Joaquim Gomis
Miguel Lirio Soriano, gerente de la editorial Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, me explica que el personaje básico para una eficaz difusión del libro es un buen librero. Y que, por tanto, tarea necesaria para una editorial en búsqueda de lectores es cuidar la relación con los libreros. Me lo decía antes de viajar a Andalucía, pocos días después de regresar de Méjico y Guatemala. De lo que me decía Miguel me fío no sólo porque es un excelente amigo –aún joven él, ya viejo yo– sino porque lo confirman los resultados en las ventas de las publicaciones del Centre de Pastoral Litúrgica (el CPL para los amigos). El anterior gerente, que era un servidor, no se movía de Barcelona y pensaba que apoyándose en el prestigio que el CPL tenía bastaban algunos anuncios en sus publicaciones y en alguna revista de amplia difusión entre posibles compradores. Pero olvidaba a los libreros. Y eso que, por experiencia personal, como luego contaré, debería haberlos valorado mucho más. Cuando me jubilé y me sucedió el señor Lirio Soriano, que había entrado en la casa años atrás como chico de recados, poco a poco la difusión de las publicaciones del CPL fue aumentando, en España y también en América a pesar de las dificultades que allí tienen por el cambio de moneda. No creo que Miguel fuera mucho más experto que Joaquim en la temática litúrgica, pastoral, de comunicación cristiana de las publicaciones del CPL. Pero sí que, entre otras cosas, resultó mucho más cuidadoso y dinámico en la relación con los libreros de aquí y de todo el amplio mundo hispánico que cuidan la difusión del libro religioso. Por eso la difusión ha aumentado.
No conozco suficientemente el mundo editorial para saber si en otros ámbitos sucede lo mismo. Más allá del poder de los grandes grupos editoriales, también de las grandes librerías, del fenómeno de los best-sellers, imagino que el papel del librero medio sigue siendo importante. Que es como una vocación de servicio poco reconocida por la sociedad, que cuando se da, es admirable. Me contaba Miguel Lirio el caso de María Gracia. Es una religiosa paulina de cerca de setenta años que su congregación, especializada en publicaciones católicas, envía a distintas librerías de España y de América para promoverlas o incluso resucitarlas. Y ella, discretamente, con una voz casi inaudible, lo consigue. Es la vocación de servicio.
DOS SEÑORES MAYORES
Era como yo veía a aquellos dos libreros, hacia los años cincuenta del siglo, la veintena de mi vida. No recuerdo como descubrí su libreria, mediana, en el barrio gótico de Barcelona. Pero representó algo muy importante en mi camino personal. Casi como un milagro. Sí, insisto, no sólo porque inicio y fin están envueltos en mi memoria en el misterio, sino porque lo que allí recibí contribuyó muy mucho a mi formación, a mi vida. Y todo ello, sin que entre el jovencito que era yo y aquellos dos señores libreros hubiera otra relación, otro conocimiento, que el simple pedir mío y el mucho servir suyo. Un servir que estaba en aquellos años fuera de la ley porque me vendían libros prohibidos o por lo menos importados clandestinamente. Sin pedirme ninguna garantía, porque ni sabían quien era yo ni nunca mencionaron el riesgo del asunto. Más aún, con frecuencia no era yo quien pedía tal o cual libro sino ellos quienes discretamente sugerían. Era un caso ejemplar, sorprendente, de lo que antes denominaba vocación de servicio. De aquellos dos señores mayores, en aquella librería habitualmente vacía, con el jovencito desconocido del que se fiaron.
La cosa empezó con mi búsqueda de algunos libros de temática cristiana. Porque si bien puede sorprender a jóvenes de hoy, en aquellos años de nacionalcatolicismo también el libro religioso si no era del país y firmemente ortodoxo costaba de encontrar. Yo había empezado mis estudios en el seminario y buscaba completar lo que allí se enseñaba. La fuente era sobre todo el catolicismo más abierto francés, con frecuencia a través de traducciones editadas en Argentina. La anécdota que siempre recordaré es el rostro de sorpresa de uno de los mejores profesores que tuve en el seminario, el ya fallecido Joan Ventosa, que con esfuerzo nos hacía en la pizarra unos resúmenes de historia de la filosofía inspirados en un grueso tomo francés de Étienne Gilson, cuando descubrió que yo tenía una traducción castellana y resumida, editada en Argen-tina, de su fuente. Quien no se enteró de mis lecturas paralelas fue el profesor de moral, que se habría sentido absolutamente desconcertado si hubiera sabido que yo leía La loi du Christ, de Bernard Häring, una moral cristiana que nada tenía que ver con la que en los seminarios se enseñaba.
La otra anécdota que recuerdo representó una ampliación en mi campo de compras. Un día, uno de los libreros, me ofreció desde detrás del mostrador, la edición argentina del Canto general de Neruda, vetada en España. El otro librero, interrumpió diciendo: “No, a este señor esto no le interesa”, probablemente porque pensaba que sólo buscaba libro religioso. Yo dije que sí, lo agradecí y desde entonces las ofertas y las compras se ampliaron a la literatura. Por ejemplo, traducciones francesas de novelas no publicadas en España de Graham Greene. Tengo aquí, junto al ordenador, un ejemplar de Le fond du probleme, diría que como una joya familiar: tras las sucesivas lecturas de los tres hermanos, el estado del libro mereció que nuestra madre realizara ella una encuadernación sencilla pero que aun perdura. Queda también como recuerdo de aquellos libreros y de una librería que, años después, encontré sustituida por un bazar chino.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral