El Ciervo

Si la iglesia no estuviera en Italia

14.03.10 | 12:18. Archivado en Iglesia
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Roberto Monteforte

Sólo son 44 hectáreas. En la colina a la derecha del Tíber en el corazón de Roma se encuentra el Estado de la Ciudad del Vaticano. Desde 1929 con el concordato y los Pactos lateranenses, revisados en 1984 a la luz del Concilio Vaticano II, se constituyó el estado más pequeño e influyente de la Tierra: la santa sede, el lugar símbolo para centenares de millones de católicos, desde donde el Papa ejecuta su función de guía espiritual para todo el mundo. Allí está la curia romana y sus dicasterios. Lo esencial, se dice, para garantizar autonomía y libertad al pontífice y a la santa sede.
Según la máxima “Iglesia libre en Estado libre”, neta debería ser la distinción entre la esfera de influencia de la Iglesia y las prerrogativas del Estado. Deben tutelarse siempre las posibles “ingerencias” recíprocas, como dique para frenar los integrismos al acecho o para preservar la laicidad del Estado. Pero también para hacer más creíble el mensaje liberador del evangelio, más de acuerdo con las enseñanzas del Concilio Vaticano II. ¿Pero cómo sería Italia sin el Vaticano?
¿Una Iglesia sin los oropeles del poder quizá no sería más auténtica, más libre, más cercana a los destinos, a las dificultades, a las miserias y esperanzas de los hombres, un testigo más creíble del evangelio? ¿No estaría en disposición de hablar mejor al hombre contemporáneo, marcado por la inquietud y la soledad? ¿De hacer sentir el amor y la acogida de Dios y la fraternidad entre todos los hombres?
No es que todo esto no esté ya. Pero la relación con el poder, la razón de Estado “vaticana” ponen en peligro estas otras riquezas. En Italia es aún fuerte el afecto y la devoción hacia el Papa y la credibilidad de la Iglesia. Basta pensar en la multitud de fieles que el domingo por la mañana van a la plaza san Pedro para escuchar el Ángelus o el miércoles para la audiencia general. Pero hay algo más que pesa. Son la “institución” vaticana y algunos efectos del concordato, que en una realidad cada vez más secularizada, multiétnica y multireligiosa, parecen privilegios inaceptables. ¿Algún ejemplo? La financiación por parte del Estado con la entrega del 8 por mil a la Iglesia católica. La enseñanza de la hora de religión católica en las escuelas públicas en manos de personas indicadas por la autoridad eclesial. La financiación del Estado a las escuelas católicas y a las instituciones sanitarias de entes religiosos. ¿Y qué decir cuando la santa sede “maestra de humanidad”, se presenta como custodio exclusivo de valores universales y llama al orden a políticos católicos, y llega a marcar las decisiones concretas que el Parlamento debe seguir? ¿No se mortifica la autonomía y la responsabilidad del laicado católico? ¿No se clericaliza la política al intentar imponer leyes a todos, también para los no católicos, con determinadas visiones del hombre? Es la batalla frontal dirigida por Benedicto XVI contra la “dictadura del relativismo”. Los efectos, en cascada, llegan impetuosos: testamento biológico y el final de la vida; normativa que reconoce los derechos de las parejas de hecho, en particular las homosexuales; fecundación asistida, uso de la píldora Ru 486, con indicación de voto en referéndums y movilizaciones en la calle para el Family day, para citar sólo los hechos más recientes. Y como si no fuera todo esto suficiente, se da aún la embarazosa disputa entre el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, y los dirigentes de la Conferencia Episcopal Italiana sobre quién debe ser el director de esta estrategia política. Son peticiones a menudo bien recibidas por la debilidad de la clase política italiana, incapaz de imponer con energía los valores establecidos por la Constitución, atenta ya a los valores del catolicismo.
Se da un reverso de la moneda peligroso para la Iglesia: ser instrumentalizada, ver los valores de los que hace gala propuestos como bandera ideológica de Occidente, como “religión civil”, para afirmar la superioridad para nada evangélica de la cristiandad sobre otras culturas y tradiciones, y olvidar así la acogida y misericordia hacia los últimos.


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