El Ciervo

El Salvador, treinta años después de monseñor Romero

09.04.10 | 10:45. Archivado en Iglesia
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Pere Escorsa
La primera impresión de una ciudad depende del lugar en que te hospedas. Si tienes la suerte de llegar a San Salvador y alojarte en un hotel de cinco estrellas, en plena zona rosa, la sensación es muy agradable. En los alrededores casas bajas, unifamiliares y mucha vegetación, aunque sobresalen algunos edificios altos, como el Hilton o la nueva Torre Futura, que no tiene nada que envidiar a la Torre Agbar de Barcelona. Abundan los modernos centros comerciales, con tiendas y restaurantes de todo tipo. No se ven huellas del terremoto que destruyó la ciudad en 1986.
El Salvador es un país muy pequeño, con sólo 21.000 kilómetros cuadrados –Cataluña tiene 32.000– dónde viven 5,7 millones de habitantes, de los que unos dos millones se concentran en la capital, San Salvador. Otros 3,1 millones han emigrado a Estados Unidos, principalmente a California, desde donde envían remesas por valor del 17,1 por ciento del PIB del país. A su lado las vecinas Guatemala y Honduras parecen gigantes.
Este país diminuto ha tenido una historia muy turbulenta, caracterizada por una enorme desigualdad social. Unas pocas familias han monopolizado tradicionalmente la riqueza del país, con la ayuda de los militares, reprimiendo duramente, con asesinatos y torturas, cualquier reivindicación de las clases populares. A finales de los 70 la violencia se incrementó hasta desembocar en una guerra civil entre el ejército y las guerrillas izquierdistas, agrupadas en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que duró 12 años, hasta la paz de 1992. La guerra fue denominada “de baja intensidad”, pero 75.000 personas perdieron la vida. La población civil sufrió lo indecible; algunos barrios de la capital eran controlados de día por el ejército y de noche por la guerrilla. “Los reconocíamos por el calzado; los soldados calzaban botas y la guerrilla zapatos deportivos”, me cuentan mis compañeros. En este clima, Ignacio Ellacuría y sus compañeros fueron asesinados en1989 por un pelotón de las fuerzas armadas.
El domingo vamos al centro histórico de San Salvador. Las calles están ocupadas por cientos de vendedores ambulantes, que ofrecen toda clase de artículos: plátanos, cinturones, música, camisetas del Barça y del Madrid. El público es muy humilde, nada que ver con la gente de los barrios ricos, que no suele frecuentar el centro. La catedral preside el barrio. En su sótano, abierto al público, se encuentra la tumba del arzobispo Oscar Romero, luchador incansable contra la injusticia que fue asesinado el 24 de marzo de 1980, hace 30 años, y que no pudo evitar la guerra civil. El pueblo le venera. Le llaman San Romero de América, aunque la Iglesia no le ha canonizado todavía. Gentes sencillas rezan y depositan a sus pies algunas ofrendas mientras algunos turistas gringos toman fotos. En la catedral, la misa está abarrotada de fieles.
A la salida, en un pequeño quiosco, compro unos cd con sus homilías y un libro con sus pensamientos. Leo algunos párrafos: “Esta es la Iglesia que yo quiero. Una Iglesia que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra. Una Iglesia cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con mayor libertad desde su perspectiva del Evangelio, desde su pobreza. Queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Por eso, cuando la Iglesia es perseguida es señal de que está cumpliendo con su misión. No puede estar bien con los poderes de las tinieblas y del pecado. Del pecado de aquéllos que lo acumulan todo y no tienen para los demás”. Me siento cuestionado e interpelado. Mis amigos salvadoreños me dicen que la excelente película Romero, dirigida por John Duigan e interpretada por Raúl Julia, reflejó fielmente la vida del arzobispo.
Tras la guerra civil, el partido de la derecha, ARENA (Alianza Republicana Nacional), ha continuado gobernando con un duro modelo neoliberal. El Salvador renunció a su moneda, el colón, y adoptó el dólar. El país ha progresado. Cuenta con 15 activas zonas de libre comercio, dedicadas preferentemente a la maquila textil. La aerolínea TACA es una de las mejores de América Latina. Pero la desigualdad persiste; según los datos de que dispongo el 5 por ciento de la población más rica se apropia del 45 por ciento de las ganancias del país. Un trabajador no cualificado gana unos 200 dólares al mes. Si no le llegan ayudas de sus parientes en Estados Unidos vivirá en la pobreza. La violencia continúa. En las zonas más marginales proliferan las maras.
Hace justamente un año, Mauricio Funes, ex FMLN, asumió la presidencia. No me ha sido posible evaluar los primeros resultados de su gobierno.

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por pe3,14to 21.09.10 | 20:04

    Hace 30 años del asesinato de Monseñor Romero y aún espera que la Iglesia del poder vaticano lo tenga presente para su canonización, como a Juan XXIII y a Teresa de Calcuta, lucharon en bandos equivocados: los de la libertad y el de los pobres.
    ¿Qué aportaban al poder romano, amor a la Iglesia y a los desvalidos?, ¡eso no suma!, en cambio le falto tiempo a Karol Wojtyla para canonizar a Escrivá de Balaguer, está claro: poderoso caballero es don dinero. Esta Iglesia ha perdido el rumbo del evangelio por el poder puro y duro.

  • Comentario por jalon 09.04.10 | 17:33

    Por eso, cuando la Iglesia es perseguida es señal de que está cumpliendo con su misión. No puede estar bien con los poderes de las tinieblas y del pecado. Del pecado de aquéllos que lo acumulan todo y no tienen para los demás”.

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