El Ciervo

Rincón de la mística: Jean-Jacques Rousseau

16.03.10 | 12:32. Archivado en Espiritualidad
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Javier Melloni

Este hombre singular (1712-1778) estuvo distanciado de los convencionalismos de su entorno, tanto de la religiosidad oficial como de la irreligiosidad no menos oficial de los intelectuales de su tiempo. Nostálgico del orden genuino y espontáneo de las cosas del que el ser humano se ha separado construyendo un mundo artificial, abogó por el retorno a las leyes de la naturaleza. Dos de sus más célebres expresiones son: “El hombre nace libre pero por todas partes está encadenado” y “el hombre es bueno por naturaleza”. Lo que es menos conocido es que su producción literaria y sus ideas más fecundas surgieron a partir de una experiencia que ocurrió a sus treinta y siete años, en el verano de 1749. Rousseau había salido de París para visitar a Diderot que estaba preso en el castillo de Vincennes. En su bolsillo llevaba un ejemplar de un periódico, Mercure de France. En un alto de la larga caminata se detuvo a hojear las páginas del periódico y en una de ellas encontró una convocatoria de un concurso literario de la Academia Francesa que tenía por tema: “Si el restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a depurar las costumbres”. De pronto fue inundado por oleajes de lucidez, estado que se prolongó durante varios años. Habló de esta experiencia en diversos escritos.

Si alguna vez algo se ha parecido a una inspiración súbita, fue el movimiento que en mí se produjo ante aquella lectura: de golpe siento mi espíritu deslumbrado por mil luminarias: multitud de ideas vivas se presentaron a la vez con una fuerza y una confusión que me arrojó en un desorden inexpresable (…). ¡Si alguna vez hubiera podido escribir la cuarta parte de lo que vi y sentí bajo aquel árbol, con que claridad habría hecho ver todas las contradicciones del sistema social, con qué fuerza habría expuesto todos los abusos de nuestras instituciones, con qué sencillez habría demostrado que el hombre es naturalmente bueno y que sólo por las instituciones se vuelven malvados los hombres! (Segunda carta a Malesherbes, 12 de enero de 1762).

En el verano de 1749 hizo un calor excesivo. De París a Vincennes hay dos leguas, y yo, que no me hallaba en estado de pagar coches, me iba a pie a las dos de la tarde cuando me hallaba solo, y andaba a prisa con objeto de llegar más pronto. Los árboles del camino siempre podados, al estilo del país, apenas daban sombra, y a menudo, rendido de calor y de fatiga, me dejaba caer en tierra no pudiendo más. Para moderar mi paso, me llevaba siempre algún libro. Un día tomé el Mercurio de Francia, y andando y leyendo encontré este tema propuesto por la Academia de Dijon para el premio del siguiente año: “El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres?”. Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre. Aunque tengo un vivo recuerdo de la impresión que me causó, se me han olvidado los pormenores (…). Lo que recuerdo muy claramente en el caso presente es que, al llegar a Vincennes, me hallaba presa de una agitación que parecía un delirio. Diderot lo notó y le expliqué la causa. Me exhortó a dar libre vuelo a mis ideas y a concurrir al certamen. Así lo hice, y desde ese momento me perdí. Todo el resto de mi vida y de mis desdichas fue el inevitable efecto de este momento de extravío. Mis sentimientos se acomodaron con una rapidez inconcebible al tono de mis ideas. El entusiasmo por la verdad, la libertad y la virtud ahogó todas mis pequeñas pasiones; y lo más sorprendente es que esta efervescencia subsistió en mi corazón durante más de cuatro o cinco años, llegando a tan alto grado como jamás haya existido en otro corazón humano (Confesiones, Libro viii).


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