El Ciervo

Los cristianos también la celebran

03.12.10 | 13:40. Archivado en Espiritualidad
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navidad_Cesar S.Josep Lligadas
Teólogo y escritor

En la Roma imperial, cuando llegaba el solsticio de invierno, los días empezaban a alargarse y el frío se hacía más intenso, celebraban la fiesta del Natalis Solis Invicti, es decir, el nacimiento del sol invicto. Era una fiesta muy popular, y muy en la línea de tantas otras fiestas semejantes en la mayoría de culturas. Porque da gusto poder celebrar, después del progresivo oscurecimiento de los días, que la luz vuelve a vencer, que el sol vuelve a recuperar el lugar preeminente en la vida. Si a nosotros nos gusta que predomine el sol, más les gustaría a ellos, que les resultaba más necesario.
Pero llegó un momento en que esta fiesta imperial empezó a perder protagonismo. Fue en el siglo iv, después de que el emperador Constantino llegase a la conclusión de que, dada la gran implantación que había logrado el cristianismo en el imperio, era más inteligente legalizarlo que mantenerlo en la clandestinidad. Los cristianos se fueron convirtiendo en hegemónicos y fueron creando nuevos referentes culturales. Una de las primeras consecuencias fue que la celebración del nacimiento del Sol fue sustituida por la celebración del nacimiento de Cristo. El primer documento en que consta esta fiesta es un calendario elaborado en el año 354 por un tal Furio Dionisio Filócalo, en el que dice: “VIII Kalendas Ianuarii. Natus Christus in Bethlem Iudaeae”, que traducido significa: “25 de diciembre. Nace Cristo en Belén de Judea”. El paso de la fiesta pagana a la cristiana fue algo semejante al actual paso de la fiesta cristiana a la fiesta social.
Aquí viene la pregunta. Si esto es así, significa que los cristianos, antes del siglo iv, ¿no celebraban el nacimiento de Cristo? No, no lo celebraban. Los cristianos, en los tres primeros siglos de cristianismo, desconocían la Navidad. Después de la muerte de Jesús en la cruz, y después de su resurrección, los cristianos empezaron a reunirse y, muy pronto, establecieron el domingo como el día semanal de encuentro, para celebrar la eucaristía conmemorando la vida nueva que habían recibido por la muerte y resurrección de aquel que reconocían como su Señor. La eucaristía semanal era el momento en torno al cual pivotaba la vida de la comunidad.
Luego, al cabo de un tiempo, empezaron a celebrar el aniversario anual de esa muerte y resurrección, que había tenido lugar en los días de la Pascua judía, es decir, durante la primera luna llena de la primavera. La celebración quedó instituida el domingo siguiente a esa primera luna llena y luego, para ampliar la fiesta, crearon los 50 días de la Cincuentena Pascual y más tarde, para prepararla, los 40 días de la Cuaresma.
Fue al cabo de bastante tiempo, en el siglo iv, cuando sintieron la necesidad de celebrar el inicio del camino de ese Jesús al cual seguían y al cual reconocían como la presencia de Dios en la historia humana. Como no sabían cuándo había sido, escogieron un día simbólicamente significativo: el día en que la luz empieza a vencer sobre la oscuridad. Porque lo que querían celebrar no era tanto la ternura que siempre provoca el nacimiento de un niño, sino el hecho de que, con ese nacimiento, aparece en medio de la historia una luz que lo iluminará todo.
Los relatos que narran este nacimiento en los evangelios de Lucas y Mateo, que no pretenden ninguna crónica de los hechos sino una afirmación de lo que el acontecimiento significa, ofrecen una magnífica mezcla de humanidad humilde y cercana y de grandeza divina que en el fondo es también muy humilde y cercana. En definitiva, una invitación a la buena voluntad pero en el sentido más serio y noble de la expresión. Como la buena voluntad del propio Jesús, que le llevó hasta la cruz.
A partir de ahí, el hecho es que, para los cristianos de nuestras latitudes, la Navidad se ha convertido en la “fiesta principal”, más que la que realmente debería serlo, que es la Pascua, la culminación del camino de Jesús. Entre las causas de esta traslación de preferencias está la arraigada tradición, muy anterior al cristianismo, de reunirse festivamente en los días del solsticio; y quizá, también, que celebrar un nacimiento parece más accesible que celebrar algo tan trascendente, tan fuerte, como la muerte y resurrección. Tampoco es grave esa preferencia celebrativa, siempre que no se olvide que ese nacimiento es el principio de un camino que es algo más que ternura abstracta.
Cada vez es más obvio que la Navidad no es una fiesta cristiana que celebra todo el mundo, sino que es, más bien, una fiesta social en la que los cristianos celebran, además, algo propio de su religión. O sea que recordar el nacimiento del Hijo de Dios en este contexto incluye, necesariamente, afirmar la fe en todo lo que el Hijo de Dios vivió y todo lo que significa. Que, por cierto, y no puedo terminar sin decirlo, es algo bastante más humanizador que el montón de banalidades, sentimentalismos ramplones y voracidad mercantil que nos asedian en estos días, y que a veces llega a convertir en desagradable el clima festivo que todos compartimos.


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