El Ciervo

Viva el verano

27.07.10 | 14:37. Archivado en Sobre los autores
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Joaquim Gomis

Como siempre, cuando en la redacción me dicen que toca escribir este Diario, en el bus, al volver hacia mi pueblo, pienso en el gran problema: ¿sobre qué escribiré? (Lo mismo dice, también cada mes, mi cuñada y directora: “No tengo tema, el problema es encontrar tema, luego ya todo es más fácil”.) Suerte que María –Marieta–, la joven pacífica y poética responsable del día a día de la redacción, me dice que se trata del número de julio-agosto, es decir, que me ahorro un artículo. No sé si por ser ella joven poeta, en el bus me viene a la supuesta memoria un verso de Lorenzo sobre el sol, el verano. Y se me ocurre que podría hablar del verano. No sé si decepcionaré al lector, siempre digno de respeto, aunque me sea desconocido, como el autor ignoto de un e-mail que me acaba de llegar diciendo que hace cincuenta años que me leía y que “ahora que te encuentro en internet brinco de alegría al ver que sigues pensando con la misma sensatez de siempre: ortodoxo pero a medias”. Elogio excesivo, sin duda, pero bueno es que alguien brinque de alegría. Sea como sea, este mes, tiempo de paréntesis, me gustaría hablar del verano.
Porque el verano es para mí un tema importante. Los veranos han sido decisivos en mi vida. En el umbral de los 80, los recuerdo como si los tuviera a tocar. Algunos, bastantes, mucho más que los inviernos, tiempo digno de ser olvidado. Veranos lejanísimos, pero que me parecen cercanísimos. Como aquellos de mi infancia, en la torre veraniega de Sant Fost de Campcentelles, cerca de Barcelona, donde mis hermanos me llevaban atado por el jardín cantando: “Pobre naníssim, l’esveradíssim, juga a pistoles i és derrotat”. Lo curioso es que recuerdo estas tropelías de las que era objeto como algo celestial. Como luego, ya en la adolescencia, después de la guerra, el mes que pasábamos en el balneario de Cardó, antiguo monasterio carmelita, desde el que en mis escapadas solitarias contemplaba las montañas donde se había desarrollado la batalla del Ebro, pero donde sobre todo descubrí el encanto femenino, sin casi darme cuenta porque eran ellas quienes tomaban la pícara aunque inocente iniciativa. Hechos lejanos pero que recuerdo como si fueran actuales y las tres hermanas tortosinas Vericat, de las que se enamoraron los tres hermanos Gomis, aunque nunca más las viera, en alguna noche de insomnio se me presentan como las conocí. El verano tiene gusto de eternidad siempre presente.
Podría seguir recordando veranos. Pero estábamos en mi viaje en el bus hacia mi pueblo. Llegué a casa y busqué el verso que me parecía recordar de Lorenzo. Ya dije que en la supuesta memoria, porque no lo hallé. En cambio, entre los más recientes, descubrí uno que me parece no había leído, titulado “El primer día de vacaciones”. Y en él esta afirmación que resume todo lo que aquí quería decir: “Un día de verano vale una eternidad / Prohibido hacer algo que no sea mirar”. Y aquí estamos, con la gloriosa proclamación que significa el grito de “Viva el verano”. Que implica, para un servidor, la invitación a gozar de esta eternidad que puede pervivir años y años. Con esta condición: prohibido hacer algo que no sea mirar. Un mirar que es contemplar, compartir, convivir. En este número que se pregunta a gente diversa de buena voluntad –porque buena voluntad es responder– qué hacemos aquí, uno se reafirma en esta convicción: qué bueno sería vivir como si siempre fuera verano.
Procuremos, pues, aparcar preocupaciones. Aunque estemos en tiempos difíciles, declaremos el estado de vacaciones. Decía aquel amable lector que antes citaba, que un servidor sigue pensando “con la misma sensatez de siempre”. Gracias amigo, nunca nadie me había regalado con este elogio de sensato. Me gustaría dedicar este verano, aquí tranquilo en mi casa, a cultivar la sensatez. Que es, de algún modo, aquello que escribía mi hermano: prohibido hacer algo que no sea mirar. Mirar con gusto, mirar para gozar, mirar para compartir. Incluso mirar para ayudar. Estoy leyendo lentamente –por eso espero que me dure un buen tiempo de este verano– el libro de Pagola sobre Jesús, ese libro que alguien escasamente sensato ha querido prohibir, y me encanta y me enriquece cómo habla de Jesús como alguien que sabía mirar y por eso sabía ayudar. Lo que cuentan los evangelios sobre Jesús creo que se resume sobre todo en eso: la historia sencilla de quien pasó entre la gente popular de su Galilea sabiéndola mirar. Y así descubrir lo que podía darles. Me gustaría aprender y, en lo posible, seguir este camino. Aunque estemos en verano y hayamos colgado el cartel de vacaciones. No es incompatible, todo lo contrario. Porque repito, vuelvo a citar: un día de verano vale una eternidad.
Y si el lector prefiere –y puede– dedicar una parte del verano a viajar, no seré yo quien se lo reproche: también viajando uno aprende a mirar. Si empecé este desenlazado artículo recordando mis más antiguos y tranquilos veranos –no era entonces tiempo de viajes– podría terminarlo reconociendo que luego también aprendí a gozar del verano cuando me sedujeron y medio engañado (de otro modo yo no habría vencido mi profunda pereza) me llevaron al río Negro o a Oaxaca. Y que también ahora, años después, en las horas de insomnio, recuerdo como si estuviera junto a mí aquel indio callado de mirada profunda que nos acompañaba por la Amazonia o la deliciosa niña mejicana, Ester, que ante la iglesia de San Francisco en Oaxaca nos vendió unos chicles de hierbabuena sin pronunciar palabra. Sus ojos, sus miradas, están ahí, presentes, vivos. Me acompañan.


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Lunes, 28 de mayo

    BUSCAR

    Editado por

    Los mejores videos

    Síguenos

    Hemeroteca

    Noviembre 2011
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    282930    

    Sindicación