El Ciervo

Buscaba esa paz

22.11.10 | 13:04. Archivado en Espiritualidad

Rosario Bofill

periodista

Cuando iba al colegio –era un colegio de monjas– hacíamos ejercicios espirituales. Solía ser en noviembre, hacía frío y salíamos con las capas (¡llevábamos capas!) a pasear por el jardín. Eran ejercicios, por lo general, en que nos hablaban de infierno y pecado; no solíamos entender el pecado, pero estaba ahí para atemorizarnos con el infierno. Luego de joven volví a hacer ejercicios, eran ejercicios para decidir qué camino había que seguir en la vida. La reflexión, si eras de buena fe, te ponía tensa. Inquietud.
Después de casarme no volví a hacer ejercicios, y eso que mi marido, Lorenzo, tenía de los ejercicios mejor recuerdo que yo. Fue en Manresa, precisamente, en la Cueva de San Ignacio, donde le salieron los primeros versos que luego formarían el libro El Caballo, con el que ganó el premio Adonais. De casados siempre dijimos y deseamos sinceramente hacer ejercicios pero nunca los hicimos. Fue una pena, seguro que a los dos nos hubiera gustado compartir esos días de más hondura.
Cuando Lorenzo murió repentinamente una tarde de invierno, estaba yo sola en casa y le tendí en el suelo entre el pasillo y el comedor: comprobar si respiraba, llamadas a la ambulancia, a mis hijas, pero entre tanto veía y sabía que estaba muerto, le hablaba. Le prometí que haría ejercicios porque quería morir y vivir mis últimos años con esa paz que él siempre tuvo y que se le reflejaba en el rostro también en aquellos momentos. Aunque no sé si me oía, le dije muchas cosas más, claro. Todo va muy deprisa, todo se precipita.
Hice ejercicios aquel mismo año, y si puedo y me admiten –tanta gente hay que quiere ir– los seguiré haciendo. Los suelo esperar con ganas, porque es un poco como si después de un año se me acabaran las pilas.
La misma pregunta, más o menos, que encabeza este artículo me la hizo el que dirigía los ejercicios. “¿Qué esperas de estos ejercicios?” Contesté rápida, casi sin pensarlo, seguramente porque fue lo que llevaba dentro: “La paz”. Me dio la sensación de que quizá no me había explicado bien. Después de un verano ajetreado es lógico que se deseen unos días de silencio, pero si sólo hubiera sido eso podía irme a cualquier hotelito yo sola. No, al decir la paz quise decir: Dios. Porque a Dios se le encuentra más fácilmente en la paz y Dios es paz. Y ese silencio de una semana que a tantos sorprende es quizá una de las cosas que más ayudan a ir entrando en la interioridad.
Tengo una edad en que ya estoy más libre de obligaciones familiares, no me necesitan tanto, lo mismo ocurre en el trabajo. Puedo permitirme, sin dar más trabajo a nadie, estar una semana, en un lugar tranquilo en silencio y pensando –tratando– de hallar a Dios. Después de todo en nuestra vida es lo único que importa y ya no nos quedan tantos años para irnos familiarizando con Él.
Una semana de silencio, de pensar, de dejarse invadir, de abrirnos al misterio. De tratar de captar su presencia. Es un lujo –yo lo veo así– en esta época en la que todos –incluso mayores– vamos ajetreados, encontrar un tiempo y un espacio para dedicarlo exclusivamente a Dios. Es un lujo también sentirse acompañada en esta búsqueda. Así, con este bagaje, en la vida normal que nos invade con mil cosas, saber vivir más libres e incluso, por qué no, más felices.

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La punta fina del amor y el pueblo visible

20.11.10 | 13:01. Archivado en Espiritualidad

Josep M. Rovira Belloso

teólogo

1. En la Unidad de Cuidados Inten-sivos, me vino una intuición sobre la vida cristiana. No era tiempo de dudas (24 a 30 de junio de 2010) sino de hacer lo poco que podía y de confiar en Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos.
La intuición consistía en pensar a menudo que el núcleo de la fe había de ser algo muy sencillo y luminoso, semejante a la luz que ilumina y sustenta. “Mirad hacia Él: quedaréis radiantes [os llenará su luz]”, dice el Salmo 33. Esta intuición de la luz sencilla me venía repetidamente, con algunas variantes, que ahora no me cuesta precisar:
a) Esta punta de luz divina no puede ser otra sino el amor de Dios a nosotros. Dios nos ama. Dios me ama. Me rehace desde dentro. Esta es la intuición primera y más sencilla.
b) El amor de Dios toma la forma de una manifestación de Dios. Él nos habla con amor: Dios Padre nos ha mostrado su rostro humano en la persona, en la palabra y en la vida de su Hijo, Jesucristo. Esta revelación del Dios que se entrega por amor
–Jesucristo– nos rehace desde lo más interior de nuestro ser: es la acción del espíritu santo.
c) Tiene que haber una identidad entre la “buena noticia” (Dios me ama con su palabra y con su espíritu) y la “revelación” (el secreto de la vida de Dios, nos ha llegado a los humanos como gracia y salvación). Galatas 1 lo explicita claramente: “La buena noticia que os anuncié, no viene de los hombres; yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre sino por revelación de Jesucristo”.
d) Ocurre que esa punta divina y luminosa ha encendido en nosotros la llama de la fe. La igualdad se extiende, por tanto, a estos tres miembros: revelación, buena noticia y fe. Aquello que es, a la vez, buena noticia para los hombres y revelación de Dios, ha prendido en nuestros corazones la luz de la fe. Pero la buena noticia de la fe no es una simple información: es una vida nueva “escondida con Cristo en Dios”.
Todo es sencillo. Como el agua que cae en unos labios sedientos. Pero no somos capaces de narrarlo todo de manera transparente, como el cantar de una fuente. No obstante lo que es cristalino ha de poder ser expresado de forma cristalina. No tanto como explanación de conceptos sino como una vida que realmente ayuda y se entrega en el momento oportuno. Así fue la vida y la entrega de Jesús, el Cristo.
2. Una vez explicada la intuición, viene la pregunta: ¿hace falta una institución para mantener esta punta fina del amor de Dios que genera la fe en los corazones humanos? Más bien parece que no, podríamos decir imitando el método de Tomás de Aquino. Porque Dios se basta para que llegue a los hombres y mujeres de todos los tiempos la acción de su Espíritu.
Pero, contra estas razones hay una razón importantísima: desde la figura lejana de Abraham, Dios muestra que no desea una sociedad anónima de conciencias creyentes, como soñaba la Ilustración, sino un pueblo visible que refleje la compasión de Dios (“sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”). Decían los profetas: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Un pueblo –una comunidad– que, en el Nuevo Testamento, sigue la gracia y la libertad de Jesucristo, núcleo personal del Reino de Dios (ver Vaticano II, Lumen Gentium, 2).
Este pueblo está llamado a subir el nivel de humanidad, al tener como espejo a Dios mismo, amor fiel. San Gregorio de Nacianzo lo dijo con sencillez: “Imitad la bondad de Dios y no habrá pobres”. Esta comunidad es ya institución, que aprende a dar de comer a sus pobres. Tiene como tarea ofrecer a los hombres y mujeres la gracia de la fe, que ayuda a respetar y a amar. Este pueblo ha de estar totalmente al servicio de esta punta fina del amor de Dios que prende la llama de la fe. La prende a través de la palabra de Cristo –la mediación sensible del evangelio- y a través de una acción invisible: la del espíritu santo. La prende, en síntesis, a través de la persona divina y humana, invisible y visible de Jesucristo. En la humanidad, una lámpara arde a pesar de todo.
Un pueblo visible y amplio como el cristianismo universal, no puede ser ni una élite, ni una congregación de sólo santos. El evangelio contiene la parábola del trigo y de la cizaña y habla de una red que capta toda clase de peces, buenos y malos. Y malos quie-re decir, simplemente, malos. En el Vaticano hay quienes crean facciones y divisiones. Son malos porque dividen, lo cual es contrario a la voluntad de Dios. Otros oprimimos quizá con nuestro lenguaje orgulloso. Pero está también la promesa del buen pastor –Cristo– y de los buenos pastores, que a su imagen van delante del rebaño y lo guían hacia el Reino de Dios.
¿Donde estamos? En una institución que quiere ser una comunión de fe y de caridad. Pero ¿y la jerarquía? Ya he aludido a ella. Es el buen pastor: Cristo. Son los buenos pastores, los que se esfuerzan para que el rebaño sea sobre todo congregación de fe y de amor, en la que se pueda escuchar la palabra y se reciba el espíritu de Cristo.
La palabra jerarquía –interpretada a la luz del concepto “jurisdicción”– sugiere mando y dominio. Benedicto XVI, Papa teólogo, ha negado recientemente esta forma demasiado humana de entender la palabra “jerarquía”: no significa “dominio sagrado” sino “origen sagrado” de una autoridad acuñada en la autoridad de Cristo. “Jerarquía” quiere decir que en el Pueblo de Dios, junto al buen pastor invisible, hay buenos pastores visibles que caminan abriendo camino delante del pueblo, hacia el Reino de Dios.


Una crisis que ha durado la friolera de 22 años

18.11.10 | 12:56. Archivado en Espiritualidad

Margarita Benedicto

médico

Imagino que hay tantos tipos de crisis de creencia como personas que han pasado por ellas. Lo que uno cree, por muchas similitudes que tenga con lo que cree el otro, es tan íntimo e intransferible como para que nos esté prohibido generalizar.
En mi caso yo he pasado por una fase de alejamiento de la fe católica que ha durado la friolera de 22 años, exactamente desde los 29 hasta los 51.
La cosa empezó con un resquebrajarse de los ideales de la juventud. El paso de la universidad al mundo laboral y a la maternidad, a la dura realidad podríamos decir del trabajo con sus infinitas marrullerías y la crianza de un hijo con sus agotadoras exigencias, hizo que no se cumplieran las expectativas “éticas” que yo tenía en mí misma: el ideal cristiano no se podía vivir, yo al menos no podía vivirlo y por lo tanto era falso. Ese es el resumen, un poco palmario de lo que me ocurría. No había ni revolución social, ni comunitaria (Iglesia), ni personal. Nos “aburguesábamos” irremediablemente.
Poco a poco mi entusiasmo por la belleza de vida que yo veía como en nadie en San Francisco de Asís, se iba enfriando al verla tan irrealizable y a eso siguieron otras infidelidades personales y otras terribles crisis vitales. Cuando consideré que claramente no vivía como cristiana dejé radicalmente de ir a la iglesia.
En cierto sentido fue una liberación. Ya no me atormentaba la distancia entre lo que decía creer y lo que podía vivir. Me esforzaba en ser una persona honesta, responsable, generosa. Me guiaba una ética simplemente humana que me permitía estar en paz conmigo misma.
Y sin embargo sentía nostalgia de esa extraña belleza que hay en el mensaje de Jesús. Algunas veces se me llenaban los ojos de lágrimas al recordar una frase del evangelio.
Con el paso de los años la nostalgia fue creciendo y la intransigencia ética se fue dulcificando. Mi trabajo como médico me hacía ver con claridad que los dioses de la ciencia y del progreso, incluso en su versión humanista eran falsos. El hombre no tiene hambre de salud, de riqueza, de inmortalidad, de justicia, sino de salvación. Lectora empedernida y escritora de poesía a ratos perdidos, mis intuiciones estéticas me llevaban cada vez más a nociones como gratuidad, silencio, vacío, confianza.
Poco a poco me fui acercando de nuevo a la fe, con precaución, eso sí, porque me conozco: sé que soy impaciente y quiero arrebatarlo todo de golpe. He descubierto que la ética no lo es todo, aunque me cuesta, porque tengo un temperamento radical. He descubierto la gratitud, la admiración, la pasividad, la impotencia como fuentes de alegría.
Todavía desconfío del espiritualismo, de las palabras que no se hacen vida, de una religión que no cambia a las personas ni al mundo.
Todavía me paso el día de contencioso en contencioso con la Iglesia, con sus fórmulas litúrgicas tan desencarnadas, con su empeño en hablar de “nosotros” y de “ellos” como si su vocación no fuera el mundo “realmente existente”.
Todavía me apena comprobar cómo la mayoría de los jóvenes que trabajan por un mundo mejor no saben apenas nada de Jesucristo y todo lo que huela a Iglesia les da alergia.
Pero creo que voy aprendiendo a esperar, a confiar, a no entender.
Creo que me estoy volviendo un poco más sabia.

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Una espiritualidad más allá de las creencias

14.11.10 | 12:50. Archivado en Espiritualidad

Halil Bárcena

Director del instituto de estudios sufíes

Toda tradición religiosa, sin excepción alguna, experimenta en su seno una tensión, jamás resuelta del todo, entre, por un lado, lo que podríamos llamar la corteza religiosa, constituida por un sistema de creencias preciso (ortodoxia) del que emana un recto obrar (ortopraxia), y, por otro, el núcleo de la espiritualidad pura, que es otra cosa bien distinta, como trataré de mostrar en estas breves líneas, a través del caso específico del tasawwuf o sufismo, la mística islámica. Dicha tensión entre la corteza o cáscara (dogmas, ritos, mandamientos, prohibiciones) y el núcleo (intuiciones espirituales fundamentales) ha adquirido, en algunos instantes puntuales de la historia, una virulencia inusitada. La desventura de casi todos los místicos y espirituales de todas las religiones constituye un ejemplo patético de la saña con la que los censores religiosos se han empleado a la hora matar todo brote espiritual libre. “Es preciso romper la cáscara”, decía el maestro Eckhart. Y es que la espiritualidad, cuando lo es de verdad, libera del todo y de todo; y por eso causa tanto pavor. Pero, veamos el caso concreto del sufismo islámico.
Desde sus albores, allá en el siglo vii, hasta nuestros días, el islam se constituyó en escenario privilegiado del pulso sostenido entre el legalismo religioso de los juristas y doctores de la ley, de una parte, y la vía interior de los espirituales sufíes, de otra. El caso más ejemplar y dramático de dicho pulso, por momentos feroz e irreconciliable, fue el del sufí persa Mansûr Hal·lâj (m. 922), mártir místico por excelencia del islam, que fue ejecutado a causa de su espiritualidad liberadora, juzgada como contraria al dogma islámico y vista como una amenaza para la fe común.
Antes de proseguir, sin embargo, es preciso hacer una cala sobre la palabra sufismo. Es cierto que con dicho término se describen de forma un tanto vaga sensibilidades espirituales islámicas diferentes entre sí. Sea como fuere, y a fin de no complicarnos en exceso, digamos que lo que aquí entendemos por sufismo nada tiene que ver con el islam piadoso o devocional. Nos equivocaríamos si pensáramos que el sufismo es una experimentación ab intra de los dogmas islámicos, o una intensificación de la fe islámica, y menos todavía una exposición poética de dichos dogmas. Nada de eso es, sino otra cosa bien distinta. Por definición, la mística sufí se aviene mal, muy mal, con toda dogmática, ya sea religiosa o ideológica. A veces, adherir a una religión o a una ideología significa que alguien piensa por uno mismo. Hollar la senda sufí comporta el cuestionamiento de todo aquello que impida ir más allá de los límites establecidos.
Los maestros de sabiduría sufíes proponían y proponen un camino iniciático y transformador alejado del formalismo de la religión exterior, sobre todo teniendo en cuenta la hipertrofia que lo jurídico experimentó desde un principio en el seno del islam. El sufismo, sobre todo el de raigambre persa, pretendía, pues, pasar del fenómeno de la religión a su noúmeno, esto es, de las formas a la esencia, o lo que es lo mismo, de la circunferencia al centro, pues solo desde el centro puede otearse la totalidad de las cosas, la realidad tal como es. Mientras que el fundamento de la religión exterior islámica consiste en creer en la dimensión no manifestada y cumplir la ley divina (supuestamente) revelada, el sufismo pretende transmutar la fe en certeza, es decir, en visión directa de la realidad realmente real, oculta a primera vista, esquiva a las miradas rápidas y superficiales.
Si la religión a secas pretende salvar al hombre por la mera fe y las buenas acciones, la vía mística persigue transformarlo, o si se quiere, salvarlo transformándolo. Un gran maestro sufí del siglo xx, el argelino Ahmad al-‘Alawî decía así: “La fe es necesaria para los religiosos, pero deja de serlo para los que van más allá y llegan a autorealizarse en Dios. Entonces ya no creen, porque ven. Ya no hay más necesidad de creer cuando se ve la verdad”.
En efecto, el secreto del sufismo consiste en retirar el velo de la ceguera ignorante y ver. Mahmud Shabestari (m. 1340), uno de los sufíes persas más celebrados, escribe en El jardín del misterio: “Cuando se aparta de tus ojos el velo, nada queda de los decretos de la religión y de las creencias”. Y es que siempre ha habido –y hay– quien no ha entendido que, llevada hasta sus últimas consecuencias, la experiencia espiritual, que es universal por definición, excede todo corsé tanto confesional como conceptual, a pesar de que se exprese mediante el lenguaje propio de una tradición, como no podría ser de otra manera. Para quien ve, las formas religiosas carecen de sentido alguno; y las creencias también.
La religión se fundamenta en las creencias; la espiritualidad, el sufismo en este caso, en el conocimiento fruto de la visión. En ese sentido es como los sufíes utilizan la expresión “religión del amor”. Escribe el también el poeta persa Mawlânâ Rûmî (m. 1273), maestro de derviches giróvagos, tal vez el sufí más prominente de la historia de la mística islámica: “La religión del amor es diferente de los demás credos;/ para los enamorados [los sufíes], el Amigo divino es la única fe, la única religión”.
Por consiguiente, el primer propósito de la espiritualidad sufí es ver. Y ver para discernir lo realmente importante de lo que no lo es. Ese es el secreto de la felicidad. Porque, a la postre, lo único que puede aportar paz y bienestar al ser humano es dejar de perseguir sombras ilusorias, las que proyecta nuestro ego o yo fenoménico. Los sufíes –de hecho, todos los espirituales sin excepción– nos ofrecen otra calidad de existencia; nos ofrecen la posibilidad de ser realmente humanos, puesto que no basta con nacer para poder decir que uno es un ser humano en el sentido más profundo de la palabra. Todo ello es lo que convierte a la mística en lo más natural del mundo, puesto que no se trata de una rareza ni tampoco de una excentricidad de unos pocos superdotados o locos.
De hecho, la invitación de la mística es para todo el mundo y bien sencilla: que seamos lo que en verdad ya somos, pero ignoramos o hemos olvidado. Como tal, el sufismo, que es una espiritualidad más allá de las creencias, es, pues, lo más natural, y hoy lo anhelamos como una necesidad, dados los tiempos de confusión que corren. Qué duda cabe que necesitamos más espiritualidad y menos creencias, del mismo modo que nos hacen falta más maestros del espíritu (¡y menos funcionarios de lo sagrado!) que puedan arrojar algo de luz entre tanta oscuridad como abunda en nuestro atribulado día a día.


En qué creo (II)

12.11.10 | 12:46. Archivado en Espiritualidad

Lo que es así
Ximo Garcia Roca

Teólogo, sacerdote y sociólogo en la Universidad de Valencia

Creo en el ser humano, común y corriente, con burgueses y desahuciados, mercaderes y cultivadores de flores, heroes y villanos, putas y doncellas. No confío en los que se sitúan al lado del bien y a los otros, al lado del mal, ya que el héroe puede ser tambien lascivo, el policía jefe del hampa y en el vertedero puede nacer un santo. Porque la vida es así.
Creo en los inductores de procesos largos, en las respuestas secuenciales, en el tiempo sostenido, en la polifonía de la vida, donde unos siembran y otros cosechan, ahora cantas y después lloras. Confío en el carácter germinal de la acción concreta, y evito a quienes atan en el siempre o en el nunca jamás. Porque la esperanza es así.
Creo que hay que desear otra sociedad, con los desengaños que nos reserva la que la reemplazará; no llega la luz y desaparece la oscuridad, no viene la utopía y desaparece el desencanto, sino que coexisten en una difícil alquimia. Confío en los que evitan una injusticia manifiesta sin preocuparles si existe o no una sociedad justa. Porque la justicia es así.
Creo, con una fe que no es del todo mía, en la suma de futuros elegibles, en la pérdida, que no será irremediable. Confío en los que están dispuestos a hallar nuevos caminos y si no los encuentran a inventarlos. Temo a los acomodados del saber, a los clérigos censores, a los poseedores de la virtud, a los que se colocan en el lado bueno de la frontera. Porque el espíritu es así.
Creo que venimos a este punto para ser amasados por los clamores de los empobrecidos y por los gritos de los perdedores. Confío en la desnudez, en el mesías descalzo anunciado por pastores y pescadores, en el encuentro convergente de las religiones en la era planetaria, en la comunidad fraterna con presencia cualificada de la mujer, en las Iglesias sin poder, sin cardenales ni oropeles. Porque Dios es así.


