Joaquim Gomis
El excelente periodista Francesco Strazzari publicó en 1993 un libro entrevista con el teólogo flamenco holandés Edward Schillebeeckx que quizá es el que mejor permite conocerle. Por eso ahora, cuando a finales del 2009 Schillebeeckx ha fallecido a los 95 años, me ha parecido oportuno rendirle un pequeño homenaje personal no releyendo alguna de sus grandes obras teológicas –debo confesar que no recuerdo haber terminado ninguna–, sino este libro en que Strazzari sabe entrevistarlo de tal modo que nos lo revela honda y cercanamente.
Y he sacado provecho de su lectura. De algún modo ha sido como una conversión. Me explico: un servidor no fue años atrás muy partidario de Schillebeeckx. Casualmente he encontrado en el prólogo de mi libro ¿Qué pasa en la Iglesia? (El Ciervo, 1970) la presuntuosa afirmación de que mis opiniones estaban “en la línea de teólogos como Metz, Girardi, Schoonenberg, pero también de Congar, Rahner, Schillebeeckx”. Imagino que pretendía insinuar que estaba más cerca de quienes me parecían más avanzados, más renovadores, que no de los segundos, que consideraba más centristas. Ahora quizá bajaría la nota a alguno de los primeros y sobre todo situaría en la cumbre de mis preferencias a alguien que entonces ni citaba: Chenu, para mí, ahora, es el teólogo católico más decisivo del siglo xx. Y revalorizaría a Schillebeeckx, pero no al de entonces, el de su etapa conciliar, sino al posterior.
No soy ningún especialista en teología pero me atrevería a proponer que hay dos, o incluso tres épocas en el pensador flamenco-holandés. Cada una mejor que la anterior. La primera es básicamente la de un renovador de la teología pero –aunque ya le ocasionó algún conflicto con los policías de la ortodoxia vaticana– pensada desde dentro del ámbito del mundo católico. La segunda significa un cambio de lugar desde el cual se reflexiona como teólogo: ya no es sólo desde la fe, sino también desde la experiencia humana. No se trata de un simple diálogo entre dos pensamientos –el creyente y el secular–, sino de un sentirse partícipe, situado, al mismo tiempo en ambos. Por eso en Schillebeeckx la reflexión teológica sufre una mutación radical. Para poner un ejemplo: si antes, con quien siempre ha sido su contradictor, el teólogo Ratzinger, las divergencias más o menos conflictivas eran sobre tal o cual punto de las afirmaciones de Schillebeeckx, ahora la confrontación apenas es posible porque juegan en campos distintos. El problema del teólogo y ahora papa Ratzinger es que no sale de su campo y por ello los otros son siempre, inevitablemente, “otros”.
En cambio, la “conversión” de Schillebeeckx fue quemar las naves de la teología tradicional –no preocuparse por renovarla– y plantearse una reflexión que uniera la experiencia de la fe con la experiencia humana tal como, una y otra, se vive hoy. Por eso, ante este nuevo reto, que une y no excluye y menos combate, puede decir se siente “un teólogo feliz” (en realidad, en el libro citado, dice “un hombre feliz”).
Decía, antes, que quizá hubiera en el anciano Schillebeecckx una tercera etapa. Se halla en alguna de sus respuestas en el libro de Strazzari. Es la etapa en que ya habla sin ningún reparo. Igualmente desde la fe, pero sin frenos. Por ejemplo, cuando dice que “el infierno no existe”. O que prefiere hablar de María como hermana más que como madre. O que sin dudar de la básica creencia en la Trinidad, es reticente, no interesado, en las explicaciones teológicas o populares sobre las tres personas que le parecen sugerir un triteísmo. Con este maduro, sereno, feliz Schillebeeckx, un servidor se siente identificado.
Mi Camus es distinto
Cuando le dije a María Patricio que deseaba incluir en este “Diario” una breve nota con motivo de los cincuenta años de la muerte del entonces aún joven Camus, me preguntó si yo era camusiano. Pues sí y de todo corazón. Lo fui, claro está, cuando un servidor era también joven, cuando leía con fervor sus novelas (del resto de su obra, mucho menos). Lecturas ahora lejanas, pero en absoluto olvidadas, que creo siguen presentes como algo que fue sembrado y pervive. Cuando ahora he leído algunos comentarios –me temo que demasiado afrancesados–, con excepciones como es el caso de los de Joan de Sagarra, me he sentido casi ofendido: “Éste no es mi Camus”, me he dicho. Por eso quisiera dejar mi modesto pero hondo y firme testimonio de agradecimiento.
Sobre todo, no sé si porque fue lo último que leí, sigue muy presente en mí su última obra, inacabada, la que llevaba consigo cuando murió en accidente de coche: El primer hombre. Leo que él había dicho que era algo nuevo en su producción, distinto, lo más hondamente suyo. Se la dejé a un amigo, buen teólogo, y me comentó: “Qué libro tan extraño”. Vi que no había entendido nada. Para mí es un misterio qué significaba para el no creyente Camus, pero lo considero uno de los libros más profundamente cristianos que he leído. Sobre todo, en su modo de hablar de su madre, analfabeta, callada (el libro estaba dedicado a ella). Con aquella sorpendente nota que se halló en sus apuntes: “Su madre es Cristo”. Sorprendente aunque coherente con lo que de ella se dice en la novela autobiográfica, tan sorprendente que no he visto que nadie lo haya comentado. Como tampoco el modo como Camus habla de la pobreza (otro tema cristiano).
Lunes, 28 de mayo
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral