Andrés Torres Queiruga
Hay autores que se leen, estudian y critican para aprender de ellos y citarlos en temas concretos. Otros hay que, sin excluir eso, se llevan dentro, incorporados. Autores que ya no se citan demasiado, porque en realidad forman parte del propio pensamiento, y no siempre resulta fácil distinguir entre lo que se les debe y lo que uno ha elaborado por cuenta propia. Me sucede con Amor Ruibal o, en su medida, con Tillich, Rahner o Teilhard de Chardin. Me sucede también con Edward Schillebeeckx. Y creo que no sólo a mí: no se trata de una experiencia individual, sino que son muchos los que han alimentado tanto una parte importante de su vivencia de la fe como de su interpretación y práctica de la teología al hilo de una obra que refleja de manera extrañamente fiel el destino de la teología en el siglo xx.
1. Las dos etapas que marcan su teología, sus conflictos con la “ortodoxia” oficial y su mismo silencio final son la marca común de todos aquellos que, fieles a la fe evangélica, quieren hacerla comprensible dentro de la cultura actual, mostrar su íntima conexión con los problemas prácticos que nos asedian y contribuir a la renovación de la comunidad eclesial para hacerla más transparente al mensaje del Dios “humanísimo” y humanizador que constituye su razón de ser y de actuar.
La que ordinariamente, y de acuerdo con él, se considera su primera etapa, hasta 1966-67, se inscribe en el vivo proceso puesto en marcha, después de la reacción antimodernista, por la renovación patrística, kerigmática y exegética, que la encíclica de Pío XII Humani Generis (1950) frenó pero ya no pudo detener. Era preciso romper con el inmovilismo intelectualista y ahistórico de la (neo)escolástica, que hacía imposible cualquier renovación. Maréchal lo había iniciado con su esfuerzo por injertar a Kant en santo Tomás.
En ese esfuerzo Schillebeeckx tuvo una doble suerte. La primera le vino de Dominique de Petter, su maestro en la orden dominicana: influido por la fenomenología, le ofreció una gnoseología (más cercana a la de amor Ruibal que a la de Maréchal, aunque menos realista) que distinguía entre la permanencia en el fondo intuitivo, fundante y atemático del conocimiento religioso, por un lado, y la variabilidad histórica y adaptabilidad cultural en los conceptos teológicos, por otro. La segunda, de su contacto en Francia con la Nouvelle Théologie, que no sólo le confirmó la primera gracias a la conocida distinción entre “affirmation” (de la fe) y “représentation” (de la teología y los dogmas), sino que le permitió comprender la fecundidad de la sensibilidad histórica para la comprensión de la tradición y la actualización de la teología. De hecho, en Schillebeeckx la “vuelta a las fuentes” adquirirá una apertura al futuro que va más allá del “ressourcement” tal como lo han practicado, por ejemplo, De Lubac y Von Balthasar.
Las obras de este período –como también sucedió con Rahner–, junto a una clara aportación renovadora, llevan las marcas de una cierta inactualidad de tipo escolástico, que irán siendo borradas en los trabajos posteriores. Tratan sobre todo de los sacramentos y tuvieron un fuerte influjo: La economía sacramental de la salvación (1952) (que como le dijo a F. Strazzari, pensaba renovar a fondo); la síntesis más conocida: Cristo, sacramento del encuentro con Dios (1958); María, Madre de la redención (1954-55); El matrimonio, realidad terrena y misterio de salvación (1963); El celibato ministerial (1968); y, ya culminando y, en aspectos, superando esta etapa, La presencia de Cristo en la Eucaristía (1967).
2. La segunda etapa constituye en cierto modo el esfuerzo de realización, en busca de una actualización consecuente. El Concilio, al confirmar la justeza de los movimientos renovadores (de los que, en realidad, era fruto), abrió el espacio, liberando la creatividad teológica y legitimando la apertura al mundo. Schillebeeckx afina su sensibilidad y entra decidido por los nuevos caminos.
El impacto de la secularidad en su viaje a América, junto a una más viva atención a los movimientos culturales de la posguerra: existencialismo, personalismo, estructuralismo, filosofía analítica, diversas filosofías y teologías de la praxis..., lo convencen de la novedad radical de la situación. No se trataba de entregarse acríticamente a ella, pero se imponía la necesidad de una teología nueva (no sólo renovada), capaz de un diálogo fecundo con la nueva cultura, que muestre la significatividad actual de la fe, haciendo ver el valor humanizador de la religión desde el Abbá revelado en Jesús de Nazaret.
Dios, futuro del hombre (1958-1969) e Interpretación de la fe (1972) recogen los ensayos que introducen esta nueva etapa. En ella el gran instrumento va a ser la hermenéutica. No renuncia a aprender de la tradición, pero busca una continuidad que la “traspase” hasta enlazar con la experiencia originaria.
La herencia de De Petter acude en su ayuda, permitiéndole tomar esa experiencia como el fundamento atemático común que asegura la continuidad de la fe, pero suscita conceptualizaciones siempre nuevas, en respuesta a las necesidades de cada época. De esto no se excluyen siquiera los escritos de la época fundante: los mismos Evangelios son ya la(s) respuesta(s) de su época al impacto revelador acontecido en Jesús de Nazaret. Lo que los apóstoles y la primera comunidad hicieron con la revelación de Jesús, debe hacerlo cada etapa a lo largo de la historia: recorrer desde las nuevas situaciones “el mismo camino de los apóstoles” hasta la confesión actualizada y liberadora del Dios “Anti-mal” que se nos ha revelado y se nos sigue revelando en en presencia perenne y, por su parte, irrestricta.
El libro Jesús, la historia de un viviente (1974) ejemplifica la realización, en mi parecer, más lograda de este proyecto, que se prolonga en Cristo y los cristianos. Gracia y liberación (1977) y en Los hombres relato de Dios (1989). Esta tercera obra constituye la última y más madura explicación de la estructura experiencial de la teología, viendo ahí el eje decisivo de su dinamismo, la exigencia ineludible de actualización.
3. Tal es la obra, en respuesta a un amplio proyecto de renovación, llevado adelante en diálogo cordial y bifronte con la teología y la cultura. Se comprende que un proyecto tan global sólo puede ser afrontado por la entera comunidad de los creyentes y de los teólogos. Schillebeeckx es consciente del carácter parcial de su empeño, que califica expresamente de teología “contextual”, y con acierto habla de sus ensayos como “prospecciones teológicas” (theologische peilingen). Se nota también en el carácter de avance ocasional, con clara dependencia de respuesta a las incitaciones o desafíos según van apareciendo; algo que por veces se paga con la carencia de suficiente respaldo sistemático. Incluso cabe notar que no siempre lleva a plena consecuencia sus propias intuiciones: en la resurrección, por ejemplo, mantiene todavía la prioridad temporal de la resurrección de Cristo (cuando, con razón y pese a las acusaciones, Schillebeeckx insiste en su carácter no empírico); y habla con demasiada facilidad del “silencio” de Dios, a pesar de insistir en su ser ofrecimiento gratuito pero perenne y universal (no, pues, silencio de Dios, sino no-escucha sólo explicable por la sordera o las resistencias humanas)... Si digo esto, no es por afán crítico, sino porque también aquí aparece su carácter como símbolo de la situación actual de la teología. Primero, porque en buena medida –sicut nani in humeris gigantium– es él quien ha hecho posible esa misma prolongación crítica. Y sobre todo, porque era ejemplarmente consciente del carácter no acabado y provisional de su obra. El final del Jesús, dejando abierto el problema del modo de comprender su divinidad, o su confesión de la Trinidad sin atreverse a entrar en las “frías” especulaciones sobre su misterio, son muestra valiente de honestidad intelectual y humildad teológica.
4. Que haya tenido que acudir tres veces a Roma como sospechoso de herejía indica la dura situación de la teología actual. Lejos de percatarse de que la mutación cultural introducida por la Modernidad está clamando por una actualización decidida, una parte de la teología vuelve a caer en las trampas mortales del siglo xix y comienzos del xx: dar coces contra el aguijón cultural, oponiéndose a sus justos e irreversibles avances, con la consecuencia mortal de hacer insignificante el anuncio de la fe. Cuando lo que se precisa es el coraje del futuro, se pretende volver al pasado. Cuando el Concilio ha abierto la compuertas de la renovación, en lugar de encauzar las aguas y apoyar a los pioneros, se reconstruyen viejos bastiones y se imponen respuestas que el tiempo ha dejado para siempre al margen de la historia real..., para después culpar a aquellos de la inevitable confusión y de los imparables abandonos.
De todos modos, tampoco esta contradicción cierra el horizonte, y también en ella se abre un lugar para la esperanza. Siempre me ha intrigado el resultado de los procesos romanos: “quedan puntos de desacuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia, pero no contrarios a la fe”. ¿Pero no forma justamente esto parte fundamental del papel de la teología? ¿No fue esa, en definitiva y aun salvando todas las distancias, la actitud del Nazareno frente a “su” autoridad religiosa y a “su” institución?
Por eso sería malinterpretar la intención de Schillebeeckx y no comprender en absoluto la objetividad de su obra, pensar, como algunos pretenden, que ésta lo ha llevado a un callejón sin salida. La verdad es justo la contraria: con sus múltiples prospecciones, con su laborioso y profundo acercarse al misterio de Cristo, con su insistencia en el Dios humanísimo, volcado sin reserva en la promoción y salvación de toda mujer y todo hombre, ha contribuido como pocos a situar la teología no ante un muro, sino ante una puerta: la de un futuro abierto a la llamada de una experiencia tan antigua como la creación, pero suscitadora de novedad inagotable.
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Como pajarito sobre la cabeza, Queiruga amplia el alcance de Schilebeecks. Cuantitativamente parece que la teología se retrae a posiciones caducas, pero cualitativamente, aunque sea el uno montado sobre el otro, hay teólogos que plantan la antorcha en la actualidad de la historia.
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral