El Ciervo

No creo en la Iglesia

04.06.10 | 12:36. Archivado en Iglesia
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Joaquim Gomis

Lo descubrí, con sorpresa y gozo, en el año 1958, en Salamanca, gracias al gran teólogo Tomás de Aquino, un santo que desde joven me ha caído
simpático por su modestia, por su intrepidez intelectual, porque en vida fue
condenado aunque siglos después le convirtieran en teólogo oficial de la Iglesia.
Fue un gozo más de los que me proporcionó vivir dos años en Salamanca, con la excusa de licenciarme en teología. En aquellos tiempos, estudiar teología en un seminario no te otorgaba ningún título y era preciso ir luego a una Universidad Pontificia. Fueron dos años felices, de los que guardo excelente recuerdo y que me proporcionaron una cierta solidez teológica de la que he vivido el resto de mi vida.
Ya he explicado en algún “Diario” anterior que en los años del Seminario de
Barcelona leí a escondidas mucho de teología reciente, sobre todo francesa, lo que se luego se denominó “la nueva teología”, condenada por el papa Pío XII pero que fue decisiva para el Vaticano II. Era una teología que abría nuevas perspectivas, pero a mí me faltaba un fundamento de base. Lo encontré, también por mi cuenta, en Salamanca. Por mi cuenta, digo, porque
a clase iba poco: me levantaba tarde porque estudiaba por las noches, pasaba para ir rápido y aunque estuviera mal visto por
el barrio que denominaban de las putas –entonces, ahora creo que ya no existe–, a aquellas horas ellas también se levantaban y colgaban las sábanas en los balcones, asistía a un par de clases y volvía a la residencia.
En mi habitación me pasaba horas estudiando, sobre todo los cinco volúmenes
en latín de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino.
Decía Paco Salvá, uno de los iniciales colaboradores de El Ciervo, poeta y
autor de cuentos divertidísimos, que para dormirse leía un artículo de la Summa.
Quizá ahora me pasaría lo mismo, pero entonces llegó a apasionarme. Sólo interrumpía aquellas horas para algún paseo por la encantadora ciudad, por su Plaza Mayor, incluso por el polvoriento camino que llevaba al cementerio y allí venerar la humilde tumba de Miguel de Unamuno y leer el famoso verso. Y una de las cosas que descubrí en Santo Tomás es que el cristiano no cree en la Iglesia. Como no cree en los dogmas.
Porque sólo cree en Dios. Sin duda, se trata de una afirmación fundamental y
decisiva para el creyente, pero que sorprendentemente es poco tenida en cuenta y que casi puede escandalizar a los bien pensantes. Ahora, en estos momentos de turbulencias para la Iglesia, recordar esta afirmación básica puede parecer una excusa, un tranquilizante. Tranquilizante
ciertamente lo es, pero al mismo tiempo es más exigente. Porque es mucho más
serio, impegnativo como dicen los italianos, creer en Dios que creer en una
institución. El razonamiento de santo Tomás –él lo razona, lo explica, pero se basa en la tradición anterior– es que la fe sólo puede ser un acto de adhesión, de confianza, de entrega, a una persona. Y esta persona –o ser personal– sólo puede ser Dios, no una institución, o unas fórmulas
que pretenden explicarlo. Una persona desconocida –el Deus ignotus, “a Dios nadie le ha visto” decía san Juan– que el cristiano cree descubrir a través del testimonio de Jesús de Nazaret.
Por eso cree en Jesús, a través de él en el Padre, gracias a la acción del Espíritu que anima a los seguidores de Jesús. Es decir, a quienes forman la Iglesia. Pero este pueblo que es la Iglesia –pueblo más que institución– no es objeto de fe, no creemos en ella: a veces creemos gracias a ella, otras a pesar de ella.
Esto me ayudó a descubrir Tomás de Aquino. Aunque no sé si el diablo u otro
poder maléfico intentó impedirlo. Porque olvidé explicar que en Salamanca residía en el pomposamente llamado Colegio de los Nobles Irlandeses. Eramos una cuarentena de curas de toda España, desde algunos secretarios de obispos que allí les habían enviado para preparar su ascenso al episcopado –como el bueno de Anton Deig, el obispo más popular que ha tenido Cataluña en tiempos recientes–, hasta curas castrenses que con la licenciatura en derecho canónico conseguían un ascenso en su carrera. De curas nobles irlandeses no quedaba desde 1936 ninguno, pero el problema es que nadie
se hacía cargo del mantenimiento de aquel tan hermoso edificio que estaba en
estado ruinoso.
Sea como sea, la dejadez o el diablo u otro poder maléfico, provocó un
pequeño incendio en la instalación eléctrica de mi habitación. Un servidor tenía los cinco volúmenes de la Suma Teológica encima del escritorio, los hilos eléctricos pasaban por allí: la consecuencia es que quedaron chamuscados pero su fortaleza los salvó de quemarse y así los conservo
con cierta añoranza aunque sea en lo más alto de mi biblioteca. Porque ahora
no necesito ir a la Suma para saber que no debo creer en la Iglesia: incluso lo afirma el actual catecismo publicado por Juan Pablo II: “En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe Una Iglesia Santa, y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras” (n. 750). Y también lo decía el Catecismo Romano, fruto del Concilio de Trento, publicado por san Pío V: “Creemos en Dios y no en la Iglesia” (I,X,22). Como también afirma que la Iglesia es “la congregación de los
fieles”, lo que el Vaticano II denominó “pueblo de Dios”. Poco que ver con una institución jerárquica.
Palabras autorizadas, pero olvidadas.

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por [Blogger] 07.06.10 | 03:18

    ¿Y consecuencias prácticas de esta afirmación?
    Ninguna. A vivir de, en, por, para... la Iglesia.
    ¿O esto son palabras hueras?

  • Comentario por JMS.- 04.06.10 | 16:00

    Cuando leía El Ciervo, cincuenta años atrás, tus artículos era lo primero que leía.
    Ahora que te encuentro en Internet, brinco de alegría al encontrarte y ver que sigues pensando con la misma sensatez de siempre: ortodoxo pero a medias.

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