Josep Maria Margenat
El cristianismo parece que está muriendo de éxito en Europa porque buena parte de sus mensajes morales y políticos se han incorporado en la vida de las distintas comunidades y parecen haberse hecho cristianamente superfluos. Justicia, dignidad humana o solidaridad se han secularizado como valores. Los europeos no necesitan ya referirlos a su fuente originaria. Algo así escribía hace años Adela Cortina y hace más años lo leí a Walter Kasper, aún en Alemania. También Jordi Pujol dice algo parecido. Cataluña es el país más cristiano de Europa pues ha asumido en su fondo los valores cristianos, aunque sea con una llamativa secularización, y los ha transformado en religión cívica. Ésta sería una muerte de éxito, dulce.
Hay otra muerte más dolorosa, pero también lenta, la muerte de asfixia. El cristianismo católico, el que conozco algo mejor, puede morir por asfixia si no se atreve a defender que su espacio natural es la sociedad civil. Algunos pensadores críticos subrayan el papel emergente de una sociedad civil mundial. El cristianismo, también el eclesial, debe “jugar” en ese terreno. Los otros dos son un campo de minas y un campo de concentración. El mercado es un campo de minas pues el cristianismo recibe continuamente demandas para satisfacer necesidades “religiosas” y a ello dedica muchas energías. Está bien que el cristianismo atienda las demandas religiosas de la sociedad, pero no según el modelo del mercado. El mercado, ya se sabe, entiende de oferta, demanda y libre concurrencia. En el mercado no se demanda un proyecto de transformación o un anuncio integral del evangelio, sino que los demandantes hacen sus peticiones y buscan quien las satisfaga como ellos quieren. En una palabra, el cristianismo reducido a satisfacer necesidades de mercado quedaría desvirtuado e iría muriendo con la explosión de las minas. Tenemos un mercado estable: “sacramentos”, peregrinaciones y santuarios, religiosidad popular, “espiritualidades”, pero también universidades selectas, religiosidad para burgueses. Tenemos trabajo y demanda para dedicar mucha energía. El capitalismo nos quiere y nos conserva: un campo de minas. Por otro lado el cristianismo, sobre todo el eclesiástico y el secularizado en voluntariados y ONGD, llega a dónde no llega el Estado social y el sistema de bienestar. En nuestro país éste es todavía deficiente. En toda Europa está en crisis y se bate en retirada. Ahí están los cristianos comprometidos con la justicia, trabajando duro para paliar los efectos de la pobreza y la crisis económica, para promover la igualdad social. En parte completan al Estado, en parte viven subvencionados por éste: hospitales, residencias, centros sociales, colegios, etc. Realizan desde la iniciativa social actividades de carácter público o social. El Estado nos quiere, los socialistas también, incluso a los “capitalistas compasivos” les venimos bien. Podemos quedarnos cerrados en un campo de concentración. Si el cristianismo quiere conservar la lucidez, debe desembarazarse del mercado y del Estado y “jugar” en la sociedad civil emergente, con libertad y para la justicia. Sólo ahí es posible la fraternidad cristiana, sólo ahí es significativo “lo diferencial” cristiano.
¿Quién repara la injusticia? En El Ciervo de mayo de 2003 transcribí el testimonio de uno de los detenidos el 20 de febrero de aquel año tras el cierre del diario euscaldún Egunkaria. Se trataba de notas sobrecogedoras de la prisión de un miembro del diario. El jesuita Txema Auzmendi, entonces no revelé su nombre, escribía, refiriéndose a los torturadores: “¿Cuándo vuelves a casa le contarías a tus hijos el trato que nos has dado?” La Audiencia Nacional reparó el 12 de abril de 2010 el error: “Las acusaciones no han probado que los procesados tengan la más mínima relación con ETA, lo que por sí determina la absolución”. El tribunal además afirma que los actos de tortura descritos por los acusados “son compatibles con lo expuesto en los informes médico-forenses”. Leo en un artículo de 2003 que Pasqual Maragall había denunciado las torturas. En resumen, hubo torturas; hubo un atentado a la libertad de prensa, hubo personas valientes y lúcidas como Pasqual que dijeron lo que nadie quería oír. Siento impotencia ante la injuria.
Ángeles y ciervos. Los ciervos reconocen mejor a los ángeles, escribí en el número de enero. A primeros de ese mes supe de otros ángeles. Bautizamos a Cadio el mismo día que a petite Thérèse. He de contar la pequeña biografía de Cadio, pues los niños desde antes nacer ya tienen una obligación: ir construyendo su biografía. Cadio tiene medio año. Su madre, Romana, es sudamericana. Vino a España a trabajar. Quedó embarazada de su compañero, un español. Él le exigió que abortase; en la casa de bienpensantes burgueses en que hacía faenas también le exigieron que abortase si quería conservar su trabajo. Estaba sola en España, con una hija anterior en algún altiplano austral. Decidió seguir con el embarazo porque no quería abortar. Simplemente. Ante esas presiones, la ley entonces vigente no le apoyaba realmente en su derecho como mujer y como madre; la nueva ley tampoco lo haría. La ley se desentendía y sigue olvidándose de Cadio. La violencia machista y la económica se entrelazaron. Romana, gracias a Cáritas diocesana, encontró un hogar en casa de los padres de petite Thérèse. No conozco a los responsables de Cáritas, sí a las familias que han acogido a Romana: sin duda son ángeles.
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Me encantaba la risa del papa Juan cuando le preguntaban si era infalible. Me empezó a gustar B16 cuando en su discurso a los obispos, en Lourdes, les mandaba respetar el laicismo de Francia, 300.000 abortos anuales. Y me encanta el hachazo del Papa a esa iglesia paralela Pro Vida, que amenazaba con comerse a la iglesia de Cristo. En el mundo es un delito el proselitismo. En China es un delito el no-aborto
Muy listo no es B16, porque los jesuítas ya le explicaron por activa y por pasiva lo que es la obediencia ciega, la obediencia debida, el voto de obediencia.... La obediencia no puede ser como la tradición, la inquisiciòn de tantos siglos que aún no se ha condenado por la curia : ve, mata, roba, sigue crucificando a jesús... Y no será porque adolfo nicolás no es accesible y no se presta al diálogo. Nada que ver con los opus, kikos y demás neonazis secretos discretos.
Las iglesias, que no el Cristianismo, si pueden morir de algo es de falta de caridad. Hay algo que no dice ningún historiador al preguntarse por qué murió el paganismo greco-romano y el mismo Imperio Romano: de falta de caridad.Una religión que no tenía ninguna caridad con los débiles y un imperio que se basaba en la opresión, se enfrentaron a varias rebeliones y, al final, se desintegraron bajo el desprecio de los oprimidos que consideraban una burla adorar a unos dioses que eran una simple coartada para que los privilegiados se autojustificasen y defender el Estado se sus opresores (los esclavos abrieron las puertas de Roma a Alarico). Las iglesias deberían aprender de la historia.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral