El Ciervo

Raimon Panikkar (II): Cruce de caminos

11.10.10 | 13:34. Archivado en Espiritualidad

Javier Melloni
TEÓLOGO


Su persona y su pensamiento es un cruce de caminos. Raimon Panikkar ha vivido en un tiempo oportuno. Si bien las procedencias híbridas –indio y europeo, cristiano e hindú– son antiguas, en él se han convertido en categoría arquetípica y en terreno de reflexiones fecundas. Llegó a decir que con él se abría un nueva línea kármica. Ha sido una figura poliédrica de gran complejidad y de una amplitud que pocos pueden abarcar. Su aportación se extiende por múltiples campos que él se ha esforzado por poner en relación: teología, filosofía, cultura, sociedad, ecología. Su vida es inseparable de su pensamiento y ambos son la apuesta y la expresión de la integración de contrarios frente a las separaciones y las divisiones convencionales.
La interreligiosidad y la interculturalidad son expresiones de una misma realidad, única y diversa, concreta y universal. En él todo está interrelacionado: científico, filósofo y teólogo; pensador y místico; inquieto e intenso como occidental y contemplativo y paciente como oriental; sacerdote y hombre secular; ermitaño en Benarés y profesor de distintas universidades americanas.
Ha explorado la fecundidad de la paradoja y la conjunción de los opuestos; ha indagado la verdad que hay en la mentira y la mentira que hay en la verdad; ha valorado la función del mito y a la vez ha urgido a la necesidad de la conciencia lúcida para no estar sometidos; ha evocado el silencio que hay tras la palabra y ha pronunciado la palabra que emerge del silencio; ha luchado con la posibilidad y la imposibilidad del lenguaje, cuyo lugar último vuelve a ser el silencio del que surgió. En él nunca es lo uno o lo otro, ni tan solo lo uno y lo otro, sino lo uno en lo otro.
Este esfuerzo por salir del tópico y adentrarse en la paradoja le llevó a forjar nuevas palabras para expresar lo inexpresable. Dejó claro con su pensamiento complejo y poliédrico que la contradicción se da en el marco de nuestra dicción y de nuestro logos, pero no en el plano de lo Real, ya que la realidad no tiene la medida humana sino que lo humano es sólo una de sus posibles medidas.
En definitiva, su aportación ha sido estimularnos a pensar y a aspirar más allá de los límites que nos autoimponemos.


Raimon Panikkar (I): Contra la superficialidad

09.10.10 | 13:31. Archivado en Espiritualidad

Victorino Pérez Prieto
TEÓLOGO

Raimon era un sabio; no un docto ilustrado, aunque sabía muchos idiomas, había leído miles de libros, escrito varias docenas y conocido miles de lugares y gentes ilustres. Raimon era un sabio porque saboreaba la vida. Por eso entendía el pensamiento como gusto y amor por todo, por toda la realidad en sus mil facetas, hasta las cosas más pequeñas. Solía decir que la filosofía, más que “amor a la sabiduría”, era “sabiduría del amor”.
Nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio del que tanto aprendí. Raimon valoraba mucho la amistad, como una de las mil dimensiones del amor. Así me lo escribió en una carta: “La amistad es una forma de amar, es una virtud humana, y por tanto cristiana”. “Te recuerdo con mucho cariño”, era una de sus despedidas preferidas, pues los 1.140 kilómetros de distancia entre A Coruña y Tavertet nos impedían vernos con más frecuencia.
Un amigo común, muy buen teólogo, Xabier Pikaza, me había dicho hace muchos años, cuando empecé a trabajar en mi tesis en teología: “Si consigues hacernos comprender el pensamiento de Panikkar, te mereces un grandísimo premio”. Yo me puse a la tarea, humilde, amorosa y esforzadamente; porque su pensamiento no es fácil, y leído superficialmente lleva a conclusiones erróneas, como he visto y escuchado tantas veces.
Raimon sabía de ese esfuerzo, y por eso me escribió con el envío de su prólogo para mi libro de introducción a su itinerario y su pensamiento, publicado por Tirant lo Blanch: “Me has leído profundamente”. Años antes ya me había escrito: “Amo el respeto con que me has tratado”. Y años después, dijo sonriente en una grabación para la presentación en Barcelona de mi libro publicado por Herder: “Victorino me entiende a mí más que yo mismo”. Palabras así, dichas por un hombre de su capacidad intelectual, que ya ha hecho su obra, sólo se pueden decir desde el corazón.
En aquella ocasión repitió algo que ya había dicho otras veces: “La epidemia más grande de este mundo es la superficialidad”. Concluyendo que mi nuevo libro sobre la Trinidad era “el mejor antídoto” contra esa epidemia. En otra ocasión, tras leer un libro mío de extraño título (Contra a síndrome N.N.A. [Non hai Ningunha Alternativa]. Unha aposta pola esperanza), me escribió: “Mi lema a ‘otro mundo es posible’, ha sido ‘este mundo es imposible’”. ¿Quien dijo que Raimon Panikkar era un pensador de la estratosfera, que no pisaba el mundo real de cada día?

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Las fronteras invisibles

07.10.10 | 13:28. Archivado en Iglesia

Judith Argila
PERIODISTA

Hombres con sombreros negros aterciopleados y largos bekishes hacen cola ante el control de pasaportes del aeropuerto Ben Gurión para obtener un visado de entrada a Israel. Mientras, una mujer envelada y sus pequeños franquean rápidamente la ventanilla destinada a los nacionales. Si no fuera por las colas, para el visitante sería difícil distinguir quién posee un pasaporte israelí. Este país cuenta entre sus ciudadanos con judíos ultraortodoxos que desacreditan el sionismo, musulmanes que discuten teología en los jardines de Al-Aqsa, palestinos cristianos con tiendas de recuerdos religiosos en Cisjordania y etíopes que mantienen pequeñas iglesias en el corazón de Jerusalén. Y todos ellos son, oficialmente, israelíes.
Andar bajo el sol de la canícula por la vieja Jerusalén es recorrer un microcosmos que de alguna manera refleja la realidad del país. La ciudadela está dividida de facto en cuatro barrios: judío, musulmán, cristiano y armenio. No existen vallas, no hay carteles, pero las diferencias son tan patentes que no hace falta consultar el mapa para saber que se ha traspasado una frontera. Cada comunidad vive dentro de sus límites, de espalda a las demás. Es posible ver algún judío ultraortodoxo entre la multitud del bazar más turístico del barrio musulmán, pero los sombreros de fieltro dejan de asomarse en las callejuelas más profundas, entre las puertas de Damasco y de los Leones, engalanadas ahora con bombillas de colores debido al Ramadán. Ver un musulmán cruzando las impolutas y asépticas calles del barrio judío a la luz del día, mientras se espera pacientemente a que el servicio de algún bar decida prestar atención al turista, es ya una ensoñación.
En lo alto de una sucia escalinata, dos guardias barran el paso a la Puerta del Paraíso, una de las ocho entradas a la Explanada de las Mezquitas. Los no musulmanes tenemos vetada la visión frontal de la tercera mezquita más importante del islam. Accedemos por una puerta lateral, donde un hombre afable se ofrece como guía. “Soy hijo de jordanos, pero nací aquí, en Palestina –su inglés es más que decente–: ahora es distinto. Cristianos y musulmanes estamos más mezclados, pero los judíos no salen de sus barrios. Viven aparte”. Al caer la noche, un corro de jóvenes judías se asienta en una plazoleta cerca del Muro de las Lamentaciones, narrando por turnos lo que parecen pasajes de la Historia Sagrada. Sigiloso, un río interminable de musulmanes parece haber despertado y se dirige, con platos y bandejas cubiertos por papel de aluminio, hacia la cena conjunta que romperá el ayuno. Lo cierto es que apenas se miran los unos a los otros.
Esta aparente vida aislada, tensada por silencios y barreras intangibles, se replica fuera de las murallas. No hay muros de hormigón en Jerusalén, pero los autobuses no conectan los barrios, las comunidades no se mezclan en las terrazas, las librerías tienen libros projudíos o propalestinos. La población árabe vive en Jerusalén este, mientras que la inmensa mayoría de judíos habita el centro, plagado de restaurantes italianos, bares de copas y yogurterías, o bien la humilde periferia. Entre ambos mundos, el barrio de Mea Shearim vive encerrado en algún siglo pasado. Ataviada con una falda bajo otra para lograr un largo decente, llego a la indudable frontera del barrio jaredí, reducto del judaísmo ultraortodoxo. Enormes carteles advierten que la presencia de grupos es severamente ofensiva, y ruegan a las mujeres cubrirse lo cubrible y no vestir pantalones, para proteger “la santidad” del lugar. No es palabrería: se han dado casos de apedreamiento a mujeres “mal vestidas”, fueran judías, ateas o cristianas. Si bien Jerusalén resulta inesperadamente segura, descendiendo los destartalados adoquines de Mea Shearim nos sentimos por primera vez intimidados y fuera de lugar.
Sin embargo, bajo esta demostración ostensible de separatismo, todas las comunidades parecen converger cuando se trata de negocios. Jerusalén está tomada por el turismo, y todo el mundo se ha sumado al carro común de la venta de folclore. Las tiendas del bazar, regentadas mayoritariamente por árabes, venden camisetas del ejército israelí, crucifijos, kipás y pósters de Palestina. Los tours hacia Cisjordania son operados por israelís, que conducen al turista hasta el muro, donde los palestinos toman las riendas para pasar al otro lado y rematar el negocio. En los menús, las cervezas israelís y los vinos de Galilea se mezcan con platos de hummus, kebabs y hamburguesas kosher, mientras en los grandes mercados los vendedores de baklavas y pistachos se codean con refinadas tiendas de aceites israelís. Y raro será que el viajero no regrese de Israel con varias tarjetas de taxistas que ofrecen buenos precios para visitar Ramala, el Monte de los Olivos o el Mar Muerto, lo que se tercie. Al fin y al cabo, los negocios son los negocios.


El camino de la paz en Oriente Medio

05.10.10 | 13:23. Archivado en Iglesia

Estados Unidos patrocina una nueva ronda de negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. Han empezado a principios de septiembre. Podrían sin embargo acabar a final de mes si Israel decide seguir con la construcción de asentamientos. Si siguen adelante, las dificultades son igualmente enormes. Dos periodistas que han estado allí este verano nos las cuentan.

Jordi Pérez Colomé
PERIODISTA

El martes 31 de agosto, a las siete y media de la tarde, el matrimonio Yitzhak y Tali Ames volvía a casa. Habían pasado la tarde en Jerusalén, donde Yitzhak hacía de guía un día a la semana. Vivían junto a otras cien familias en el asentamiento judío de Beit Hagai, en las montañas del sur de Hebrón, en plena Cisjordania.
Yitzhak y Tali, judíos rusos de 47 y 45 años, se habían conocido en la Universidad de Moscú, se habían casado y tras tener dos hijos, habían emigrado a Israel en 1990. Desde el principio vivieron en el asentamiento. Luego llegaron cuatro hijos más y otro estaba en camino –Tali estaba embarazada. Tenían también un nieto.
Ese martes 31 de agosto llevaban en el coche a dos pasajeros más, a quienes ofrecían un pasaje. Eran dos vecinos de Beit Hagai: Kochava Even-Haim, una profesora de 37 años y con un hijo de ocho, y Avishai Schindler, un estudiante religioso recién casado de 24 años.
Cerca ya de Hebrón, aún en la carretera 60, que une la ciudad con Jerusalén, un coche se les puso al lado. Empezaron a dispararles. Murieron los cuatro. Al día siguiente, Hamás reivindicó el atentado. También al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, recibía al primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, y al presidente palestino, Mahmud Abbas, para empezar un nuevo ciclo de negociaciones de paz.

LA CARRETERA 60 EN CISJORDANIA
Este verano pasé por la carretera 60. Está en Cisjordania, que es parte de Palestina, pero que controla el ejército israelí desde 1967. La guerra de ese año permitió a Israel conquistar ese territorio, que hasta aquel año pertenecía a Jordania. Entonces empezaron los asentamientos. Ciudadanos israelíes que creían que Israel debía poseer toda Palestina empezaron a establecerse allí: en pueblos, barrios o edificios sueltos. Lo hicieron protegidos en muchos casos por el ejército israelí, aunque se jugaban la vida. Vivían entre palestinos a los que no les gustaba obviamente que se instalaran allí.
Yo seguí un trozo de la ruta 60 para ir a Hebrón desde Belén. Iba en un taxi colectivo palestino. Algu—nos israelíes que conocí en Tel Aviv me habían dicho que no podían entrar en Cisjordania. Cuando crucé la frontera entre Israel y Cisjordania –para ir de Jerusalén a Ramala–, sin embargo, nadie me pidió que enseñara el pasaporte. Si hubiera sido israelí, hubiera pasado igualmente. La razón que da el gobierno israelí para prohibirles el paso es la seguridad: quiere evitar secuestros y ataques. Claramente, en los últimos tiempos, ha relajado el control.
En Cisjordania manda el presidente Mahmud Abbás y su primer ministro, Salam Fayyed. En 2006 perdieron las elecciones, pero se mantuvieron en el poder por la fuerza. Ganó los comicios Hamás, que a cambio se quedó con Gaza. Así, hoy, Palestina está dividida. En una región manda Fatah, el partido de Abbas y Fayyad, y en la otra, Hamás. Desde hace un par de años, Fayyad intenta que Palestina fortalezca sus instituciones públicas para poder resistir como estado independiente el día en que sea posible.
Uno de los ámbitos principales en que Fayyad trabaja es la seguridad. No es fácil: el gobierno palestino sólo tiene control exclusivo en algunas ciudades palestinas, un 3 por ciento de la región, más o menos. Pero funcionarios israelíes reconocen que esta vez los palestinos van en serio y procuran en serio que sus ciudadanos no atenten contra Israel. El proyecto de Fayyad es complejo. Su intención es también reducir poco a poco la ayuda internacional que recibe Palestina. Por eso Israel ha relajado sus controles. Cisjordania es más segura.
Sea como sea, oficialmente, los israelíes aún no podían entrar en Palestina. Pero desde la ventanilla de mi taxi veía israelíes por la carretera. Tres esperaban un autobús, otros iban en coche. No es siempre fácil distinguir a un israelí de un palestino, pero estos llevaban kipá –la boinita típica– y eran muy blancos. Eran colonos e iban a sus casas. Hay carreteras exclusivas para israelíes, pero las principales las tienen que compartir ambos pueblos. Una de esas es la 60. Para Hamás no hay presa más fácil.

DOS OPCIONES PARA ASESINAR
Antes de ir, cuando pensaba en Israel y Palestina imaginaba dos pueblos en guerra, bien separados. El muro reciente ayudaba era la culminación. No es así, aunque cada vez están más aislado. Desde hace décadas árabes e israelíes viven juntos. Aún hoy, a pesar de los temores, miles de palestinos entran en Israel para ir a trabajar con un visado especial. Por otro lado, miles de colonos israelíes circulan por Cisjordania para ir a sus casas.
Por esa separación, Hamás sólo tiene dos opciones simples para asesinar israelíes: con misiles desde Gaza –como el 4 de septiembre–, o –como el 31 de agosto (o un nuevo intento fallido al día siguiente cerca de Ramala)–, con tiroteos a colonos que pasan por las carreteras cisjordanas.
Hamás quiere terminar con el proceso de paz por dos motivos: porque si es un éxito Fatah saldría reforzado y podrían perder el poder en Gaza, y porque creen que Israel no tiene derecho a existir. El líder espiritual de Hezbolá, Hassan Nasrallah, cuyos objetivos son parecidos a los de Hamás, ha dicho que “las negociaciones de paz nacen muertas. Palestina desde el mar hasta el río es propiedad de la nación palestina, de los árabes y los musulmanes, y nadie tiene derecho a renunciar a esa tierra, ni a una gota de su agua”. Abbás y Fayyad, pues, tienen un doble interés en las negociaciones: conseguir la paz para sus ciudadanos y recuperar el poder en Gaza. Así, pueden estar dispuestos a hacer más concesiones. Aunque si las hicieran, otros árabes les acusarían de haber vendido Palestina a los israelíes. La división entre árabes ha sido una de sus grandes lacras históricas.

LAS CUATRO CLAVES DE LA PAZ
Si Abbas, sin embargo, tira adelante podría garantizar la paz por ahora para los palestinos que viven en Cisjordania. No es poco, pero tampoco es todo. Los problemas más graves, sin embargo, estarían resueltos. Son estos:
1. Las fronteras y los asentamientos. Cisjordania es ahora más pequeña que en 1967. Israel no sólo ocupó el territorio, sino que redujo las fronteras. Por eso los palestinos siempre hablan de “la paz con las fronteras previas a 1967”. Israel no lo concederá, en parte por motivos de seguridad. Con las fronteras de 1967 era muy fácil lanzar un cohete desde territorio palestino a Tel Aviv. Ahora no llegan. Es posible que Israel haga alguna concesión en los límites en lugares de poca importancia, pero serán escasas. Israel deberá conceder más en los asentamientos. Hay miles de colonos que viven en Jerusalén este y que quizá se queden ahí (los asentamientos no sólo tienen éxito porque hay israelíes que creen que deben vivir ahí para conservar el territorio de toda la tierra prometida, sino porque el gobierno subvenciona casas, educación, sanidad; es más barato.) Pero hay otros miles de colonos que viven en el corazón de Palestina. Si hay paz, es impensable que miles de israelíes se queden dentro de Palestina. El ejército israelí tendrá que arrancarlos de sus hogares. Será un buen lío.
2. Los refugiados. En 1948, cuando se estabeció la partición de Palestina en dos estados, muchos árabes que quedaban en la parte israelí, huyeron. Desde entonces, son refugiados y viven sobre todo en Líbano, Jordania, Cisjordania y Gaza. El gobierno palestino exige que puedan volver a las casas que abandonaron hace sesenta años. Israel nunca lo permitirá. Hoy en Israel hay cinco millones y medio de judíos y un millón de árabes –los que en lugar de huir, se quedaron. Si los refugiados volvieran, los judíos serían minoría en Israel. Es imposible.
3. Jerusalén. Parece claro que será la capital compartida de los dos países. Pero cada metro deberá discutirse, sobre todo en la ciudad antigua. Los palestinos deberían tener soberanía sobre el templo de la montaña, donde están sus dos mezquitas, mientras que los israelíes deberían mantener el control sobre los fundamentos de la montaña, donde estuvo el templo de Jerusalén hace dos mil años y el Muro de las Lamentaciones, que está en uno de los lados. El acuerdo será difícil, pero posible.
4. La seguridad israelí. Otras veces que Israel se ha retirado de un territorio que ha controlado –Gaza y Líbano–, los terroristas lo han utilizado para lanzar cohetes. Israel quiere evitar que ocurra lo mismo con Cisjordania, que además es más grande y podría llegar a más partes de Israel. Para eso quiere que le dejen controlar la frontera de Cisjordania con Jordania y que el ejército de Palestina no disponga de según qué tipo de armas. Es complicado.

