El Ciervo

El rincón de la mística: Hildegarda de Bingen

29.07.10 | 14:39. Archivado en Espiritualidad
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Javier Melloni

Esta mujer renana (1098-1179) fue abadesa de dos monasterios benedictinos y fue consultada como oráculo por los diversos estamentos de su época: por papas y reyes, santos y nobles, abades y clérigos y también por el pueblo sencillo. Fue autora de tratados de las más diversas materias: música, botánica, remedios para enfermedades. Entre su obra prolífica, una de las más significativa es Scivias, “Conoce los caminos”, un libro de visiones y revelaciones que escribió a lo largo de una década a partir de las experiencias que tuvo a sus cuarenta y tantos años. Ella misma dice que “desde mi infancia, desde los cinco años, hasta el presente [53 años], he sentido prodigiosamente en mí la fuerza y el misterio de las visiones secretas y admirables, y las siento todavía”. Escribió en latín e intentó unificar palabra, imagen y ritmos del lenguaje en una escritura llena de evocaciones bíblicas, con un estilo poderoso y enigmático lleno de reverberaciones. La obra contiene 26 visiones y el modo de presentarlas es siempre el mismo: primero describe la visión y luego da la interpretación, enriqueciéndola con textos bíblicos.

Sucedió que, en el año 1141 de la Encarnación de Jesucristo Hijo de Dios, cuando cumplía yo 42 años y siete meses de edad, del cielo abierto vino a mí una luz de fuego deslumbrante; inundó mi cerebro todo y, cual llama que aviva pero no abrasa, inflamó todo mi corazón y mi pecho, así como el sol calienta las cosas al extender sus rayos sobre ellas. Y, de pronto, gocé del entendimiento de cuanto dicen las Escrituras (…), aun sin poseer la interpretación de las palabras de sus textos, ni sus divisiones silábicas, casos o tiempos.

Las visiones que contemplé nunca las percibí durante el sueño, ni en el reposo o en el delirio. Ni con los ojos de mi cuerpo, ni con los oídos del hombre exterior, ni en lugares apartados, sino que las he recibido despierta, absorta con la mente pura, con los ojos y oídos del hombre interior, en espacios abiertos, según quiso la voluntad de Dios. Cómo sea posible esto, no puede el hombre carnal captarlo (…). Escribí estas cosas no según la fantasía de mi corazón o de cualquier otro hombre, sino tal como las vi, oí y percibí en los Cielos, por los secretos misterios de Dios.

El espíritu debe ser probado por el espíritu, la carne por la carne, la tierra por el agua, el fuego por el frío, la lucha por la conquista, el bien por el mal, la belleza por la fealdad, la pobreza por la riqueza, la dulzura por la hiel, la salud por la enfermedad, lo grande por lo pequeño, lo duro por lo blando, la altura por la profundidad, la luz por las tinieblas, la vida por la muerte, lo terrenal con lo terrenal, lo celeste con lo celeste.

[Visión de la Trinidad:] Vi una luz muy esplendorosa [Dios Padre] y, en ella, una forma humana del color del zafiro [Dios Hijo], que ardía en un suave fuego rutilante [Dios Espíritu]. Y esa esplendorosa luz inundaba todo el fuego rutilante, y el fuego rutilante, la esplendorosa luz; y la esplendorosa luz y el rutilante fuego inundaban toda la forma humana, siendo una sola luz en una sola fuerza y potencia.

[Del mismo modo] tres fuerzas hay en una piedra, tres en una llama y tres en una palabra. En la piedra hay húmedo vigor, consistencia tangible y fuego rutilante (…); en la llama hay el brillante fulgurar, el vigor arrebolado y el aliento ígneo; en la palabra hay sonido, fuerza y aliento.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por jalon 30.07.10 | 16:46

    ¿Y como será que de allí, donde se reconoce a una mujer aparezca una cabeza monstruosa y completamente negra, teniendo dos ojos de fuego, orejas de asno, nariz y boca de león haciéndoles renegar de Dios, despidiendo el hedor más terrible, dañando las instituciones de la iglesia....
    Liber Scivias III, 1, 14

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