En qué creo

10.11.10 | 12:41. Archivado en Espiritualidad

En el perdón

Teresa Forcades i Vila

monja y médico

Creo, ante todo, en el perdón. Creo que la capacidad de perdón muestra la verdad desnuda de nuestra capacidad de amar, y me sorprende encontrarlo en personas a las que no aprecio especialmente y echarlo en falta en algunas que amo mucho. Más de una vez me he sorprendido a mí misma con dificultades para el perdón y he experimentado el milagro de ser perdonada. Es como nacer de nuevo. Nacer del amor. El evangelio nos dice que la mujer pecadora amó mucho puesto que mucho le fue perdonado. Nos advierte también que incluso aquél a quién mucho se perdona puede actuar de forma mezquina e inmisericorde con los demás. Y esto es la segunda parte de lo que creo: creo en la libertad, creo en la ruptura de la cadena causal que abre el mundo a la poesía y también a la arbitrariedad más injusta. Creo que el perdón es el mayor acto de libertad. Por eso todo se puede perdonar pero a nadie se puede exigir que perdone. No se puede forzar el perdón y no se pueden prever sus resultados. La mujer que perdona al marido que abusa de ella puede decidir a la vez que le perdona que la convivencia debe cesar. Nadie sino Dios puede juzgar la autenticidad y el alcance de un acto de perdón. El perdón es el acto más razonable, puesto que reconoce que algo más que el automatismo rige el mundo. El perdón es el acto que nos permite ser, como Dios, creadores. El acto que nos permite empezar de nuevo. Setenta veces siete.

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Los tópicos de la religión: Todas las religiones son respetables

06.11.10 | 14:24. Archivado en Espiritualidad

Formas de vida

Carles Salazar i Carrasco

Antropólogo en la universidad de lleida

Nadie cuestionaría el principio de que todas las religiones son respetables, principio que parece deducirse de la máxima más general que nos impele a respetar todas las opiniones. Sin embargo, no queda claro qué conlleva exactamente ese principio. ¿Significa acaso que a todas las religiones debe otorgarse el mismo valor? Las religiones a menudo se contradicen entre ellas, ¿cómo vamos a aceptar simultáneamente proposiciones contradictorias? El filósofo Daniel Dennett, conocido por su ateísmo militante, dijo en una ocasión que no se oponía a la enseñanza de la religión en las escuelas, siempre que fuese la enseñanza de todas las religiones y no sólo una, como acostumbra a suceder.
Imaginemos que alguien plantea que todas las culturas son respetables por igual y que, por tanto, debemos enseñar todas las culturas en las escuelas. Ningún país del mundo dispondría de los recursos necesarios. Pero no sería únicamente un problema de recursos, sino de que nadie sabe exactamente qué significa “enseñar” una cultura en la escuela. Podemos describir culturas distintas de la nuestra e incluso intentar explicar por qué son como son. Pero las culturas, tal y como las definimos los antropólogos, no se enseñan en las escuelas ni en ningún otro sitio. Las culturas se aprenden con la vida, se viven. Porque las culturas no son teorías sobre esto o aquello sino formas de vida. La cuestión está en saber si podemos también pensar las religiones como formas de vida y no como teorías.
Muchas teorías sobre la realidad se apoyan en las religiones, algunas parecen incluso derivarse de ellas, como por ejemplo la teoría creacionista sobre el origen del ser humano y el universo. Pero reducir las religiones a teorías es la mejor manera de desacreditarlas. Por aquí iba precisamente la propuesta de Dennett. ¿Qué sentido puede tener aprender un montón de teorías que se contradicen entre sí y, peor aún, que contradicen con frecuencia los descubrimientos científicos más firmemente establecidos? Ninguno, si las consideramos justamente eso, teorías.
Pero si consideramos las religiones como formas de vida la situación cambia. Por supuesto que no todas las formas de vida humana son igualmente respetables. Pero muchas de ellas sí que lo son, aunque nos parezcan muy diferentes entre sí y mutuamente ininteligibles. Incluso de aquellas formas de vida que resultan ser las más crueles e inaceptables, podemos aprender aspectos fundamentales del ser y la experiencia humanos. Muy poco se aprende, en cambio, de una teoría falsa.
Pero nadie puede enseñarnos una cultura del mismo modo que nos enseñan una lengua o la teoría de la relatividad. Porque las culturas son la vida y sólo la vida puede enseñar la vida. Podemos enseñar y aprender a describir, a explicar y comparar formas de vida, también a apreciarlas o criticarlas, pero no podemos enseñar y aprender a vivirlas. Sólo podemos vivir nuestra propia vida, e intentar entender las de los demás.

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Los tópicos de la religión: la religión es el opio del pueblo

04.11.10 | 14:20. Archivado en Iglesia

Mejor morfina

Rafael Díaz-Salazar

Profesor de sociología en la universidad
complutense de madrid

La humanidad ha producido a lo largo de su historia todo tipo de remedios para sobrellevar y disminuir el dolor. Uno de ellos es la religión como opio y morfina del pueblo. Gracias a ella millones de personas pueden encajar el sufrimiento en su existencia. Me parece que es importante distinguir entre opio y morfina en el ámbito de la religión como sedante de la vida dolorosa. La morfina tiene elementos sanadores y el opio es una droga que genera males más allá de las sensaciones placenteras inmediatas.
La religión ha sido y es un factor de alienación para millones de personas. Por ello constituye un serio obstáculo para la emancipación humana. ¿Acaso no fue crucificado Jesús de Nazaret por blasfemo, por enemigo de la religión sacerdotal del Templo? ¿No ha sido él uno de los principales críticos de la religión? La lucha contra la religión como opio del pueblo es una de las principales tareas que hay que realizar hoy día y por eso son tan saludables las críticas creyentes y ateas de la religión.
Ahora bien, el mismo Marx, un poco antes de hablar de la religión como opio, dice algo muy interesante: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu”. Las personas no podemos vivir sin corazón y sin espíritu y, por eso, cuando la realidad nos los arrebata por la pobreza, la soledad o la explotación, tenemos que construir estados de conciencia y generar sensaciones que nos otorguen momentáneamente al menos lo que la vida cotidiana nos niega.
Aquí aparece la religión como morfina, como droga benéfica; especialmente para los pobres. En diversos lugares de América Latina y, especialmente en Brasil, he podido comprobar este hecho en celebraciones de iglesias pentecostales. Por eso, las comunidades de base y la misma teología de la liberación, y no digamos el catolicismo jerárquico, van siendo desplazados por esas religiones morfinómanas. El cristianismo de liberación lucha por la revolución, pero los pobres no pueden esperarla para ser felices y muchas veces no tienen energías para el combate político. Por eso, les resulta más práctico consumir el nuevo emocionalismo religioso.
Uno de los grandes cambios sociológicos ha sido el surgimiento de religiones antiopio. Es cierto que a lo largo de la historia, siempre han existido movimientos religiosos de protesta social. Pero nunca habían sido tan fuertes como en la actualidad. Desde hace más de un siglo, la fuerza revolucionaria de las religiones crece sin cesar. En Europa, el actual opio del pueblo no es religioso; es de otro tipo. La religión ya no es sólo ideología y falsa conciencia. Ella también genera conciencia de clase, es energía y vitamina para el compromiso sociopolítico, es fuerza revolucionaria. No en vano, más del 70 por ciento de los delegados de los movimientos que se articulan en torno al Foro de Porto Alegre, crisol del altermundismo, se declaran personas religiosas.
En todos los países contamos con ricas historias de vida que nos muestran cómo los intoxicados por la religión como opio del pueblo también han sido capaces de salir de ese estado y a través de un cambio intrarreligioso convertirse en hombres nuevos, en combatientes por un mundo más justo, libre y fraterno. Un bellísimo relato de este proceso, centrado en la generación que luchó en España contra la dictadura, puede leerse en el iluminador libro de José Antonio González Casanova, Comín, mi amigo. Léanlo y verán los efectos emancipatorios, liberadores y libertarios que también produce la religión.

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Creer no siempre es difícil

02.11.10 | 14:10. Archivado en Espiritualidad

Joaquim Gomis

Comienzo a escribir estas páginas el 11 de octubre. Es la fiesta del beato Juan XXIII que coincide con el aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II. Para animarme, para inspirarme, me pongo el vídeo de sus palabras improvisadas en la noche de aquel día (están en www.catalunyareligio.cat). Es lo que luego se ha llamado el discurso de la luna, su expansión en “una gran giornata di pace sempre pieni di fiducia”. Ya que quisiera hablar aquí de que no siempre es difícil creer –entendiendo por creer no sólo la creencia religiosa sino toda creencia honda– me parece oportuno ponerme bajo su patrocinio. Porque a él le debo mucho y en concreto que no me sea difícil creer.
Preparando este capítulo de mi Diario para este número dedicado a las creencias, he encontrado la siguiente cita del teólogo francés y amigo de nuestra revista Jean-Pierre Jossua: “Ya es creer el hecho de decir, como hacen muchos hoy: ‘Yo no puedo creer, pero creo en los que creen’”. Propondría, desde mi experiencia personal, otra versión: “Yo creo, gracias a que otros creen”. Es una versión que resume la historia de mi fe y que me atrevería a ofrecer al lector que piense hallarse en situación de increencia. Dicho de otro modo: lo más importante no es la fe personal, sino la fe de los demás y de ella uno puede vivir.
Me agobiaba escribir sobre esta cuestión porque uno es poco dado a teorizar. Prefiero la anécdota que la categoría. Y soy poco introspectivo, me gusta más mirar a los demás que a mí mismo. Y desconfío algo de quienes gustan de autoexaminarse (nunca aprendí en mis años de clérigo a practicar lo que llamaban primero examen de conciencia y luego revisión de vida). Si todo ello lo situamos en el ámbito de las creencias, peor aún. Porque merece mucho respeto, pero no suele ser una habitación clara, abierta, luminosa de la mayoría de nosotros. Con todo, al final, estoy bastante satisfecho de los días que he dedicado a pensar sobre ello. Creo que he aprendido no poco sobre un servidor y más sobre muchos de los que me han acompañado.

La creencia de los demás
Me parece que ya lo he dicho, pero lo repito porque ha sido mi mayor conclusión: mis creencias las he recibido de otros. Empezando por mi familia. En ella, afortunadamente, no se practicaba el adoctrinamiento. Había un gran respeto por los demás y este es el fundamento recibido sobre el cual se han basado mis creencias. Pero el respeto iba unido al interés: ahora me doy cuenta mucho más que entonces. Entonces me parecía normal, ahora capto que fue decisivo porque significaba que cada uno era importante para el otro. Es decir, que se creía en él. Y todo ello dentro de un ambiente habitual de humor, hecho indispensable para que aquellas creencias que se vivían y que iban arraigando en un servidor hallaran buena acogida (no sé si puede parecer una paradoja pero estoy firmemente convencido que si una creencia se vive y se comunica con gravedad, con solemnidad, halla menos acogida que si se vive y comunica con la gracia del humor sencillo, pan de cada día).
Este fue el humus en el que despertaron y crecieron mis creencias. Como he dicho, sin apenas adoctrinamiento, con hechos más que palabras. Sólo durante la larga agonía de mi padre –que murió en edad temprana–, nos habló de modo que yo lo recuerde hondamente. Por ejemplo, al decirme a mí, joven seminarista que entonces se apasionaba en el estudio de la filosofía y la teología: “Todo esto está muy bien pero créeme: lo importante es el evangelio”. Casi nunca me había hablado de temas religiosos, pero estas palabras en su lecho de muerte me quedaron tan grabadas que las considero las más importantes que nunca nadie me haya dicho. Pienso ahora que ésta ha sido mi fe, recibida de la fe de mi padre: creer en el evangelio.
Pero junto a esta influencia familiar, hubo otras. Un servidor era un gran lector y entre la multitud diversa de autores creo justo destacar algunos que dejaron honda huella, que me contagiaron sus creencias, su modo de creer. La lista podría ser extensa pero escojo dos: Dostoievski y Graham Greene. Tan distintos uno de otro pero ambos, cada uno a su modo y a mi modo de ver, profundamente evangélicos. En aquellos años de la primera juventud, su lectura en cierta manera moldeó mi creencia (como testimonio puedo aportar que muchos años después un cura inteligente y también leído que me conocía bien me definió así: “Eres un cristiano greeniano”).
Interesante es también notar en este repaso de antiguas raíces creyentes, que lo viví como lo vivo ahora: como una única creencia. Me explico: no separo creencia religiosa, cristiana, de las demás creencias humanas que juzgo de primera importancia. No soy un cristiano que además cree en la exigencia de justicia, en la primacía de la bondad, en el valor de cada ser humano. Yo nunca he descubierto nada de todo ello como una creencia distinta, nunca he tenido que convertirme a una nueva fe. Me sorprendió luego que buenos cristianos dijeran con extrema buena fe que habían descubierto la exigencia de la justicia o de la igualdad. Como me sorprende aún ahora que con frecuencia se hable desde la Iglesia –o desde fuera de ella– de estas creencias como si fueran opciones, “fes”, diversas. Yo recibí estas creencias como una única creencia (y diría que vivirlo así ha sido característica dominante en esta revista desde sus inicios). Para explicarme aunque sea en otro nivel: cuando el papa Ratzinger habla –y suele hablar bien– de fe y razón, valorando las dos pero como basándose en que se trata de dos mundos, dos ámbitos distintos, mi reacción es de extrañeza porque para mí es una unidad. Por eso, quizá, me cuesta entender las objeciones que desde la razón se plantean a la fe. No dudo que puedan tener su razón pero ya que yo vivo fe y razón como una unidad, me cuesta ver oposiciones. Si en esto puedo tambien utilizar el humor, diría que soy un experto en resolver –para mí– estas objeciones.

La creencia propia
He estado hablando de mi creencia –al fin y al cabo esto es mi Diario– pero con el intento de mostrar la importancia de la creencia de los demás para mí/nuestra creencia. Releo lo escrito y me aparece un escrúpulo o al menos una duda: ¿no parecerá que me dedico a elogiarme como creyente? Me sabría mal porque en realidad no me considero un buen creyente, en el sentido de un buen cristiano. Entre las notas que tomé al preparar este artículo hay una que dice: “Yo pienso poco en mi creencia. A veces me parece que vivo casi como si no creyera. En el sentido que mi fe es poco presente. No soy un místico y soy mal rezador. Sin embargo, sin mi creencia cristiana que para mí incluye y penetra las demás, me sentiría huérfano, vacío, perdido. Por eso me duele que entre quienes aprecio haya quien no cree. Me duele por ellos. Casi me cuesta entender cómo pueden vivir. No hago nada para pasarles mi fe, pero me gustaría comunicarla de algún modo” (hasta aquí la nota escrita en el bus, días atrás).
Cada uno tiene su modo de creer. Quizá el mío tenga de bueno la herencia que recibí de la que ya he hablado, junto con otras aportaciones a lo largo de mi vida –cité al empezar la de Juan XXIII–pero tenga de malo algo de lo que apunto en la nota transcrita: no soy místico y soy mal rezador. Claro está que lo de místico no es ninguna obligación, cada uno es como es (puede encantarme leer a Teresa de Jesús, pero sé que no es mi camino). Lo de mal rezador ya es mayor problema porque la fe cristiana es una creencia de relación personal con Dios y si uno no la sabe expresar mal vamos. Me podría excusar diciendo que tampoco soy muy hablador (valoro y me sale más un gesto, una palabra, que muchas), podría añadir que mi experiencia en el seminario no fue buena –no me sentí nunca implicado personalmente en el modo de rezar que proponían: me aburría cuando no me dormía–, que luego ya sacerdote me gustaba celebrar la misa pero no podía con el breviario (lo siento: los salmos no es lo mío).
El resumen es que me quedo con el padrenuestro y no paso más allá. Me queda el consuelo de que Jesús dijo que al rezar no usáramos muchas palabras “pues vuestro Padre ya sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” y que Teresa de Jesús decía, con mayor salero, algo semejante a sus monjas. Con todo el problema queda: no sé expresar mi creencia.
Concluiría repitiendo que la fe, como toda creencia, es para vivirla mucho más que para expresarla o teorizarla. Los cristianos convendría que aprendiéramos del gran teólogo Tomás de Aquino que inicia su Suma Teologica diciendo que pretende escribir sobre “lo que Dios es o, más bien, lo que no es”. Dios es el desconocido y el silencioso, pero nosotros parecemos saberlo todo de él y nos atrevemos a hablar en su nombre.
Entre las notas que había tomado había una, que ahora no encuentro, que no recuerdo quién expresaba su sorpresa ante la seguridad y empeño de algunos ateos en demostrar la no existencia de Dios. Probablemente sea la consecuencia de que algunos creyentes hayamos pretendido saberlo todo de él. Ignorantes somos todos y bueno sería reconocerlo. Ignorantes somos todos. Pero creyentes –desde distintas creencias–podemos serlo también todos. Y ayudarnos a serlo.

Coda: en Westminster Hall
Ya que me queda espacio, se me ocurre que podría añadir algo sobre lo que dijo el papa Benito el pasado 17 de setiembre en la Westmintser Hall ante un auditorio selectísimo de la sociedad civil y que definió como unas reflexiones sobre “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”. Pienso que este discurso se considera ya y seguirá considerándose como uno de los textos clave del pontificado ratzingeriano: una vez más centra la problemática actual en la relación entre lo que él llama “el mundo de la razón” y “el mundo de la fe”. La cuestión que plantea es seria y vinculada con el tema de las creencias.
Fue un discurso en que destaca, en primer lugar, un contundente elogio de la democracia moderna, merecedor de una buena lectura por parte de tantos jerarcas de nuestra Iglesia para quienes la democracia sigue siendo algo escasamente valorado, con más sombras que luces. Un elogio de la tradición jurídica británica, la common law, que viniendo de un alemán tiene especial gracia. Un elogio diría que casi encendido por “la democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, en el que solo le faltó añadir que deseaba que la institución eclesiástica católica se asemejara más a esta práctica democrática.
Tras el elogio, vino la pregunta. Es la pregunta que se repite una y otra vez en el magisterio de Benito XVI, el interrogante sobre “la fundamentación ética de la vida civil: si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”.
Ratzinger ya conoce la respuesta, su respuesta: no hay fundamento seguro fuera de la creencia en un Absoluto, en el Trascendente. Pero sabe que ello no puede imponerse. Por eso busca un camino de encuentro, por lo menos de acercamiento con los no creyentes. Y por ello propone algo en lo que él también cree: la razón. Lo formuló así en Westminster Hall: “El mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”. De ahí que lamente “la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo”. Él, creyente en la religión y creyente en la razón, se halla sin interlocutores, cree percibir que cada vez la aportación desde la fe es menos valorada.
Me pregunto, para terminar, hasta que punto tiene razón Ratzinger. He repasado lo que se dice en este número de El Ciervo y también diversos libros de mi biblioteca que inciden en el tema. Si no se puede negar que la cuestión sea importante, veo que con frecuencia, unos y otros, parecen o marginarla o derivarla hacia el campo de combate y no del diálogo como propone el papa Benito. Incluso cuando se plantea con seriedad y buena voluntad, no es fácil hallar puntos de encuentro. Pondría como ejemplo las cartas que intercambiaron en debate público el cardenal Martini y Umberto Eco: en casi todo sus posiciones se acercan al acuerdo, pero al llegar a esta cuestión, ni uno ni otro, uno como creyente el otro como lo que en Italia denominan laico, saben qué decir. ¿No será que la cuestión está mal planteada? Me lo pregunto al leer algo que escribió años atrás el jesuita ahora desterrado a Japón Juan Masià. Lo resumo: quedan lejos las armonías medievales entre fe y razón, porque hay muchas modalidades de razón y de fe. Si una u otra se cierran, se convierten en ideologías al servicio de ortodoxias sociales. “No se oponen ciencia (razón) y religión, sino ciencias y religiones cerradas en sí mismas frente ciencias y religiones abiertas a la realidad”.

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Lunes, 28 de mayo

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