UN PARCHE YA ESTÁ BIEN
Si todo esto cuaja, habrá algo parecido a la paz. Al menos estará firmada. Luego habrá que ponerla en marcha. Después de tantos años de vecinos mal avenidos, será complicado. Además de las palabras de Nasrallah por un lado, en el entierro de los cuatro israelíes asesinados el 31 de agosto, el rabino Dov Lior, de Kiryat Arba, otro asentamiento de Hebrón, dijo: “Hay un ejército, debemos usarlo. El error es creer que podemos llegar a un acuerdo con estos terroristas. Cada judío quiere la paz, pero estos maleantes quieren destruirnos. Necesitamos devolverles a los países de los que vinieron”.
Por ahora, en Israel y en Palestina siempre habrá gente que crea que todo ese territorio les pertenece por tradición, historia o decisión divina. Algún tipo de paz endeble puede ganar tiempo para desactivar a estos dos grupos. La paz definitiva, la paz que no acuerdan gobiernos en despachos, deberá esperar alguna generación más. Ahora podemos aspirar a parches. No tiene por qué ser poco. Un parche es un magnífico remedio temporal.


CORAJE SOCIAL EN 1956

03.10.10 | 13:22. Archivado en Iglesia

Notas de Alfonso Álvarez Bolado de una charla de Díez-Alegría en la Cámara de Comercio de Madrid el 5 de abril de 1956.
Díez-Alegría denuncia: “Problemas actuales y responsabilidades del catolicismo español en torno al tema del salario”. Recorto sus ocho iniciales afirmaciones:
“Gozamos de aparente tranquilidad social, que no se apoya en sólido equilibrio, sino en el poder político. Debajo, profundo descontento y sorda hostilidad entre los obreros, en gran parte justificados.”
“La malquerencia del obrero afecta también a la Iglesia, aunque no en primer término tal vez”.
“Los salarios legales son en gran parte injustos por excesivamente bajos. La subida decretada no cambia sustancialmente esta situación.”
“Generalmente, los empresarios no hacen problema de si deben dar una retribución superior al salario legal; se contentan con éste, sin que hayan faltado casos de fraude en el cumplimiento de las leyes.”
“El proceder de las instituciones eclesiásticas no ha sido distinto…La Iglesia no ha dado la sensación de proceder de modo distinto de la clase patronal.”
“Al obrero español, con frecuencia poco culto y falto de formas, se le trata muy comúnmente como a un ser inferior, no se le guardan las formas de consideración personal normales”.
“El obrero español no tiene medio efectivo para llevar adelante sus derechos en el establecimiento de las bases de trabajo, teniendo que estar pasivamente a lo que haga de él la más o menos eficaz buena voluntad del Gobierno.”
“En los últimos veinte años, el catolicismo español en conjunto ha guardado silencio acerca de estos problemas, probablemente por tratarse de una cuestión espinosa, menos para los obreros para quienes resulta vital que la cuestión se plantee en serio.”

(Transcritas por Alfonso Álvarez Bolado, S.J.)


Qué aprendí de Díez-Alegría: ¡Mi profesor!

01.10.10 | 13:21. Archivado en Iglesia

Vicente Theotonio Cáceres, S.J.
PROFESOR DE DERECHO FISCAL

Tuve la suerte de cursar la asignatura de ética en el curso 1958-1959 en la Facultad de Filosofía Complutense, asignatura de la que era profesor José María Díez-Alegría. Su docencia causaba un gran impacto en el alumnado, aunque con efecto retardado.
Filosóficamente era una potencia lógica impresionante, al mismo tiempo que gran orador. Exponía su discurso con meridiana claridad, tanto en latín como en castellano, con fuerte emoción humana y con humor. Mantenía al auditorio en vilo desde el principio al final de la clase.
En un acto académico solemne, se enfrentó Díez-Alegría con el padre Hellín, S.J., máximo exponente entonces del suarismo en España. ¡Qué combate más espectacular el de estas dos potencias lógicas colosales!
Su potencia lógica la compatibilizaba Díez-Alegría con su testimonio de su fe adulta, con su espiritualidad ignaciana y con su experiencia de superior y líder religioso. Su impacto en el alumnado tenía efecto retardado porque se producía cuando maduraba la fe de sus discípulos, cuando llegábamos a una fe plenamente adulta. A Díez Alegría su potencia lógica le servía para dar razón de su fe cristiana.


Lunes, 28 de mayo

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