El Ciervo

Gratitud para el buen librero

23.04.10 | 10:21. Archivado en Sobre los autores

Joaquim Gomis

Miguel Lirio Soriano, gerente de la editorial Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, me explica que el personaje básico para una eficaz difusión del libro es un buen librero. Y que, por tanto, tarea necesaria para una editorial en búsqueda de lectores es cuidar la relación con los libreros. Me lo decía antes de viajar a Andalucía, pocos días después de regresar de Méjico y Guatemala. De lo que me decía Miguel me fío no sólo porque es un excelente amigo –aún joven él, ya viejo yo– sino porque lo confirman los resultados en las ventas de las publicaciones del Centre de Pastoral Litúrgica (el CPL para los amigos).

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Perdón por los asesinos de Hipatia

14.04.10 | 10:49. Archivado en Iglesia

Carlos Eymar
Con el broche del Goya al mejor guión original, además de otros menores, la película Ágora, de Amenábar, cerró su periplo por las pantallas españolas. Tras ella quedó, sobre todo, el rastro de la singular figura de Hipatia, astróloga y filósofa neoplatónica de la Alejandría de finales del siglo iv. Su valía y su fama como maestra quedaron potenciadas por su trágico final a manos de una turba de cristianos enfurecidos.
Insiste Amenábar en que su película no va contra los cristianos, sino contra quienes usan la fuerza para defender sus ideas. Nadie lo diría al ver su película. En ella, los cristianos son representados de una forma tan poco sutil como lo fue la figura del cura en Mar adentro. Aparecen caracterizados con el aspecto malencarado de islamistas radicales de la banlieue parisina: tez morena, barba cerrada y una capucha de sayal negro que, como todo el mundo sabe, es la indumentaria más apropiada para combatir el calor húmedo de Alejandría. El color negro de las masas cristianas era necesario para que la cámara los presentara desde lo alto como una plaga de amenazadores insectos. Frente a ellos los paganos son dibujados como una élite de gente culta, amante de los libros y la ciencia, y ataviados con túnicas blancas.

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El Salvador, treinta años después de monseñor Romero

09.04.10 | 10:45. Archivado en Iglesia

Pere Escorsa
La primera impresión de una ciudad depende del lugar en que te hospedas. Si tienes la suerte de llegar a San Salvador y alojarte en un hotel de cinco estrellas, en plena zona rosa, la sensación es muy agradable. En los alrededores casas bajas, unifamiliares y mucha vegetación, aunque sobresalen algunos edificios altos, como el Hilton o la nueva Torre Futura, que no tiene nada que envidiar a la Torre Agbar de Barcelona. Abundan los modernos centros comerciales, con tiendas y restaurantes de todo tipo. No se ven huellas del terremoto que destruyó la ciudad en 1986.

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El rincón de la mística: Clive Staples Lewis

06.04.10 | 10:30. Archivado en Espiritualidad

Javier Melloni

Fue uno de los intelectuales ingleses más relevantes del siglo xx que vivió de 1898 a 1963. Hombre de una amplia cultura literaria, filosófica y teológica, se movió en el mundo intelectual de Oxford y Cambridge, donde fue profesor de literatura inglesa medieval y renacentista. Fue miembro del mismo grupo de escritores que J.R.R. Tolkien. En nuestro país fue conocido por las Cartas del Diablo donde, con un tono humorístico, describía las tretas del mal en las que caemos. Recientemente ha sido redescubierto porque sus narraciones alegóricas, situadas en el mítico reino de Narnia, han pasado a la pantalla. Se consideraba a sí mismo apologista, en el sentido de querer hacer “regresar la razón” (apo-logos) a su origen, que es Dios. De una imaginación desbordante, consideraba que las imágenes tienen más fuerza que los conceptos; por ello fue más narrativo que especulativo. El sentido corporal y tangible de las cosas tenía para él profundidad teológica así como consideraba que “los placeres son rayos de la gloria de Dios que alcanzan a nuestra sensibilidad”. Soltero empedernido hasta avanzada edad, se casó finalmente con una mujer, Helen, con la que compartieron años muy felices, hasta que ella falleció tempranamente. Este drama fue llevado a la pantalla por Richard Attenborough en Tierras de Penumbra (1993) a partir del relato que Lewis dejó escrito en Una pena en observación (1961). Los fragmentos aquí elegidos están tomados de ese texto, donde explica la experiencia que tuvo de su mujer después de muerta.

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La pederastia en la Iglesia

01.04.10 | 10:16. Archivado en Iglesia

El final del celibato
Leticia Campa
El Vaticano pondrá en marcha una serie de medidas en un desesperado intento de reparar lo irreparable. Entre estas, se prevé prestar atención psicológica, personal y pastoral a las víctimas que han sufrido los abusos por parte de sacerdotes. Me pregunto si esas víctimas y sus familias estarán dispuestas a confiar en la ayuda que les viene de parte de la misma institución que tanto daño les ha causado. ¿Como podrán niños y adolescentes que han sido sometidos a tales abusos y humillaciones, confiar nunca más en personas que se amparan en la impunidad moral que les confiere su estado de gente de la Iglesia?
Hay quien cree que la norma irrefutable del celibato que acatan voluntariamente los hombres que deseen ordenarse sacerdotes de la Iglesia católica es una causa evidente de los desequilibrios psicológicos que puedan llegar a empujar algunos a cometer abusos a menores.
Sinceramente, creo que estaría muy bien que la Iglesia finalmente reconsiderara la ley del celibato así como tantas otras cosas para ponerse al paso con los tiempos. Sin embargo, me parece que individuos que han sido capaces de la imperdonable vileza de abusar de niños que les habían sido confiados para su formación espiritual, no merecen siquiera ser considerados aptos para una sana vida de pareja y el cuidado de unos hijos. ¿De cuántos otros abusos serían capaces dentro de su ámbito familiar? ¿De cuántas traiciones y engaños aprovechándose de la confianza de seres más débiles?

La incultura del silencio
Joaquim Gomis
Monseñor Charles Scicluna es nada menos que el promotor de justicia de la Congregación romana para la doctrina de la fe (antes conocida como Santo Oficio). Y en ella es el juez encargado de los denominados delicta graviora, es decir, lo que allí consideran delitos más graves que afectan a los miembros de la Iglesia. Entre ellos, claro está, los actos de pederastia de miembros del clero. Me ha gustado que en unas declaraciones recientes able claramente de la cuestión, ofrezca cifras concretas de los casos (aunque, es comprensible, desde una perspectiva de defensa de lo que él llama “la institución”, significativa denominación de lo que la mayoría llamamos “la Iglesia”). Pero sobre todo me ha gustado que reconozca el peso determinante que en toda esta cuestión, desde hace años por no decir siglos, ha tenido lo que define como “cultura del silencio”. Que ha llevado –dice– a muchos altos responsables eclesiásticos a intentar resolver en privado, ocultándolos del público y buscando soluciones discretas, los casos de pederastia o los más frecuentes de lo que él denomina “efebofilia”(relación con adolescentes).
Acierta monseñor Scicluna al señalar el origen de esta cultura del silencio: “Un mal entendido sentido de defensa del buen nombre de la institución”. Como en una familia, se ha intentado ocultar los delicta graviora para que los demás no pensaran mal. Defender el buen nombre ha pasado por encima de la defensa de la justicia y, sobre todo, de los más débiles. El resultado, ahora, ha sido todo lo contrario. Se ha demostrado que, en esta cuestión como en todas, la cultura del silencio es en realidad una trágica incultura.

Un buen piscoanálisis
Carlos Eymar
Cuando les veo en sus cochecitos o correteando por los parques, creo comprender la maldición lanzada por Jesús contra quienes escandalizasen a un niño. Me represento la imagen de la inmensa rueda de molino hundiéndose en el mar mientras los pies del pedófilo aletean inútilmente hacia arriba, tratando de liberarse de la asfixia. Y eso –¡más le valiera!, se dice– es lo mejor que le puede suceder. En cualquier caso su destino es un abismo de angustia y tormento infinitos. El pederasta, y más aún el que cree en el pecado y se ha revestido de una sotana o un hábito, ha de sentirse, en algún momento de su vida, próximo a la desesperación de Judas. Posiblemente también él haya sido objeto de abusos en su infancia y haya luchado denodadamente por mantenerse fiel a sus votos.
Pero tras su fracaso, tras su ceguera ante el rostro de su víctima, no queda otro remedio: merece la cárcel como un fondo del mar liberador. La Iglesia, semper purificanda, debe también afrontar su culpa por haberle elegido, sin excusarse con análisis estadísticos o con evidentes encarnizamientos mediáticos que tienden a hacer de la sotana el símbolo de la pederastia. Ha de sacar a la luz lo que estaba escondido y colaborar para atar la soga al cuello del pederasta. Solo después, como Cristo, podrá descender a los infiernos de la prisión para ofrecer compasión y los servicios de un buen psicoanálisis.


No puede haber tolerancia

Josep M. Margenat
La Iglesia no es distinta de otros colectivos. No lo es ni puede serlo. Si hay enfermos y criminales en otros grupos, lo previsible es que se den en la Iglesia. ¿O no? A todos nos gustaría que fuera en menor medida. En este momento hay una tempestad en la Iglesia romana por los casos de pedofilia (niños) y pederastia (adolescentes, no sólo, aunque muy frecuentemente, relacionada con la homosexualidad masculina) que afectan a sacerdotes. El asunto es muy grave. En la Iglesia hemos de reconocer la verdad, ayudar a las víctimas, reforzar la prevención y colaborar con las autoridades. Un 0’75 por ciento de los sacerdotes católicos de todo el mundo han sido acusados en el último decenio en instancias eclesiásticas (entre 220 y 250 por año, ¡demasiados!, es cierto). No todos los acusados son culpables. Al principio el mayor número surgió en Estados Unidos, en los años 2003-2004. La Iglesia romana había tomado una posición muy firme contra la guerra. No sabemos quién mueve las fichas del dominó: Irlanda, Alemania, Austria, Suiza, Italia, ¿después España? Ahora el Papa quiere y exige claridad. Acusar a Ratzinger, anterior prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hasta 2005, es pura calumnia. Desde el motu proprio Sacramentorum sanctitatis tutela (2001) la posición ha sido firmísima y clara. No obstante aún hay países e Iglesias con una cultura de silencio muy extendida. No puede haber tolerancia ante un crimen así, que la Iglesia considera tan grave en un sacerdote como la profanación de la eucaristía o la violación del secreto de confesión. Este crimen afecta a dos valores profundos: la inocencia y santidad de los niños, la dignidad y honestidad de los sacerdotes. No podemos permitirnos medias palabras. Hay que hablar claro, sin componendas, ser enérgicos en la justicia y seguir una línea recta: verdad, justicia y misericordia.

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Lunes, 28 de mayo

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