Javier Melloni
Monje de Oriente (949-1022), Siméon desde joven estuvo marcado por fuertes tentaciones que fueron vencidas gracias a intensas experiencias espirituales manifestadas como irrupciones de luz –fotismos. Fue propagador infatigable de la práctica de la oración de Jesús u oración del corazón, basada en la repetición de la fórmula: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador”, la cual puede tener versiones más breves según sea el estado del orante. Experimentó sin descanso el fuego devorador del amor de Dios y predicó sus consecuencias evangélicas. Su entusiasmo encontró resistencia en su propio monasterio, del que fue higúmeno (abad) durante 29 años. Los últimos trece años de su vida vivió relegado en un pequeño monasterio de la orilla este del mar Bósforo, donde murió. Con su vida y sus escritos testificó que en el corazón de la creación, Dios es un cuerpo de luz inaccesible y que este cuerpo, que es el de Cristo, es también el nuestro. Por la calidad de sus himnos y catequesis es llamado en Oriente “nuevo teólogo”.
Cada noche, las lágrimas se derramaban de sus ojos y multiplicaba las postraciones en tierra y sobre el rostro, manteniendo los pies juntos e inmóviles, y leía con fervor las oraciones de la Virgen, con gemidos y lágrimas. Como si el Señor estuviera corporalmente presente, se echaba a sus pies inmaculados, y como un ciego le rogaba que tuviera piedad de él y que le devolviera la vista a los ojos de su alma (…). Una noche que se hallaba de pie y que decía: “Oh, Dios, séme propicio a mí, pobre pecador”, más mentalmente que de palabra, cuando de pronto sucedió que sobre él brilló de pronto una luz con una profusión de iluminación divina que llenó por completo el lugar en el que se hallaba. Ante este hecho, el adolescente no supo qué pensar, se olvidó de estar en su casa y de si se hallaba bajo un techo. Ya que por todas partes sólo veía la luz. Se hallaba de pie y ni siquiera de esto se daba cuenta. Pero no temía caerse ni temía nada de lo que suele preocupar a los humanos y demás seres vivos. Estaba únicamente centrado en la luz inmaterial e incluso le pareció que él mismo se había convertido en luz, oblidando el mundo entero. Entonces fue inundado por las lágrimas y por un gozo inexpresable. Su inteligencia fue elevada hasta el cielo y todavía descubrió otra luz, más luminosa que la que le envolvía. Y, en esta maravillosa aparición, se le mostró ante él el angélico anciano que le había dado el precepto y que le había dado también La ley espiritual, un libro de lectura espiritual de Marcos el Monje [autor del s.V] (Catequesis 22, 74 81.88 104).
A menudo veía la luz: a veces se me aparecía en el interior de mí mismo, cuando mi alma poseía paz y el silencio, o bien no aparecía más que a lo lejos, e incluso se escondía del todo. Entonces experimentaba una inmensa aflicción, creyendo que nunca más la volvería a ver. Pero, en cuanto comenzaba derramar lágrimas, en cuanto mostraba un completo desapego de todo, con absoluta humildad y obediencia, la luz reaparecía de nuevo, parecido al sol que despeja la densidad de las nubes y se muestra poco a poco, creando el gozo. Así, Tú, indecible, invisible e impensable, que todo lo mueves, presente en todo y siempre, que todo lo colmas, que te muestras y te escondes a cada hora, desapareces y me apareces de noche y de día. Lentamente disipaste la tiniebla que había en mí, alejaste la nube que me cubría, abriste el oído espiritual, purificaste la pupila de mis ojos del espíritu. En fin, habiéndome hecho como Tú querías, te revelaste a mi alma iluminándola, viniendo a mí, incluso siendo invisible. Y, de repente, apareciste como Otro Sol, oh inefable condescendencia divina.
El que tiene dentro de sí la luz completa del Espíritu Santo no puede soportar verla, sino que cae de bruces al suelo, y exclama y grita, lleno de temor. Porque hasta tal punto ha quedado estremecido al ver y experimentar algo que supera a la naturaleza, a la razón y al entendimiento (…). Incapaz de soportar la quemadura de tal llama (Jer 20,9), está como fuera de sí, y ni siquiera puede dominarse, y queda inundado por un torrente inagotable de lágrimas que le alivian. Y atiza todavía más y sin cesar el fuego de su deseo. Las lágrimas, entonces, brotan todavía con más abundancia. Y, totalmente inflamado, se convierte en luz” (Filocalia, Capítulos prácticos y teológicos, 68).
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral