El Ciervo

Qué aprendí de Díez-Alegría: Última conversación

29.09.10 | 13:19. Archivado en Iglesia

Juan Antonio Delgado de la Rosa
FILÓSOFO Y TEÓLOGO

Quiero resaltar mi conversación en torno a un caluroso 29 de agosto de 2009, en la Residencia de jesuitas de Alcalá de Henares. Lo primero que me explica y quiere recordar son las continuas dificultades que ha tenido con sus superiores por encontrarse abierto a la izquierda y comprensivo con soluciones socialistas que no sean inhumanas (me afirma sin ambigüedad que un sacerdote de ninguna manera debe ser anticomunista). Su aliento débil de vida quiere seguir en el horizonte de upermanecer creyendo en la esperanza. Pero que quede claro, afirma Díez-Alegría, “que nunca me he considerado un inspirado, pero siempre me he mantenido en una teología ecuménica y en cuanto al derecho, internacionalista”.
En mi segunda visita, a la habitación número 6 de la Residencia de Alcalá de Henares, con un mayor frescor, dado que era el 12 de septiembre de 2009, por la mañana. Me recuerda que un modelo y referente en la Iglesia y en la sociedad para él ha sido el papa Juan Pablo I, cuyo padre era obrero, que fue a trabajar a Alemania; huía del centralismo dirigista y dogmático, no lo quería porque exigía un capital enorme que llega a coincidir con el capitalismo. Esto para Díez-Alegría es de una fuerza enorme porque quería hacer la Iglesia más pobre, más dialogante, más libre de ideas y debates. Me despide con un abrazo donde manifiesta su alegría y agradecimiento por esta tesis doctoral, y yo no dejo de pensar: “Yo también, todavía creo en la esperanza”.


Qué aprendí de Díez-Alegría; Lecciones de ironía

27.09.10 | 13:15. Archivado en Cine

Carlos Eymar
FILÓSOFO

Hace ya casi 20 años que, en sucesivas y agradables sesiones, entrevisté a José María Díez Alegria para El Ciervo. Era un tórrido verano madrileño y yo solía visitarle a la hora del café. Cierto día, a mi saludo rutinario: ¿qué tal?, él me respondió: “Pues aquí, luchando contra el calor, es decir, no haciendo nada”. Burlarse del calor, como burlarse del mal, fue su forma personal y evangélica de resistirlo. Un par de meses más tarde, con la revista publicada, El Ciervo le organizó un homenaje en el centro Conde Duque de Madrid. Allí, en una sala abarrotada, se encontraba toda una generación de hombres de la transición, entregada al autor de Yo creo en la esperanza. En la mesa, además de José María, nos encontrábamos Lorenzo Gomis, José Luis Aranguren y un servidor. Yo, que acababa de leerme sus obras, hice notar a José María cierta contradicción entre lo que estaba diciendo y algunas tesis de antiguos libros suyos. “¡Qué barbaridad! –repuso lleno de guasa– Carlos Eymar sabe sobre mí mucho más que yo”. Hubo una general carcajada ante ese elogio que, al mismo tiempo, yo sentí como una burlona crítica a mi petulancia. Creo que la última vez que lo vi fue con ocasión de la presentación de la biografía de Lamet: José María Diez Alegría, un jesuita sin papeles. Con su perpetua sonrisa, flanqueado por José Bono, entonces ministro de defensa, y Juan José Tamayo, relató su experiencia con el padre Llanos a quien otorgó la función de “vesícula biliar en el Cuerpo místico de Cristo”. Tres anécdotas, tres sonrisas, tres lecciones de un entrañable sabio.


Qué aprendí de Díez-Alegría: ‘Soy el mayordomo’

25.09.10 | 13:12. Archivado en Iglesia

Joaquim Gomis
ESCRITOR

Cuando recibimos en casa una de estas inumerables llamadas telefónicas de supuestas empresas ofreciendo quién sabe qué, ya he hallado la solución. Debo agradecerla a José María. Las llamadas suelen pedir por mi mujer, ya que en el listín figura su nombre. Y al contestar yo, me preguntan si soy su marido o un familiar. Mi respuesta es: “No, soy el mayordomo”. Quedan tan desconcertados que no suelen insistir más. Y un servidor recuerda a José María porque la idea me viene de él. De cuando años atrás, en una comida con gente de El Ciervo, confesó sonriente que no le preocupaba su porvenir si tenía que dejar la Compañía: “Siempre me queda la solución –dijo– de hacer de mayordomo de alguna marquesa. Creo que sabría hacerlo”. Afortundamente halló soluciones mejores, pero a mí me quedó grabado lo de la mayordomía y, por eso, le envío un cordial saludo cuando utilizo este truco telefónico.
Un saludo que es también un agradecido recuerdo de cuando nos conocimos, en Roma, antes de que se convirtiera –o lo convirtieran– en un personaje polémico. Tenía que dirigir mi tesis doctoral. Pero eran los apasionantes tiempos del inicio de Concilio y ni él ni yo estábamos por la labor de la tesis, que quedó en simple proyecto. Lo que recuerdo y agradezco –porque él y yo nos lo pasábamos bien–son las divertidas conversaciones que teníamos en su pequeño despacho en la Universidad Gregoriana. Eramos como dos soñadores –él sabio, yo aprendiz– en el cambio que podía significar aquel Concilio que Juan XXIII había echado a andar. Soñadores y creyentes, las dos cosas y ambas con mucho humor.


Qué aprendí de Díez-Alegría: Sólo le gustaban los penaltis

23.09.10 | 13:03. Archivado en Iglesia

Javier Ortigosa Perochena
PSICOTERAPEUTA

Para mí resulta una gran satisfacción poder escribir unas líneas sobre la estancia del padre Díez Alegría en nuestra comunidad de Cadalso.
El padre Alegría tenía un carácter fenomenal: siempre afable y de buen humor, nos repetía una y otra vez, y siempre con las mismas palabras, las mismas anécdotas. Nos preguntábamos: ¿se dará cuenta de que se está repitiendo? Es un misterio que nunca llegamos a descubrir. De todas maneras, aunque repetidas con las mismas palabras, gozábamos oyendo sus anécdotas.
Era un infatigable lector, de todo tema que caía en sus manos. Y de una memoria excepcional, pues se quedaba con todo lo que leía. Lo único que no le interesaban eran los deportes: mientras los demás veíamos algún partido interesante, él se dedicaba a leer una revista. Había una excepción: le encantaba ver los penalties, cuando alguna final importante terminaba así.
Muy buen conocedor de la teología actual, gozábamos de sus “discusiones” sobre temas teológicos.
Tenía un gran cariño a la Iglesia, pero a la Iglesia de Jesús, que atendía preferentemente a los pobres y necesitados, de los que siempre estuvo muy cerca. Esto hacía que, a veces, fuera muy crítico con algunos miembros de la jerarquía, que se alejaban de ese ideal evangélico. Lo hacía con mucha valentía.
Gran devoto de la eucaristía, asistía con mucha satisfacción a nuestras eucaristías diarias comunitarias.


Alegría era distinto (I): El grito profético de una sonrisa

21.09.10 | 12:20. Archivado en Iglesia

Pedro Miguel Lamet
ESCRITOR Y JESUITA

Ya se han ido los tres José Marías, que con humor el canónigo biblista González Ruiz llamaba “la trinidad”: “El padre es obviamente José María de Llanos –decía–; el verbo es José María Díez-Alegría, porque no para de hablar; y yo soy el espíritu, porque viajo continuamente”. Los tres publicaron libros en aquella colección polémica de Descleé, “El credo que da sentido a mi vida”. Los tres fueron catalizadores libres y despiertos de un cristianismo de vanguardia en plenas sombras del tardofranquismo. Pero sin duda el que armó mayor escándalo mediático fue el de Díez-Alegría, Yo creo en la esperanza, quizás por dos razones obvias para entonces, por considerar a Marx un profeta, y por lo de siempre, por hablar de sexualidad, perenne tabú eclesial de aquella España, donde además sus dos hermanos eran nada menos que tenientes generales de Franco. Porque, a decir verdad, la mayoría de los doscientos mil lectores que compraron aquel libro se perdían en el laberinto conceptual de este erudito profesor de ética de la Gregoriana.

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