Javier Melloni
Fue uno de los intelectuales ingleses más relevantes del siglo xx que vivió de 1898 a 1963. Hombre de una amplia cultura literaria, filosófica y teológica, se movió en el mundo intelectual de Oxford y Cambridge, donde fue profesor de literatura inglesa medieval y renacentista. Fue miembro del mismo grupo de escritores que J.R.R. Tolkien. En nuestro país fue conocido por las Cartas del Diablo donde, con un tono humorístico, describía las tretas del mal en las que caemos. Recientemente ha sido redescubierto porque sus narraciones alegóricas, situadas en el mítico reino de Narnia, han pasado a la pantalla. Se consideraba a sí mismo apologista, en el sentido de querer hacer “regresar la razón” (apo-logos) a su origen, que es Dios. De una imaginación desbordante, consideraba que las imágenes tienen más fuerza que los conceptos; por ello fue más narrativo que especulativo. El sentido corporal y tangible de las cosas tenía para él profundidad teológica así como consideraba que “los placeres son rayos de la gloria de Dios que alcanzan a nuestra sensibilidad”. Soltero empedernido hasta avanzada edad, se casó finalmente con una mujer, Helen, con la que compartieron años muy felices, hasta que ella falleció tempranamente. Este drama fue llevado a la pantalla por Richard Attenborough en Tierras de Penumbra (1993) a partir del relato que Lewis dejó escrito en Una pena en observación (1961). Los fragmentos aquí elegidos están tomados de ese texto, donde explica la experiencia que tuvo de su mujer después de muerta.
Dije en uno de mis cuadernos anteriores que si llegase a una garantía de la presencia de Helen, no le daría crédito... Pero lo que hace que la experiencia de anoche merezca ser registrada es su calidad, no por lo que prueba, sino por lo que fue en sí misma. Estuvo, en realidad, sorprendentemente exenta de emoción. No fue más que la impresión de que su intelecto se enfrentaba momentáneamente con el mío. El intelecto, no el alma, tal y como solemos concebir el alma. En el fondo, todo lo contrario de lo que nos mueve el alma, de lo “conmovedor”. Algo que no tiene nada que ver con la re-unión arrebatada de los amantes. Mucho más parecido a lo que sería recibir una llamada por teléfono o un telegrama de ella para resolver una cuestión práctica. No porque encerrase ningún mensaje, sino porque simplemente había inteligencia y atención. No entrañaba sensación de alegría o de tristeza. Ni siquiera amor, tal como se entiende comúnmente. Ni des-amor tampoco. Nunca, bajo ningún estado de ánimo, pude imaginarme que los muertos fueran tan al grano. No obstante, se produjo una suprema y jubilosa intimidad. Una intimidad que no se había abierto camino ni a través de los sentidos ni a través de las emociones.
Si esto fue un vómito del inconsciente, quiere decir que mi inconsciente debe ser muchísimo más interesante de lo que me habían hecho suponer los psicólogos de lo profundo. Para empezar, parece ser mucho menos elemental que mi consciente.
Viniese de donde viniese, ha operado en mi mente una limpieza a fondo. Los muertos puede que sean eso: puro intelecto. Un filósofo griego no se habría extrañado de una experiencia del tipo de la mía. Habría dado por supuesto que si algo de nosotros queda después de la muerte, sería precisamente eso. Hasta ahora una cosa así me había parecido una idea de lo más árida y escalofriante. La ausencia de emoción me resultaba repelente. Pero en este encuentro (ya sea aparente o real) no hubo nada de este tipo. No hacía falta la emoción. La intimidad era completa sin necesidad de ella, incluso intensamente tonificante y reestablecedora. Me pregunto si el amor no consistirá en este tipo de intimidad. El amor en vida va siempre acompañado de emoción, pero no porque sea una emoción en sí mismo ni porque necesite ir acompañado de ella, sino porque nuestras almas animales, nuestro sistema nervioso y nuestra imaginación se ven precisados a responder al amor de esa manera.
Si esto es así, ¡cuántos prejuicios tengo que borrar! Una sociedad, una comunión, basada en la pura inteligencia no tendría porqué ser fría, desolada e inhóspita. Claro que tampoco resultaría ser eso a lo que la gente se refiere cuando usa palabras como espiritual, místico o sagrado. Si yo pudiera tener un atisbo de ellos sería como...; bueno, casi me da miedo echar mano de los adjetivos que puedo utilizar: ¿Enérgico? ¿Entusiasta? ¿Atinado? ¿Alerta? ¿Intenso? ¿Despierto? No sé, por encima de todo, sólido. Totalmente de fiar. Firme. Los muertos no se andan con tonterías.
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Amigo Masiá, lamento que te obligaran a dejar este blog. Pero nos hemos beneficiado de tu palabra y de un auténtico evangelio.
Dice la Cigú: Se ha envainado su chulería. Dice Perezbús : la doctrina católica es la imposición durante la dictadura. De Inmacú, tu tercera acusadora, no sé nada.
Orgulloso de tu amistad, juan masiá.
Sale perdiendo RD. Sugiero la publicacion de escritos de un amigo del papa, Raimon Panikkar, sobre conversión al hinduísmo y budismo sin dejar de ser católico
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
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Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
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