El Ciervo

Desde Rita Pavone a la curia romana

12.03.10 | 12:11. Archivado en Espiritualidad
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Joaquim Gomis

Fiesole, Pascua de 1963. Juan XXIII ya estaba gravemente enfermo, pero dejaba iniciado el Concilio y acababa de publicar la encíclica más importante del siglo xx, la Pacem in terris. Pero más acá de todo esto, mi recuerdo se sitúa en las escaleras del convento de San Francisco con el impresionante panorama de Florencia delante. Bajo el sol, un cielo suficientemente azul, un agradable aire primaveral. Junto con dos jóvenes curas, terminados los helados, fumaba mi pipa. Pero sobre todo, mi recuerdo es sentirse sumergido en aquel domingo de Pascua en la notable multitud que había subido a Fiesole. Turistas, pero sobre todo gente del país. Como lugar de tranquila fiesta, de resurrección primaveral y pascual. Que miraban con cierta sorpresa y amable sonrisa a aquellos tres curas aún entonces ensotanados sentados en las escalera de San Francisco. Habíamos estado tres días confesando en una parroquia, en los suburbios de Florencia –era costumbre que los curas extranjeros que estudiaban en Roma fueran a confesar durante la Semana Santa por toda Italia– y como premio nos llevaron a pasar el domingo de Pascua a Fiesole.
Lo recuerdo y quiero dejar constancia porque fue realmente para mí un premio (lo escribí poco después en mi primer y único libro que he conseguido vender bien). Allí, sentado en aquellas escaleras, rodeado de gente diversa, gente popular, ensotanado y fumando mi pipa, experimenté hondamente, gozosamente, sentirme pueblo. Han pasado muchos años, las circunstancias han cambiado, pero no me cuesta nada volverme a sentir como en aquellos momentos, honda y gozosamente sumergido entre los que subían y bajaban las escaleras de Fiesole.
En Italia tenía que acaecer esta experiencia no me atrevo a decir que mística pero sí en sus vecindades. Porque plagiando al director adjunto de nuestra revista, pienso que Italia es –fue– “mi segunda patria”. Lo curioso es que lo fue antes de conocerla. Y de un modo nada sabio sino popular. Sin que sepa dar razón del porqué. Pero en aquellos años ya lejanos de la juventud, mi cantante preferida fue Rita Pavone, con escándalo de parte de la feligresía del pueblo donde medio ejercía de coadjutor porque parece que escuchaba sus discos a un volumen excesivo. Y luego le sucedió Adriano Celentano (llegué a saber de memoria su canto a la amistad Ringo). Mi artista favorita era Claudia Cardinale y aún tengo en mi mínimo despacho una foto suya con la que me obsequió mi mujer. Evidentemente mis directores preferidos eran Fellini y Pasolini, pero también Sergio Leone (con la música de Ennio Morricone). Son ejemplos de esta atracción de sintonía popular, cordial. Inexplicable.
Sin embargo, cuando estuve en Roma nueve meses, en teoría para preparar mi tesis doctoral, en realidad viviendo los inicios del Concilio, apenas pude experimentar esta comunión popular. Ya hablé de ello en este Diario el pasado abril. Quizá porque vivía en la residencia destinada al clero checo pero que entonces acogía a jóvenes curas estudiantes de todos los continentes, sin especial relación con la realidad cotidiana romana (mi relación con la realidad romana, casi se reducía a un pícaro intercambio de juego con unas chicas que vivían al otro lado de la calle y que debían divertirse con un ingenuo y casto provocar a los jóvenes curas a larga distancia).
Lo que me interesaba, que era el inicio del Concilio, parecía suceder fuera de Italia. En más de una ocasión, escuchando a miembros del alto clero romano, me pareció que para ellos el Concilio era algo ajeno. Incluso algo ofensivo, como si fuera una nueva invasión de los bárbaros en sus dominios. Con todo, quisiera precisar: he dicho “alto clero romano” y debería corregirme. De la familia Montobbio aprendí aquello de “romano di Roma”. Me parece que en los nueve meses que estuve en Roma, no conocí a ningún “romano de Roma” y menos entre el clero. “No hay clero romano”, me dijeron.
Entre los clérigos de otras regiones italianas inmigrados a Roma, me pareció percibir dos clases muy diversas: unos, los sencillos, son los que cuidan de las parroquias romanas; otros, los llamados a más altos destinos, son los que ocupan la gestión de la curia. Pienso que muchos con escasos resultados en su tarea pero con enorme éxito en la ocupación: han logrado el dominio en la gestión del poder central de la Iglesia, con una admirable capacidad de absorber –de minimizar– a los extranjeros. Pablo VI quiso internacionalizar la curia, luego han venido dos papas extranjeros. El resultado es que nada ha cambiado: ellos, los romanos que no son de Roma, siguen dominando e identificándose con la Roma católica eterna. Algo que preocupa en el resto del mundo católico, pero que tiene sin cuidado a la mayoría de italianos. Bastante padecieron en siglos pasados por causa de la Iglesia romana para que ahora les interesen sus batallitas.
Termino. Mi devoción por Italia es indudable. Pero no puedo ocultar lo que me sucedió en Sicilia. Visitábamos con unos amigos un museo dedicado a los pupi, las marionetas que desde siglos atrás rememoran en la Opera dei pupi, la convulsa historia siciliana. Un pupo, el más feo, encarna a los españoles, o a los sarracenos, moros de España, que invadieron como otros Sicilia (en concreto, Marsilio de Zaragoza). Uno del grupo preguntó a la guía: “¿Quién de nosotros se parece a ese cattivo (malo)?” Y la guía, sin dudar, me señaló. No se lo perdonaré nunca.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por jalon 12.03.10 | 17:31

    L,Osservatore Romano, miércoles 10 de marzo 2010.- Primera página.- Lucetta Scaraffia, historiadora, especialista en bioética, partidaria de los anticonceptivos : "Una mayor presencia femenina en la Iglesia habría quebrado el silencio mafioso masculino sobre los abusos a niños. "

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