Javier Melloni
A los veinticinco años, quien sería un célebre islamólogo tuvo una fulgurante conversión en un calabozo de Irak, donde había sido detenido por sospechoso de espionaje al servicio del gobierno francés. Indefenso en un país extranjero y enfermo de paludismo, al borde del suicidio, irrumpió en él la presencia de Dios. Massignon (1883-1962) se refirió el resto de su vida a aquella experiencia bajo el nombre de “la visita del Extranjero”. Poco después fue liberado y acogido con extrema delicadeza por una familia musulmana, con la que sellará una amistad para siempre. Esta doble experiencia –la irrupción de lo divino en su mente descreída y ser acogido en la debilidad– dio un giro radical en su interpretación del Islam y en el diálogo entre las religiones y culturas. Entregó su vida a favorecer acercamientos y fue defensor de los derechos humanos y así como impulsor del derecho internacional. Conoció a Charles de Foucauld y durante unos años se planteó unirse a él. Fue también admirador de Gandhi y un activista de la no-violencia. He aquí dos versiones de aquella experiencia narradas por él.
Al Extranjero que me visitó en la prisión en una tarde de mayo, cauterizando mi desesperación que él hendió como la fosforescencia de un pez que ascendiese desde el fondo de las aguas abisales, me lo había revelado mi espejo interior disfrazado bajo mis propios rasgos –explorador extenuado por su cabalgadura por el desierto, traicionado, según sus hospedadores, por sus pertrechos de intrusión científica y sus camuflajes de espía- antes de que mi espejo se oscureciese ante su incendio. Ningún nombre subsistió entonces en mi memoria (ni siquiera el mío) que pudiera haberle sido gritado para librarme de su estratagema y evadirme de su trampa. Nada, salvo la declaración de su sagrado abandono: reconocimiento de mi indignidad original, translúcido manto entre nosotros dos, velo impalpablemente femenino del silencio: que le desarma; y que se irisa con su llegada: bajo su pala-bra creadora. El Extranjero que me ha tomado tal cual en el día de su cólera, inerte en su mano como una lagartija de las arenas, ha trastornado poco a poco todos mis reflejos adquiridos, todas mis precauciones y mi respeto humano. Mediante un trastrocamiento de los valores él ha trasmutado mi tranquilidad relativa de poseedor en miseria de pobreza (…) tal como la mayor parte de los hombres sólo lo alcanza muriendo. Busco una palabra para entrar en la presencia de Aquél que ningún nombre se atreve a evocar, ni “tú”, ni “yo”, ni “él”, ni “nosotros”. Sólo puede transcribirse en un grito, ciertamente imperfecto pero punzante, como el de Rumi, en el que el deseo divino, esencial, insaciable y transfigurante, brota de lo más profundo de nuestra adoración silenciosa y desnuda, la noche: “Aquél cuya belleza volvió celosos a los ángeles, ha venido a despuntar el día y él ha mirado en mi corazón; él lloró y yo lloré hasta la llegada del alba; después él me preguntó: de nosotros dos, ¿quién es el amante?”.
Fui cogido en la trampa, arrestado como espía, amenazado de ejecución, intento de suicidio por horror sagrado de mí mismo; recogimiento súbito, los ojos cerrados ante un fuego interior que me enjuicia y me quema el corazón, certidumbre de la Presencia pura, inefable, creadora, que suspende mi sentencia por la plegaria de seres invisibles, visitadores de mi prisión, cuyos nombres hieren mi pensamiento: el primer nombre, mi madre (en aquel momento rezaba en Lourdes); el quinto, el nombre de Charles de Foucauld. Los otros tres nombres, los de mis anfitriones: Dajâla, Iyâra y Diyâfa. Salvado por ellos y a su costa, tras mil dificultades, regreso a Francia.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral