Carlos Eymar
'Se cree en Dios, no en los dentistas ni en los jueces. No se puede tener una fe ciega en los jueces como se puede tener en Dios”. Con estas frases, y otras análogas, don José Bono, presidente del Congreso de los Diputados, hacía pública su peculiar visión teológico-política. El hecho que haya reiterado estas analogías en al menos dos ocasiones, significa que no estamos ante una ocurrencia, sino ante el fruto de una reflexión en la que, a mi juicio, se dan algunas confusiones.
¿Fe ciega en Dios? Me temo que pocos expertos en teología fundamental estarían dispuestos a aceptar una respuesta afirmativa. El creyente, por muy bajo que sea su nivel intelectual, siempre trata de darse a sí mismo, o dar a los demás, razón de su fe. Incluso el famoso carbonero puede apelar
a la luz de su corazón que, muchas veces, supera en potencia a la del entendimiento.
Aunque menos lúcido que el carbonero o el niño, también el sabio busca razones de credibilidad para prestar su asentimiento a las verdades de fe y acomodar a ellas su vida. La fe, si bien tenga por contenido lo invisible, nunca es ciega. Ni siquiera los más recalcitrantes escépticos pueden permanecer indiferentes ante argumentos como el de Pascal. Nadie puede negar
que Dios sea una posibilidad y basta que sea posible para que también sea racional apostar por él.
¿Se puede apostar por un dentista? Bono afirma que la fe en un dentista, si
es que de fe puede hablarse, solo halla su fundamento en su competencia como
sacamuelas. Si no las saca bien o se equivoca de carrillo, no se vuelve a él y punto. Pero así, Bono escamotea el acto de fe que hay que realizar cuando acudimos a un dentista por primera vez, sin más referencia que nuestro dolor. Le sucedió a un amigo mío, de paso por Madrid, un 24
de diciembre. Tras una larga e infructuosa búsqueda por las páginas amarillas, solo halló disponible un dentista de impronunciable
nombre oriental. Mi amigo, acuciado por el dolor, precipitó su acto de
fe, se arrojó en brazos del odontólogo y, gracias a ello, consiguió comer turrón al día siguiente. No sé qué tendrán los pobres dentistas que siempre son utilizados como término cómico de comparación. La de Bono me ha recordado aquél hilarante capítulo: “Si los impresionistas hubiesen sido dentistas”, del libro Sin Plumas de Woody Allen. La analogía entre jueces
y dentistas también nos podría llevar a curiosas cuestiones: ¿se puede recusar a un dentista por enemistad manifiesta? Si los jueces fuesen como los dentistas, se les podría elegir o, como quiere Bono, abandonarlos en caso de mala praxis. Pero la realidad es que a los dentistas normalmente
“vamos”, mientras que a los jueces “nos llevan”. No se nos da a elegir, no hay páginas amarillas de servicios judiciales porque el juez, como se dice en el argot jurídico, está predeterminado por la ley.
Su credibilidad se remite, en última instancia, a la credibilidad de la ley y de los mecanismos legales que tienden a preservar su imparcialidad. Es cierto que hay errores, disfunciones, jueces inicuos y corruptos, pero su existencia no puede poner en entredicho la credibilidad generaldel sistema. La desconfianza hacia los médicos, hacia los jueces, maestros, curas e instituciones en general, alentada por los medios, más que a la incompetencia de los profesionales, hay que achacarla a una crisis general de fe. No se cree en nada y el individuo parece orgulloso de exhibir su
escepticismo universal frente a todo: él es el rey. Y, sin embargo, siguen subsistiendo las razones de credibilidad en Dios, en losdentistas y en los jueces. Bono lo sabe y por eso se declara creyente y afirma tener confianza en el Supremo. Mientras tanto las clínicas dentales siembran de anuncios en la red las declaraciones del presidente del Congreso de los Diputados.
Javier Melloni
Viajar es partir. También lo es peregrinar. Los dos partires se acercan
cuando uno está dispuesto a dejarse transformar por cuanto salga al
encuentro en ese éxodo-éxtasis que es el viaje-peregrinaje. La diferencia es que del primero se vuelve cargado de objetos de regalo mientras que de una peregrinación se vuelve más despojado. Algo de lo visto o vivido en tierras ajenas se ha introducido en uno y ya no se es el mismo. El viaje se
transforma en peregrinaje cuando se produce esta transformación.
Para ello hay que disponerse: llevar pocas cosas consigo, para obligarse a entrar en relación con las personas y productos locales. Si no, ¿qué posibilidad tendré de abrirme a lo nuevo que advenga? Si ya dispongo de todo en el propio equipaje -no sólo físico sino mental-, ¿qué necesidad
tendré de lo diferente? En el viaje-peregrinaje se eluden los hoteles y se eligen los albergues. El hotel es un mundo separado de su entorno. No
entra la gente común del lugar, no se ven sus vestidos ni penetran sus olores. Uno es tratado engañosamente como señor. Se sube de pronto de status social adquiriendo una posición que no se tenía en el lugar de origen. En los albergues, en cambio, uno convive con la población
local porque los que te acogen son familias que a veces comparten su propio hogar y comida con los huéspedes. Así aparecen conversaciones que jamás se darían con el personal anónimo de un hotel.
Es propio también del viaje-peregrinaje usar los medios de transporte públicos en lugar de vehículos privados. El trayecto se convierte entonces en una aventura y en una fiesta, expuesto a las comunes incertezas
del viaje con la población local.
Quien ha conocido este tipo de viajes peregrinajes no puede viajar de otro modo sin la sensación de estar profanando el país que visita.
Finalmente, otro de los signos de peregrinar y no sólo viajar es besar el suelo de esa tierra que se ha hollado. Ese beso sella un vínculo con el lugar y con su gente y deja una marca indeleble en el alma. Si no brota ese beso, es que el lugar visitado nos ha dejado indiferentes. Entonces, no sólo
no hemos peregrinado, sino que tampoco hemos viajado.
El Monte Athos (Grecia). Es un lugar que no es fácil de visitar porque se
requieren permisos especiales pedidos con anticipación y sólo dejan entrar a
los varones.
El otro viage de peregrinación es el recorrido del Ganges, desde sus fuentes
(Gangotri) hasta Calcuta pasando por Benarés y desviándose un poco a
Boddhigaya (cuna del budismo).
Javier Melloni
Egied van Broeckhoven (1933-1967) fue un jesuita flamenco que murió
a los treinta y cuatro años de edad en un accidente laboral. Durante sus años de formación en la Compañía de Jesús se planteó la llamada a la Trapa o a la Cartuja hasta que entendió que para él la zarza ardiente de la contemplación estaba en los barrios obreros de Bruselas. Esta llamada le llevará a un progresivo descendimiento a los infiernos. Diversos accidentes laborales fueron estigmatizando su cuerpo hasta que murió estrellado contra unas planchas de acero, con los brazos extendidos, como Cristo en cruz. Conservamos el testimonio de su itinerario gracias a un extenso diario personal donde fue anotando sus reflexiones y vivencias hasta la víspera misma de su muerte. Tres temas van apareciendo continuamente: el fondo trinitario de su experiencia de Dios (por el Hijo en el Espíritu hacia el Padre); el valor místico de la amistad; y su atracción por los más pobres y desvalidos.
En el camino hacia la clínica [donde tiene que ser curado de una herida
causada por un accidente laboral] gran consolación, experiencia mística completa: cómo, desde el Océano de Dios, desde su poder infinito, el Hijo ha venido hasta mí: cómo en un encuentro personal yo he sido colocado en este mundo en el Hijo, por el Hijo en su divinidad y su humanidad, y cómo yo voy hacia el mundo para ir hacia el Padre con el Padre en el Hijo (…). He experimentado la Plenitud de la vida que circulaba a través de mí, y por esto, que me habitaba una gran fuerza, con una gran paz, sabiendo que me hallo allá donde el Amor quiere que esté.
Visita de Ahmed [un marroquí compañero de trabajo]. Estamos un buen rato
estrechándonos las manos: “Somos pobres”. El Señor estaba allí, sin dudarlo.
