Julián Ruiz Díaz
En su novela ‘Caín’, José Saramago hace un retrato de Dios a través de pasajes de la Biblia. La imagen que surge, según el profesor Ruiz Díaz, es un ‘esperpento de mala condición’. Si Dios fuera sólo eso, el ateísmo sería lo más razonable. Pero ese Dios caprichoso e irracional, para Ruiz Díaz, ‘no puede existir’ y su uso en textos de tanto calado como éste debe ser puesto en cuarentena: nadie puede creer en un Dios así. Hay que agradacerle a Saramago que denuncie esa imagen, pero no que la identifique con el Dios cristiano.
Más allá del texto literal de la novela Caín, de José Saramago, (Alfaguara, 2009), mi atención se dirige al contenido religioso que se desprende de los pasajes bíblicos elegidos por Saramago para urdir la pintoresca e inverosímil historia en la que Caín y Dios son los protagonistas principales. Si bien la libertad imaginativa del novelista puede saltarse la verosimilitud y forjar un mundo quimérico, incluso absurdo, con su narración construye una obra animada con la presumible intención de establecer una doctrina cuya militancia religiosa es susceptible de discusión y merecedora de una ponderación ya no literaria sino digamos teológica.
Los pasajes bíblicos espigados por Saramago presentan un Dios omnipotente llevado por la arbitrariedad más irracional, por el despotismo, incluso por la crueldad más obscena. A partir de unos relatos tal y como los presenta la Biblia, Saramago construye una urdimbre literaria que deja ver que un Dios así es repugnante, de modo que nadie en su sano juicio podría pretender una relación amable con un Señor tan antojadizo y tan odioso. La religión resultante, por tanto, no puede ser sino siniestra y racionalmente repudiable.
Reside aquí la clave que explica cómo y por qué la historia humana registra una serie lamentable de absurdos religiosos y de ridiculeces despreciables que han afectado a la idea de la esencia de Dios, al tiempo que, igualmente, han llevado al planteamiento de su existencia. Se explica así que Saramago, y no sólo él, haga la siguiente reflexión puesta en boca de Caín: “La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros le entendemos a el”. No es para menos.
Si para Saramago Dios no es sino este esperpento de tan mala condición, de tan inhumana ralea, lo humanamente sensato es elevar la repugnancia y el rechazo viscerales a la negación más absoluta, al ateísmo más drástico. Y si semejante Dios es impensable, se hace lógica la teología de ningún Dios. No hay, pues, Dios que valga; y terminemos de una vez con la vileza de la religión, con el espantapájaros de la divinidad y aceptemos que irremisiblemente estamos solos en este mísero y enigmático mundo. Salvo que encontremos otra teología radicalmente distinta.
Aunque sin especial inconveniente hago mío el rechazo que se merece el Dios extravagante, envidioso y cruel del que Saramago se mofa con una ironía sobradamente justificada, no llego a ver que pueda justificarse un alegato a favor del desdén y de la broma, en realidad, en pro del ateísmo puro y duro. Más bien creo que el escritor portugués simplifica en exceso, y no sería precisamente un dechado de honestidad ni de profundidad espiritual si, a partir de unos escritos bíblicos marcadamente mitológicos, ventila el problema de Dios recurriendo a la caricatura y se queda en la burla fácil, impropia, desde luego, de su reconocida inteligencia.
No faltan teólogos para quienes hablar de Dios es, a fin de cuentas, hablar más bien desde la ignorancia y tratar de definirlo es una osadía fallida de antemano, además de rayar en la insolencia. Ello quiere decir que lo correcto sería que cesaran las pretensiones teológicas de unos y de otros; que lo suyo sería callarse, o bien, a lo sumo, no pasar de hacer preguntas. En cualquier caso, las aproximaciones posibles fatalmente están condenadas a quedarse muy lejos de acertar con la mismidad de Dios.
A este propósito no es, desde luego, una impertinencia recordar el consejo con el que Wittgenstein termina su famoso Tractatus: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse”. Por otra parte, cuantas preguntas sean formuladas fundamentalmente tendrán que ver con el destino del hombre, con el sentido de su vida, sabiendo que, desde la discreción y la humildad, se trata de dar forma al presentimiento y al deseo de encontrar alguna razonabilidad al hecho de una existencia tan singular como la humana, siempre y cuando no se zanje la cuestión hablando del hombre como un fenómeno biológico más del mundo sin otras diferencias que las que corresponden al viviente último del proceso evolutivo general.
Así pues, ¿qué decir del Dios que Saramago presenta acudiendo a la Biblia de la que se seleccionan intencionadamente una serie de pasajes en los que lo divino se comporta con despotismo e impiedad? Por lo pronto, señalamos dos conclusiones más que razonables: primera, tal Dios, caprichoso, irracional, violento, no puede existir, y, segunda, hay que denunciar como equivocados y psicológicamente peligrosos a quienes creen todavía en un Dios que se comporta de tan inhumanas maneras.
Saramago hace bien en resaltar la insoportable forma de ser de ese Dios, tan absolutamente absurdo. Yo mismo me uno a su legítimo intento de defenestración. En tanto que novelista, Saramago tiene todo el derecho del mundo, que nadie le puede discutir, para inventarse la historia que le venga en gana y poner en boca de los personajes inventados tales o cuales ideas. Ahora bien, sí se le puede impugnar la sostenibilidad del mensaje que trata de presentar con la historia elegida y con las palabras que dicen los protagonistas del relato. Es cierto que hay textos bíblicos en los que literalmente Dios se muestra absurdo y repulsivo, pero no lo es menos que, además de conocer el verdadero sentido de revelación, recurrir a determinados pasajes de la Biblia obliga a contextualizarlos según sea el género literario en que están escritos. Extraer un sentido directo de la estricta literalidad originaria es suponer o bien una ignorancia imperdonable o bien la intención de llevar a cabo una determinada propaganda ideológica. Creo que este segundo supuesto es el propio de la novela.
A Saramago se le puede admitir la visceral antipatía personal hacia el Dios que él pinta; incluso reconocer que cierto Dios bíblico ha sido posteriormente institucionalizado en la tradición de la llamada cristiandad. Por mi parte, no tengo ningún reparo en agradecer la denuncia que formula para que un Dios tan impresentable sea objeto de ludibrio y desear que salga de unos libros que quieren seguir llamándose santos. Estaríamos apuntando a la gigantesca revolución escriturística que emprendiera la eliminación de aquellos textos en los que Dios aparece con rasgos tan duros como impropios. Es el saneamiento de la religión futura el que está pidiendo que o bien no haya textos autorizados en los que Dios tiene comportamientos que sólo mantienen individuos perturbados y por tanto peligrosos; o bien que el uso de la Biblia vaya necesariamente acompañado de la correspondiente exégesis gracias a la cual los usuarios dejan ver que saben lo que están haciendo. De estos dos requisitos, de suyo desiguales, es más urgente y factible el segundo, no sólo dentro de la propia Iglesia sino también para aquellos que, como Saramago, hacen su personal batida contra la religión valiéndose de unos textos cuya lectura está sesgada o por la ignorancia o por una ideología antirreligiosa.
Sentar cátedra y decir que la Biblia es un elenco de disparates es caer en generalidades, además de poco finas, injustas. Dicho lo cual, no nos duelen prendas en reconocer que, aunque sea mediante diatribas e ironías, es oportuno y saludable emprenderla contra todas las falsedades que se han ido adhiriendo al núcleo religioso fundamental, que desfiguran su identidad y entorpecen su razón de ser en orden a promover la libertad, la bondad y la esperanza en un mundo en el que estos valores tanto escasean.
Como se sabe, hay creyentes para los que el nombre Dios evoca el misterio inasible e insondable, la eternidad y la infinitud que apenas es posible intuir y en las que nuestra pequeñez irredenta se sumerge y se pierde; asimismo, Dios viene a significar que hay algún fundamento para la frágil al tiempo que profunda esperanza, la petite soeur a la que canta Charles Péguy; hay, en fin, genuinos místicos para los que Dios es como un rumor inefable que llega de una ignota lejanía a la que paso a paso todos nos aproximamos. Pues bien, Saramago y muchos otros con él, pueden perfectamente replicar que sí, que toda esa imprecisa, humilde y bondadosa belleza que alumbra el fondo del alma creyente es una bendición que la vida proporciona y la propia razón puede columbrar sin que sea preciso pasar expresamente por Dios. Sin recurrir a teología alguna, desde la profundidad del corazón es posible reconocer que un misterio inmenso nos envuelve, que alguna transcendencia nos empuja desde dentro de nosotros mismos sin tener por eso que pensar expresamente en Dios.
La verdad es que los unos y los otros tienen razón: los creyentes, porque no se puede dudar de su sinceridad, y también los no creyentes, pues, efectivamente, no es preciso pensar en nada teologal cuando basta la antropología para explicar lo que podríamos llamar el presentimiento y la nostalgia de lo Otro, en resumidas cuentas, de lo divino, mejor dicho, de la mismísima persona de Dios. Por supuesto, es de todo punto admisible la discrepancia a la hora de explicar nuestras visiones y nuestros presentimientos más íntimos; todo menos menospreciar, censurar, ridiculizar a nadie por parte de nadie. Nos gustaría que, como dice Caín-Saramago, Dios fuera “transparente y límpido”, pero, qué le vamos hacer, es lo que hay.
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Saramago es muy libre de escribir lo que quiera pero creo que un cristiano debería de tener más cuidado con eso tan de moda de el Otro e ideas similares sobre Dios. Un cristiano creo que es tal porque sigue una Revelación que actualmente se considera como incompleta y necesitada de otras tradiciones religiosas que están en contradicción con lo que se dice en el Evangelio, pero eso sí son más cómodas de seguir.
Samarago es insensato e ignorante, como lo fueron Carlos Marx, Lenin, Freud, Carlos III de España etc.......
Si la Biblia es un libro inspirado resulta que es la respuesta humana a la inspiración divina y por consiguiente arrastra todas las deficiencias del pensamiento y propósito humano que aun está muy lejos de su madurez y plenitud.
Esto es lo que habría que tener en cuenta cuando se lee la Biblia o los comentarios que se aducen de su lectura.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral