Rosario Bofill
periodista
Cuando iba al colegio –era un colegio de monjas– hacíamos ejercicios espirituales. Solía ser en noviembre, hacía frío y salíamos con las capas (¡llevábamos capas!) a pasear por el jardín. Eran ejercicios, por lo general, en que nos hablaban de infierno y pecado; no solíamos entender el pecado, pero estaba ahí para atemorizarnos con el infierno. Luego de joven volví a hacer ejercicios, eran ejercicios para decidir qué camino había que seguir en la vida. La reflexión, si eras de buena fe, te ponía tensa. Inquietud.
Después de casarme no volví a hacer ejercicios, y eso que mi marido, Lorenzo, tenía de los ejercicios mejor recuerdo que yo. Fue en Manresa, precisamente, en la Cueva de San Ignacio, donde le salieron los primeros versos que luego formarían el libro El Caballo, con el que ganó el premio Adonais. De casados siempre dijimos y deseamos sinceramente hacer ejercicios pero nunca los hicimos. Fue una pena, seguro que a los dos nos hubiera gustado compartir esos días de más hondura.
Cuando Lorenzo murió repentinamente una tarde de invierno, estaba yo sola en casa y le tendí en el suelo entre el pasillo y el comedor: comprobar si respiraba, llamadas a la ambulancia, a mis hijas, pero entre tanto veía y sabía que estaba muerto, le hablaba. Le prometí que haría ejercicios porque quería morir y vivir mis últimos años con esa paz que él siempre tuvo y que se le reflejaba en el rostro también en aquellos momentos. Aunque no sé si me oía, le dije muchas cosas más, claro. Todo va muy deprisa, todo se precipita.
Hice ejercicios aquel mismo año, y si puedo y me admiten –tanta gente hay que quiere ir– los seguiré haciendo. Los suelo esperar con ganas, porque es un poco como si después de un año se me acabaran las pilas.
La misma pregunta, más o menos, que encabeza este artículo me la hizo el que dirigía los ejercicios. “¿Qué esperas de estos ejercicios?” Contesté rápida, casi sin pensarlo, seguramente porque fue lo que llevaba dentro: “La paz”. Me dio la sensación de que quizá no me había explicado bien. Después de un verano ajetreado es lógico que se deseen unos días de silencio, pero si sólo hubiera sido eso podía irme a cualquier hotelito yo sola. No, al decir la paz quise decir: Dios. Porque a Dios se le encuentra más fácilmente en la paz y Dios es paz. Y ese silencio de una semana que a tantos sorprende es quizá una de las cosas que más ayudan a ir entrando en la interioridad.
Tengo una edad en que ya estoy más libre de obligaciones familiares, no me necesitan tanto, lo mismo ocurre en el trabajo. Puedo permitirme, sin dar más trabajo a nadie, estar una semana, en un lugar tranquilo en silencio y pensando –tratando– de hallar a Dios. Después de todo en nuestra vida es lo único que importa y ya no nos quedan tantos años para irnos familiarizando con Él.
Una semana de silencio, de pensar, de dejarse invadir, de abrirnos al misterio. De tratar de captar su presencia. Es un lujo –yo lo veo así– en esta época en la que todos –incluso mayores– vamos ajetreados, encontrar un tiempo y un espacio para dedicarlo exclusivamente a Dios. Es un lujo también sentirse acompañada en esta búsqueda. Así, con este bagaje, en la vida normal que nos invade con mil cosas, saber vivir más libres e incluso, por qué no, más felices.
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Rosario, que bien refieres, lo que "buscabas" y que con alegria veo encontraste, en esos EEI, ciertamente creo que en lo profundo sabias, que no era la paz en la soledad que hubieses encontrado en un hotelito, como tu relatas, sino, tal cual tu lo expresas, es el encuentro con, la paz de Dios...
Enhorabuena, y con un fuerte abrazo para tí, me despido Carmina
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
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Guillermo Gazanini Espinoza
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Isabel Gómez Acebo
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Asoc. Humanismo sin Credos
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