Todo trabajo, no importa en qué nivel, es una participación en el trabajo del Padre engendrando al Hijo en el Espíritu.
Deseo profundo y necesidad intensamente experimentada de poder, desde
ahora, a fuerza de desearlo, vivir y realizar, en medio de los destellos del Fuego divino, la fuerza de su Presencia. Cómo todo está salvado en Dios; la amistad, el trabajo, etc.
Una persona no puede ser captada en toda su profunda riqueza sino es
cuando se ve la luz que resplandece en el fondo de ella misma e ilumina desde allí todo el resto. Pero para percibir todo esto se requiere el desprendimiento de todo lo que no sea la luz.
Mi amigo es como una ciudad en la cumbre de un volcán. Peregrino, yo
subo hacia ella; en el corazón de esta ciudad se halla un templo habitado por Dios, Trinidad de personas. Señor, ayúdame a no instalar nunca mi tienda en la periferia de esta ciudad.
Hemos de amar a los demás porque “son de Dios”, y amándolos así somos
del todo y enteramente “de todos”. Nos amamos los unos a los otros hacia Dios, que es lo mismo que decir hacia nosotros y hacia los otros.
Para hallar a Dios no basta con decir que Él es mucho más profundo o más
rico que la persona querida; porque decir eso es todavía relegarlo a la superficie.
Hay que decir que la intimidad de esa persona se halla situada en Dios. De este modo se introduce su intimidad en la Intimidad.
“Dejar que la vida de Dios circule a través de mí hacia los otros, y por los
otros hacia mí”.
Pleroma: comunidad de amor de todos, Dios todo en todos. ¡Hay tantos
materiales, tanto amor esparcido por el mundo…! Todo eso ha de recogerse, y
los constructores ni siquiera se dan cuenta.
Entre el amor y el poder
José Ignacio González Faussta opinión la institución eclesial le tiene miedo a Dios o, matizando más, a que Dios sea el que se reveló en Jesús y no el de una
idea religiosa general de Dios, tal como dijo Dietrich Bonhoeffer. Porque, en ese caso no se puede apelar a Dios para justificar cosas que el evangelio de Jesús no aprobaría. De ahí la tendencia clara a apelar a un Cristo divino antes que al Jesús humano que debería dar rostro a ese Cristo.
Puedo añadir que ese miedo lo comprendo porque creo conocer mi propia pasta y la pasta humana. Otra cosa es que tema que de esa manera la institución
eclesial acabe cumpliendo en ella la advertencia de Jesús: que quien pretende salvar su vida la pierde y sólo quien la pierde por el Reino de Dios y el evangelio acaba salvándola. Pero comprendo el miedo que da la incómoda inestabilidad del Reino de Dios, y lo tentadora que resulta la cómoda instalación en este mundo. El resultado de ese miedo es, en mi
opinión, que la institución eclesial se parece hoy mucho más a la institución judía del siglo i con la que Jesús chocó hasta costarle la vida, que a la comunidad de hijos (libres), hermanos (iguales) y servidores (solidarios) que debía brotar el seguimiento de Jesús. Creo que, en el Vaticano II, la Iglesia “salió de Egipto”, es decir: de su pretensión de ser “sociedad perfecta” que no era más que una casa de esclavitud. Luego se
encontró en medio del desierto y comenzó está Dios con nosotros o no”. Creo que la Iglesia debería aprender de la historia previa del pueblo de Dios, para no repetir aquellos mismos pecados. Pero me parece que ese aprendizaje le da muchísimo miedo, y esconde ese miedo con gritos de aparente valentía para desafiar al mundo, pero escurriendo el bulto de su propia conversión
institucional que es el que verdaderamente la asusta. Como he dicho, todo eso tiene que ver con si la Iglesia es una institución del Dios-Amor, que “ama tanto al mundo como para entregarle lo mejor de sí” (Juan 3,16) y que se despoja de su dignidad divina para acercarse al mundo empecatado al que ama, o si es una institución del Dios-Poder, que condena al mundo y pone su dignidad en distanciarse de los hombres.
Un obispo australiano publicó hace poco un libro titulado Poder y sexualidad
en la Iglesia. En el primer capítulo explica que la conferencia episcopal de su país le encargó estudiar los casos de pederastia (y añado yo entre paréntesis una pregunta que aún no he oído a nadie: ¿cómo es que todos esos casos han aparecido en el mundo rico y no en el mundo pobre?) Pues bien: al adentrarse en su estudio fue llegando a la conclusión de que el problema no era exclusivamente de sexualidad sino sobre todo de poder. Y al entrar por esos senderos fue tropezando con la oposición y las amenazas de la curia. Hasta que terminó presentando su dimisión, y contando la historia de su
investigación en un libro. La institución estaba dispuesta a resolver un problema de moral personal, pero no una raíz de poder institucional.
Lo que implicaría para la Iglesia perder ese miedo al evangelio lo expuse hace ya años en un artículo (“Para una reforma evangélica de la Iglesia”) que apareció primero en la Revista catalana de teología y luego fue recogido en un libro (Iglesia ¿de dónde vienes? ¿A dónde vas?), publicado
por Cristianisme i justicia. Remito allí si alguien quiere más concreciones. Ahora añadiría sólo dos cosas:
1. Lo más urgente es una profunda reforma de la curia romana: que la ponga al servicio de la autoridad eclesiástica (constituida por todo el colegio episcopal y su cabeza) en lugar de funcionar como una pantalla que se interpone entre el cuerpo y la cabeza. Que, para eso, los miembros de la curia dejen de ser obispos (cumpliendo el concilio de Calcedonia que decía que no se consagre a nadie obispo sin una iglesia) y, de este modo, deje de ser una plataforma que favorece el carrerismo, la búsqueda de honores humanos religiosamente vestidos y el irse situando para estar en posiciones
favorables según soplen los vientos.
2. De momento, no espero una primavera cercana en la Iglesia. Probablemente
habremos de soportar aún tiempos más recios e inviernos más fuertes, hasta que la fuerza del Espíritu pueda con la resistencia de la institución y la Iglesia comprenda como Pablo que “le es duro cocear contra
el evangelio”.
Privilegio en jaque
Juan Martín Velasco
Supongo que con “Iglesia”, El Ciervo se refiere a sus instancias jerárquicas; estoy seguro de que el miedo a la libertad de los creyentes de que habla el título es real. Tengo que añadir, además, que no participo en absoluto de ese miedo y que me resulta difícil explicármelo en personas que pretenden ser creyentes y que supongo que han hecho suya la visión evangélica de la Iglesia propuesta por el Vaticano II.
La imagen de la Iglesia que ofrecen no pocos representantes de la jerarquía
en sus declaraciones me ha hecho pensar más de una vez en un texto escrito por Bonhoeffer desde la prisión: “Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de
cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Todo el pensamiento, todas las palabras y toda la organización en el campo del cristianismo, han de renacer partiendo de esta oración y de esta actuación cristianas […]. No ha terminado aún su refundición (la de la Iglesia), y cada ensayo de dotarle prematuramente
de un poder organizador acrecentado no logrará sino demorar su conversión y
purificación”. La forma de entender la Iglesia y de hacerla presente denunciada en estas líneas se corresponde con el modelo de Iglesia “sociedad perfecta”, centrado en la jerarquía, y que se entiende a sí misma
como sociedad desigual, en la que los representantes de esa jerarquía, tal vez con la mejor intención personal e incluso con una subjetiva voluntad de servicio, creen desempeñar la función de intermediarios entre Dios y los hombres, y que en su nombre los enseñan, gobiernan y santifican.
Tal comprensión de la Iglesia ha sido calificada de eclesiocentrismo cristiano. Otros la denominan “eclesiastización del cristianismo”, es decir, la sustitución en la práctica de Dios y de Jesucristo por la
Iglesia como término de la adhesión, la obediencia y hasta la fe de los fieles. Desde semejante comprensión, casi nunca formulada explícitamente, de la Iglesia, y del lugar y la función de la jerarquía en ella, ésta se ve llevada a ignorar la dignidad de los fieles, la condición “real,
sacerdotal y profética del pueblo fiel” del que el Nuevo Testamento escribe:
“Vosotros, en cambio, tenéis el Espíritu de Dios y lo sabéis todo”. “En cuanto a vosotros, el Espíritu que habéis recibido de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, antes
bien, ese Espíritu que es fuente de verdad y no de mentira, os enseña todas las cosas”. Unos textos de los que el Vaticano II se ha hecho eco cuando afirma: “la totalidad de los fieles que tienen la unción del
Santo no puede errar en la fe”, incluyendo en esa totalidad también a los que ejercen los diferentes ministerios. La comprensión por la jerarquía de su ser y su misión en el marco de un cristianismo eclesiastizado la lleva a ignorar la posibilidad de una experiencia del Espíritu por los fieles, a no tener en cuenta su sentido de la fe, y a no admitir otros modelos de santidad que los representados por personas que han mantenido y sancionan
el modelo de Iglesia reconocido por ella. En esta situación, lo que la jerarquía de la Iglesia teme en relación con los creyentes conscientes del margen de libertad que les otorga el don del Espíritu, y su condición de hijos de Dios, es que la experiencia liberadora de ese Espíritu por su
parte ponga de manifiesto, como hicieron profetas y místicos de otros tiempos, lo humano y demasiado humano, lo artificioso del sistema eclesiástico en que está instalada, con los peligros que para esa instalación suponen sus voces, acreditadas por la autenticidad de sus vidas y el sentido evangélico de sus palabras. ¿Cuál es entonces el miedo de la jerarquía a este respecto? Para una interpretación malévola y hecha desde fuera de la Iglesia, el de que la denuncia que esas voces conllevan ponga en peligro la situación de privilegio que otorga a la jerarquía la instalación en ese sistema. Para los que, desde el interior de la Iglesia y conscientes de nuestras propias limitaciones, preferimos la benevolencia para con las personas, el miedo a que se desmorone la comprensión de la institución y la institución misma, que les parece indispensable para
que perdure la Iglesia de Jesucristo.
El polvo que no se limpió
Juan Rubio Fernández
El miedo anida en la Iglesia desde la misma tarde de Viernes Santo. No es nuevo en el corazón de los creyentes. Ya en los inicios, cuando amanecía un estilo de vida nueva, estaban los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos temiendo correr la misma suerte del Maestro. Sin embargo,
el miedo que más los atrapaba en aquella oscura estancia no era el externo, sino el interior. Era el miedo del corazón, a la desesperanza, el miedo a sentirse fracasados en un abismo de incertidumbre. La última vez que habían visto al Señor había sido colgado en la cruz y abandonado de todos. La esperanza se había puesto a prueba pero ellos intentaban levantar el vuelo. No había datos para una esperanza viva. Sí tenían, sin embargo, una profunda
razón para la esperanza: la promesa de la resurrección. Jesús se hace presente y disipa el miedo diciéndoles: “Soy yo. No temáis”. Que no tiemble vuestro corazón. Y, convencidos de esta presencia nueva y vivificadora salieron a la calle, abrieron las ventanas al mundo, las mismas que después
han cerrado en muchas páginas oscuras de la historia de la Iglesia, por haberle faltado esa inmensa confianza en las palabras del Señor. El miedo desapareció del corazón de los once. El miedo quedó desalojado de aquellas mujeres pioneras de la evangelización y nunca más entró en la vida de los que, camino de Emaús, iban magullando el desaliento. No hay lugar
para el miedo. No es nuevo en la Iglesia, como no es nuevo el antídoto contra él: saber bien de Quién nos hemos fiado. En la Iglesia no se ha desterrado el miedo aún y quedan vestigios de su poder enervante que se muestra de muchas formas, pero también en el temor profundo a
las reformas necesarias y urgentes que eviten tener que sonrojarnos ante el mundo. Hay muchas tempestades que han sido sembradas por vientos de miedo y hay muchos lodos que se han formado de tanto polvo que por miedo no se limpió a tiempo. Las recientes tempestades en la Iglesia con motivo de los escandalosos casos de pederastia han tenido en ese miedo de antaño su caldo de cultivo como otras realidades eclesiales que necesitan revisión. Hay miedo a hablar de otros muchos temas como el celibato, el ministerio
de las mujeres, los lacerantes temas de la bioética, los simples cambios litúrgicos que nos devuelvan un sacrum más vivo, la situación de las parejas divorciadas o la forma de ejercer el poder en la Iglesia, de nombrar obispos, de incorporar el laicado vivo, de reformar la vida religiosa, de hacer un planteamiento más abierto de la cultura, la ciencia, la vida sociopolítica. Y con ese miedo es con el que sale a la palestra, defendiéndose siempre de todo y proponiendo la verdad de forma silenciosa. En una mano el tridente y en otra el escudo. ¡Bonita manera la de salir a
la arena¡ ¿No es mejor salir con las manos abiertas y la mente clara para gritar a todo el que quiera oírlo que el evangelio es una muy buena noticia y que, sentados alrededor de una mesa tenemos mucho que compartir y mucho en lo que trabajar. La mejor defensa no es un buen ataque en la Iglesia. No es ese el estilo del Maestro. La mejor defensa es la que hace crecer espacios para el diálogo constructivo, la propuesta sana y dignificadora y la tarea compartida. La Iglesia ha de depurar sus mecanismos internos de cara al exterior: una falta de información por miedo, hace crecer el bulo y la sospecha. Una acusación desmedida y férrea hace crecer el miedo entre los hermanos que se sienten perseguidos y atacados. ¡Cuándo se darán
cuenta de que el enemigo a batir no es el de la propia casa! El enemigo a batir tiene un rostro distinto. Hoy el miedo sigue colándose entre los hermanos. Me resisto a creer en una Iglesia en la que, por miedo, hay veces
que se miente y se silencia la verdad. Hay mucho miedo cómplice que entumece
la labor profética en la Iglesia: miedo a disentir, incluso en cosas pequeñas; miedo a los delatores y censores, cosecha abundante últimamente. Miedo a que no te den prebendas, que te quiten las que ya tienes o que te manden al ostracismo borrando tu nombre de la mesa de invitados, esa mesa en la que se cuece el futuro. ¡Pobres gentes! Al miedo lo llaman ahora prudencia y mesura. Cuando anida en el interior de los cristianos produce efectos pésimos. El miedo entumece ideas y tiene profundo olor a naftalina. He visto a gentes llorar amargamente porque el miedo a mostrarse como son y a decir lo que piensan los tiene entumecidos y temen perder lo que tanto
sudor les costó. El miedo es natural en el prudente, y el vencerlo es lo valiente, decía Alonso de Ercilla. Cuando hay miedo es que faltan muchas cosas en la vida eclesial: confianza, empatía, frescura, amistad, verdad, perdón, corrección fraterna. El miedo anida en mitras, sotanas, capelos,
cátedras, editoriales, hábitos, claustros, asociaciones y conventos. Es libre y universal. Paraliza y oculta la esperanza.
Un pretexto para el poder
José M. Castillo
Los escándalos de abusos sexuales, que numerosos clérigos han cometido con niños y el interés de la jerarquía por ocultar esos escándalos, han puesto en evidencia que la Iglesia, por mucho miedo que le tenga al sexo, le teme bastante más al deterioro de su imagen pública.
Es una forma de desnudez
Dolores Aleixandre
Oí tus pasos en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo y me escondí” (Génesis 3,10). De ese “miedo original” a la desnudez venimos y el intento de esconderla nos viene también de lejos. Los discípulos heredaron ese ser asustadizos pero, cuando Jesús los regañaba por sus miedos, sus reproches iban dirigidos más a su torpeza que a su maldad, cosa que es casi peor, porque ser corto es más irremediable que ser perverso.
Joaquim Gomis
Lo descubrí, con sorpresa y gozo, en el año 1958, en Salamanca, gracias al gran teólogo Tomás de Aquino, un santo que desde joven me ha caído
simpático por su modestia, por su intrepidez intelectual, porque en vida fue
condenado aunque siglos después le convirtieran en teólogo oficial de la Iglesia.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral