Josep Maria Margenat
El cristianismo parece que está muriendo de éxito en Europa porque buena parte de sus mensajes morales y políticos se han incorporado en la vida de las distintas comunidades y parecen haberse hecho cristianamente superfluos. Justicia, dignidad humana o solidaridad se han secularizado como valores. Los europeos no necesitan ya referirlos a su fuente originaria. Algo así escribía hace años Adela Cortina y hace más años lo leí a Walter Kasper, aún en Alemania. También Jordi Pujol dice algo parecido. Cataluña es el país más cristiano de Europa pues ha asumido en su fondo los valores cristianos, aunque sea con una llamativa secularización, y los ha transformado en religión cívica. Ésta sería una muerte de éxito, dulce.
J. A. González Casanova
Es conocida la idea de que Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos. Viene a ser como el refrán “no hay mal que por bien no venga”. La pederastia de algunos clérigos, reconocida ahora por el Vaticano, ha sido el proyectil que ha abierto en el muro de la Iglesia romana la amplia brecha por donde se cuele en el futuro la renovación de su estructura organizativa y de poder. Porque, por grave que sea el delito cometido, por injustamente doloroso que sea el sufrimiento de las víctimas, lo que el caso ha puesto de clamoroso relieve es la actitud de ocultación sistemática que les ha sido posible adoptar al Vaticano y a los obispos implicados durante largos años.
Lo más importante no es el pecado de lascivia, sino el delito penal de abuso sexual, agravado por el de confianza, dado el carácter religioso de sus autores. Y lo que importa en grado sumo es que una Iglesia que se dice cristiana se considere irresponsable, penal y civilmente, de ese delito, se permita asumir el papel de encubridora del mismo y justifique todo ello con el mito de que la Iglesia es una “sociedad perfecta” que no ha de dar cuentas de los actos cometidos contra la sociedad civil. Se trataría, pues, de una cuestión eclesiástica interna (“los trapos sucios se lavan en casa”) que debe ocultarse para asegurar el prestigio de la institución. Y como Dios ha prometido a la Iglesia la asistencia del Espíritu Santo y “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, el papa puede proclamar que resiste sin temor las “habladurías” y “rumores” sobre sus órdenes de ocultamiento sistemático, so pena de excomunión, de lo que se supone conocido en su momento por razón de sus cargos. Y, cómo no, un obispo español, que considera más grave el aborto que la pederastia, ha hablado de una campaña de los que no quieren creer en Dios.
¿Hubiera sido posible esta actitud de encubrimiento, irresponsable y antisocial, sin la estructura del poder político de la Iglesia romana? El papado es un régimen monocrático en el que el papa ostenta los tres poderes propios de un Estado de derecho. Él nombra a los cardenales de la Curia, verdadera oligarquia gobernante. La democracia electiva no es la propia de la Iglesia, según el teólogo Ratzinger. Los derechos humanos y civiles del pueblo de Dios no son ninguna garantía eficaz frente al poder papal. El Estado no puede entrometerse en esa cuestión con argumentos “seculares”, pero la Iglesia sí puede hacerlo con la sociedad civil alegando un derecho divino.
La supuesta campaña de desprestigio que, según el Vaticano, han desencadenado los enemigos de la Iglesia católica (o sea los enemigos de Dios) ha sido negada por aquellos obispos que han reaccionado con sentido de responsabilidad cívica y cristiana en Alemania, Austria y Estados Unidos. Ellos le han dado la mano a los “invasores” que, con toda razón, han penetrado por la grieta que forman las mil denuncias de las víctimas que exigen justicia, reparación y enmienda. En cierto modo eso significa, de hecho, un cisma concreto y preciso, pues no comparte la respuesta oficial vaticana. Los altos mandos de la Iglesia saben ya que no se acatan todas sus consignas por los fieles de los países democráticos, excepto España, donde el episcopado se parece tanto al Partido Popular en sus actitudes respecto a la corrupción política, permitiéndola (que es fomentarla), ocultándola, presumiendo inocencias, persiguiendo a quienes la denuncian e investigan, acusando de campaña mentirosa de sus rivales lo que es una verdad evidente de los hechos.
Esto no es más que el comienzo. A medida que el “efecto llamada” multiplique las denuncias de pederastia en todo el orbe católico, la Iglesia vaticana no podrá seguir a la defensiva. Claro está que ni el Papa ni los obispos se sentarán en el banquillo de las jurisdicciones penales. Tal vez las Iglesias nacionales indemnicen a algunas víctimas. Pero lo decisivo será la pérdida de legitimidad del sistema autocrático del papado, la última monarquía absoluta que existe en Europa. Los santos inocentes, violados por unos pobres reprimidos sexuales, han redimido el pecado estructural de un poder que se escuda y se excusa en nombre de la divinidad. Por el muro pétreo que defiende la fortaleza vaticana penetra en ella, en nombre de la justicia, la fuerza de renovación cristiana que la derroque.
Javier Melloni
A los veinticinco años, quien sería un célebre islamólogo tuvo una fulgurante conversión en un calabozo de Irak, donde había sido detenido por sospechoso de espionaje al servicio del gobierno francés. Indefenso en un país extranjero y enfermo de paludismo, al borde del suicidio, irrumpió en él la presencia de Dios. Massignon (1883-1962) se refirió el resto de su vida a aquella experiencia bajo el nombre de “la visita del Extranjero”. Poco después fue liberado y acogido con extrema delicadeza por una familia musulmana, con la que sellará una amistad para siempre. Esta doble experiencia –la irrupción de lo divino en su mente descreída y ser acogido en la debilidad– dio un giro radical en su interpretación del Islam y en el diálogo entre las religiones y culturas. Entregó su vida a favorecer acercamientos y fue defensor de los derechos humanos y así como impulsor del derecho internacional. Conoció a Charles de Foucauld y durante unos años se planteó unirse a él. Fue también admirador de Gandhi y un activista de la no-violencia. He aquí dos versiones de aquella experiencia narradas por él.
Al Extranjero que me visitó en la prisión en una tarde de mayo, cauterizando mi desesperación que él hendió como la fosforescencia de un pez que ascendiese desde el fondo de las aguas abisales, me lo había revelado mi espejo interior disfrazado bajo mis propios rasgos –explorador extenuado por su cabalgadura por el desierto, traicionado, según sus hospedadores, por sus pertrechos de intrusión científica y sus camuflajes de espía- antes de que mi espejo se oscureciese ante su incendio. Ningún nombre subsistió entonces en mi memoria (ni siquiera el mío) que pudiera haberle sido gritado para librarme de su estratagema y evadirme de su trampa. Nada, salvo la declaración de su sagrado abandono: reconocimiento de mi indignidad original, translúcido manto entre nosotros dos, velo impalpablemente femenino del silencio: que le desarma; y que se irisa con su llegada: bajo su pala-bra creadora. El Extranjero que me ha tomado tal cual en el día de su cólera, inerte en su mano como una lagartija de las arenas, ha trastornado poco a poco todos mis reflejos adquiridos, todas mis precauciones y mi respeto humano. Mediante un trastrocamiento de los valores él ha trasmutado mi tranquilidad relativa de poseedor en miseria de pobreza (…) tal como la mayor parte de los hombres sólo lo alcanza muriendo. Busco una palabra para entrar en la presencia de Aquél que ningún nombre se atreve a evocar, ni “tú”, ni “yo”, ni “él”, ni “nosotros”. Sólo puede transcribirse en un grito, ciertamente imperfecto pero punzante, como el de Rumi, en el que el deseo divino, esencial, insaciable y transfigurante, brota de lo más profundo de nuestra adoración silenciosa y desnuda, la noche: “Aquél cuya belleza volvió celosos a los ángeles, ha venido a despuntar el día y él ha mirado en mi corazón; él lloró y yo lloré hasta la llegada del alba; después él me preguntó: de nosotros dos, ¿quién es el amante?”.
Fui cogido en la trampa, arrestado como espía, amenazado de ejecución, intento de suicidio por horror sagrado de mí mismo; recogimiento súbito, los ojos cerrados ante un fuego interior que me enjuicia y me quema el corazón, certidumbre de la Presencia pura, inefable, creadora, que suspende mi sentencia por la plegaria de seres invisibles, visitadores de mi prisión, cuyos nombres hieren mi pensamiento: el primer nombre, mi madre (en aquel momento rezaba en Lourdes); el quinto, el nombre de Charles de Foucauld. Los otros tres nombres, los de mis anfitriones: Dajâla, Iyâra y Diyâfa. Salvado por ellos y a su costa, tras mil dificultades, regreso a Francia.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral