Carlos Eymar
Con el broche del Goya al mejor guión original, además de otros menores, la película Ágora, de Amenábar, cerró su periplo por las pantallas españolas. Tras ella quedó, sobre todo, el rastro de la singular figura de Hipatia, astróloga y filósofa neoplatónica de la Alejandría de finales del siglo iv. Su valía y su fama como maestra quedaron potenciadas por su trágico final a manos de una turba de cristianos enfurecidos.
Insiste Amenábar en que su película no va contra los cristianos, sino contra quienes usan la fuerza para defender sus ideas. Nadie lo diría al ver su película. En ella, los cristianos son representados de una forma tan poco sutil como lo fue la figura del cura en Mar adentro. Aparecen caracterizados con el aspecto malencarado de islamistas radicales de la banlieue parisina: tez morena, barba cerrada y una capucha de sayal negro que, como todo el mundo sabe, es la indumentaria más apropiada para combatir el calor húmedo de Alejandría. El color negro de las masas cristianas era necesario para que la cámara los presentara desde lo alto como una plaga de amenazadores insectos. Frente a ellos los paganos son dibujados como una élite de gente culta, amante de los libros y la ciencia, y ataviados con túnicas blancas.
Ese contraste, en términos de blanco o negro, entre ilustración y superstición, entre cultura pagana y fanatismo cristiano (o judío), resulta tan simplista como históricamente falso. Fueron muchos los cristianos, en los siglos iv y v, que, a falta de escuelas propias, se educaron pacíficamente en las grandes escuelas paganas de Atenas o Alejandría. San Basilio compartió aula con Juliano el Apóstata y San Agustín fue un gran valedor de Platón y el neoplatonismo. Atenais, bautizada con el nombre de Eudocia, esposa del emperador bizantino Teodosio II, fue también una filósofa formada en Atenas, amante de la poesía y cultura clásicas. Por su parte, hubo también muchos paganos entontecidos por ideas delirantes, seguidos por masas de fieles prestos a oficiar cruentos sacrificios a dioses histriónicos. No hay prueba alguna de que, tal y como lo presenta Amenábar, San Cirilo, patriarca de Alejandría y fino intelectual, fuese el instigador del cruel asesinato de Hipatia. La historia nos dice también que murió en el 415 cuando contaba sesenta años de edad.
Con todo, la exigencia de matizaciones no puede poner en duda el terrible hecho perpetrado por una chusma de cristianos que deshonraron su nombre despedazando a una filósofa. Hay que recordar a este respecto la jornada de perdón declarada por el papa Juan Pablo II en el primer domingo de cuaresma del año 2000. Además de presentar en ella el documento de la Comisión Teológica Internacional relativo a “la Iglesia y las culpas del pasado“, Juan Pablo II pidió perdón “por el uso de la violencia realizada por los cristianos en el segundo milenio”. Uso y abuso de la violencia que fue efectivamente ejercida por los asesinos de Hipatia, cuya culpa no debe empañar la esencial y reiterada vocación del cristianismo hacia el logos.
Posiblemente, Rafael, al incluir a Hipatia en su fresco vaticano de la Escuela de Atenas, acompañada de los grandes sabios de la antigüedad como Platón y Aristóteles, realizó un acto consciente de desagravio. No deja de ser irónico que, desde el siglo xvi, el espectro de Hipatia, objeto de violencia por unos oscuros cristianos alejandrinos del siglo iv, haya podido pasearse cada noche por las salas del Vaticano clamando justicia. Sin duda su voz, introduciéndose en las mismísimas dependencias papales, contribuyó a que Juan Pablo II realizase su histórica petición de perdón en los inicios del tercer milenio.
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Se ha remitido a los juzgados decanos provinciales los datos relativos a los niños robados. Se cifran en más de treinta mil los menores que entre 1944 y 1954 fueron recluidos en centros religiosos y luego adoptados por familias franquistas. El régimen consideraba su familia republicana como inadecuada para su formación. "Protección de menores" le llamaban. En las listas ha colaborado el Patronato de la Merced y el Patronato de San Pablo.
El mensaje de los evangelios se fundamenta en la fe en Dios, pero Cristo enseña también una ética. Dignidad igualitaria, justicia y distribución de los recursos, no violencia, emancipación del individuo respecto del grupo, y de la mujer respecto al hombre, libertad de elección, separación de la política y la religión, fraternidad humana. Pero con Constantino la sabiduría de Cristo es eclipsada en gran parte por el poder eclesiástico. Renace mil años después, con el Renacimiento, y la Ilustracion, "la filosofía de Cristo", en expresión de Erasmo, para liberar las sociedades europeas del poder opresivo de la Iglesia y fundar el humanismo moderno. Democracia y Derechos Humanos. La tradición cristiana no es sólo religiosa, sino también ética y filosófica.
En estos momentos en España y en el siglo XXI
hay instigadores e Hipatias
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral