El Ciervo

Cómo nos cambian los viajes: La peregrinación

21.06.10 | 14:01. Archivado en Espiritualidad
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Javier Melloni

Viajar es partir. También lo es peregrinar. Los dos partires se acercan
cuando uno está dispuesto a dejarse transformar por cuanto salga al
encuentro en ese éxodo-éxtasis que es el viaje-peregrinaje. La diferencia es que del primero se vuelve cargado de objetos de regalo mientras que de una peregrinación se vuelve más despojado. Algo de lo visto o vivido en tierras ajenas se ha introducido en uno y ya no se es el mismo. El viaje se
transforma en peregrinaje cuando se produce esta transformación.
Para ello hay que disponerse: llevar pocas cosas consigo, para obligarse a entrar en relación con las personas y productos locales. Si no, ¿qué posibilidad tendré de abrirme a lo nuevo que advenga? Si ya dispongo de todo en el propio equipaje -no sólo físico sino mental-, ¿qué necesidad
tendré de lo diferente? En el viaje-peregrinaje se eluden los hoteles y se eligen los albergues. El hotel es un mundo separado de su entorno. No
entra la gente común del lugar, no se ven sus vestidos ni penetran sus olores. Uno es tratado engañosamente como señor. Se sube de pronto de status social adquiriendo una posición que no se tenía en el lugar de origen. En los albergues, en cambio, uno convive con la población
local porque los que te acogen son familias que a veces comparten su propio hogar y comida con los huéspedes. Así aparecen conversaciones que jamás se darían con el personal anónimo de un hotel.
Es propio también del viaje-peregrinaje usar los medios de transporte públicos en lugar de vehículos privados. El trayecto se convierte entonces en una aventura y en una fiesta, expuesto a las comunes incertezas
del viaje con la población local.
Quien ha conocido este tipo de viajes peregrinajes no puede viajar de otro modo sin la sensación de estar profanando el país que visita.
Finalmente, otro de los signos de peregrinar y no sólo viajar es besar el suelo de esa tierra que se ha hollado. Ese beso sella un vínculo con el lugar y con su gente y deja una marca indeleble en el alma. Si no brota ese beso, es que el lugar visitado nos ha dejado indiferentes. Entonces, no sólo
no hemos peregrinado, sino que tampoco hemos viajado.

El Monte Athos (Grecia). Es un lugar que no es fácil de visitar porque se
requieren permisos especiales pedidos con anticipación y sólo dejan entrar a
los varones.
El otro viage de peregrinación es el recorrido del Ganges, desde sus fuentes
(Gangotri) hasta Calcuta pasando por Benarés y desviándose un poco a
Boddhigaya (cuna del budismo).

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Hortensia 21.06.10 | 23:50

    Confirmado por propia experiencia, cuando conocí este tipo de viajes-peregrinajes tal como lo describes, ya no pude viajar de otra manera sin la sensación de estar profanando no solo el pais que visitaba sino mi propia identidad.
    En hoteles de cierta categoria igualmente, es un mundo separado de tu entorno,
    uno es tratada engañosamente. Se sube de pronto de status social adquiriendo una posición que no se tenía en el lugar de origen ni es tu estilo ni forma de vida y te sientes como fuera de lugar.
    Animo a las mentes abiertas al viaje-peregrinaje, con mochila y ligero de equipaje, es UNA GOZADA.

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