnada por un abrumador sentimiento de soledad, pide a gritos algo que la remueva. Existe en la juventud una necesidad objetiva de religión, de movimiento religioso, aunque fuera en la forma acristiana en que la exigía Walter Benjamin. También Alois H. Hass ha creído percibir en nuestra moderna sociedad globalizada un nuevo Viento de lo absoluto (Siruela). La religión ofrece, a quienes están solos, el corazón que la sociedad sin corazón es incapaz de ofrecer (Marx). También, por supuesto, les da la esperanza contra toda esperanza, la promesa de una tierra prometida como la que puso en movimiento a Abraham.
Benedicto XVI, en su mensaje para la xxvi Jornada Mundial de la Juventud 2011, que se celebrará en Madrid el próximo agosto, comparte el diagnóstico de amnesia, cuando no de expreso rechazo, de los valores cristianos por parte de Occidente. Sus palabras quieren ser una arenga a la juventud hacia la misma esperanza que impulsó a Abraham a la búsqueda de un país desconocido. Supone en los jóvenes cristianos actuales un anhelo de grandeza y de ir más allá de lo mediocre y de lo habitual, así como su capacidad para contagiar con su testimonio a la multitud de aquejados por la desesperanza en este mundo globalizado. Su “arraigo en Cristo“, tal y como San Pablo predicaba a los colosenses, y que constituye el lema de estas jornadas, tal vez fuese suficiente para curar a Europa de su amnesia y desarraigo. Pues la sociedad europea es comparable a la antigua sociedad de Colosas, proclive a la “falacia de una filosofía fundada en las tradiciones humanas según los elementos del mundo”. También supone el Papa, en las generaciones maduras de creyentes, la capacidad de ofrecer puntos de referencia estables para orientar a la juventud en sus búsquedas.
¿No se dan demasiadas cosas por supuestas? Una vez más habríamos de interrogarnos por la fuerza de los sentimientos que se atribuyen a la juventud, por su capacidad de llegar al corazón de los desesperanzados o de invertir en alguna forma la dinámica del descreimiento. Aún más, habría que poner en cuestión la presunta capacidad de los creyentes maduros para constituirse en punto de referencia de los jóvenes, cuando a ellos mismos, como a los viejos colosenses, suele alcanzar la perplejidad o la desorientación.
Joaquim Gomis
escritor
La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar una titulada “versión oficial” de la Biblia que ha editado la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), dicen que con notable éxito de ventas. He colocado comillas en el “oficial” del título aunque bastantes ya la denominan así, porque el mismo secretario del comité técnico que la preparó, Juan Miguel Díaz Rodelas, precisa que no existe una “Biblia oficial” sino simplemente una “versión oficial” propia de la Conferencia Episcopal Española (CEE).
Francesc-Xavier Marín
Islamólogo
Las revueltas en Egipto nos han dejado, entre otras muchas cosas, la grandilocuencia de los eslóganes (Día de la ira, Día de la rabia, Día del millón, Día de los mártires) y cambios inesperados. Ha sido, en gran medida, el triunfo del principio islámico del takaful, la lógica de la solidaridad más allá del grupo social propio. Movimientos de todo tipo, así como individuos particulares, han desafiado la dinámica de la clandestinidad impuesta en los últimos 50 años y han exigido la posibilidad de un Egipto no estructurado según los intereses geoestratégicos de Occidente. Sin embargo, mientras la gente se agolpaba en la plaza Tahrir, los Hermanos Musulmanes ya buscaban una salida dialogando con el régimen y con la administración Obama. Profundamente marcados por la paradoja, hace décadas que los Hermanos Musulmanes han renunciado a la constitución de un Estado teocrático; inspirados por los pragmáticos islamistas marroquíes y turcos, su asociación se centra en el concepto de igualdad en la ciudadanía y su base social está constituida por la clase media liberal. Esta opción les ha alejado de los tradicionalistas salafistas y les ha convertido en una garantía de reivindicación del Estado de derecho. ¿qué nos espera a partir de ahora? Indiscutiblemente su voz se hará oír, pero Mohamed Badir, su líder desde 2010, había apostado por potenciar las actividades religiosas propias de la cofradía antes que las políticas. Sin embargo, proclamó hace poco: “Hemos empezado la era del pueblo”. Que sea el pueblo egipcio quien decida.
Carlos Eymar
Filósofo
Los movimientos de protesta en Túnez y Egipto nos han sumido en una atmósfera de temores y esperanzas de sentido opuesto a las sentidas por el régimen iraní. Los ayatolás, al tiempo que temen y reprimen a su juventud, apoyan a los manifestantes de Egipto, en la confianza de que ese proceso culminará en la implantación de un conjunto de Estados islámicos teocráticos en la cuenca sur del Mediterráneo. Sus esperanzas son nuestros miedos que, por desgracia, están lejos de ser infundados. Hay motivos para temer que la victoria demográfica del islam sobre una Europa envejecida, dentro de cuarenta años, pueda verse potenciada por el apoyo político de Estados teocráticos vecinos. Esos miedos han comenzado a agitarse en Europa como argumentos electorales, como los utilizados por Angela Merkel al calor del best seller de Thilo Sarrazin, Alemania se disuelve, o por David Cameron que acaba de dar por concluido el modelo multiculturalista de integración, especialmente en lo que al Islam se refiere. Por otra parte, están quienes presentan, como modelo de integración a seguir, el del reconocimiento y aplicación de la sharia para que los millones de musulmanes residentes en Europa, pudieran dirimir sus pleitos. Ante ese horizonte incierto caben algunas soluciones. Una es que la Unión Europea ponga toda la carne en el asador para que la sociedad democrática y libre, moderna y laica, soñada por los jóvenes tunecinos o egipcios, pueda llegar a ver la luz. Otra, es la de promover un conocimiento serio del islam y de su presunta incompatibilidad con los valores de un Estado laico, con la intención de huir de tópicos, disipar miedos o, tal vez, de confirmarlos.
Un Papa que canoniza a su inmediato predecesor parece ejecutar un acto de promoción interna “a lo divino” o que prepara su futura beatificación.
Dudo del buen sentido de estas canonizaciones (la palabra viene de cánon, de “caña que se utiliza para medir lo que cabe
y lo que no cabe”). ¿Se trata de controlar el efecto Wojtyla? Como párroco del mundo, como luchador antitotalitarismos
o como promotor de un catolicismo emocional de masas, Karol Wojtyla fue más que notable, probablemente uno de los últimos líderes del siglo xx, junto a Mandela. ¿Nos dejó un poco huérfanos?; a unos sí, a otros no tanto, aunque todos sentimos el vacío de su muerte, es cierto. Pero no hemos de confundirnos: al beatificar a alguien la Iglesia no canoniza ni su modelo político, ni su eclesiología, ni su ideología o su ciencia.
Agustín o “la petite Thérèse”, Rosa de Lima o Martín de Tours son santos por haber destacado en tres virtudes: fe, esperanza
y caridad. Sólo por eso. El Concilio Vaticano proclamó con fuerza que todos los cristianos estamos llamados a la santidad.
Numéricamente sobran “santos oficiales” y faltan cristianos de toda edad, condición o país que queramos ser santos: hemos de
ser santos. Juan Pablo II nos marcó caminos con su vida entregada y con su fe intrépida. Si Juan Pablo II sigue inspirando
el camino de santidad, aunque sólo sea a algunos cristianos –parece que sí– entonces bien vale la pena reconocérselo y que
lo sepamos. Ni más ni menos.
Sin lugar a dudas ha sido una figura relevante y polémica en la Iglesia y fuera de ella. Ha sido adorado por unos por su apertura al mundo y contestado por otros por su conservadurismo militante.
Nombrar beato a un personaje que hemos podido ver y oír en los medios de comunicación es una novedad porque estamos acostumbrados
a que los santos y beatos sean gente muy buena pero no han sido nuestros contemporáneos.
José Antonio González Casanova
Como ocurrió con la canonización del fundador del Opus Dei o la de unos supuestos mártires de la represión antifranquista en 1936, la beatificación del papa Juan Pablo II, paso previo para declararlo santo, tiene unas evidentes connotaciones políticas. No sé a quien beneficia concretamente (Vaticano, poder financiero, grupos integristas), lo que sí creo es que no aporta nada a la imagen cristiana de la Iglesia católica por diversos motivos:
1) la prisa en el proceso es sospechosa;
2) el famoso “milagrito” imprescindible es más sospechoso aún, por lo fácil que es crearlo y creerlo; 3) aunque no hay por qué dudar de las virtudes personales del citado Papa, su condición pontificia (y, además, durante largo tiempo) le hace precisamente más gobernante que pastor, más hombre de Estado que de Iglesia, y más polémica su posible santidad. ¿En qué consiste la santiddad
de un Papa? Un Papa santo fue, según creyentes de todo signo y ateos o agnósticos, Juan XXIII. ¿Por qué está detenido su proceso?
De nuevo razones estratégicas. No interesa que sea santo oficial el mejor testimonio cristiano de un cura conservador, pero bueno, amoroso, espiritual, que clamó por un cambio en la Iglesia, urgente y necesario. La restauración integrista intenta hoy borrar cualquier huella del “papa bueno” y substituirla por la de un Papa político y mediático convertido en santo por el derecho administrativo del Estado Vaticano. El papa Ratzinger prosigue su tarea de desprestigio de la Iglesia en un intento desesperado e inútil por preservar su pasado histórico más impresentable con olvido de sus verdaderos y fecundos orígenes cristianos.
José Antonio González Casanova
Como ocurrió con la canonización del fundador del Opus Dei o la de unos supuestos mártires de la represión antifranquista en 1936, la beatificación del papa Juan Pablo II, paso previo para declararlo santo, tiene unas evidentes connotaciones políticas. No sé a quien beneficia concretamente (Vaticano, poder financiero, grupos integristas), lo que sí creo es que no aporta nada a la imagen cristiana de la Iglesia católica por diversos motivos:
1) la prisa en el proceso es sospechosa;
2) el famoso “milagrito” imprescindible es más sospechoso aún, por lo fácil que es crearlo y creerlo; 3) aunque no hay por qué dudar de las virtudes personales del citado Papa, su condición pontificia (y, además, durante largo tiempo) le hace precisamente más gobernante que pastor, más hombre de Estado que de Iglesia, y más polémica su posible santidad. ¿En qué consiste la santiddad
de un Papa? Un Papa santo fue, según creyentes de todo signo y ateos o agnósticos, Juan XXIII. ¿Por qué está detenido su proceso?
De nuevo razones estratégicas. No interesa que sea santo oficial el mejor testimonio cristiano de un cura conservador, pero bueno, amoroso, espiritual, que clamó por un cambio en la Iglesia, urgente y necesario. La restauración integrista intenta hoy borrar cualquier huella del “papa bueno” y substituirla por la de un Papa político y mediático convertido en santo por el derecho administrativo del Estado Vaticano. El papa Ratzinger prosigue su tarea de desprestigio de la Iglesia en un intento desesperado e inútil por preservar su pasado histórico más impresentable con olvido de sus verdaderos y fecundos orígenes cristianos.
Cuando tras larga enfermedad murió Juan Pablo II, muchos de sus más devotos admiradores pidieron y gritaron aquello de santo subito (santo enseguida). Era un deseo de volver a una práctica frecuente en la edad media, con canonizaciones muy pronto después del fallecimiento y por aclamación popular. Los excesos que provocó esta costumbre llevaron a los papas a regular la cuestión, lo que implicaba ralentizarla. Por ejemplo, establecer que ningún proceso hacia la beatificación y luego canonización empezara antes de cinco años después de la muerte, para que hubiera tiempo de calmar los fervores y proceder con serenidad. Probablemente es lo que hubiera deseado Joseph Ratzinger, pero la insistencia y la influencia de los entusiastas de su antecesor –entre ellos, en primer lugar, de los neocatecumenales de Kiko Argüello– le llevaron a dispensar los cinco años de espera.
Josep Maria Margenat
Busco en el Diccionario de la Academia de la época en que España estaba bajo una dictadura: dice que se trata del “gobierno que, invocando el interés público, se ejerce fuera de las leyes constitutivas de un país”. Aprendí en aquel diccionario de 1970 que España vivía una situación excepcional que lógicamente terminaría un día feliz. Cinco años más tarde, fue un día feliz. El Diccionario formaba para la democracia. Los liberales escolapios me explicaban en clase de latín que la dictadura era una magistratura romana, que debía ser autorizada excepcionalmente por el Senado para un tiempo determinado, seis meses era lo previsto. Cuando me explicaron esto comprendí que llevábamos muchos más meses y que aquello había de acabarse pronto. Me atrajo la disciplina y la audacia de los comunistas: eran “el partido” antifranquista; pero siempre rechacé la necesidad de “otra” dictadura. El siglo xx ha conocido dictaduras muy odiosas, otras genocidas, otras que han violado los derechos humanos. Todas han sido un error y han dejado delitos de lesa humanidad.
Mariana Colomer
El hombre no puede vivir al margen de Dios. Su misión en la vida es reconocer la semilla divina que Él nos dejó.Uno de los problemas que podemos tener a lo largo de nuestra existencia es el de la dispersión, o la falta de unificación del ser en torno a un centro espiritual, centro que se halla en el corazón. El primer paso para encontrar a Dios será el deseo de búsqueda que Él puso en nosotros antes del tiempo, y también, la humildad de reconocer que nada de lo humano puede colmar nuestras ansias de absoluto.
Javier Melloni
La vida de este peculiar sabio sueco (1688-1772) está dividida en dos partes: una primera dedicada a la investigación científica en campos muy diversos –desde la astronomía, la botánica y la anatomía humana hasta la invención de artilugios mecánicos–, y una segunda etapa, a partir de 1745, en la que una experiencia visionaria cambió por completo su área de interés y se dirigió puramente al ámbito místico. Durante casi treinta años tuvo continuas experiencias y visiones que recogió en ocho volúmenes, Los arcanos celestiales. En ellos presenta una cosmología concebida como diferentes estados evolutivos en la cadena del ser. Tres son las ideas esenciales que van apareciendo continuamente en sus escritos: que el cielo no es un lugar sino un estado, un modo ser de las cosas en el que Dios es todo; que el cielo tiene diversos grados de profundidad o de presencia; y la ley de correspondencias: lo visible está hecho a imagen de lo invisible, y todo tiene su transposición a cada escala. En último término, el Cielo es el Hombre Universal, tal como aparece en otras tradiciones místicas sin contacto ninguno con él.
Joaquim Gomis
Escritor
Jordi Pérez Colomé decía que era mi garganta profunda en el Vaticano. En realidad, solo nos veíamos un par de días al año con motivo de la reunión en Barcelona del consejo de la revista de liturgia Phase. Lo que sí es verdad es que un servidor aprovechaba la ocasión para sonsacarle información y que él con gusto, con cierta pillería de buen valenciano, me la proporcionaba aunque supiera que yo preguntaba pensando en mis artículos (“eso no lo escribas”, decía en alguna ocasión, no sé si muy convencido). Pienso que este intercambio entre él y yo, podría sorprender a quien solo identificara al carmelita Jesús Castellano como uno de los mejores especialistas en liturgia y espiritualidad, autor de obras importantes y muchos años profesor en Roma (decano del Teresianum). Y, además, consultor de varios ministerios de la curia romana, miembro de la comisión organizadora de las celebraciones papales. Consultor sobre todo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que implicaba una muy cercana relación con su jefe, el cardenal Ratzinger.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral