Rosario Bofill
Nunca he sido una buena lectora de teología. Me parece que los libros que escriben los teólogos me superan, incluso creo que a algunos no los llego a entender. Sin embargo tampoco he vivido al margen de los teólogos, me interesa saber en líneas generales su pensamiento y más de una vez me han abierto mis ideas y me han hecho compañía en el camino de la fe.
Cuando me enteré de que había muerto Edward Schillebeeckx fui a mi biblioteca a releer Soy un teólogo feliz. El libro es una entrevista con el periodista Strazzari, de la revista Il Regno. Al ser una entrevista el lenguaje es ágil, directo, franco. Aborda todos los temas que interesan al hombre de hoy de una forma comprensible. Vi que cuando salió, en 1994, lo subrayé mucho y hoy lo haría igual e incluso tal vez más.
No es del libro, sin embargo, de lo que quiero hablar: lo que más me conmovió y me conmueve ahora, es la actitud de un hombre (en aquel momento de 80 años), que ha pasado por censuras, inquisiciones, denuncias, sospechas: “Un teólogo –escribe en el prólogo de una de sus obras– que no ha hecho otra cosa, durante toda su vida, que buscar a tientas y balbuceando qué significa Dios para el hombre”. Y que confiesa sinceramente al terminar la entrevista: “En los dos aspectos de mi pensamiento teológico, el crítico y el constructivo, he querido testimoniar a los demás la esperanza y la alegría que hay en mí, soy verdaderamente un hombre feliz”.
Claro que la vida es difícil y que hay épocas de tristeza, pero los que a pesar de todo saben ser felices son los que merecen mi confianza, los que siempre abren un camino, los que en el fondo de su corazón mantienen la alegría. Mi confianza la merece el que sabe confiar. Eso es lo que necesito. Agradezco a Schillebeeckx su actitud valiente y su confesión de felicidad. Yo misma, después de releerlo, me he sentido un poco más feliz.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral