Josep M. Rovira Belloso
teólogo
1. En la Unidad de Cuidados Inten-sivos, me vino una intuición sobre la vida cristiana. No era tiempo de dudas (24 a 30 de junio de 2010) sino de hacer lo poco que podía y de confiar en Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos.
La intuición consistía en pensar a menudo que el núcleo de la fe había de ser algo muy sencillo y luminoso, semejante a la luz que ilumina y sustenta. “Mirad hacia Él: quedaréis radiantes [os llenará su luz]”, dice el Salmo 33. Esta intuición de la luz sencilla me venía repetidamente, con algunas variantes, que ahora no me cuesta precisar:
a) Esta punta de luz divina no puede ser otra sino el amor de Dios a nosotros. Dios nos ama. Dios me ama. Me rehace desde dentro. Esta es la intuición primera y más sencilla.
b) El amor de Dios toma la forma de una manifestación de Dios. Él nos habla con amor: Dios Padre nos ha mostrado su rostro humano en la persona, en la palabra y en la vida de su Hijo, Jesucristo. Esta revelación del Dios que se entrega por amor
–Jesucristo– nos rehace desde lo más interior de nuestro ser: es la acción del espíritu santo.
c) Tiene que haber una identidad entre la “buena noticia” (Dios me ama con su palabra y con su espíritu) y la “revelación” (el secreto de la vida de Dios, nos ha llegado a los humanos como gracia y salvación). Galatas 1 lo explicita claramente: “La buena noticia que os anuncié, no viene de los hombres; yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre sino por revelación de Jesucristo”.
d) Ocurre que esa punta divina y luminosa ha encendido en nosotros la llama de la fe. La igualdad se extiende, por tanto, a estos tres miembros: revelación, buena noticia y fe. Aquello que es, a la vez, buena noticia para los hombres y revelación de Dios, ha prendido en nuestros corazones la luz de la fe. Pero la buena noticia de la fe no es una simple información: es una vida nueva “escondida con Cristo en Dios”.
Todo es sencillo. Como el agua que cae en unos labios sedientos. Pero no somos capaces de narrarlo todo de manera transparente, como el cantar de una fuente. No obstante lo que es cristalino ha de poder ser expresado de forma cristalina. No tanto como explanación de conceptos sino como una vida que realmente ayuda y se entrega en el momento oportuno. Así fue la vida y la entrega de Jesús, el Cristo.
2. Una vez explicada la intuición, viene la pregunta: ¿hace falta una institución para mantener esta punta fina del amor de Dios que genera la fe en los corazones humanos? Más bien parece que no, podríamos decir imitando el método de Tomás de Aquino. Porque Dios se basta para que llegue a los hombres y mujeres de todos los tiempos la acción de su Espíritu.
Pero, contra estas razones hay una razón importantísima: desde la figura lejana de Abraham, Dios muestra que no desea una sociedad anónima de conciencias creyentes, como soñaba la Ilustración, sino un pueblo visible que refleje la compasión de Dios (“sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”). Decían los profetas: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Un pueblo –una comunidad– que, en el Nuevo Testamento, sigue la gracia y la libertad de Jesucristo, núcleo personal del Reino de Dios (ver Vaticano II, Lumen Gentium, 2).
Este pueblo está llamado a subir el nivel de humanidad, al tener como espejo a Dios mismo, amor fiel. San Gregorio de Nacianzo lo dijo con sencillez: “Imitad la bondad de Dios y no habrá pobres”. Esta comunidad es ya institución, que aprende a dar de comer a sus pobres. Tiene como tarea ofrecer a los hombres y mujeres la gracia de la fe, que ayuda a respetar y a amar. Este pueblo ha de estar totalmente al servicio de esta punta fina del amor de Dios que prende la llama de la fe. La prende a través de la palabra de Cristo –la mediación sensible del evangelio- y a través de una acción invisible: la del espíritu santo. La prende, en síntesis, a través de la persona divina y humana, invisible y visible de Jesucristo. En la humanidad, una lámpara arde a pesar de todo.
Un pueblo visible y amplio como el cristianismo universal, no puede ser ni una élite, ni una congregación de sólo santos. El evangelio contiene la parábola del trigo y de la cizaña y habla de una red que capta toda clase de peces, buenos y malos. Y malos quie-re decir, simplemente, malos. En el Vaticano hay quienes crean facciones y divisiones. Son malos porque dividen, lo cual es contrario a la voluntad de Dios. Otros oprimimos quizá con nuestro lenguaje orgulloso. Pero está también la promesa del buen pastor –Cristo– y de los buenos pastores, que a su imagen van delante del rebaño y lo guían hacia el Reino de Dios.
¿Donde estamos? En una institución que quiere ser una comunión de fe y de caridad. Pero ¿y la jerarquía? Ya he aludido a ella. Es el buen pastor: Cristo. Son los buenos pastores, los que se esfuerzan para que el rebaño sea sobre todo congregación de fe y de amor, en la que se pueda escuchar la palabra y se reciba el espíritu de Cristo.
La palabra jerarquía –interpretada a la luz del concepto “jurisdicción”– sugiere mando y dominio. Benedicto XVI, Papa teólogo, ha negado recientemente esta forma demasiado humana de entender la palabra “jerarquía”: no significa “dominio sagrado” sino “origen sagrado” de una autoridad acuñada en la autoridad de Cristo. “Jerarquía” quiere decir que en el Pueblo de Dios, junto al buen pastor invisible, hay buenos pastores visibles que caminan abriendo camino delante del pueblo, hacia el Reino de Dios.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral