El Ciervo

Del éxito del catolicismo social al fracaso de los católicos liberales

22.03.10 | 14:23. Archivado en Iglesia
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Josep Maria Margenat

Éste es uno de aquellos artículos que sólo debieran leer quienes no estén de acuerdo con el título. En nuestro país el catolicismo ha estado impregnado de conservadurismo no sólo político, sino también social, cultural, en fin, mental. Nuestro catolicismo ha sido conservador a fuer de antiliberal. Ocurre, sin embargo, algo que distorsiona un tanto la imagen y, por supuesto, la autopercepción que muchos católicos tienen de su papel social. Es frecuente que muchos subrayen el fuerte compromiso social de la Iglesia a favor de los más pobres en la primera mitad del siglo xx (aunque ese catolicismo social fue débil, desigual y frecuentemente paternalista); hoy puede reconocerse el compromiso social católico con esos mismos colectivos, a los que habría que añadir las nuevas formas de pobreza urbana y juvenil, además del ingente esfuerzo de la Iglesia por los pueblos del tercer mundo.
El catolicismo que otras veces he llamado “popularista” ha sido relevante en nuestro país, aunque no tanto como en otros países del centro de Europa o en Italia donde tuvo una mayor extensión y arraigo. No es de extrañar pues que esos países fueran más católicos que nosotros, a pesar de la retórica, y habían de producir y sostener frutos de más valor. En España también tuvimos cooperativas católicas, auténticos sindicatos de obreros de inspiración cristiana o confesionales, mutuas de crédito y otras entidades de ahorro popular de inspiración cristiana y, tantas veces, fundación eclesiástica.
Hoy nuestras “joyas” indiscutibles como Iglesia son las Cáritas diocesanas y Manos Unidas, cuyo cincuentenario celebramos el año pasado, poco tiempo después del traspaso de quien fue su primera presidenta Mary Salas Larrazábal. Todas esas obras e instituciones, así como la labor social vinculada a las congregaciones religiosas, surgieron en el humus del arraigado catolicismo social, por otra parte tan hondamente antiliberal.
Todo esto no lo suelen aceptar, incluso muchas veces lo ignoran, los católicos progresistas que piensan que el compromiso social cristiano es patrimonio de la izquierda. ¡Qué equivocados están! Quizá la izquierda haya tenido un discurso público más elaborado y tenga más conciencia de la importancia del compromiso social, pero me parece que muchas veces queda en buenas e ingenuas intenciones o en retórica. La guerra incivil y la segunda dictadura distorsionaron esa imagen, pues después se amalgamó en la conciencia colectiva el compromiso social con la lucha por las libertades: al fin y al cabo todo entrañaba un enfrentamiento contra una dictadura sedicentemente católica.
Hoy las cosas se han serenado y nos podemos dar cuenta de que nuestra sociedad liberal y nuestros gobiernos liberales no tienen ningún problema con el valorado catolicismo social. Quizá este triunfo se deba a la presión ejercida por la dictadura ante la que el catolicismo necesitaba legitimarse como socialmente relevante y a que la democracia aceptó complaciente un papel activo del catolicismo social, y lo sigue valorando, porque así podía sobrellevar mejor la construcción de un débil Estado de bienestar.
El catolicismo español, que es poco liberal, tiene conflictos con el Estado y con el Partido Socialista por su agenda liberal. Son conflictos “liberales”, similares a los que tiene con toda la sociedad. El catolicismo “social” no tiene conflicto, quizá pueda tenerlo un día con la derecha conservadora por cuestiones como las migraciones o la guerra, como en 2003-2004. El catolicismo auténticamente liberal apenas existió en España antes de 1936. Más tarde, sobre todo desde mediados de los años 50, hubo generaciones de jóvenes, como los que fundaron El Ciervo, que tomaron partido por la democracia. Como he escrito, los muchos católicos sociales, junto a estos católicos que se hicieron auténticos demócratas, nos hicieron pensar por un tiempo que el catolicismo español había resuelto su relación con el liberalismo. Pero católicos liberales no hubo antes de 1936, y desde 1950 para acá ha habido y continúa habiendo pocos.
Lo que sucede es otra cosa: gran parte de los católicos aceptan muchas cosas del liberalismo económico y de nuestros gobiernos liberales, pero tienen una evidente dificultad a la hora de relacionarse con talante liberal con los representantes sociales y políticos de una sociedad indudablemente modernizada y claramente plural. A los católicos españoles, en su mayoría, se les ha “atragantado” la relación con la sociedad abierta, incluso a los auténticamente demócratas. Ciertamente el catolicismo social –que le viene muy bien al Estado liberal– ha triunfado, y éste un éxito de todos. Aunque nuestro catolicismo sea todavía poco social, estamos en buen camino. Lo que nunca ha acabado de existir es un núcleo significativo de católicos liberales, pero ambas cosas a la vez y de verdad, integradamente.
Escribo estas líneas el día que se rinde homenaje a Jaume Vicens, como uno de los más importantes historiadores españoles del siglo xx. Él fue uno de esos escasos católicos liberales, como lo fue su condiscípulo en la Universidad de Barcelona, el padre Batllori, a quien se lo oí explicar.


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