
Joaquim Gomis
Muchos años atrás, quizá a finales de los 60, Joan Llopis y un servidor –tándem unido desde la juventud en muchas tareas y sobre todo en la amistad–, empezamos a escribir en el entonces decano y luego lamentablemente desaparecido Diario de Barcelona. Recuerdo que su subdirector, Álvarez Solís, de pie, allí en medio de la redacción, nos dio este entre consejo y mandato (no creo que confiara demasiado en el interés de nuestros artículos sobre religión): “Ante todo, antes de escribir, lo que hay que buscar es el disparadero. Sin un buen disparadero inicial, que incite el interés del lector, no hay buen artículo”.
No creo que compartiera gran cosa con Álvarez Solís, pero este consejo/ mandato me quedó grabado y casi sin querer suelo tenerlo en cuenta cuando pienso qué diré en un artículo: lo primero, buscar el disparadero. No sólo para interesar al lector, sino también como incitación personal para ir encontrando el camino de lo que quiero decir. Si es que sé lo que quiero decir.
Extensa introducción para justificar el inicio de esta página de mi diario. Me dijeron en la redacción que este número de El Ciervo tenía como tema central –de portada, según el argot periodístico– la fama. Me desconcertó y me preocupó: ¿qué podría escribir yo sobre la fama y los famosos? Ignorancia y desinterés se unían para situarme en un páramo de vacío intelectual.
Hasta que se me ocurrió una frase que podría servir de disparadero. La frase era: afortunadamente nunca he sido famoso. Pensaba en el bus que me lleva a mi pueblo –el bus donde me surgen las pocas ideas supuestamente luminosas para este diario– que podía ser la frase inicial y que de ella ya irían derivándose mis reflexiones y experiencias sobre eso de lo que nunca he disfrutado o padecido: la fama. Con esta afirmación central: estoy muy satisfecho de no ser famoso. O dicho de otro modo: no sabría, ni me apetece, vivir en la fama.
Con todo, luego, un par de días después, cuando se acercaba el momento para mí siempre agobiante de ponerme ante el ordenador y escribir esta página, cuando uno debe reconocer que no basta tener el disparador, que el lector merece más, se me encendió una luz de alarma. Y me pregunté: ¿de verdad puedo afirmar con convicción que “afortunadamente” nunca he sido famoso? ¿No hago trampa y en realidad me habría gustado gozar de una cierta fama? ¿Incluso, en ocasiones, no he sentido como algo un poco injusto no ser más reconocido en este mundo de mi trabajo como escritor?
No, no es que lo haya vivido como una tragedia ni que me haya provocado algún intento de aquello que denominan la lucha por alcanzar la fama. Pero la pregunta era si no debía reconocer que en mi historia personal no había existido en ocasiones algún resquemor por no estar más incluido en el ámbito de los famosos. Y que antes y ahora, lo que sucedía es que yo mismo me ocultaba este resquemor y prefería cultivar lo bueno de no ser famoso. Lo bueno de pertenecer como uno más al amplio mundo de la gente normal.
Ahora, cuando escribo –y siempre escribo más por intuición que por reflexión, más de corazón que de razón– me parece haber llegado a una síntesis. No me hubiera gustado ser famoso en gran parte porque no creo que hubiera sabido serlo. Siento una cierta desazón ante un famoso y casi me compadezco de él. Me siento mucho más cómodo entre la mayoría de quienes no lo somos. Quizá, por ello, me hiere que algún famoso nos mire a la gente menos considerada desde una altura que un servidor no siempre reconoce. Peor para él y mejor para nosotros. Porque si sabemos superar resquemores, la comunión de la gente normal, de a pie, es al fin y al cabo, la mejor. Y la más cómoda.
Daniel Berrigan
En este número se publica una amplia entrevista con el jesuita norteamericano Daniel Berrigan. Cuando la vio, nuestra directora casi saltó exultante: “¡Si El Ciervo ya habló de él cuando nadie aquí le conocía!” Es decir, no era famoso. Un fallo de esta casa es que los archivos son casi inexistentes y no hemos conseguido encontrar cuándo se publicó una información sobre él y su hermano Philip. Probablemente hacia finales de los 60 o principios de los 70, cuando emprendió una lucha contra la guerra del Vietnam. Ahora, a sus 88 años habla de ello y de otras muchas cosas relacionadas con su apuesta por la paz.
Los Berrigan fueron famosos en su país pero no aquí. Me gustaría decir que una nota buena que se merece nuestra revista –en los ámbitos de su modestia– es que más de una vez ha sabido valorar a los no famosos. Como si tuviera un periscopio –título de una antigua sección– que sabe ver lo que parece oculto. Y darlo a conocer más allá del criterio de la famosidad.
En no pocas ocasiones porque amigos de aquí o de otros países piensan que El Ciervo es el lugar algo extraño donde se puede hablar de personas no famosas pero de las que vale la pena escribir. Fue, años atrás, el caso de los Berrigan. Que ahora reaparecen en estas páginas.
Sábado, 18 de febrero
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia