Cada vez son más las órdenes religiosas o conventos de clausura que, ante la ausencia de vocaciones, optan por crear blogs y portales de internet para darse a conocer. Dudo mucho de que esos intentos por crear nuevas formas de transmitir el bagaje de la tradición cristiana, lleguen a culminar sus propósitos. ¿Cómo, entonces, transmitir a las nuevas generaciones no ya la fe, sino algo de la densidad teológica y estética de una religión con la que están a punto de romper? Nadie, ni siquiera el más triunfalista gabinete de pastoral o catequética, se atrevería a dar hoy una respuesta convincente. Lo que sí me parece incuestionable es que, ante la inflación de lo virtual, se van descubriendo, poco a poco, las virtudes comunicativas del teatro y del directo.
No es necesario recurrir a los autos sacramentales de Calderón o a la lectura de los cinco tomos de la Teodramática de Von Balthasar, para descubrir la dimensión teatral de la teología cristiana. También el anuncio evangélico es una puesta en escena que exige un cierto dominio de técnicas interpretativas y la participación del público. Todos los santos han sido portadores de gran fuerza dramática, expresada, a veces, en auténticas representaciones.
Pensemos por un momento en los grandes shows de San Pablo por las ciudades de Asia Menor o en el Areópago de Atenas. Ya en nuestros días las virtudes escénicas de Juan Pablo II, formado en las técnicas de la tradición teatral polaca, fueron unánimemente reconocidas. A veces son estrellas, como la pionera del punk Nina Hagen, las que nos descubren el gancho escénico de lo cristiano en su versión gótica. Los grandes pendientes en forma de crucifijo se armonizan con el cuero negro y el pelo con mechones verdes para entonar Personal Jesus. Hace un par de años, la joven directora Ana Zamora alcanzaba el éxito con su obra Misterio del Cristo de los Gascones, un drama litúrgico medieval por el que obtuvo el premio Ojo Crítico de teatro 2008.
Todo lo anterior ayuda a explicar el éxito del reciente montaje de Rafael Alvarez, El Brujo, en el teatro María Guerrero de Madrid, sobre uno de los textos cristianos más misteriosos y relevantes de Occidente: el evangelio de San Juan. El Brujo aborda esta tarea desde su sintonía con los misterios bufos de Darío Fo, en los que se inició con su obra San Francisco Juglar de Dios. Allí encontrábamos una aproximación muy feliniana, entre tierna e irónica, al tema religioso.
Con el solo auxilio de cinco músicos, una sobria escenografía y una muy hábil iluminación, El Brujo consigue explotar con su monólogo la poesía y el dramatismo del relato de Juan. Historias como las bodas de Caná, el encuentro con la samaritana o la curación del paralítico de la piscina de Betesda, son presentadas con todo el perfume oriental que rebosa del cuarto evangelio. Es el lado de las Mil y una noches que el violín anuncia con el tema de Sherezade y que el actor explota con su maestría de cuentacuentos. Pero sobre todo está el poder misterioso y encantador de la palabra. Logos, zoé, fós, escotía, palabras que contagian con su misterio al teatro en el que el juglar ejerce de guía y maestro.
La palabra viene al mundo y éste no la recibe. Jesús de Nazareth es un poeta, un portador de palabras nuevas y eternas cuya belleza aprecian hasta los mismos guardianes que van a detenerlo: “Nunca nadie habló así”. La ambición del teatro es la de elevarse a similares alturas expresivas con una palabra iniciática, poética y transformadora. El Brujo hace de su representación un verdadero anuncio de la palabra, una sugerente y sui géneris catequesis de adultos que, para utilizar su propia expresión, viene a situarse en una vía media entre Rouco y Sánchez Dragó.
Jordi Llisterri
Director de la revista foc nou y del portal catalunyareligio.cat
Es deformación profesional pero siempre critico lo mismo. Instituciones que organizan multitud de actos, seminarios, conferencias, retiros, y se esmeran en elegir al ponente, preparar la sala, los micros, la botellita y el vaso, la servilleta, el sobre con la gratificación. Pero nunca piensan en la difusión. Que venga gente, sí. Cien son un éxito. El día que vinieron doscientos lo recordamos durante años. Cuarenta, lo habitual. La quincena, el fracaso y la disculpa al conferenciante: “Ha sido un mal día”; “Había fútbol”; “Llovía”. Lo que critico es que hay que pensar otra cosa. Como hacer salir de la sala una o dos ideas interesantes de lo que ha dicho el conferenciante, o de lo que se ha debatido en la jornada. Ya sabemos que no seremos titular de ninguna portada, pero hay redes sociales o boletines en papel que a lo mejor llegan a diez o veinte veces al aforo de nuestro salón de actos. No pensamos nunca en ellos, en los que no vienen.
Jordi Maluquer
Crítico musical
Para cualquier país con tradición católica es importante recibir la visita del obispo de Roma. Es rememorar la entrada de Jesús en Jerusalén sobre un jumento. Lo recibieron con palmas y ramos de olivo y aclamado como “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Precisamente el que ha venido adoptó el nombre de Benedicto.
Mercè Solé
Trabajadora social
Excelente liturgia (si no la miramos con ojos femeninos, pero aún así la imagen de las xmonjas limpiadorasm que ha causado un fuerte impacto, constituye una útil aunque involuntaria provocación); impresionante y bellísima basílica (¿cómo se mantendrá en el futuro el templo con una población cristiana de clara tendencia menguante?); buena organización.
Andrés Torres Queiruga
Profesor de filosofía de la religión en la Universidad de Santiago de Compostela
Dada la situación actual, determinada por una grave herencia histórica, un viaje papal no puede evitar fuertes ambigüedades. Indica brevemente algunas consideraciones.
En la presencia pública: viaja como pastor y como jefe de estado. Los gobiernos se ven obligados a recibirlo como tal. Mientras siga así, difícilmente habrá salida aceptable.
Abdennur Prado
Presidente de la junta islámica catalana
La mayoría de los musulmanes en España no celebran la Navidad como fiesta religiosa. No sienten una vinculación con muchos de sus símbolos y rituales. Además, existe un rechazo por parte de algunos sectores a celebrar el nacimiento de Jesús, con el argumento de que el adorar a Jesús como Dios es considerado una forma de shirk (asociar de forma exclusiva algo creado a la divinidad).
J. Carlos Ramchandani
Sacerdote hindú
Diwali suele caer en el mes de kartik (octubre-noviembre), el día de Krishna Amavasya, es decir, el día oscuro de luna nueva. Este año la festividad se celebró el día 5 de noviembre y se considera la noche más oscura del año. Diwali o Dipavali significa “una hilera de luces”. Se conmemora el retorno del Señor Rama a su reino de Ayodhya después de haber cumplido 14 años de destierro y haber recuperado a su esposa Sita, que fue raptada por el demonio Ravana. Para dar la bienvenida a Rama y Sita, los habitantes de Ayodhya les recibieron con dipas (lamparillas de aceite) y flores, ahí se originó el nombre de Dipavali. La festividad de Diwali se prolonga durante tres días.
Verónica Vives
Doctoranda de filología hebrea
Navidad es para los judíos como Janucá para los cristianos. La comunidad judía no tiene Navidad. En sociedades donde el modelo imperante es el monocultural, es frecuente realizar este tipo de identificaciones. Personas ajenas al judaísmo intentan sinonimizar una iglesia a una sinagoga, un cura a un rabino, la Semana Santa a Pésaj, la Biblia católica a la Biblia judía. La influencia que el judaísmo ha tenido en el mundo cristiano es indiscutible, pero evidentemente no identificable.
Josep Lligadas
Teólogo y escritor
En la Roma imperial, cuando llegaba el solsticio de invierno, los días empezaban a alargarse y el frío se hacía más intenso, celebraban la fiesta del Natalis Solis Invicti, es decir, el nacimiento del sol invicto. Era una fiesta muy popular, y muy en la línea de tantas otras fiestas semejantes en la mayoría de culturas. Porque da gusto poder celebrar, después del progresivo oscurecimiento de los días, que la luz vuelve a vencer, que el sol vuelve a recuperar el lugar preeminente en la vida. Si a nosotros nos gusta que predomine el sol, más les gustaría a ellos, que les resultaba más necesario.
Rosario Bofill
periodista
Cuando iba al colegio –era un colegio de monjas– hacíamos ejercicios espirituales. Solía ser en noviembre, hacía frío y salíamos con las capas (¡llevábamos capas!) a pasear por el jardín. Eran ejercicios, por lo general, en que nos hablaban de infierno y pecado; no solíamos entender el pecado, pero estaba ahí para atemorizarnos con el infierno. Luego de joven volví a hacer ejercicios, eran ejercicios para decidir qué camino había que seguir en la vida. La reflexión, si eras de buena fe, te ponía tensa. Inquietud.
Después de casarme no volví a hacer ejercicios, y eso que mi marido, Lorenzo, tenía de los ejercicios mejor recuerdo que yo. Fue en Manresa, precisamente, en la Cueva de San Ignacio, donde le salieron los primeros versos que luego formarían el libro El Caballo, con el que ganó el premio Adonais. De casados siempre dijimos y deseamos sinceramente hacer ejercicios pero nunca los hicimos. Fue una pena, seguro que a los dos nos hubiera gustado compartir esos días de más hondura.
Cuando Lorenzo murió repentinamente una tarde de invierno, estaba yo sola en casa y le tendí en el suelo entre el pasillo y el comedor: comprobar si respiraba, llamadas a la ambulancia, a mis hijas, pero entre tanto veía y sabía que estaba muerto, le hablaba. Le prometí que haría ejercicios porque quería morir y vivir mis últimos años con esa paz que él siempre tuvo y que se le reflejaba en el rostro también en aquellos momentos. Aunque no sé si me oía, le dije muchas cosas más, claro. Todo va muy deprisa, todo se precipita.
Hice ejercicios aquel mismo año, y si puedo y me admiten –tanta gente hay que quiere ir– los seguiré haciendo. Los suelo esperar con ganas, porque es un poco como si después de un año se me acabaran las pilas.
La misma pregunta, más o menos, que encabeza este artículo me la hizo el que dirigía los ejercicios. “¿Qué esperas de estos ejercicios?” Contesté rápida, casi sin pensarlo, seguramente porque fue lo que llevaba dentro: “La paz”. Me dio la sensación de que quizá no me había explicado bien. Después de un verano ajetreado es lógico que se deseen unos días de silencio, pero si sólo hubiera sido eso podía irme a cualquier hotelito yo sola. No, al decir la paz quise decir: Dios. Porque a Dios se le encuentra más fácilmente en la paz y Dios es paz. Y ese silencio de una semana que a tantos sorprende es quizá una de las cosas que más ayudan a ir entrando en la interioridad.
Tengo una edad en que ya estoy más libre de obligaciones familiares, no me necesitan tanto, lo mismo ocurre en el trabajo. Puedo permitirme, sin dar más trabajo a nadie, estar una semana, en un lugar tranquilo en silencio y pensando –tratando– de hallar a Dios. Después de todo en nuestra vida es lo único que importa y ya no nos quedan tantos años para irnos familiarizando con Él.
Una semana de silencio, de pensar, de dejarse invadir, de abrirnos al misterio. De tratar de captar su presencia. Es un lujo –yo lo veo así– en esta época en la que todos –incluso mayores– vamos ajetreados, encontrar un tiempo y un espacio para dedicarlo exclusivamente a Dios. Es un lujo también sentirse acompañada en esta búsqueda. Así, con este bagaje, en la vida normal que nos invade con mil cosas, saber vivir más libres e incluso, por qué no, más felices.
Josep M. Rovira Belloso
teólogo
1. En la Unidad de Cuidados Inten-sivos, me vino una intuición sobre la vida cristiana. No era tiempo de dudas (24 a 30 de junio de 2010) sino de hacer lo poco que podía y de confiar en Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos.
La intuición consistía en pensar a menudo que el núcleo de la fe había de ser algo muy sencillo y luminoso, semejante a la luz que ilumina y sustenta. “Mirad hacia Él: quedaréis radiantes [os llenará su luz]”, dice el Salmo 33. Esta intuición de la luz sencilla me venía repetidamente, con algunas variantes, que ahora no me cuesta precisar:
a) Esta punta de luz divina no puede ser otra sino el amor de Dios a nosotros. Dios nos ama. Dios me ama. Me rehace desde dentro. Esta es la intuición primera y más sencilla.
b) El amor de Dios toma la forma de una manifestación de Dios. Él nos habla con amor: Dios Padre nos ha mostrado su rostro humano en la persona, en la palabra y en la vida de su Hijo, Jesucristo. Esta revelación del Dios que se entrega por amor
–Jesucristo– nos rehace desde lo más interior de nuestro ser: es la acción del espíritu santo.
c) Tiene que haber una identidad entre la “buena noticia” (Dios me ama con su palabra y con su espíritu) y la “revelación” (el secreto de la vida de Dios, nos ha llegado a los humanos como gracia y salvación). Galatas 1 lo explicita claramente: “La buena noticia que os anuncié, no viene de los hombres; yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre sino por revelación de Jesucristo”.
d) Ocurre que esa punta divina y luminosa ha encendido en nosotros la llama de la fe. La igualdad se extiende, por tanto, a estos tres miembros: revelación, buena noticia y fe. Aquello que es, a la vez, buena noticia para los hombres y revelación de Dios, ha prendido en nuestros corazones la luz de la fe. Pero la buena noticia de la fe no es una simple información: es una vida nueva “escondida con Cristo en Dios”.
Todo es sencillo. Como el agua que cae en unos labios sedientos. Pero no somos capaces de narrarlo todo de manera transparente, como el cantar de una fuente. No obstante lo que es cristalino ha de poder ser expresado de forma cristalina. No tanto como explanación de conceptos sino como una vida que realmente ayuda y se entrega en el momento oportuno. Así fue la vida y la entrega de Jesús, el Cristo.
2. Una vez explicada la intuición, viene la pregunta: ¿hace falta una institución para mantener esta punta fina del amor de Dios que genera la fe en los corazones humanos? Más bien parece que no, podríamos decir imitando el método de Tomás de Aquino. Porque Dios se basta para que llegue a los hombres y mujeres de todos los tiempos la acción de su Espíritu.
Pero, contra estas razones hay una razón importantísima: desde la figura lejana de Abraham, Dios muestra que no desea una sociedad anónima de conciencias creyentes, como soñaba la Ilustración, sino un pueblo visible que refleje la compasión de Dios (“sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”). Decían los profetas: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Un pueblo –una comunidad– que, en el Nuevo Testamento, sigue la gracia y la libertad de Jesucristo, núcleo personal del Reino de Dios (ver Vaticano II, Lumen Gentium, 2).
Este pueblo está llamado a subir el nivel de humanidad, al tener como espejo a Dios mismo, amor fiel. San Gregorio de Nacianzo lo dijo con sencillez: “Imitad la bondad de Dios y no habrá pobres”. Esta comunidad es ya institución, que aprende a dar de comer a sus pobres. Tiene como tarea ofrecer a los hombres y mujeres la gracia de la fe, que ayuda a respetar y a amar. Este pueblo ha de estar totalmente al servicio de esta punta fina del amor de Dios que prende la llama de la fe. La prende a través de la palabra de Cristo –la mediación sensible del evangelio- y a través de una acción invisible: la del espíritu santo. La prende, en síntesis, a través de la persona divina y humana, invisible y visible de Jesucristo. En la humanidad, una lámpara arde a pesar de todo.
Un pueblo visible y amplio como el cristianismo universal, no puede ser ni una élite, ni una congregación de sólo santos. El evangelio contiene la parábola del trigo y de la cizaña y habla de una red que capta toda clase de peces, buenos y malos. Y malos quie-re decir, simplemente, malos. En el Vaticano hay quienes crean facciones y divisiones. Son malos porque dividen, lo cual es contrario a la voluntad de Dios. Otros oprimimos quizá con nuestro lenguaje orgulloso. Pero está también la promesa del buen pastor –Cristo– y de los buenos pastores, que a su imagen van delante del rebaño y lo guían hacia el Reino de Dios.
¿Donde estamos? En una institución que quiere ser una comunión de fe y de caridad. Pero ¿y la jerarquía? Ya he aludido a ella. Es el buen pastor: Cristo. Son los buenos pastores, los que se esfuerzan para que el rebaño sea sobre todo congregación de fe y de amor, en la que se pueda escuchar la palabra y se reciba el espíritu de Cristo.
La palabra jerarquía –interpretada a la luz del concepto “jurisdicción”– sugiere mando y dominio. Benedicto XVI, Papa teólogo, ha negado recientemente esta forma demasiado humana de entender la palabra “jerarquía”: no significa “dominio sagrado” sino “origen sagrado” de una autoridad acuñada en la autoridad de Cristo. “Jerarquía” quiere decir que en el Pueblo de Dios, junto al buen pastor invisible, hay buenos pastores visibles que caminan abriendo camino delante del pueblo, hacia el Reino de Dios.
Margarita Benedicto
médico
Imagino que hay tantos tipos de crisis de creencia como personas que han pasado por ellas. Lo que uno cree, por muchas similitudes que tenga con lo que cree el otro, es tan íntimo e intransferible como para que nos esté prohibido generalizar.
En mi caso yo he pasado por una fase de alejamiento de la fe católica que ha durado la friolera de 22 años, exactamente desde los 29 hasta los 51.
La cosa empezó con un resquebrajarse de los ideales de la juventud. El paso de la universidad al mundo laboral y a la maternidad, a la dura realidad podríamos decir del trabajo con sus infinitas marrullerías y la crianza de un hijo con sus agotadoras exigencias, hizo que no se cumplieran las expectativas “éticas” que yo tenía en mí misma: el ideal cristiano no se podía vivir, yo al menos no podía vivirlo y por lo tanto era falso. Ese es el resumen, un poco palmario de lo que me ocurría. No había ni revolución social, ni comunitaria (Iglesia), ni personal. Nos “aburguesábamos” irremediablemente.
Poco a poco mi entusiasmo por la belleza de vida que yo veía como en nadie en San Francisco de Asís, se iba enfriando al verla tan irrealizable y a eso siguieron otras infidelidades personales y otras terribles crisis vitales. Cuando consideré que claramente no vivía como cristiana dejé radicalmente de ir a la iglesia.
En cierto sentido fue una liberación. Ya no me atormentaba la distancia entre lo que decía creer y lo que podía vivir. Me esforzaba en ser una persona honesta, responsable, generosa. Me guiaba una ética simplemente humana que me permitía estar en paz conmigo misma.
Y sin embargo sentía nostalgia de esa extraña belleza que hay en el mensaje de Jesús. Algunas veces se me llenaban los ojos de lágrimas al recordar una frase del evangelio.
Con el paso de los años la nostalgia fue creciendo y la intransigencia ética se fue dulcificando. Mi trabajo como médico me hacía ver con claridad que los dioses de la ciencia y del progreso, incluso en su versión humanista eran falsos. El hombre no tiene hambre de salud, de riqueza, de inmortalidad, de justicia, sino de salvación. Lectora empedernida y escritora de poesía a ratos perdidos, mis intuiciones estéticas me llevaban cada vez más a nociones como gratuidad, silencio, vacío, confianza.
Poco a poco me fui acercando de nuevo a la fe, con precaución, eso sí, porque me conozco: sé que soy impaciente y quiero arrebatarlo todo de golpe. He descubierto que la ética no lo es todo, aunque me cuesta, porque tengo un temperamento radical. He descubierto la gratitud, la admiración, la pasividad, la impotencia como fuentes de alegría.
Todavía desconfío del espiritualismo, de las palabras que no se hacen vida, de una religión que no cambia a las personas ni al mundo.
Todavía me paso el día de contencioso en contencioso con la Iglesia, con sus fórmulas litúrgicas tan desencarnadas, con su empeño en hablar de “nosotros” y de “ellos” como si su vocación no fuera el mundo “realmente existente”.
Todavía me apena comprobar cómo la mayoría de los jóvenes que trabajan por un mundo mejor no saben apenas nada de Jesucristo y todo lo que huela a Iglesia les da alergia.
Pero creo que voy aprendiendo a esperar, a confiar, a no entender.
Creo que me estoy volviendo un poco más sabia.
Halil Bárcena
Director del instituto de estudios sufíes
Toda tradición religiosa, sin excepción alguna, experimenta en su seno una tensión, jamás resuelta del todo, entre, por un lado, lo que podríamos llamar la corteza religiosa, constituida por un sistema de creencias preciso (ortodoxia) del que emana un recto obrar (ortopraxia), y, por otro, el núcleo de la espiritualidad pura, que es otra cosa bien distinta, como trataré de mostrar en estas breves líneas, a través del caso específico del tasawwuf o sufismo, la mística islámica. Dicha tensión entre la corteza o cáscara (dogmas, ritos, mandamientos, prohibiciones) y el núcleo (intuiciones espirituales fundamentales) ha adquirido, en algunos instantes puntuales de la historia, una virulencia inusitada. La desventura de casi todos los místicos y espirituales de todas las religiones constituye un ejemplo patético de la saña con la que los censores religiosos se han empleado a la hora matar todo brote espiritual libre. “Es preciso romper la cáscara”, decía el maestro Eckhart. Y es que la espiritualidad, cuando lo es de verdad, libera del todo y de todo; y por eso causa tanto pavor. Pero, veamos el caso concreto del sufismo islámico.
Desde sus albores, allá en el siglo vii, hasta nuestros días, el islam se constituyó en escenario privilegiado del pulso sostenido entre el legalismo religioso de los juristas y doctores de la ley, de una parte, y la vía interior de los espirituales sufíes, de otra. El caso más ejemplar y dramático de dicho pulso, por momentos feroz e irreconciliable, fue el del sufí persa Mansûr Hal·lâj (m. 922), mártir místico por excelencia del islam, que fue ejecutado a causa de su espiritualidad liberadora, juzgada como contraria al dogma islámico y vista como una amenaza para la fe común.
Antes de proseguir, sin embargo, es preciso hacer una cala sobre la palabra sufismo. Es cierto que con dicho término se describen de forma un tanto vaga sensibilidades espirituales islámicas diferentes entre sí. Sea como fuere, y a fin de no complicarnos en exceso, digamos que lo que aquí entendemos por sufismo nada tiene que ver con el islam piadoso o devocional. Nos equivocaríamos si pensáramos que el sufismo es una experimentación ab intra de los dogmas islámicos, o una intensificación de la fe islámica, y menos todavía una exposición poética de dichos dogmas. Nada de eso es, sino otra cosa bien distinta. Por definición, la mística sufí se aviene mal, muy mal, con toda dogmática, ya sea religiosa o ideológica. A veces, adherir a una religión o a una ideología significa que alguien piensa por uno mismo. Hollar la senda sufí comporta el cuestionamiento de todo aquello que impida ir más allá de los límites establecidos.
Los maestros de sabiduría sufíes proponían y proponen un camino iniciático y transformador alejado del formalismo de la religión exterior, sobre todo teniendo en cuenta la hipertrofia que lo jurídico experimentó desde un principio en el seno del islam. El sufismo, sobre todo el de raigambre persa, pretendía, pues, pasar del fenómeno de la religión a su noúmeno, esto es, de las formas a la esencia, o lo que es lo mismo, de la circunferencia al centro, pues solo desde el centro puede otearse la totalidad de las cosas, la realidad tal como es. Mientras que el fundamento de la religión exterior islámica consiste en creer en la dimensión no manifestada y cumplir la ley divina (supuestamente) revelada, el sufismo pretende transmutar la fe en certeza, es decir, en visión directa de la realidad realmente real, oculta a primera vista, esquiva a las miradas rápidas y superficiales.
Si la religión a secas pretende salvar al hombre por la mera fe y las buenas acciones, la vía mística persigue transformarlo, o si se quiere, salvarlo transformándolo. Un gran maestro sufí del siglo xx, el argelino Ahmad al-‘Alawî decía así: “La fe es necesaria para los religiosos, pero deja de serlo para los que van más allá y llegan a autorealizarse en Dios. Entonces ya no creen, porque ven. Ya no hay más necesidad de creer cuando se ve la verdad”.
En efecto, el secreto del sufismo consiste en retirar el velo de la ceguera ignorante y ver. Mahmud Shabestari (m. 1340), uno de los sufíes persas más celebrados, escribe en El jardín del misterio: “Cuando se aparta de tus ojos el velo, nada queda de los decretos de la religión y de las creencias”. Y es que siempre ha habido –y hay– quien no ha entendido que, llevada hasta sus últimas consecuencias, la experiencia espiritual, que es universal por definición, excede todo corsé tanto confesional como conceptual, a pesar de que se exprese mediante el lenguaje propio de una tradición, como no podría ser de otra manera. Para quien ve, las formas religiosas carecen de sentido alguno; y las creencias también.
La religión se fundamenta en las creencias; la espiritualidad, el sufismo en este caso, en el conocimiento fruto de la visión. En ese sentido es como los sufíes utilizan la expresión “religión del amor”. Escribe el también el poeta persa Mawlânâ Rûmî (m. 1273), maestro de derviches giróvagos, tal vez el sufí más prominente de la historia de la mística islámica: “La religión del amor es diferente de los demás credos;/ para los enamorados [los sufíes], el Amigo divino es la única fe, la única religión”.
Por consiguiente, el primer propósito de la espiritualidad sufí es ver. Y ver para discernir lo realmente importante de lo que no lo es. Ese es el secreto de la felicidad. Porque, a la postre, lo único que puede aportar paz y bienestar al ser humano es dejar de perseguir sombras ilusorias, las que proyecta nuestro ego o yo fenoménico. Los sufíes –de hecho, todos los espirituales sin excepción– nos ofrecen otra calidad de existencia; nos ofrecen la posibilidad de ser realmente humanos, puesto que no basta con nacer para poder decir que uno es un ser humano en el sentido más profundo de la palabra. Todo ello es lo que convierte a la mística en lo más natural del mundo, puesto que no se trata de una rareza ni tampoco de una excentricidad de unos pocos superdotados o locos.
De hecho, la invitación de la mística es para todo el mundo y bien sencilla: que seamos lo que en verdad ya somos, pero ignoramos o hemos olvidado. Como tal, el sufismo, que es una espiritualidad más allá de las creencias, es, pues, lo más natural, y hoy lo anhelamos como una necesidad, dados los tiempos de confusión que corren. Qué duda cabe que necesitamos más espiritualidad y menos creencias, del mismo modo que nos hacen falta más maestros del espíritu (¡y menos funcionarios de lo sagrado!) que puedan arrojar algo de luz entre tanta oscuridad como abunda en nuestro atribulado día a día.
Lo que es así
Ximo Garcia Roca
Teólogo, sacerdote y sociólogo en la Universidad de Valencia
Creo en el ser humano, común y corriente, con burgueses y desahuciados, mercaderes y cultivadores de flores, heroes y villanos, putas y doncellas. No confío en los que se sitúan al lado del bien y a los otros, al lado del mal, ya que el héroe puede ser tambien lascivo, el policía jefe del hampa y en el vertedero puede nacer un santo. Porque la vida es así.
Creo en los inductores de procesos largos, en las respuestas secuenciales, en el tiempo sostenido, en la polifonía de la vida, donde unos siembran y otros cosechan, ahora cantas y después lloras. Confío en el carácter germinal de la acción concreta, y evito a quienes atan en el siempre o en el nunca jamás. Porque la esperanza es así.
Creo que hay que desear otra sociedad, con los desengaños que nos reserva la que la reemplazará; no llega la luz y desaparece la oscuridad, no viene la utopía y desaparece el desencanto, sino que coexisten en una difícil alquimia. Confío en los que evitan una injusticia manifiesta sin preocuparles si existe o no una sociedad justa. Porque la justicia es así.
Creo, con una fe que no es del todo mía, en la suma de futuros elegibles, en la pérdida, que no será irremediable. Confío en los que están dispuestos a hallar nuevos caminos y si no los encuentran a inventarlos. Temo a los acomodados del saber, a los clérigos censores, a los poseedores de la virtud, a los que se colocan en el lado bueno de la frontera. Porque el espíritu es así.
Creo que venimos a este punto para ser amasados por los clamores de los empobrecidos y por los gritos de los perdedores. Confío en la desnudez, en el mesías descalzo anunciado por pastores y pescadores, en el encuentro convergente de las religiones en la era planetaria, en la comunidad fraterna con presencia cualificada de la mujer, en las Iglesias sin poder, sin cardenales ni oropeles. Porque Dios es así.
En el perdón
Teresa Forcades i Vila
monja y médico
Creo, ante todo, en el perdón. Creo que la capacidad de perdón muestra la verdad desnuda de nuestra capacidad de amar, y me sorprende encontrarlo en personas a las que no aprecio especialmente y echarlo en falta en algunas que amo mucho. Más de una vez me he sorprendido a mí misma con dificultades para el perdón y he experimentado el milagro de ser perdonada. Es como nacer de nuevo. Nacer del amor. El evangelio nos dice que la mujer pecadora amó mucho puesto que mucho le fue perdonado. Nos advierte también que incluso aquél a quién mucho se perdona puede actuar de forma mezquina e inmisericorde con los demás. Y esto es la segunda parte de lo que creo: creo en la libertad, creo en la ruptura de la cadena causal que abre el mundo a la poesía y también a la arbitrariedad más injusta. Creo que el perdón es el mayor acto de libertad. Por eso todo se puede perdonar pero a nadie se puede exigir que perdone. No se puede forzar el perdón y no se pueden prever sus resultados. La mujer que perdona al marido que abusa de ella puede decidir a la vez que le perdona que la convivencia debe cesar. Nadie sino Dios puede juzgar la autenticidad y el alcance de un acto de perdón. El perdón es el acto más razonable, puesto que reconoce que algo más que el automatismo rige el mundo. El perdón es el acto que nos permite ser, como Dios, creadores. El acto que nos permite empezar de nuevo. Setenta veces siete.
Formas de vida
Carles Salazar i Carrasco
Antropólogo en la universidad de lleida
Nadie cuestionaría el principio de que todas las religiones son respetables, principio que parece deducirse de la máxima más general que nos impele a respetar todas las opiniones. Sin embargo, no queda claro qué conlleva exactamente ese principio. ¿Significa acaso que a todas las religiones debe otorgarse el mismo valor? Las religiones a menudo se contradicen entre ellas, ¿cómo vamos a aceptar simultáneamente proposiciones contradictorias? El filósofo Daniel Dennett, conocido por su ateísmo militante, dijo en una ocasión que no se oponía a la enseñanza de la religión en las escuelas, siempre que fuese la enseñanza de todas las religiones y no sólo una, como acostumbra a suceder.
Imaginemos que alguien plantea que todas las culturas son respetables por igual y que, por tanto, debemos enseñar todas las culturas en las escuelas. Ningún país del mundo dispondría de los recursos necesarios. Pero no sería únicamente un problema de recursos, sino de que nadie sabe exactamente qué significa “enseñar” una cultura en la escuela. Podemos describir culturas distintas de la nuestra e incluso intentar explicar por qué son como son. Pero las culturas, tal y como las definimos los antropólogos, no se enseñan en las escuelas ni en ningún otro sitio. Las culturas se aprenden con la vida, se viven. Porque las culturas no son teorías sobre esto o aquello sino formas de vida. La cuestión está en saber si podemos también pensar las religiones como formas de vida y no como teorías.
Muchas teorías sobre la realidad se apoyan en las religiones, algunas parecen incluso derivarse de ellas, como por ejemplo la teoría creacionista sobre el origen del ser humano y el universo. Pero reducir las religiones a teorías es la mejor manera de desacreditarlas. Por aquí iba precisamente la propuesta de Dennett. ¿Qué sentido puede tener aprender un montón de teorías que se contradicen entre sí y, peor aún, que contradicen con frecuencia los descubrimientos científicos más firmemente establecidos? Ninguno, si las consideramos justamente eso, teorías.
Pero si consideramos las religiones como formas de vida la situación cambia. Por supuesto que no todas las formas de vida humana son igualmente respetables. Pero muchas de ellas sí que lo son, aunque nos parezcan muy diferentes entre sí y mutuamente ininteligibles. Incluso de aquellas formas de vida que resultan ser las más crueles e inaceptables, podemos aprender aspectos fundamentales del ser y la experiencia humanos. Muy poco se aprende, en cambio, de una teoría falsa.
Pero nadie puede enseñarnos una cultura del mismo modo que nos enseñan una lengua o la teoría de la relatividad. Porque las culturas son la vida y sólo la vida puede enseñar la vida. Podemos enseñar y aprender a describir, a explicar y comparar formas de vida, también a apreciarlas o criticarlas, pero no podemos enseñar y aprender a vivirlas. Sólo podemos vivir nuestra propia vida, e intentar entender las de los demás.
Mejor morfina
Rafael Díaz-Salazar
Profesor de sociología en la universidad
complutense de madrid
La humanidad ha producido a lo largo de su historia todo tipo de remedios para sobrellevar y disminuir el dolor. Uno de ellos es la religión como opio y morfina del pueblo. Gracias a ella millones de personas pueden encajar el sufrimiento en su existencia. Me parece que es importante distinguir entre opio y morfina en el ámbito de la religión como sedante de la vida dolorosa. La morfina tiene elementos sanadores y el opio es una droga que genera males más allá de las sensaciones placenteras inmediatas.
La religión ha sido y es un factor de alienación para millones de personas. Por ello constituye un serio obstáculo para la emancipación humana. ¿Acaso no fue crucificado Jesús de Nazaret por blasfemo, por enemigo de la religión sacerdotal del Templo? ¿No ha sido él uno de los principales críticos de la religión? La lucha contra la religión como opio del pueblo es una de las principales tareas que hay que realizar hoy día y por eso son tan saludables las críticas creyentes y ateas de la religión.
Ahora bien, el mismo Marx, un poco antes de hablar de la religión como opio, dice algo muy interesante: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu”. Las personas no podemos vivir sin corazón y sin espíritu y, por eso, cuando la realidad nos los arrebata por la pobreza, la soledad o la explotación, tenemos que construir estados de conciencia y generar sensaciones que nos otorguen momentáneamente al menos lo que la vida cotidiana nos niega.
Aquí aparece la religión como morfina, como droga benéfica; especialmente para los pobres. En diversos lugares de América Latina y, especialmente en Brasil, he podido comprobar este hecho en celebraciones de iglesias pentecostales. Por eso, las comunidades de base y la misma teología de la liberación, y no digamos el catolicismo jerárquico, van siendo desplazados por esas religiones morfinómanas. El cristianismo de liberación lucha por la revolución, pero los pobres no pueden esperarla para ser felices y muchas veces no tienen energías para el combate político. Por eso, les resulta más práctico consumir el nuevo emocionalismo religioso.
Uno de los grandes cambios sociológicos ha sido el surgimiento de religiones antiopio. Es cierto que a lo largo de la historia, siempre han existido movimientos religiosos de protesta social. Pero nunca habían sido tan fuertes como en la actualidad. Desde hace más de un siglo, la fuerza revolucionaria de las religiones crece sin cesar. En Europa, el actual opio del pueblo no es religioso; es de otro tipo. La religión ya no es sólo ideología y falsa conciencia. Ella también genera conciencia de clase, es energía y vitamina para el compromiso sociopolítico, es fuerza revolucionaria. No en vano, más del 70 por ciento de los delegados de los movimientos que se articulan en torno al Foro de Porto Alegre, crisol del altermundismo, se declaran personas religiosas.
En todos los países contamos con ricas historias de vida que nos muestran cómo los intoxicados por la religión como opio del pueblo también han sido capaces de salir de ese estado y a través de un cambio intrarreligioso convertirse en hombres nuevos, en combatientes por un mundo más justo, libre y fraterno. Un bellísimo relato de este proceso, centrado en la generación que luchó en España contra la dictadura, puede leerse en el iluminador libro de José Antonio González Casanova, Comín, mi amigo. Léanlo y verán los efectos emancipatorios, liberadores y libertarios que también produce la religión.
Joaquim Gomis
Comienzo a escribir estas páginas el 11 de octubre. Es la fiesta del beato Juan XXIII que coincide con el aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II. Para animarme, para inspirarme, me pongo el vídeo de sus palabras improvisadas en la noche de aquel día (están en www.catalunyareligio.cat). Es lo que luego se ha llamado el discurso de la luna, su expansión en “una gran giornata di pace sempre pieni di fiducia”. Ya que quisiera hablar aquí de que no siempre es difícil creer –entendiendo por creer no sólo la creencia religiosa sino toda creencia honda– me parece oportuno ponerme bajo su patrocinio. Porque a él le debo mucho y en concreto que no me sea difícil creer.
Preparando este capítulo de mi Diario para este número dedicado a las creencias, he encontrado la siguiente cita del teólogo francés y amigo de nuestra revista Jean-Pierre Jossua: “Ya es creer el hecho de decir, como hacen muchos hoy: ‘Yo no puedo creer, pero creo en los que creen’”. Propondría, desde mi experiencia personal, otra versión: “Yo creo, gracias a que otros creen”. Es una versión que resume la historia de mi fe y que me atrevería a ofrecer al lector que piense hallarse en situación de increencia. Dicho de otro modo: lo más importante no es la fe personal, sino la fe de los demás y de ella uno puede vivir.
Me agobiaba escribir sobre esta cuestión porque uno es poco dado a teorizar. Prefiero la anécdota que la categoría. Y soy poco introspectivo, me gusta más mirar a los demás que a mí mismo. Y desconfío algo de quienes gustan de autoexaminarse (nunca aprendí en mis años de clérigo a practicar lo que llamaban primero examen de conciencia y luego revisión de vida). Si todo ello lo situamos en el ámbito de las creencias, peor aún. Porque merece mucho respeto, pero no suele ser una habitación clara, abierta, luminosa de la mayoría de nosotros. Con todo, al final, estoy bastante satisfecho de los días que he dedicado a pensar sobre ello. Creo que he aprendido no poco sobre un servidor y más sobre muchos de los que me han acompañado.
La creencia de los demás
Me parece que ya lo he dicho, pero lo repito porque ha sido mi mayor conclusión: mis creencias las he recibido de otros. Empezando por mi familia. En ella, afortunadamente, no se practicaba el adoctrinamiento. Había un gran respeto por los demás y este es el fundamento recibido sobre el cual se han basado mis creencias. Pero el respeto iba unido al interés: ahora me doy cuenta mucho más que entonces. Entonces me parecía normal, ahora capto que fue decisivo porque significaba que cada uno era importante para el otro. Es decir, que se creía en él. Y todo ello dentro de un ambiente habitual de humor, hecho indispensable para que aquellas creencias que se vivían y que iban arraigando en un servidor hallaran buena acogida (no sé si puede parecer una paradoja pero estoy firmemente convencido que si una creencia se vive y se comunica con gravedad, con solemnidad, halla menos acogida que si se vive y comunica con la gracia del humor sencillo, pan de cada día).
Este fue el humus en el que despertaron y crecieron mis creencias. Como he dicho, sin apenas adoctrinamiento, con hechos más que palabras. Sólo durante la larga agonía de mi padre –que murió en edad temprana–, nos habló de modo que yo lo recuerde hondamente. Por ejemplo, al decirme a mí, joven seminarista que entonces se apasionaba en el estudio de la filosofía y la teología: “Todo esto está muy bien pero créeme: lo importante es el evangelio”. Casi nunca me había hablado de temas religiosos, pero estas palabras en su lecho de muerte me quedaron tan grabadas que las considero las más importantes que nunca nadie me haya dicho. Pienso ahora que ésta ha sido mi fe, recibida de la fe de mi padre: creer en el evangelio.
Pero junto a esta influencia familiar, hubo otras. Un servidor era un gran lector y entre la multitud diversa de autores creo justo destacar algunos que dejaron honda huella, que me contagiaron sus creencias, su modo de creer. La lista podría ser extensa pero escojo dos: Dostoievski y Graham Greene. Tan distintos uno de otro pero ambos, cada uno a su modo y a mi modo de ver, profundamente evangélicos. En aquellos años de la primera juventud, su lectura en cierta manera moldeó mi creencia (como testimonio puedo aportar que muchos años después un cura inteligente y también leído que me conocía bien me definió así: “Eres un cristiano greeniano”).
Interesante es también notar en este repaso de antiguas raíces creyentes, que lo viví como lo vivo ahora: como una única creencia. Me explico: no separo creencia religiosa, cristiana, de las demás creencias humanas que juzgo de primera importancia. No soy un cristiano que además cree en la exigencia de justicia, en la primacía de la bondad, en el valor de cada ser humano. Yo nunca he descubierto nada de todo ello como una creencia distinta, nunca he tenido que convertirme a una nueva fe. Me sorprendió luego que buenos cristianos dijeran con extrema buena fe que habían descubierto la exigencia de la justicia o de la igualdad. Como me sorprende aún ahora que con frecuencia se hable desde la Iglesia –o desde fuera de ella– de estas creencias como si fueran opciones, “fes”, diversas. Yo recibí estas creencias como una única creencia (y diría que vivirlo así ha sido característica dominante en esta revista desde sus inicios). Para explicarme aunque sea en otro nivel: cuando el papa Ratzinger habla –y suele hablar bien– de fe y razón, valorando las dos pero como basándose en que se trata de dos mundos, dos ámbitos distintos, mi reacción es de extrañeza porque para mí es una unidad. Por eso, quizá, me cuesta entender las objeciones que desde la razón se plantean a la fe. No dudo que puedan tener su razón pero ya que yo vivo fe y razón como una unidad, me cuesta ver oposiciones. Si en esto puedo tambien utilizar el humor, diría que soy un experto en resolver –para mí– estas objeciones.
La creencia propia
He estado hablando de mi creencia –al fin y al cabo esto es mi Diario– pero con el intento de mostrar la importancia de la creencia de los demás para mí/nuestra creencia. Releo lo escrito y me aparece un escrúpulo o al menos una duda: ¿no parecerá que me dedico a elogiarme como creyente? Me sabría mal porque en realidad no me considero un buen creyente, en el sentido de un buen cristiano. Entre las notas que tomé al preparar este artículo hay una que dice: “Yo pienso poco en mi creencia. A veces me parece que vivo casi como si no creyera. En el sentido que mi fe es poco presente. No soy un místico y soy mal rezador. Sin embargo, sin mi creencia cristiana que para mí incluye y penetra las demás, me sentiría huérfano, vacío, perdido. Por eso me duele que entre quienes aprecio haya quien no cree. Me duele por ellos. Casi me cuesta entender cómo pueden vivir. No hago nada para pasarles mi fe, pero me gustaría comunicarla de algún modo” (hasta aquí la nota escrita en el bus, días atrás).
Cada uno tiene su modo de creer. Quizá el mío tenga de bueno la herencia que recibí de la que ya he hablado, junto con otras aportaciones a lo largo de mi vida –cité al empezar la de Juan XXIII–pero tenga de malo algo de lo que apunto en la nota transcrita: no soy místico y soy mal rezador. Claro está que lo de místico no es ninguna obligación, cada uno es como es (puede encantarme leer a Teresa de Jesús, pero sé que no es mi camino). Lo de mal rezador ya es mayor problema porque la fe cristiana es una creencia de relación personal con Dios y si uno no la sabe expresar mal vamos. Me podría excusar diciendo que tampoco soy muy hablador (valoro y me sale más un gesto, una palabra, que muchas), podría añadir que mi experiencia en el seminario no fue buena –no me sentí nunca implicado personalmente en el modo de rezar que proponían: me aburría cuando no me dormía–, que luego ya sacerdote me gustaba celebrar la misa pero no podía con el breviario (lo siento: los salmos no es lo mío).
El resumen es que me quedo con el padrenuestro y no paso más allá. Me queda el consuelo de que Jesús dijo que al rezar no usáramos muchas palabras “pues vuestro Padre ya sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” y que Teresa de Jesús decía, con mayor salero, algo semejante a sus monjas. Con todo el problema queda: no sé expresar mi creencia.
Concluiría repitiendo que la fe, como toda creencia, es para vivirla mucho más que para expresarla o teorizarla. Los cristianos convendría que aprendiéramos del gran teólogo Tomás de Aquino que inicia su Suma Teologica diciendo que pretende escribir sobre “lo que Dios es o, más bien, lo que no es”. Dios es el desconocido y el silencioso, pero nosotros parecemos saberlo todo de él y nos atrevemos a hablar en su nombre.
Entre las notas que había tomado había una, que ahora no encuentro, que no recuerdo quién expresaba su sorpresa ante la seguridad y empeño de algunos ateos en demostrar la no existencia de Dios. Probablemente sea la consecuencia de que algunos creyentes hayamos pretendido saberlo todo de él. Ignorantes somos todos y bueno sería reconocerlo. Ignorantes somos todos. Pero creyentes –desde distintas creencias–podemos serlo también todos. Y ayudarnos a serlo.
Coda: en Westminster Hall
Ya que me queda espacio, se me ocurre que podría añadir algo sobre lo que dijo el papa Benito el pasado 17 de setiembre en la Westmintser Hall ante un auditorio selectísimo de la sociedad civil y que definió como unas reflexiones sobre “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”. Pienso que este discurso se considera ya y seguirá considerándose como uno de los textos clave del pontificado ratzingeriano: una vez más centra la problemática actual en la relación entre lo que él llama “el mundo de la razón” y “el mundo de la fe”. La cuestión que plantea es seria y vinculada con el tema de las creencias.
Fue un discurso en que destaca, en primer lugar, un contundente elogio de la democracia moderna, merecedor de una buena lectura por parte de tantos jerarcas de nuestra Iglesia para quienes la democracia sigue siendo algo escasamente valorado, con más sombras que luces. Un elogio de la tradición jurídica británica, la common law, que viniendo de un alemán tiene especial gracia. Un elogio diría que casi encendido por “la democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, en el que solo le faltó añadir que deseaba que la institución eclesiástica católica se asemejara más a esta práctica democrática.
Tras el elogio, vino la pregunta. Es la pregunta que se repite una y otra vez en el magisterio de Benito XVI, el interrogante sobre “la fundamentación ética de la vida civil: si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”.
Ratzinger ya conoce la respuesta, su respuesta: no hay fundamento seguro fuera de la creencia en un Absoluto, en el Trascendente. Pero sabe que ello no puede imponerse. Por eso busca un camino de encuentro, por lo menos de acercamiento con los no creyentes. Y por ello propone algo en lo que él también cree: la razón. Lo formuló así en Westminster Hall: “El mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”. De ahí que lamente “la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo”. Él, creyente en la religión y creyente en la razón, se halla sin interlocutores, cree percibir que cada vez la aportación desde la fe es menos valorada.
Me pregunto, para terminar, hasta que punto tiene razón Ratzinger. He repasado lo que se dice en este número de El Ciervo y también diversos libros de mi biblioteca que inciden en el tema. Si no se puede negar que la cuestión sea importante, veo que con frecuencia, unos y otros, parecen o marginarla o derivarla hacia el campo de combate y no del diálogo como propone el papa Benito. Incluso cuando se plantea con seriedad y buena voluntad, no es fácil hallar puntos de encuentro. Pondría como ejemplo las cartas que intercambiaron en debate público el cardenal Martini y Umberto Eco: en casi todo sus posiciones se acercan al acuerdo, pero al llegar a esta cuestión, ni uno ni otro, uno como creyente el otro como lo que en Italia denominan laico, saben qué decir. ¿No será que la cuestión está mal planteada? Me lo pregunto al leer algo que escribió años atrás el jesuita ahora desterrado a Japón Juan Masià. Lo resumo: quedan lejos las armonías medievales entre fe y razón, porque hay muchas modalidades de razón y de fe. Si una u otra se cierran, se convierten en ideologías al servicio de ortodoxias sociales. “No se oponen ciencia (razón) y religión, sino ciencias y religiones cerradas en sí mismas frente ciencias y religiones abiertas a la realidad”.
Javier Melloni
TEÓLOGO
Su persona y su pensamiento es un cruce de caminos. Raimon Panikkar ha vivido en un tiempo oportuno. Si bien las procedencias híbridas –indio y europeo, cristiano e hindú– son antiguas, en él se han convertido en categoría arquetípica y en terreno de reflexiones fecundas. Llegó a decir que con él se abría un nueva línea kármica. Ha sido una figura poliédrica de gran complejidad y de una amplitud que pocos pueden abarcar. Su aportación se extiende por múltiples campos que él se ha esforzado por poner en relación: teología, filosofía, cultura, sociedad, ecología. Su vida es inseparable de su pensamiento y ambos son la apuesta y la expresión de la integración de contrarios frente a las separaciones y las divisiones convencionales.
La interreligiosidad y la interculturalidad son expresiones de una misma realidad, única y diversa, concreta y universal. En él todo está interrelacionado: científico, filósofo y teólogo; pensador y místico; inquieto e intenso como occidental y contemplativo y paciente como oriental; sacerdote y hombre secular; ermitaño en Benarés y profesor de distintas universidades americanas.
Ha explorado la fecundidad de la paradoja y la conjunción de los opuestos; ha indagado la verdad que hay en la mentira y la mentira que hay en la verdad; ha valorado la función del mito y a la vez ha urgido a la necesidad de la conciencia lúcida para no estar sometidos; ha evocado el silencio que hay tras la palabra y ha pronunciado la palabra que emerge del silencio; ha luchado con la posibilidad y la imposibilidad del lenguaje, cuyo lugar último vuelve a ser el silencio del que surgió. En él nunca es lo uno o lo otro, ni tan solo lo uno y lo otro, sino lo uno en lo otro.
Este esfuerzo por salir del tópico y adentrarse en la paradoja le llevó a forjar nuevas palabras para expresar lo inexpresable. Dejó claro con su pensamiento complejo y poliédrico que la contradicción se da en el marco de nuestra dicción y de nuestro logos, pero no en el plano de lo Real, ya que la realidad no tiene la medida humana sino que lo humano es sólo una de sus posibles medidas.
En definitiva, su aportación ha sido estimularnos a pensar y a aspirar más allá de los límites que nos autoimponemos.
Victorino Pérez Prieto
TEÓLOGO
Raimon era un sabio; no un docto ilustrado, aunque sabía muchos idiomas, había leído miles de libros, escrito varias docenas y conocido miles de lugares y gentes ilustres. Raimon era un sabio porque saboreaba la vida. Por eso entendía el pensamiento como gusto y amor por todo, por toda la realidad en sus mil facetas, hasta las cosas más pequeñas. Solía decir que la filosofía, más que “amor a la sabiduría”, era “sabiduría del amor”.
Nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio del que tanto aprendí. Raimon valoraba mucho la amistad, como una de las mil dimensiones del amor. Así me lo escribió en una carta: “La amistad es una forma de amar, es una virtud humana, y por tanto cristiana”. “Te recuerdo con mucho cariño”, era una de sus despedidas preferidas, pues los 1.140 kilómetros de distancia entre A Coruña y Tavertet nos impedían vernos con más frecuencia.
Un amigo común, muy buen teólogo, Xabier Pikaza, me había dicho hace muchos años, cuando empecé a trabajar en mi tesis en teología: “Si consigues hacernos comprender el pensamiento de Panikkar, te mereces un grandísimo premio”. Yo me puse a la tarea, humilde, amorosa y esforzadamente; porque su pensamiento no es fácil, y leído superficialmente lleva a conclusiones erróneas, como he visto y escuchado tantas veces.
Raimon sabía de ese esfuerzo, y por eso me escribió con el envío de su prólogo para mi libro de introducción a su itinerario y su pensamiento, publicado por Tirant lo Blanch: “Me has leído profundamente”. Años antes ya me había escrito: “Amo el respeto con que me has tratado”. Y años después, dijo sonriente en una grabación para la presentación en Barcelona de mi libro publicado por Herder: “Victorino me entiende a mí más que yo mismo”. Palabras así, dichas por un hombre de su capacidad intelectual, que ya ha hecho su obra, sólo se pueden decir desde el corazón.
En aquella ocasión repitió algo que ya había dicho otras veces: “La epidemia más grande de este mundo es la superficialidad”. Concluyendo que mi nuevo libro sobre la Trinidad era “el mejor antídoto” contra esa epidemia. En otra ocasión, tras leer un libro mío de extraño título (Contra a síndrome N.N.A. [Non hai Ningunha Alternativa]. Unha aposta pola esperanza), me escribió: “Mi lema a ‘otro mundo es posible’, ha sido ‘este mundo es imposible’”. ¿Quien dijo que Raimon Panikkar era un pensador de la estratosfera, que no pisaba el mundo real de cada día?
Judith Argila
PERIODISTA
Hombres con sombreros negros aterciopleados y largos bekishes hacen cola ante el control de pasaportes del aeropuerto Ben Gurión para obtener un visado de entrada a Israel. Mientras, una mujer envelada y sus pequeños franquean rápidamente la ventanilla destinada a los nacionales. Si no fuera por las colas, para el visitante sería difícil distinguir quién posee un pasaporte israelí. Este país cuenta entre sus ciudadanos con judíos ultraortodoxos que desacreditan el sionismo, musulmanes que discuten teología en los jardines de Al-Aqsa, palestinos cristianos con tiendas de recuerdos religiosos en Cisjordania y etíopes que mantienen pequeñas iglesias en el corazón de Jerusalén. Y todos ellos son, oficialmente, israelíes.
Andar bajo el sol de la canícula por la vieja Jerusalén es recorrer un microcosmos que de alguna manera refleja la realidad del país. La ciudadela está dividida de facto en cuatro barrios: judío, musulmán, cristiano y armenio. No existen vallas, no hay carteles, pero las diferencias son tan patentes que no hace falta consultar el mapa para saber que se ha traspasado una frontera. Cada comunidad vive dentro de sus límites, de espalda a las demás. Es posible ver algún judío ultraortodoxo entre la multitud del bazar más turístico del barrio musulmán, pero los sombreros de fieltro dejan de asomarse en las callejuelas más profundas, entre las puertas de Damasco y de los Leones, engalanadas ahora con bombillas de colores debido al Ramadán. Ver un musulmán cruzando las impolutas y asépticas calles del barrio judío a la luz del día, mientras se espera pacientemente a que el servicio de algún bar decida prestar atención al turista, es ya una ensoñación.
En lo alto de una sucia escalinata, dos guardias barran el paso a la Puerta del Paraíso, una de las ocho entradas a la Explanada de las Mezquitas. Los no musulmanes tenemos vetada la visión frontal de la tercera mezquita más importante del islam. Accedemos por una puerta lateral, donde un hombre afable se ofrece como guía. “Soy hijo de jordanos, pero nací aquí, en Palestina –su inglés es más que decente–: ahora es distinto. Cristianos y musulmanes estamos más mezclados, pero los judíos no salen de sus barrios. Viven aparte”. Al caer la noche, un corro de jóvenes judías se asienta en una plazoleta cerca del Muro de las Lamentaciones, narrando por turnos lo que parecen pasajes de la Historia Sagrada. Sigiloso, un río interminable de musulmanes parece haber despertado y se dirige, con platos y bandejas cubiertos por papel de aluminio, hacia la cena conjunta que romperá el ayuno. Lo cierto es que apenas se miran los unos a los otros.
Esta aparente vida aislada, tensada por silencios y barreras intangibles, se replica fuera de las murallas. No hay muros de hormigón en Jerusalén, pero los autobuses no conectan los barrios, las comunidades no se mezclan en las terrazas, las librerías tienen libros projudíos o propalestinos. La población árabe vive en Jerusalén este, mientras que la inmensa mayoría de judíos habita el centro, plagado de restaurantes italianos, bares de copas y yogurterías, o bien la humilde periferia. Entre ambos mundos, el barrio de Mea Shearim vive encerrado en algún siglo pasado. Ataviada con una falda bajo otra para lograr un largo decente, llego a la indudable frontera del barrio jaredí, reducto del judaísmo ultraortodoxo. Enormes carteles advierten que la presencia de grupos es severamente ofensiva, y ruegan a las mujeres cubrirse lo cubrible y no vestir pantalones, para proteger “la santidad” del lugar. No es palabrería: se han dado casos de apedreamiento a mujeres “mal vestidas”, fueran judías, ateas o cristianas. Si bien Jerusalén resulta inesperadamente segura, descendiendo los destartalados adoquines de Mea Shearim nos sentimos por primera vez intimidados y fuera de lugar.
Sin embargo, bajo esta demostración ostensible de separatismo, todas las comunidades parecen converger cuando se trata de negocios. Jerusalén está tomada por el turismo, y todo el mundo se ha sumado al carro común de la venta de folclore. Las tiendas del bazar, regentadas mayoritariamente por árabes, venden camisetas del ejército israelí, crucifijos, kipás y pósters de Palestina. Los tours hacia Cisjordania son operados por israelís, que conducen al turista hasta el muro, donde los palestinos toman las riendas para pasar al otro lado y rematar el negocio. En los menús, las cervezas israelís y los vinos de Galilea se mezcan con platos de hummus, kebabs y hamburguesas kosher, mientras en los grandes mercados los vendedores de baklavas y pistachos se codean con refinadas tiendas de aceites israelís. Y raro será que el viajero no regrese de Israel con varias tarjetas de taxistas que ofrecen buenos precios para visitar Ramala, el Monte de los Olivos o el Mar Muerto, lo que se tercie. Al fin y al cabo, los negocios son los negocios.
Estados Unidos patrocina una nueva ronda de negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. Han empezado a principios de septiembre. Podrían sin embargo acabar a final de mes si Israel decide seguir con la construcción de asentamientos. Si siguen adelante, las dificultades son igualmente enormes. Dos periodistas que han estado allí este verano nos las cuentan.
Jordi Pérez Colomé
PERIODISTA
El martes 31 de agosto, a las siete y media de la tarde, el matrimonio Yitzhak y Tali Ames volvía a casa. Habían pasado la tarde en Jerusalén, donde Yitzhak hacía de guía un día a la semana. Vivían junto a otras cien familias en el asentamiento judío de Beit Hagai, en las montañas del sur de Hebrón, en plena Cisjordania.
Yitzhak y Tali, judíos rusos de 47 y 45 años, se habían conocido en la Universidad de Moscú, se habían casado y tras tener dos hijos, habían emigrado a Israel en 1990. Desde el principio vivieron en el asentamiento. Luego llegaron cuatro hijos más y otro estaba en camino –Tali estaba embarazada. Tenían también un nieto.
Ese martes 31 de agosto llevaban en el coche a dos pasajeros más, a quienes ofrecían un pasaje. Eran dos vecinos de Beit Hagai: Kochava Even-Haim, una profesora de 37 años y con un hijo de ocho, y Avishai Schindler, un estudiante religioso recién casado de 24 años.
Cerca ya de Hebrón, aún en la carretera 60, que une la ciudad con Jerusalén, un coche se les puso al lado. Empezaron a dispararles. Murieron los cuatro. Al día siguiente, Hamás reivindicó el atentado. También al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, recibía al primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, y al presidente palestino, Mahmud Abbas, para empezar un nuevo ciclo de negociaciones de paz.
LA CARRETERA 60 EN CISJORDANIA
Este verano pasé por la carretera 60. Está en Cisjordania, que es parte de Palestina, pero que controla el ejército israelí desde 1967. La guerra de ese año permitió a Israel conquistar ese territorio, que hasta aquel año pertenecía a Jordania. Entonces empezaron los asentamientos. Ciudadanos israelíes que creían que Israel debía poseer toda Palestina empezaron a establecerse allí: en pueblos, barrios o edificios sueltos. Lo hicieron protegidos en muchos casos por el ejército israelí, aunque se jugaban la vida. Vivían entre palestinos a los que no les gustaba obviamente que se instalaran allí.
Yo seguí un trozo de la ruta 60 para ir a Hebrón desde Belén. Iba en un taxi colectivo palestino. Algu—nos israelíes que conocí en Tel Aviv me habían dicho que no podían entrar en Cisjordania. Cuando crucé la frontera entre Israel y Cisjordania –para ir de Jerusalén a Ramala–, sin embargo, nadie me pidió que enseñara el pasaporte. Si hubiera sido israelí, hubiera pasado igualmente. La razón que da el gobierno israelí para prohibirles el paso es la seguridad: quiere evitar secuestros y ataques. Claramente, en los últimos tiempos, ha relajado el control.
En Cisjordania manda el presidente Mahmud Abbás y su primer ministro, Salam Fayyed. En 2006 perdieron las elecciones, pero se mantuvieron en el poder por la fuerza. Ganó los comicios Hamás, que a cambio se quedó con Gaza. Así, hoy, Palestina está dividida. En una región manda Fatah, el partido de Abbas y Fayyad, y en la otra, Hamás. Desde hace un par de años, Fayyad intenta que Palestina fortalezca sus instituciones públicas para poder resistir como estado independiente el día en que sea posible.
Uno de los ámbitos principales en que Fayyad trabaja es la seguridad. No es fácil: el gobierno palestino sólo tiene control exclusivo en algunas ciudades palestinas, un 3 por ciento de la región, más o menos. Pero funcionarios israelíes reconocen que esta vez los palestinos van en serio y procuran en serio que sus ciudadanos no atenten contra Israel. El proyecto de Fayyad es complejo. Su intención es también reducir poco a poco la ayuda internacional que recibe Palestina. Por eso Israel ha relajado sus controles. Cisjordania es más segura.
Sea como sea, oficialmente, los israelíes aún no podían entrar en Palestina. Pero desde la ventanilla de mi taxi veía israelíes por la carretera. Tres esperaban un autobús, otros iban en coche. No es siempre fácil distinguir a un israelí de un palestino, pero estos llevaban kipá –la boinita típica– y eran muy blancos. Eran colonos e iban a sus casas. Hay carreteras exclusivas para israelíes, pero las principales las tienen que compartir ambos pueblos. Una de esas es la 60. Para Hamás no hay presa más fácil.
DOS OPCIONES PARA ASESINAR
Antes de ir, cuando pensaba en Israel y Palestina imaginaba dos pueblos en guerra, bien separados. El muro reciente ayudaba era la culminación. No es así, aunque cada vez están más aislado. Desde hace décadas árabes e israelíes viven juntos. Aún hoy, a pesar de los temores, miles de palestinos entran en Israel para ir a trabajar con un visado especial. Por otro lado, miles de colonos israelíes circulan por Cisjordania para ir a sus casas.
Por esa separación, Hamás sólo tiene dos opciones simples para asesinar israelíes: con misiles desde Gaza –como el 4 de septiembre–, o –como el 31 de agosto (o un nuevo intento fallido al día siguiente cerca de Ramala)–, con tiroteos a colonos que pasan por las carreteras cisjordanas.
Hamás quiere terminar con el proceso de paz por dos motivos: porque si es un éxito Fatah saldría reforzado y podrían perder el poder en Gaza, y porque creen que Israel no tiene derecho a existir. El líder espiritual de Hezbolá, Hassan Nasrallah, cuyos objetivos son parecidos a los de Hamás, ha dicho que “las negociaciones de paz nacen muertas. Palestina desde el mar hasta el río es propiedad de la nación palestina, de los árabes y los musulmanes, y nadie tiene derecho a renunciar a esa tierra, ni a una gota de su agua”. Abbás y Fayyad, pues, tienen un doble interés en las negociaciones: conseguir la paz para sus ciudadanos y recuperar el poder en Gaza. Así, pueden estar dispuestos a hacer más concesiones. Aunque si las hicieran, otros árabes les acusarían de haber vendido Palestina a los israelíes. La división entre árabes ha sido una de sus grandes lacras históricas.
LAS CUATRO CLAVES DE LA PAZ
Si Abbas, sin embargo, tira adelante podría garantizar la paz por ahora para los palestinos que viven en Cisjordania. No es poco, pero tampoco es todo. Los problemas más graves, sin embargo, estarían resueltos. Son estos:
1. Las fronteras y los asentamientos. Cisjordania es ahora más pequeña que en 1967. Israel no sólo ocupó el territorio, sino que redujo las fronteras. Por eso los palestinos siempre hablan de “la paz con las fronteras previas a 1967”. Israel no lo concederá, en parte por motivos de seguridad. Con las fronteras de 1967 era muy fácil lanzar un cohete desde territorio palestino a Tel Aviv. Ahora no llegan. Es posible que Israel haga alguna concesión en los límites en lugares de poca importancia, pero serán escasas. Israel deberá conceder más en los asentamientos. Hay miles de colonos que viven en Jerusalén este y que quizá se queden ahí (los asentamientos no sólo tienen éxito porque hay israelíes que creen que deben vivir ahí para conservar el territorio de toda la tierra prometida, sino porque el gobierno subvenciona casas, educación, sanidad; es más barato.) Pero hay otros miles de colonos que viven en el corazón de Palestina. Si hay paz, es impensable que miles de israelíes se queden dentro de Palestina. El ejército israelí tendrá que arrancarlos de sus hogares. Será un buen lío.
2. Los refugiados. En 1948, cuando se estabeció la partición de Palestina en dos estados, muchos árabes que quedaban en la parte israelí, huyeron. Desde entonces, son refugiados y viven sobre todo en Líbano, Jordania, Cisjordania y Gaza. El gobierno palestino exige que puedan volver a las casas que abandonaron hace sesenta años. Israel nunca lo permitirá. Hoy en Israel hay cinco millones y medio de judíos y un millón de árabes –los que en lugar de huir, se quedaron. Si los refugiados volvieran, los judíos serían minoría en Israel. Es imposible.
3. Jerusalén. Parece claro que será la capital compartida de los dos países. Pero cada metro deberá discutirse, sobre todo en la ciudad antigua. Los palestinos deberían tener soberanía sobre el templo de la montaña, donde están sus dos mezquitas, mientras que los israelíes deberían mantener el control sobre los fundamentos de la montaña, donde estuvo el templo de Jerusalén hace dos mil años y el Muro de las Lamentaciones, que está en uno de los lados. El acuerdo será difícil, pero posible.
4. La seguridad israelí. Otras veces que Israel se ha retirado de un territorio que ha controlado –Gaza y Líbano–, los terroristas lo han utilizado para lanzar cohetes. Israel quiere evitar que ocurra lo mismo con Cisjordania, que además es más grande y podría llegar a más partes de Israel. Para eso quiere que le dejen controlar la frontera de Cisjordania con Jordania y que el ejército de Palestina no disponga de según qué tipo de armas. Es complicado.
UN PARCHE YA ESTÁ BIEN
Si todo esto cuaja, habrá algo parecido a la paz. Al menos estará firmada. Luego habrá que ponerla en marcha. Después de tantos años de vecinos mal avenidos, será complicado. Además de las palabras de Nasrallah por un lado, en el entierro de los cuatro israelíes asesinados el 31 de agosto, el rabino Dov Lior, de Kiryat Arba, otro asentamiento de Hebrón, dijo: “Hay un ejército, debemos usarlo. El error es creer que podemos llegar a un acuerdo con estos terroristas. Cada judío quiere la paz, pero estos maleantes quieren destruirnos. Necesitamos devolverles a los países de los que vinieron”.
Por ahora, en Israel y en Palestina siempre habrá gente que crea que todo ese territorio les pertenece por tradición, historia o decisión divina. Algún tipo de paz endeble puede ganar tiempo para desactivar a estos dos grupos. La paz definitiva, la paz que no acuerdan gobiernos en despachos, deberá esperar alguna generación más. Ahora podemos aspirar a parches. No tiene por qué ser poco. Un parche es un magnífico remedio temporal.
Notas de Alfonso Álvarez Bolado de una charla de Díez-Alegría en la Cámara de Comercio de Madrid el 5 de abril de 1956.
Díez-Alegría denuncia: “Problemas actuales y responsabilidades del catolicismo español en torno al tema del salario”. Recorto sus ocho iniciales afirmaciones:
“Gozamos de aparente tranquilidad social, que no se apoya en sólido equilibrio, sino en el poder político. Debajo, profundo descontento y sorda hostilidad entre los obreros, en gran parte justificados.”
“La malquerencia del obrero afecta también a la Iglesia, aunque no en primer término tal vez”.
“Los salarios legales son en gran parte injustos por excesivamente bajos. La subida decretada no cambia sustancialmente esta situación.”
“Generalmente, los empresarios no hacen problema de si deben dar una retribución superior al salario legal; se contentan con éste, sin que hayan faltado casos de fraude en el cumplimiento de las leyes.”
“El proceder de las instituciones eclesiásticas no ha sido distinto…La Iglesia no ha dado la sensación de proceder de modo distinto de la clase patronal.”
“Al obrero español, con frecuencia poco culto y falto de formas, se le trata muy comúnmente como a un ser inferior, no se le guardan las formas de consideración personal normales”.
“El obrero español no tiene medio efectivo para llevar adelante sus derechos en el establecimiento de las bases de trabajo, teniendo que estar pasivamente a lo que haga de él la más o menos eficaz buena voluntad del Gobierno.”
“En los últimos veinte años, el catolicismo español en conjunto ha guardado silencio acerca de estos problemas, probablemente por tratarse de una cuestión espinosa, menos para los obreros para quienes resulta vital que la cuestión se plantee en serio.”
(Transcritas por Alfonso Álvarez Bolado, S.J.)
Vicente Theotonio Cáceres, S.J.
PROFESOR DE DERECHO FISCAL
Tuve la suerte de cursar la asignatura de ética en el curso 1958-1959 en la Facultad de Filosofía Complutense, asignatura de la que era profesor José María Díez-Alegría. Su docencia causaba un gran impacto en el alumnado, aunque con efecto retardado.
Filosóficamente era una potencia lógica impresionante, al mismo tiempo que gran orador. Exponía su discurso con meridiana claridad, tanto en latín como en castellano, con fuerte emoción humana y con humor. Mantenía al auditorio en vilo desde el principio al final de la clase.
En un acto académico solemne, se enfrentó Díez-Alegría con el padre Hellín, S.J., máximo exponente entonces del suarismo en España. ¡Qué combate más espectacular el de estas dos potencias lógicas colosales!
Su potencia lógica la compatibilizaba Díez-Alegría con su testimonio de su fe adulta, con su espiritualidad ignaciana y con su experiencia de superior y líder religioso. Su impacto en el alumnado tenía efecto retardado porque se producía cuando maduraba la fe de sus discípulos, cuando llegábamos a una fe plenamente adulta. A Díez Alegría su potencia lógica le servía para dar razón de su fe cristiana.
Juan Antonio Delgado de la Rosa
FILÓSOFO Y TEÓLOGO
Quiero resaltar mi conversación en torno a un caluroso 29 de agosto de 2009, en la Residencia de jesuitas de Alcalá de Henares. Lo primero que me explica y quiere recordar son las continuas dificultades que ha tenido con sus superiores por encontrarse abierto a la izquierda y comprensivo con soluciones socialistas que no sean inhumanas (me afirma sin ambigüedad que un sacerdote de ninguna manera debe ser anticomunista). Su aliento débil de vida quiere seguir en el horizonte de upermanecer creyendo en la esperanza. Pero que quede claro, afirma Díez-Alegría, “que nunca me he considerado un inspirado, pero siempre me he mantenido en una teología ecuménica y en cuanto al derecho, internacionalista”.
En mi segunda visita, a la habitación número 6 de la Residencia de Alcalá de Henares, con un mayor frescor, dado que era el 12 de septiembre de 2009, por la mañana. Me recuerda que un modelo y referente en la Iglesia y en la sociedad para él ha sido el papa Juan Pablo I, cuyo padre era obrero, que fue a trabajar a Alemania; huía del centralismo dirigista y dogmático, no lo quería porque exigía un capital enorme que llega a coincidir con el capitalismo. Esto para Díez-Alegría es de una fuerza enorme porque quería hacer la Iglesia más pobre, más dialogante, más libre de ideas y debates. Me despide con un abrazo donde manifiesta su alegría y agradecimiento por esta tesis doctoral, y yo no dejo de pensar: “Yo también, todavía creo en la esperanza”.
Carlos Eymar
FILÓSOFO
Hace ya casi 20 años que, en sucesivas y agradables sesiones, entrevisté a José María Díez Alegria para El Ciervo. Era un tórrido verano madrileño y yo solía visitarle a la hora del café. Cierto día, a mi saludo rutinario: ¿qué tal?, él me respondió: “Pues aquí, luchando contra el calor, es decir, no haciendo nada”. Burlarse del calor, como burlarse del mal, fue su forma personal y evangélica de resistirlo. Un par de meses más tarde, con la revista publicada, El Ciervo le organizó un homenaje en el centro Conde Duque de Madrid. Allí, en una sala abarrotada, se encontraba toda una generación de hombres de la transición, entregada al autor de Yo creo en la esperanza. En la mesa, además de José María, nos encontrábamos Lorenzo Gomis, José Luis Aranguren y un servidor. Yo, que acababa de leerme sus obras, hice notar a José María cierta contradicción entre lo que estaba diciendo y algunas tesis de antiguos libros suyos. “¡Qué barbaridad! –repuso lleno de guasa– Carlos Eymar sabe sobre mí mucho más que yo”. Hubo una general carcajada ante ese elogio que, al mismo tiempo, yo sentí como una burlona crítica a mi petulancia. Creo que la última vez que lo vi fue con ocasión de la presentación de la biografía de Lamet: José María Diez Alegría, un jesuita sin papeles. Con su perpetua sonrisa, flanqueado por José Bono, entonces ministro de defensa, y Juan José Tamayo, relató su experiencia con el padre Llanos a quien otorgó la función de “vesícula biliar en el Cuerpo místico de Cristo”. Tres anécdotas, tres sonrisas, tres lecciones de un entrañable sabio.
Joaquim Gomis
ESCRITOR
Cuando recibimos en casa una de estas inumerables llamadas telefónicas de supuestas empresas ofreciendo quién sabe qué, ya he hallado la solución. Debo agradecerla a José María. Las llamadas suelen pedir por mi mujer, ya que en el listín figura su nombre. Y al contestar yo, me preguntan si soy su marido o un familiar. Mi respuesta es: “No, soy el mayordomo”. Quedan tan desconcertados que no suelen insistir más. Y un servidor recuerda a José María porque la idea me viene de él. De cuando años atrás, en una comida con gente de El Ciervo, confesó sonriente que no le preocupaba su porvenir si tenía que dejar la Compañía: “Siempre me queda la solución –dijo– de hacer de mayordomo de alguna marquesa. Creo que sabría hacerlo”. Afortundamente halló soluciones mejores, pero a mí me quedó grabado lo de la mayordomía y, por eso, le envío un cordial saludo cuando utilizo este truco telefónico.
Un saludo que es también un agradecido recuerdo de cuando nos conocimos, en Roma, antes de que se convirtiera –o lo convirtieran– en un personaje polémico. Tenía que dirigir mi tesis doctoral. Pero eran los apasionantes tiempos del inicio de Concilio y ni él ni yo estábamos por la labor de la tesis, que quedó en simple proyecto. Lo que recuerdo y agradezco –porque él y yo nos lo pasábamos bien–son las divertidas conversaciones que teníamos en su pequeño despacho en la Universidad Gregoriana. Eramos como dos soñadores –él sabio, yo aprendiz– en el cambio que podía significar aquel Concilio que Juan XXIII había echado a andar. Soñadores y creyentes, las dos cosas y ambas con mucho humor.
Javier Ortigosa Perochena
PSICOTERAPEUTA
Para mí resulta una gran satisfacción poder escribir unas líneas sobre la estancia del padre Díez Alegría en nuestra comunidad de Cadalso.
El padre Alegría tenía un carácter fenomenal: siempre afable y de buen humor, nos repetía una y otra vez, y siempre con las mismas palabras, las mismas anécdotas. Nos preguntábamos: ¿se dará cuenta de que se está repitiendo? Es un misterio que nunca llegamos a descubrir. De todas maneras, aunque repetidas con las mismas palabras, gozábamos oyendo sus anécdotas.
Era un infatigable lector, de todo tema que caía en sus manos. Y de una memoria excepcional, pues se quedaba con todo lo que leía. Lo único que no le interesaban eran los deportes: mientras los demás veíamos algún partido interesante, él se dedicaba a leer una revista. Había una excepción: le encantaba ver los penalties, cuando alguna final importante terminaba así.
Muy buen conocedor de la teología actual, gozábamos de sus “discusiones” sobre temas teológicos.
Tenía un gran cariño a la Iglesia, pero a la Iglesia de Jesús, que atendía preferentemente a los pobres y necesitados, de los que siempre estuvo muy cerca. Esto hacía que, a veces, fuera muy crítico con algunos miembros de la jerarquía, que se alejaban de ese ideal evangélico. Lo hacía con mucha valentía.
Gran devoto de la eucaristía, asistía con mucha satisfacción a nuestras eucaristías diarias comunitarias.
Pedro Miguel Lamet
ESCRITOR Y JESUITA
Ya se han ido los tres José Marías, que con humor el canónigo biblista González Ruiz llamaba “la trinidad”: “El padre es obviamente José María de Llanos –decía–; el verbo es José María Díez-Alegría, porque no para de hablar; y yo soy el espíritu, porque viajo continuamente”. Los tres publicaron libros en aquella colección polémica de Descleé, “El credo que da sentido a mi vida”. Los tres fueron catalizadores libres y despiertos de un cristianismo de vanguardia en plenas sombras del tardofranquismo. Pero sin duda el que armó mayor escándalo mediático fue el de Díez-Alegría, Yo creo en la esperanza, quizás por dos razones obvias para entonces, por considerar a Marx un profeta, y por lo de siempre, por hablar de sexualidad, perenne tabú eclesial de aquella España, donde además sus dos hermanos eran nada menos que tenientes generales de Franco. Porque, a decir verdad, la mayoría de los doscientos mil lectores que compraron aquel libro se perdían en el laberinto conceptual de este erudito profesor de ética de la Gregoriana.
Jordi Pérez Colomé
Marruecos es un país en progresión económica. Otras de sus principales características son el papel de la religión y algunas costumbres sociales conservadoras. Esta combinación entre progreso económico y vida tradicional hace quizá que se parezca un poco a la España de hace medio siglo. Jordi Pérez Colomé ha estado allí y nos cuenta algunos detalles.
El autobús sale a las 11.30. El vendedor a quien el día antes le compré el billete me ha convocado a las 11.15; me lo escribe incluso detrás del papelito para que me entere bien. Llego con calma a las 11.12 y busco la puerta 7, donde debe estar el autocar que va de Marrakech a Essaouira. En el centro de la estación veo un bus repleto, con gente en los pasillos. Es temprano, espero que no sea el mío. En el 7 no hay nada, pero desde el centro ya me gritan: “¿Essaouira, Essaouira?” Es el mío.
Javier Melloni
Esta mujer renana (1098-1179) fue abadesa de dos monasterios benedictinos y fue consultada como oráculo por los diversos estamentos de su época: por papas y reyes, santos y nobles, abades y clérigos y también por el pueblo sencillo. Fue autora de tratados de las más diversas materias: música, botánica, remedios para enfermedades. Entre su obra prolífica, una de las más significativa es Scivias, “Conoce los caminos”, un libro de visiones y revelaciones que escribió a lo largo de una década a partir de las experiencias que tuvo a sus cuarenta y tantos años. Ella misma dice que “desde mi infancia, desde los cinco años, hasta el presente [53 años], he sentido prodigiosamente en mí la fuerza y el misterio de las visiones secretas y admirables, y las siento todavía”. Escribió en latín e intentó unificar palabra, imagen y ritmos del lenguaje en una escritura llena de evocaciones bíblicas, con un estilo poderoso y enigmático lleno de reverberaciones. La obra contiene 26 visiones y el modo de presentarlas es siempre el mismo: primero describe la visión y luego da la interpretación, enriqueciéndola con textos bíblicos.
Joaquim Gomis
Como siempre, cuando en la redacción me dicen que toca escribir este Diario, en el bus, al volver hacia mi pueblo, pienso en el gran problema: ¿sobre qué escribiré? (Lo mismo dice, también cada mes, mi cuñada y directora: “No tengo tema, el problema es encontrar tema, luego ya todo es más fácil”.) Suerte que María –Marieta–, la joven pacífica y poética responsable del día a día de la redacción, me dice que se trata del número de julio-agosto, es decir, que me ahorro un artículo. No sé si por ser ella joven poeta, en el bus me viene a la supuesta memoria un verso de Lorenzo sobre el sol, el verano. Y se me ocurre que podría hablar del verano. No sé si decepcionaré al lector, siempre digno de respeto, aunque me sea desconocido, como el autor ignoto de un e-mail que me acaba de llegar diciendo que hace cincuenta años que me leía y que “ahora que te encuentro en internet brinco de alegría al ver que sigues pensando con la misma sensatez de siempre: ortodoxo pero a medias”. Elogio excesivo, sin duda, pero bueno es que alguien brinque de alegría. Sea como sea, este mes, tiempo de paréntesis, me gustaría hablar del verano.
Lucía Montobbio
¿Qué es lo que se pretende con la prohibición legislativa del burka? Sobre todo mayor seguridad, evitar indumentarias que impidan la identificación de la persona. El debate, sin embargo, trasciende a otro nivel. No se habla tanto de seguridad como de desacuerdo con el significado que se esconde detrás del atuendo: la sumisión de la mujer. A veces aceptada por ella misma, otras impuesta por el hombre.
Rosario Bofill
El burka es una vestimenta propia de algunos países de tradición islámica. A nosotros nos sorprende, no lo entendemos en absoluto, e incluso, hay quien considera que es denigrante y va contra la dignidad de la mujer. (Sobre este tema de la dignidad se podría hablar largo y tendido al ver algunas vestimentas de las mujeres europeas, o leer los anuncios que se publican en los periódicos para atraer la atención de los hombres.)
En cuanto que tras el burka se pueda atentar contra la seguridad ciudadana, no he leído –porque creo que aquí no ha ocurrido– que escondida tras el burka alguna mujer o algún hombre haya realizado un acto de terrorismo o de coacción.
Lluís Pastor
No es sólo un problema de género, aunque a primera vista lo parece. Cuando una mujer cubre todo su cuerpo hasta ser irreconocible lo que está eliminando es su identidad, no sólo su género.
Que una mujer cubra su pelo y deje a la vista el rostro sí que puede comprenderse como la eliminación de ciertos elementos de seducción. Es lo que sucede con el hiyab, que cubre pelo y cuello. Es lo mismo que hacen nuestras monjas: desaparecer del mercado de la atracción sexual. No creo que esta práctica discrimine a nadie.
Margarita Benedicto
Sinceramente, no puedo entender este debate, ni su necesidad, ni su oportunidad, ni mucho menos su prioridad, en una sociedad como la española en la que la presencia por las calles del burka o del niqab es nula, si no es como un síntoma de una islamofobia que los partidos políticos enarbolan pensando en un rédito electoral. Desgraciadamente quizá no se equivoquen. Está muy extendido entre nosotros el desprecio, la incapacidad para ponerse en lugar de los demás, la superioridad moral de nuevos ricos que han olvidado que no hace tantos años, las españolas del mundo rural andaban muchas veces cubiertas de espesos lutos.
Carlos Eymar
'Se cree en Dios, no en los dentistas ni en los jueces. No se puede tener una fe ciega en los jueces como se puede tener en Dios”. Con estas frases, y otras análogas, don José Bono, presidente del Congreso de los Diputados, hacía pública su peculiar visión teológico-política. El hecho que haya reiterado estas analogías en al menos dos ocasiones, significa que no estamos ante una ocurrencia, sino ante el fruto de una reflexión en la que, a mi juicio, se dan algunas confusiones.
¿Fe ciega en Dios? Me temo que pocos expertos en teología fundamental estarían dispuestos a aceptar una respuesta afirmativa. El creyente, por muy bajo que sea su nivel intelectual, siempre trata de darse a sí mismo, o dar a los demás, razón de su fe. Incluso el famoso carbonero puede apelar
a la luz de su corazón que, muchas veces, supera en potencia a la del entendimiento.
Aunque menos lúcido que el carbonero o el niño, también el sabio busca razones de credibilidad para prestar su asentimiento a las verdades de fe y acomodar a ellas su vida. La fe, si bien tenga por contenido lo invisible, nunca es ciega. Ni siquiera los más recalcitrantes escépticos pueden permanecer indiferentes ante argumentos como el de Pascal. Nadie puede negar
que Dios sea una posibilidad y basta que sea posible para que también sea racional apostar por él.
¿Se puede apostar por un dentista? Bono afirma que la fe en un dentista, si
es que de fe puede hablarse, solo halla su fundamento en su competencia como
sacamuelas. Si no las saca bien o se equivoca de carrillo, no se vuelve a él y punto. Pero así, Bono escamotea el acto de fe que hay que realizar cuando acudimos a un dentista por primera vez, sin más referencia que nuestro dolor. Le sucedió a un amigo mío, de paso por Madrid, un 24
de diciembre. Tras una larga e infructuosa búsqueda por las páginas amarillas, solo halló disponible un dentista de impronunciable
nombre oriental. Mi amigo, acuciado por el dolor, precipitó su acto de
fe, se arrojó en brazos del odontólogo y, gracias a ello, consiguió comer turrón al día siguiente. No sé qué tendrán los pobres dentistas que siempre son utilizados como término cómico de comparación. La de Bono me ha recordado aquél hilarante capítulo: “Si los impresionistas hubiesen sido dentistas”, del libro Sin Plumas de Woody Allen. La analogía entre jueces
y dentistas también nos podría llevar a curiosas cuestiones: ¿se puede recusar a un dentista por enemistad manifiesta? Si los jueces fuesen como los dentistas, se les podría elegir o, como quiere Bono, abandonarlos en caso de mala praxis. Pero la realidad es que a los dentistas normalmente
“vamos”, mientras que a los jueces “nos llevan”. No se nos da a elegir, no hay páginas amarillas de servicios judiciales porque el juez, como se dice en el argot jurídico, está predeterminado por la ley.
Su credibilidad se remite, en última instancia, a la credibilidad de la ley y de los mecanismos legales que tienden a preservar su imparcialidad. Es cierto que hay errores, disfunciones, jueces inicuos y corruptos, pero su existencia no puede poner en entredicho la credibilidad generaldel sistema. La desconfianza hacia los médicos, hacia los jueces, maestros, curas e instituciones en general, alentada por los medios, más que a la incompetencia de los profesionales, hay que achacarla a una crisis general de fe. No se cree en nada y el individuo parece orgulloso de exhibir su
escepticismo universal frente a todo: él es el rey. Y, sin embargo, siguen subsistiendo las razones de credibilidad en Dios, en losdentistas y en los jueces. Bono lo sabe y por eso se declara creyente y afirma tener confianza en el Supremo. Mientras tanto las clínicas dentales siembran de anuncios en la red las declaraciones del presidente del Congreso de los Diputados.
Javier Melloni
Viajar es partir. También lo es peregrinar. Los dos partires se acercan
cuando uno está dispuesto a dejarse transformar por cuanto salga al
encuentro en ese éxodo-éxtasis que es el viaje-peregrinaje. La diferencia es que del primero se vuelve cargado de objetos de regalo mientras que de una peregrinación se vuelve más despojado. Algo de lo visto o vivido en tierras ajenas se ha introducido en uno y ya no se es el mismo. El viaje se
transforma en peregrinaje cuando se produce esta transformación.
Para ello hay que disponerse: llevar pocas cosas consigo, para obligarse a entrar en relación con las personas y productos locales. Si no, ¿qué posibilidad tendré de abrirme a lo nuevo que advenga? Si ya dispongo de todo en el propio equipaje -no sólo físico sino mental-, ¿qué necesidad
tendré de lo diferente? En el viaje-peregrinaje se eluden los hoteles y se eligen los albergues. El hotel es un mundo separado de su entorno. No
entra la gente común del lugar, no se ven sus vestidos ni penetran sus olores. Uno es tratado engañosamente como señor. Se sube de pronto de status social adquiriendo una posición que no se tenía en el lugar de origen. En los albergues, en cambio, uno convive con la población
local porque los que te acogen son familias que a veces comparten su propio hogar y comida con los huéspedes. Así aparecen conversaciones que jamás se darían con el personal anónimo de un hotel.
Es propio también del viaje-peregrinaje usar los medios de transporte públicos en lugar de vehículos privados. El trayecto se convierte entonces en una aventura y en una fiesta, expuesto a las comunes incertezas
del viaje con la población local.
Quien ha conocido este tipo de viajes peregrinajes no puede viajar de otro modo sin la sensación de estar profanando el país que visita.
Finalmente, otro de los signos de peregrinar y no sólo viajar es besar el suelo de esa tierra que se ha hollado. Ese beso sella un vínculo con el lugar y con su gente y deja una marca indeleble en el alma. Si no brota ese beso, es que el lugar visitado nos ha dejado indiferentes. Entonces, no sólo
no hemos peregrinado, sino que tampoco hemos viajado.
El Monte Athos (Grecia). Es un lugar que no es fácil de visitar porque se
requieren permisos especiales pedidos con anticipación y sólo dejan entrar a
los varones.
El otro viage de peregrinación es el recorrido del Ganges, desde sus fuentes
(Gangotri) hasta Calcuta pasando por Benarés y desviándose un poco a
Boddhigaya (cuna del budismo).
Javier Melloni
Egied van Broeckhoven (1933-1967) fue un jesuita flamenco que murió
a los treinta y cuatro años de edad en un accidente laboral. Durante sus años de formación en la Compañía de Jesús se planteó la llamada a la Trapa o a la Cartuja hasta que entendió que para él la zarza ardiente de la contemplación estaba en los barrios obreros de Bruselas. Esta llamada le llevará a un progresivo descendimiento a los infiernos. Diversos accidentes laborales fueron estigmatizando su cuerpo hasta que murió estrellado contra unas planchas de acero, con los brazos extendidos, como Cristo en cruz. Conservamos el testimonio de su itinerario gracias a un extenso diario personal donde fue anotando sus reflexiones y vivencias hasta la víspera misma de su muerte. Tres temas van apareciendo continuamente: el fondo trinitario de su experiencia de Dios (por el Hijo en el Espíritu hacia el Padre); el valor místico de la amistad; y su atracción por los más pobres y desvalidos.
En el camino hacia la clínica [donde tiene que ser curado de una herida
causada por un accidente laboral] gran consolación, experiencia mística completa: cómo, desde el Océano de Dios, desde su poder infinito, el Hijo ha venido hasta mí: cómo en un encuentro personal yo he sido colocado en este mundo en el Hijo, por el Hijo en su divinidad y su humanidad, y cómo yo voy hacia el mundo para ir hacia el Padre con el Padre en el Hijo (…). He experimentado la Plenitud de la vida que circulaba a través de mí, y por esto, que me habitaba una gran fuerza, con una gran paz, sabiendo que me hallo allá donde el Amor quiere que esté.
Visita de Ahmed [un marroquí compañero de trabajo]. Estamos un buen rato
estrechándonos las manos: “Somos pobres”. El Señor estaba allí, sin dudarlo.
Todo trabajo, no importa en qué nivel, es una participación en el trabajo del Padre engendrando al Hijo en el Espíritu.
Deseo profundo y necesidad intensamente experimentada de poder, desde
ahora, a fuerza de desearlo, vivir y realizar, en medio de los destellos del Fuego divino, la fuerza de su Presencia. Cómo todo está salvado en Dios; la amistad, el trabajo, etc.
Una persona no puede ser captada en toda su profunda riqueza sino es
cuando se ve la luz que resplandece en el fondo de ella misma e ilumina desde allí todo el resto. Pero para percibir todo esto se requiere el desprendimiento de todo lo que no sea la luz.
Mi amigo es como una ciudad en la cumbre de un volcán. Peregrino, yo
subo hacia ella; en el corazón de esta ciudad se halla un templo habitado por Dios, Trinidad de personas. Señor, ayúdame a no instalar nunca mi tienda en la periferia de esta ciudad.
Hemos de amar a los demás porque “son de Dios”, y amándolos así somos
del todo y enteramente “de todos”. Nos amamos los unos a los otros hacia Dios, que es lo mismo que decir hacia nosotros y hacia los otros.
Para hallar a Dios no basta con decir que Él es mucho más profundo o más
rico que la persona querida; porque decir eso es todavía relegarlo a la superficie.
Hay que decir que la intimidad de esa persona se halla situada en Dios. De este modo se introduce su intimidad en la Intimidad.
“Dejar que la vida de Dios circule a través de mí hacia los otros, y por los
otros hacia mí”.
Pleroma: comunidad de amor de todos, Dios todo en todos. ¡Hay tantos
materiales, tanto amor esparcido por el mundo…! Todo eso ha de recogerse, y
los constructores ni siquiera se dan cuenta.
Entre el amor y el poder
José Ignacio González Faussta opinión la institución eclesial le tiene miedo a Dios o, matizando más, a que Dios sea el que se reveló en Jesús y no el de una
idea religiosa general de Dios, tal como dijo Dietrich Bonhoeffer. Porque, en ese caso no se puede apelar a Dios para justificar cosas que el evangelio de Jesús no aprobaría. De ahí la tendencia clara a apelar a un Cristo divino antes que al Jesús humano que debería dar rostro a ese Cristo.
Puedo añadir que ese miedo lo comprendo porque creo conocer mi propia pasta y la pasta humana. Otra cosa es que tema que de esa manera la institución
eclesial acabe cumpliendo en ella la advertencia de Jesús: que quien pretende salvar su vida la pierde y sólo quien la pierde por el Reino de Dios y el evangelio acaba salvándola. Pero comprendo el miedo que da la incómoda inestabilidad del Reino de Dios, y lo tentadora que resulta la cómoda instalación en este mundo. El resultado de ese miedo es, en mi
opinión, que la institución eclesial se parece hoy mucho más a la institución judía del siglo i con la que Jesús chocó hasta costarle la vida, que a la comunidad de hijos (libres), hermanos (iguales) y servidores (solidarios) que debía brotar el seguimiento de Jesús. Creo que, en el Vaticano II, la Iglesia “salió de Egipto”, es decir: de su pretensión de ser “sociedad perfecta” que no era más que una casa de esclavitud. Luego se
encontró en medio del desierto y comenzó está Dios con nosotros o no”. Creo que la Iglesia debería aprender de la historia previa del pueblo de Dios, para no repetir aquellos mismos pecados. Pero me parece que ese aprendizaje le da muchísimo miedo, y esconde ese miedo con gritos de aparente valentía para desafiar al mundo, pero escurriendo el bulto de su propia conversión
institucional que es el que verdaderamente la asusta. Como he dicho, todo eso tiene que ver con si la Iglesia es una institución del Dios-Amor, que “ama tanto al mundo como para entregarle lo mejor de sí” (Juan 3,16) y que se despoja de su dignidad divina para acercarse al mundo empecatado al que ama, o si es una institución del Dios-Poder, que condena al mundo y pone su dignidad en distanciarse de los hombres.
Un obispo australiano publicó hace poco un libro titulado Poder y sexualidad
en la Iglesia. En el primer capítulo explica que la conferencia episcopal de su país le encargó estudiar los casos de pederastia (y añado yo entre paréntesis una pregunta que aún no he oído a nadie: ¿cómo es que todos esos casos han aparecido en el mundo rico y no en el mundo pobre?) Pues bien: al adentrarse en su estudio fue llegando a la conclusión de que el problema no era exclusivamente de sexualidad sino sobre todo de poder. Y al entrar por esos senderos fue tropezando con la oposición y las amenazas de la curia. Hasta que terminó presentando su dimisión, y contando la historia de su
investigación en un libro. La institución estaba dispuesta a resolver un problema de moral personal, pero no una raíz de poder institucional.
Lo que implicaría para la Iglesia perder ese miedo al evangelio lo expuse hace ya años en un artículo (“Para una reforma evangélica de la Iglesia”) que apareció primero en la Revista catalana de teología y luego fue recogido en un libro (Iglesia ¿de dónde vienes? ¿A dónde vas?), publicado
por Cristianisme i justicia. Remito allí si alguien quiere más concreciones. Ahora añadiría sólo dos cosas:
1. Lo más urgente es una profunda reforma de la curia romana: que la ponga al servicio de la autoridad eclesiástica (constituida por todo el colegio episcopal y su cabeza) en lugar de funcionar como una pantalla que se interpone entre el cuerpo y la cabeza. Que, para eso, los miembros de la curia dejen de ser obispos (cumpliendo el concilio de Calcedonia que decía que no se consagre a nadie obispo sin una iglesia) y, de este modo, deje de ser una plataforma que favorece el carrerismo, la búsqueda de honores humanos religiosamente vestidos y el irse situando para estar en posiciones
favorables según soplen los vientos.
2. De momento, no espero una primavera cercana en la Iglesia. Probablemente
habremos de soportar aún tiempos más recios e inviernos más fuertes, hasta que la fuerza del Espíritu pueda con la resistencia de la institución y la Iglesia comprenda como Pablo que “le es duro cocear contra
el evangelio”.
Privilegio en jaque
Juan Martín Velasco
Supongo que con “Iglesia”, El Ciervo se refiere a sus instancias jerárquicas; estoy seguro de que el miedo a la libertad de los creyentes de que habla el título es real. Tengo que añadir, además, que no participo en absoluto de ese miedo y que me resulta difícil explicármelo en personas que pretenden ser creyentes y que supongo que han hecho suya la visión evangélica de la Iglesia propuesta por el Vaticano II.
La imagen de la Iglesia que ofrecen no pocos representantes de la jerarquía
en sus declaraciones me ha hecho pensar más de una vez en un texto escrito por Bonhoeffer desde la prisión: “Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de
cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Todo el pensamiento, todas las palabras y toda la organización en el campo del cristianismo, han de renacer partiendo de esta oración y de esta actuación cristianas […]. No ha terminado aún su refundición (la de la Iglesia), y cada ensayo de dotarle prematuramente
de un poder organizador acrecentado no logrará sino demorar su conversión y
purificación”. La forma de entender la Iglesia y de hacerla presente denunciada en estas líneas se corresponde con el modelo de Iglesia “sociedad perfecta”, centrado en la jerarquía, y que se entiende a sí misma
como sociedad desigual, en la que los representantes de esa jerarquía, tal vez con la mejor intención personal e incluso con una subjetiva voluntad de servicio, creen desempeñar la función de intermediarios entre Dios y los hombres, y que en su nombre los enseñan, gobiernan y santifican.
Tal comprensión de la Iglesia ha sido calificada de eclesiocentrismo cristiano. Otros la denominan “eclesiastización del cristianismo”, es decir, la sustitución en la práctica de Dios y de Jesucristo por la
Iglesia como término de la adhesión, la obediencia y hasta la fe de los fieles. Desde semejante comprensión, casi nunca formulada explícitamente, de la Iglesia, y del lugar y la función de la jerarquía en ella, ésta se ve llevada a ignorar la dignidad de los fieles, la condición “real,
sacerdotal y profética del pueblo fiel” del que el Nuevo Testamento escribe:
“Vosotros, en cambio, tenéis el Espíritu de Dios y lo sabéis todo”. “En cuanto a vosotros, el Espíritu que habéis recibido de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, antes
bien, ese Espíritu que es fuente de verdad y no de mentira, os enseña todas las cosas”. Unos textos de los que el Vaticano II se ha hecho eco cuando afirma: “la totalidad de los fieles que tienen la unción del
Santo no puede errar en la fe”, incluyendo en esa totalidad también a los que ejercen los diferentes ministerios. La comprensión por la jerarquía de su ser y su misión en el marco de un cristianismo eclesiastizado la lleva a ignorar la posibilidad de una experiencia del Espíritu por los fieles, a no tener en cuenta su sentido de la fe, y a no admitir otros modelos de santidad que los representados por personas que han mantenido y sancionan
el modelo de Iglesia reconocido por ella. En esta situación, lo que la jerarquía de la Iglesia teme en relación con los creyentes conscientes del margen de libertad que les otorga el don del Espíritu, y su condición de hijos de Dios, es que la experiencia liberadora de ese Espíritu por su
parte ponga de manifiesto, como hicieron profetas y místicos de otros tiempos, lo humano y demasiado humano, lo artificioso del sistema eclesiástico en que está instalada, con los peligros que para esa instalación suponen sus voces, acreditadas por la autenticidad de sus vidas y el sentido evangélico de sus palabras. ¿Cuál es entonces el miedo de la jerarquía a este respecto? Para una interpretación malévola y hecha desde fuera de la Iglesia, el de que la denuncia que esas voces conllevan ponga en peligro la situación de privilegio que otorga a la jerarquía la instalación en ese sistema. Para los que, desde el interior de la Iglesia y conscientes de nuestras propias limitaciones, preferimos la benevolencia para con las personas, el miedo a que se desmorone la comprensión de la institución y la institución misma, que les parece indispensable para
que perdure la Iglesia de Jesucristo.
El polvo que no se limpió
Juan Rubio Fernández
El miedo anida en la Iglesia desde la misma tarde de Viernes Santo. No es nuevo en el corazón de los creyentes. Ya en los inicios, cuando amanecía un estilo de vida nueva, estaban los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos temiendo correr la misma suerte del Maestro. Sin embargo,
el miedo que más los atrapaba en aquella oscura estancia no era el externo, sino el interior. Era el miedo del corazón, a la desesperanza, el miedo a sentirse fracasados en un abismo de incertidumbre. La última vez que habían visto al Señor había sido colgado en la cruz y abandonado de todos. La esperanza se había puesto a prueba pero ellos intentaban levantar el vuelo. No había datos para una esperanza viva. Sí tenían, sin embargo, una profunda
razón para la esperanza: la promesa de la resurrección. Jesús se hace presente y disipa el miedo diciéndoles: “Soy yo. No temáis”. Que no tiemble vuestro corazón. Y, convencidos de esta presencia nueva y vivificadora salieron a la calle, abrieron las ventanas al mundo, las mismas que después
han cerrado en muchas páginas oscuras de la historia de la Iglesia, por haberle faltado esa inmensa confianza en las palabras del Señor. El miedo desapareció del corazón de los once. El miedo quedó desalojado de aquellas mujeres pioneras de la evangelización y nunca más entró en la vida de los que, camino de Emaús, iban magullando el desaliento. No hay lugar
para el miedo. No es nuevo en la Iglesia, como no es nuevo el antídoto contra él: saber bien de Quién nos hemos fiado. En la Iglesia no se ha desterrado el miedo aún y quedan vestigios de su poder enervante que se muestra de muchas formas, pero también en el temor profundo a
las reformas necesarias y urgentes que eviten tener que sonrojarnos ante el mundo. Hay muchas tempestades que han sido sembradas por vientos de miedo y hay muchos lodos que se han formado de tanto polvo que por miedo no se limpió a tiempo. Las recientes tempestades en la Iglesia con motivo de los escandalosos casos de pederastia han tenido en ese miedo de antaño su caldo de cultivo como otras realidades eclesiales que necesitan revisión. Hay miedo a hablar de otros muchos temas como el celibato, el ministerio
de las mujeres, los lacerantes temas de la bioética, los simples cambios litúrgicos que nos devuelvan un sacrum más vivo, la situación de las parejas divorciadas o la forma de ejercer el poder en la Iglesia, de nombrar obispos, de incorporar el laicado vivo, de reformar la vida religiosa, de hacer un planteamiento más abierto de la cultura, la ciencia, la vida sociopolítica. Y con ese miedo es con el que sale a la palestra, defendiéndose siempre de todo y proponiendo la verdad de forma silenciosa. En una mano el tridente y en otra el escudo. ¡Bonita manera la de salir a
la arena¡ ¿No es mejor salir con las manos abiertas y la mente clara para gritar a todo el que quiera oírlo que el evangelio es una muy buena noticia y que, sentados alrededor de una mesa tenemos mucho que compartir y mucho en lo que trabajar. La mejor defensa no es un buen ataque en la Iglesia. No es ese el estilo del Maestro. La mejor defensa es la que hace crecer espacios para el diálogo constructivo, la propuesta sana y dignificadora y la tarea compartida. La Iglesia ha de depurar sus mecanismos internos de cara al exterior: una falta de información por miedo, hace crecer el bulo y la sospecha. Una acusación desmedida y férrea hace crecer el miedo entre los hermanos que se sienten perseguidos y atacados. ¡Cuándo se darán
cuenta de que el enemigo a batir no es el de la propia casa! El enemigo a batir tiene un rostro distinto. Hoy el miedo sigue colándose entre los hermanos. Me resisto a creer en una Iglesia en la que, por miedo, hay veces
que se miente y se silencia la verdad. Hay mucho miedo cómplice que entumece
la labor profética en la Iglesia: miedo a disentir, incluso en cosas pequeñas; miedo a los delatores y censores, cosecha abundante últimamente. Miedo a que no te den prebendas, que te quiten las que ya tienes o que te manden al ostracismo borrando tu nombre de la mesa de invitados, esa mesa en la que se cuece el futuro. ¡Pobres gentes! Al miedo lo llaman ahora prudencia y mesura. Cuando anida en el interior de los cristianos produce efectos pésimos. El miedo entumece ideas y tiene profundo olor a naftalina. He visto a gentes llorar amargamente porque el miedo a mostrarse como son y a decir lo que piensan los tiene entumecidos y temen perder lo que tanto
sudor les costó. El miedo es natural en el prudente, y el vencerlo es lo valiente, decía Alonso de Ercilla. Cuando hay miedo es que faltan muchas cosas en la vida eclesial: confianza, empatía, frescura, amistad, verdad, perdón, corrección fraterna. El miedo anida en mitras, sotanas, capelos,
cátedras, editoriales, hábitos, claustros, asociaciones y conventos. Es libre y universal. Paraliza y oculta la esperanza.
Un pretexto para el poder
José M. Castillo
Los escándalos de abusos sexuales, que numerosos clérigos han cometido con niños y el interés de la jerarquía por ocultar esos escándalos, han puesto en evidencia que la Iglesia, por mucho miedo que le tenga al sexo, le teme bastante más al deterioro de su imagen pública.
Es una forma de desnudez
Dolores Aleixandre
Oí tus pasos en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo y me escondí” (Génesis 3,10). De ese “miedo original” a la desnudez venimos y el intento de esconderla nos viene también de lejos. Los discípulos heredaron ese ser asustadizos pero, cuando Jesús los regañaba por sus miedos, sus reproches iban dirigidos más a su torpeza que a su maldad, cosa que es casi peor, porque ser corto es más irremediable que ser perverso.
Joaquim Gomis
Lo descubrí, con sorpresa y gozo, en el año 1958, en Salamanca, gracias al gran teólogo Tomás de Aquino, un santo que desde joven me ha caído
simpático por su modestia, por su intrepidez intelectual, porque en vida fue
condenado aunque siglos después le convirtieran en teólogo oficial de la Iglesia.
Josep Maria Margenat
El cristianismo parece que está muriendo de éxito en Europa porque buena parte de sus mensajes morales y políticos se han incorporado en la vida de las distintas comunidades y parecen haberse hecho cristianamente superfluos. Justicia, dignidad humana o solidaridad se han secularizado como valores. Los europeos no necesitan ya referirlos a su fuente originaria. Algo así escribía hace años Adela Cortina y hace más años lo leí a Walter Kasper, aún en Alemania. También Jordi Pujol dice algo parecido. Cataluña es el país más cristiano de Europa pues ha asumido en su fondo los valores cristianos, aunque sea con una llamativa secularización, y los ha transformado en religión cívica. Ésta sería una muerte de éxito, dulce.
J. A. González Casanova
Es conocida la idea de que Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos. Viene a ser como el refrán “no hay mal que por bien no venga”. La pederastia de algunos clérigos, reconocida ahora por el Vaticano, ha sido el proyectil que ha abierto en el muro de la Iglesia romana la amplia brecha por donde se cuele en el futuro la renovación de su estructura organizativa y de poder. Porque, por grave que sea el delito cometido, por injustamente doloroso que sea el sufrimiento de las víctimas, lo que el caso ha puesto de clamoroso relieve es la actitud de ocultación sistemática que les ha sido posible adoptar al Vaticano y a los obispos implicados durante largos años.
Lo más importante no es el pecado de lascivia, sino el delito penal de abuso sexual, agravado por el de confianza, dado el carácter religioso de sus autores. Y lo que importa en grado sumo es que una Iglesia que se dice cristiana se considere irresponsable, penal y civilmente, de ese delito, se permita asumir el papel de encubridora del mismo y justifique todo ello con el mito de que la Iglesia es una “sociedad perfecta” que no ha de dar cuentas de los actos cometidos contra la sociedad civil. Se trataría, pues, de una cuestión eclesiástica interna (“los trapos sucios se lavan en casa”) que debe ocultarse para asegurar el prestigio de la institución. Y como Dios ha prometido a la Iglesia la asistencia del Espíritu Santo y “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, el papa puede proclamar que resiste sin temor las “habladurías” y “rumores” sobre sus órdenes de ocultamiento sistemático, so pena de excomunión, de lo que se supone conocido en su momento por razón de sus cargos. Y, cómo no, un obispo español, que considera más grave el aborto que la pederastia, ha hablado de una campaña de los que no quieren creer en Dios.
¿Hubiera sido posible esta actitud de encubrimiento, irresponsable y antisocial, sin la estructura del poder político de la Iglesia romana? El papado es un régimen monocrático en el que el papa ostenta los tres poderes propios de un Estado de derecho. Él nombra a los cardenales de la Curia, verdadera oligarquia gobernante. La democracia electiva no es la propia de la Iglesia, según el teólogo Ratzinger. Los derechos humanos y civiles del pueblo de Dios no son ninguna garantía eficaz frente al poder papal. El Estado no puede entrometerse en esa cuestión con argumentos “seculares”, pero la Iglesia sí puede hacerlo con la sociedad civil alegando un derecho divino.
La supuesta campaña de desprestigio que, según el Vaticano, han desencadenado los enemigos de la Iglesia católica (o sea los enemigos de Dios) ha sido negada por aquellos obispos que han reaccionado con sentido de responsabilidad cívica y cristiana en Alemania, Austria y Estados Unidos. Ellos le han dado la mano a los “invasores” que, con toda razón, han penetrado por la grieta que forman las mil denuncias de las víctimas que exigen justicia, reparación y enmienda. En cierto modo eso significa, de hecho, un cisma concreto y preciso, pues no comparte la respuesta oficial vaticana. Los altos mandos de la Iglesia saben ya que no se acatan todas sus consignas por los fieles de los países democráticos, excepto España, donde el episcopado se parece tanto al Partido Popular en sus actitudes respecto a la corrupción política, permitiéndola (que es fomentarla), ocultándola, presumiendo inocencias, persiguiendo a quienes la denuncian e investigan, acusando de campaña mentirosa de sus rivales lo que es una verdad evidente de los hechos.
Esto no es más que el comienzo. A medida que el “efecto llamada” multiplique las denuncias de pederastia en todo el orbe católico, la Iglesia vaticana no podrá seguir a la defensiva. Claro está que ni el Papa ni los obispos se sentarán en el banquillo de las jurisdicciones penales. Tal vez las Iglesias nacionales indemnicen a algunas víctimas. Pero lo decisivo será la pérdida de legitimidad del sistema autocrático del papado, la última monarquía absoluta que existe en Europa. Los santos inocentes, violados por unos pobres reprimidos sexuales, han redimido el pecado estructural de un poder que se escuda y se excusa en nombre de la divinidad. Por el muro pétreo que defiende la fortaleza vaticana penetra en ella, en nombre de la justicia, la fuerza de renovación cristiana que la derroque.
Javier Melloni
A los veinticinco años, quien sería un célebre islamólogo tuvo una fulgurante conversión en un calabozo de Irak, donde había sido detenido por sospechoso de espionaje al servicio del gobierno francés. Indefenso en un país extranjero y enfermo de paludismo, al borde del suicidio, irrumpió en él la presencia de Dios. Massignon (1883-1962) se refirió el resto de su vida a aquella experiencia bajo el nombre de “la visita del Extranjero”. Poco después fue liberado y acogido con extrema delicadeza por una familia musulmana, con la que sellará una amistad para siempre. Esta doble experiencia –la irrupción de lo divino en su mente descreída y ser acogido en la debilidad– dio un giro radical en su interpretación del Islam y en el diálogo entre las religiones y culturas. Entregó su vida a favorecer acercamientos y fue defensor de los derechos humanos y así como impulsor del derecho internacional. Conoció a Charles de Foucauld y durante unos años se planteó unirse a él. Fue también admirador de Gandhi y un activista de la no-violencia. He aquí dos versiones de aquella experiencia narradas por él.
Al Extranjero que me visitó en la prisión en una tarde de mayo, cauterizando mi desesperación que él hendió como la fosforescencia de un pez que ascendiese desde el fondo de las aguas abisales, me lo había revelado mi espejo interior disfrazado bajo mis propios rasgos –explorador extenuado por su cabalgadura por el desierto, traicionado, según sus hospedadores, por sus pertrechos de intrusión científica y sus camuflajes de espía- antes de que mi espejo se oscureciese ante su incendio. Ningún nombre subsistió entonces en mi memoria (ni siquiera el mío) que pudiera haberle sido gritado para librarme de su estratagema y evadirme de su trampa. Nada, salvo la declaración de su sagrado abandono: reconocimiento de mi indignidad original, translúcido manto entre nosotros dos, velo impalpablemente femenino del silencio: que le desarma; y que se irisa con su llegada: bajo su pala-bra creadora. El Extranjero que me ha tomado tal cual en el día de su cólera, inerte en su mano como una lagartija de las arenas, ha trastornado poco a poco todos mis reflejos adquiridos, todas mis precauciones y mi respeto humano. Mediante un trastrocamiento de los valores él ha trasmutado mi tranquilidad relativa de poseedor en miseria de pobreza (…) tal como la mayor parte de los hombres sólo lo alcanza muriendo. Busco una palabra para entrar en la presencia de Aquél que ningún nombre se atreve a evocar, ni “tú”, ni “yo”, ni “él”, ni “nosotros”. Sólo puede transcribirse en un grito, ciertamente imperfecto pero punzante, como el de Rumi, en el que el deseo divino, esencial, insaciable y transfigurante, brota de lo más profundo de nuestra adoración silenciosa y desnuda, la noche: “Aquél cuya belleza volvió celosos a los ángeles, ha venido a despuntar el día y él ha mirado en mi corazón; él lloró y yo lloré hasta la llegada del alba; después él me preguntó: de nosotros dos, ¿quién es el amante?”.
Fui cogido en la trampa, arrestado como espía, amenazado de ejecución, intento de suicidio por horror sagrado de mí mismo; recogimiento súbito, los ojos cerrados ante un fuego interior que me enjuicia y me quema el corazón, certidumbre de la Presencia pura, inefable, creadora, que suspende mi sentencia por la plegaria de seres invisibles, visitadores de mi prisión, cuyos nombres hieren mi pensamiento: el primer nombre, mi madre (en aquel momento rezaba en Lourdes); el quinto, el nombre de Charles de Foucauld. Los otros tres nombres, los de mis anfitriones: Dajâla, Iyâra y Diyâfa. Salvado por ellos y a su costa, tras mil dificultades, regreso a Francia.
Joaquim Gomis
Miguel Lirio Soriano, gerente de la editorial Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, me explica que el personaje básico para una eficaz difusión del libro es un buen librero. Y que, por tanto, tarea necesaria para una editorial en búsqueda de lectores es cuidar la relación con los libreros. Me lo decía antes de viajar a Andalucía, pocos días después de regresar de Méjico y Guatemala. De lo que me decía Miguel me fío no sólo porque es un excelente amigo –aún joven él, ya viejo yo– sino porque lo confirman los resultados en las ventas de las publicaciones del Centre de Pastoral Litúrgica (el CPL para los amigos).
Carlos Eymar
Con el broche del Goya al mejor guión original, además de otros menores, la película Ágora, de Amenábar, cerró su periplo por las pantallas españolas. Tras ella quedó, sobre todo, el rastro de la singular figura de Hipatia, astróloga y filósofa neoplatónica de la Alejandría de finales del siglo iv. Su valía y su fama como maestra quedaron potenciadas por su trágico final a manos de una turba de cristianos enfurecidos.
Insiste Amenábar en que su película no va contra los cristianos, sino contra quienes usan la fuerza para defender sus ideas. Nadie lo diría al ver su película. En ella, los cristianos son representados de una forma tan poco sutil como lo fue la figura del cura en Mar adentro. Aparecen caracterizados con el aspecto malencarado de islamistas radicales de la banlieue parisina: tez morena, barba cerrada y una capucha de sayal negro que, como todo el mundo sabe, es la indumentaria más apropiada para combatir el calor húmedo de Alejandría. El color negro de las masas cristianas era necesario para que la cámara los presentara desde lo alto como una plaga de amenazadores insectos. Frente a ellos los paganos son dibujados como una élite de gente culta, amante de los libros y la ciencia, y ataviados con túnicas blancas.
Pere Escorsa
La primera impresión de una ciudad depende del lugar en que te hospedas. Si tienes la suerte de llegar a San Salvador y alojarte en un hotel de cinco estrellas, en plena zona rosa, la sensación es muy agradable. En los alrededores casas bajas, unifamiliares y mucha vegetación, aunque sobresalen algunos edificios altos, como el Hilton o la nueva Torre Futura, que no tiene nada que envidiar a la Torre Agbar de Barcelona. Abundan los modernos centros comerciales, con tiendas y restaurantes de todo tipo. No se ven huellas del terremoto que destruyó la ciudad en 1986.
Javier Melloni
Fue uno de los intelectuales ingleses más relevantes del siglo xx que vivió de 1898 a 1963. Hombre de una amplia cultura literaria, filosófica y teológica, se movió en el mundo intelectual de Oxford y Cambridge, donde fue profesor de literatura inglesa medieval y renacentista. Fue miembro del mismo grupo de escritores que J.R.R. Tolkien. En nuestro país fue conocido por las Cartas del Diablo donde, con un tono humorístico, describía las tretas del mal en las que caemos. Recientemente ha sido redescubierto porque sus narraciones alegóricas, situadas en el mítico reino de Narnia, han pasado a la pantalla. Se consideraba a sí mismo apologista, en el sentido de querer hacer “regresar la razón” (apo-logos) a su origen, que es Dios. De una imaginación desbordante, consideraba que las imágenes tienen más fuerza que los conceptos; por ello fue más narrativo que especulativo. El sentido corporal y tangible de las cosas tenía para él profundidad teológica así como consideraba que “los placeres son rayos de la gloria de Dios que alcanzan a nuestra sensibilidad”. Soltero empedernido hasta avanzada edad, se casó finalmente con una mujer, Helen, con la que compartieron años muy felices, hasta que ella falleció tempranamente. Este drama fue llevado a la pantalla por Richard Attenborough en Tierras de Penumbra (1993) a partir del relato que Lewis dejó escrito en Una pena en observación (1961). Los fragmentos aquí elegidos están tomados de ese texto, donde explica la experiencia que tuvo de su mujer después de muerta.
El final del celibato
Leticia Campa
El Vaticano pondrá en marcha una serie de medidas en un desesperado intento de reparar lo irreparable. Entre estas, se prevé prestar atención psicológica, personal y pastoral a las víctimas que han sufrido los abusos por parte de sacerdotes. Me pregunto si esas víctimas y sus familias estarán dispuestas a confiar en la ayuda que les viene de parte de la misma institución que tanto daño les ha causado. ¿Como podrán niños y adolescentes que han sido sometidos a tales abusos y humillaciones, confiar nunca más en personas que se amparan en la impunidad moral que les confiere su estado de gente de la Iglesia?
Hay quien cree que la norma irrefutable del celibato que acatan voluntariamente los hombres que deseen ordenarse sacerdotes de la Iglesia católica es una causa evidente de los desequilibrios psicológicos que puedan llegar a empujar algunos a cometer abusos a menores.
Sinceramente, creo que estaría muy bien que la Iglesia finalmente reconsiderara la ley del celibato así como tantas otras cosas para ponerse al paso con los tiempos. Sin embargo, me parece que individuos que han sido capaces de la imperdonable vileza de abusar de niños que les habían sido confiados para su formación espiritual, no merecen siquiera ser considerados aptos para una sana vida de pareja y el cuidado de unos hijos. ¿De cuántos otros abusos serían capaces dentro de su ámbito familiar? ¿De cuántas traiciones y engaños aprovechándose de la confianza de seres más débiles?
La incultura del silencio
Joaquim Gomis
Monseñor Charles Scicluna es nada menos que el promotor de justicia de la Congregación romana para la doctrina de la fe (antes conocida como Santo Oficio). Y en ella es el juez encargado de los denominados delicta graviora, es decir, lo que allí consideran delitos más graves que afectan a los miembros de la Iglesia. Entre ellos, claro está, los actos de pederastia de miembros del clero. Me ha gustado que en unas declaraciones recientes able claramente de la cuestión, ofrezca cifras concretas de los casos (aunque, es comprensible, desde una perspectiva de defensa de lo que él llama “la institución”, significativa denominación de lo que la mayoría llamamos “la Iglesia”). Pero sobre todo me ha gustado que reconozca el peso determinante que en toda esta cuestión, desde hace años por no decir siglos, ha tenido lo que define como “cultura del silencio”. Que ha llevado –dice– a muchos altos responsables eclesiásticos a intentar resolver en privado, ocultándolos del público y buscando soluciones discretas, los casos de pederastia o los más frecuentes de lo que él denomina “efebofilia”(relación con adolescentes).
Acierta monseñor Scicluna al señalar el origen de esta cultura del silencio: “Un mal entendido sentido de defensa del buen nombre de la institución”. Como en una familia, se ha intentado ocultar los delicta graviora para que los demás no pensaran mal. Defender el buen nombre ha pasado por encima de la defensa de la justicia y, sobre todo, de los más débiles. El resultado, ahora, ha sido todo lo contrario. Se ha demostrado que, en esta cuestión como en todas, la cultura del silencio es en realidad una trágica incultura.
Un buen piscoanálisis
Carlos Eymar
Cuando les veo en sus cochecitos o correteando por los parques, creo comprender la maldición lanzada por Jesús contra quienes escandalizasen a un niño. Me represento la imagen de la inmensa rueda de molino hundiéndose en el mar mientras los pies del pedófilo aletean inútilmente hacia arriba, tratando de liberarse de la asfixia. Y eso –¡más le valiera!, se dice– es lo mejor que le puede suceder. En cualquier caso su destino es un abismo de angustia y tormento infinitos. El pederasta, y más aún el que cree en el pecado y se ha revestido de una sotana o un hábito, ha de sentirse, en algún momento de su vida, próximo a la desesperación de Judas. Posiblemente también él haya sido objeto de abusos en su infancia y haya luchado denodadamente por mantenerse fiel a sus votos.
Pero tras su fracaso, tras su ceguera ante el rostro de su víctima, no queda otro remedio: merece la cárcel como un fondo del mar liberador. La Iglesia, semper purificanda, debe también afrontar su culpa por haberle elegido, sin excusarse con análisis estadísticos o con evidentes encarnizamientos mediáticos que tienden a hacer de la sotana el símbolo de la pederastia. Ha de sacar a la luz lo que estaba escondido y colaborar para atar la soga al cuello del pederasta. Solo después, como Cristo, podrá descender a los infiernos de la prisión para ofrecer compasión y los servicios de un buen psicoanálisis.
No puede haber tolerancia
Josep M. Margenat
La Iglesia no es distinta de otros colectivos. No lo es ni puede serlo. Si hay enfermos y criminales en otros grupos, lo previsible es que se den en la Iglesia. ¿O no? A todos nos gustaría que fuera en menor medida. En este momento hay una tempestad en la Iglesia romana por los casos de pedofilia (niños) y pederastia (adolescentes, no sólo, aunque muy frecuentemente, relacionada con la homosexualidad masculina) que afectan a sacerdotes. El asunto es muy grave. En la Iglesia hemos de reconocer la verdad, ayudar a las víctimas, reforzar la prevención y colaborar con las autoridades. Un 0’75 por ciento de los sacerdotes católicos de todo el mundo han sido acusados en el último decenio en instancias eclesiásticas (entre 220 y 250 por año, ¡demasiados!, es cierto). No todos los acusados son culpables. Al principio el mayor número surgió en Estados Unidos, en los años 2003-2004. La Iglesia romana había tomado una posición muy firme contra la guerra. No sabemos quién mueve las fichas del dominó: Irlanda, Alemania, Austria, Suiza, Italia, ¿después España? Ahora el Papa quiere y exige claridad. Acusar a Ratzinger, anterior prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hasta 2005, es pura calumnia. Desde el motu proprio Sacramentorum sanctitatis tutela (2001) la posición ha sido firmísima y clara. No obstante aún hay países e Iglesias con una cultura de silencio muy extendida. No puede haber tolerancia ante un crimen así, que la Iglesia considera tan grave en un sacerdote como la profanación de la eucaristía o la violación del secreto de confesión. Este crimen afecta a dos valores profundos: la inocencia y santidad de los niños, la dignidad y honestidad de los sacerdotes. No podemos permitirnos medias palabras. Hay que hablar claro, sin componendas, ser enérgicos en la justicia y seguir una línea recta: verdad, justicia y misericordia.
Carlos Eymar
Hace unos meses, el Museo del Prado consiguió traer del Louvre, como obra invitada, la Magdalena penitente, de Georges Latour, una auténtica obra maestra. En ella se deja traslucir la sensibilidad religiosa de su autor, impregnada de una muy personal espiritualidad de la llama. Al poco de concluir aquella breve y memorable exposición de un único cuadro, el museo Thyssen y Cajamadrid montaban otra que, bajo el sugerente título de “Lágrimas de Eros”, continúa exhibiéndose. Una sala de esta última exposición, integrada por cinco cuadros y dos esculturas, está asimismo consagrada a Magdalena penitente. La coincidencia en poco tiempo de un mismo tema pictórico en dos exposiciones, no es sino una confirmación de la enorme atracción que, a lo largo de los siglos, ha ejercido y sigue ejerciendo la figura de María Magdalena. Así lo atestigua también el reciente libro de Isabelle Renaud-Chamska que, con el título de Marie Madeleine en tous ses états (Cerf), analiza el modo en que las artes y las letras han venido abordando su figura desde el siglo iv al xxi.
Josep Maria Margenat
Éste es uno de aquellos artículos que sólo debieran leer quienes no estén de acuerdo con el título. En nuestro país el catolicismo ha estado impregnado de conservadurismo no sólo político, sino también social, cultural, en fin, mental. Nuestro catolicismo ha sido conservador a fuer de antiliberal. Ocurre, sin embargo, algo que distorsiona un tanto la imagen y, por supuesto, la autopercepción que muchos católicos tienen de su papel social. Es frecuente que muchos subrayen el fuerte compromiso social de la Iglesia a favor de los más pobres en la primera mitad del siglo xx (aunque ese catolicismo social fue débil, desigual y frecuentemente paternalista); hoy puede reconocerse el compromiso social católico con esos mismos colectivos, a los que habría que añadir las nuevas formas de pobreza urbana y juvenil, además del ingente esfuerzo de la Iglesia por los pueblos del tercer mundo.
Julián Ruiz Díaz
En su novela ‘Caín’, José Saramago hace un retrato de Dios a través de pasajes de la Biblia. La imagen que surge, según el profesor Ruiz Díaz, es un ‘esperpento de mala condición’. Si Dios fuera sólo eso, el ateísmo sería lo más razonable. Pero ese Dios caprichoso e irracional, para Ruiz Díaz, ‘no puede existir’ y su uso en textos de tanto calado como éste debe ser puesto en cuarentena: nadie puede creer en un Dios así. Hay que agradacerle a Saramago que denuncie esa imagen, pero no que la identifique con el Dios cristiano.
Javier Melloni
Este hombre singular (1712-1778) estuvo distanciado de los convencionalismos de su entorno, tanto de la religiosidad oficial como de la irreligiosidad no menos oficial de los intelectuales de su tiempo. Nostálgico del orden genuino y espontáneo de las cosas del que el ser humano se ha separado construyendo un mundo artificial, abogó por el retorno a las leyes de la naturaleza. Dos de sus más célebres expresiones son: “El hombre nace libre pero por todas partes está encadenado” y “el hombre es bueno por naturaleza”. Lo que es menos conocido es que su producción literaria y sus ideas más fecundas surgieron a partir de una experiencia que ocurrió a sus treinta y siete años, en el verano de 1749.
Roberto Monteforte
Sólo son 44 hectáreas. En la colina a la derecha del Tíber en el corazón de Roma se encuentra el Estado de la Ciudad del Vaticano. Desde 1929 con el concordato y los Pactos lateranenses, revisados en 1984 a la luz del Concilio Vaticano II, se constituyó el estado más pequeño e influyente de la Tierra: la santa sede, el lugar símbolo para centenares de millones de católicos, desde donde el Papa ejecuta su función de guía espiritual para todo el mundo. Allí está la curia romana y sus dicasterios. Lo esencial, se dice, para garantizar autonomía y libertad al pontífice y a la santa sede.
Joaquim Gomis
Fiesole, Pascua de 1963. Juan XXIII ya estaba gravemente enfermo, pero dejaba iniciado el Concilio y acababa de publicar la encíclica más importante del siglo xx, la Pacem in terris. Pero más acá de todo esto, mi recuerdo se sitúa en las escaleras del convento de San Francisco con el impresionante panorama de Florencia delante. Bajo el sol, un cielo suficientemente azul, un agradable aire primaveral. Junto con dos jóvenes curas, terminados los helados, fumaba mi pipa. Pero sobre todo, mi recuerdo es sentirse sumergido en aquel domingo de Pascua en la notable multitud que había subido a Fiesole.
Javier Melloni
Estamos ante un libro insólito, lleno de fulguraciones, que se lee con gran fruición, casi sin poder detenerse hasta el final. Sería muy difícil adivinar la profesión de su autor quien no la conociera. Porque aparecen una profusión de temas tanto metafísicos, teológicos, cristológicos y eclesiales como políticos, éticos y sociales, incluso astrológicos, tratados con gran incisión, soltura, inteligencia y libertad interior. Para ser obra de un teólogo, habría demasiadas herejías; para ser obra de un político, sería demasiado ilustrado. Podría ser obra de un catedrático, pero seguiría siendo difícil adivinar de qué disciplina: ¿de filosofía? ¿de política? ¿de sociología? ¿de derecho? Finalmente habríamos acertado, porque José Antonio González Casanova ha ocupado la cátedra de Derecho Constitucional durante varias décadas en la Universidad Central de Barcelona y participó activamente en la redacción de la actual Constitución española. Tras leer este libro uno tiene la satisfacción de saber que personas de tal amplitud de miras han sido algunas de las que han puesto las bases legislativas de nuestro estado. Como en los mejores tiempos de la época clásica, no hemos perdido del todo la tradición de que los legisladores sean sabios, y de que los sabios consulten los oráculos, entendiendo por oracular la capacidad de interpretar el lenguaje misterioso y cifrado de la realidad por donde Dios asoma.
Rosario Bofill
Nunca he sido una buena lectora de teología. Me parece que los libros que escriben los teólogos me superan, incluso creo que a algunos no los llego a entender. Sin embargo tampoco he vivido al margen de los teólogos, me interesa saber en líneas generales su pensamiento y más de una vez me han abierto mis ideas y me han hecho compañía en el camino de la fe.
Cuando me enteré de que había muerto Edward Schillebeeckx fui a mi biblioteca a releer Soy un teólogo feliz. El libro es una entrevista con el periodista Strazzari, de la revista Il Regno. Al ser una entrevista el lenguaje es ágil, directo, franco. Aborda todos los temas que interesan al hombre de hoy de una forma comprensible. Vi que cuando salió, en 1994, lo subrayé mucho y hoy lo haría igual e incluso tal vez más.
No es del libro, sin embargo, de lo que quiero hablar: lo que más me conmovió y me conmueve ahora, es la actitud de un hombre (en aquel momento de 80 años), que ha pasado por censuras, inquisiciones, denuncias, sospechas: “Un teólogo –escribe en el prólogo de una de sus obras– que no ha hecho otra cosa, durante toda su vida, que buscar a tientas y balbuceando qué significa Dios para el hombre”. Y que confiesa sinceramente al terminar la entrevista: “En los dos aspectos de mi pensamiento teológico, el crítico y el constructivo, he querido testimoniar a los demás la esperanza y la alegría que hay en mí, soy verdaderamente un hombre feliz”.
Claro que la vida es difícil y que hay épocas de tristeza, pero los que a pesar de todo saben ser felices son los que merecen mi confianza, los que siempre abren un camino, los que en el fondo de su corazón mantienen la alegría. Mi confianza la merece el que sabe confiar. Eso es lo que necesito. Agradezco a Schillebeeckx su actitud valiente y su confesión de felicidad. Yo misma, después de releerlo, me he sentido un poco más feliz.
Andrés Torres Queiruga
Hay autores que se leen, estudian y critican para aprender de ellos y citarlos en temas concretos. Otros hay que, sin excluir eso, se llevan dentro, incorporados. Autores que ya no se citan demasiado, porque en realidad forman parte del propio pensamiento, y no siempre resulta fácil distinguir entre lo que se les debe y lo que uno ha elaborado por cuenta propia. Me sucede con Amor Ruibal o, en su medida, con Tillich, Rahner o Teilhard de Chardin. Me sucede también con Edward Schillebeeckx. Y creo que no sólo a mí: no se trata de una experiencia individual, sino que son muchos los que han alimentado tanto una parte importante de su vivencia de la fe como de su interpretación y práctica de la teología al hilo de una obra que refleja de manera extrañamente fiel el destino de la teología en el siglo xx.
Juan José Tamayo
‘Soy un teólogo feliz”. Ésta es la definición –poco frecuente en el gremio teológico– que daba de sí mismo en un libro-entrevista con motivo de su 80 cumpleaños Edward Schillebeeckx, que murió la víspera de Navidad de 2009 en Nimega, a los 95 años y tras tres cuartos de siglo de vida religiosa. Fue el teólogo católico más prestigioso, junto con Karl Rahner, y una de las personalidades más influyentes en el cambio de modelo del cristianismo durante toda la segunda mitad del siglo pasado, amén de protagonista en la renovación de la teología y en la reforma de la Iglesia holandesa y de la Iglesia católica en general.
Javier Melloni
Monje de Oriente (949-1022), Siméon desde joven estuvo marcado por fuertes tentaciones que fueron vencidas gracias a intensas experiencias espirituales manifestadas como irrupciones de luz –fotismos. Fue propagador infatigable de la práctica de la oración de Jesús u oración del corazón, basada en la repetición de la fórmula: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador”, la cual puede tener versiones más breves según sea el estado del orante. Experimentó sin descanso el fuego devorador del amor de Dios y predicó sus consecuencias evangélicas. Su entusiasmo encontró resistencia en su propio monasterio, del que fue higúmeno (abad) durante 29 años. Los últimos trece años de su vida vivió relegado en un pequeño monasterio de la orilla este del mar Bósforo, donde murió. Con su vida y sus escritos testificó que en el corazón de la creación, Dios es un cuerpo de luz inaccesible y que este cuerpo, que es el de Cristo, es también el nuestro. Por la calidad de sus himnos y catequesis es llamado en Oriente “nuevo teólogo”.
Joaquim Gomis
El excelente periodista Francesco Strazzari publicó en 1993 un libro entrevista con el teólogo flamenco holandés Edward Schillebeeckx que quizá es el que mejor permite conocerle. Por eso ahora, cuando a finales del 2009 Schillebeeckx ha fallecido a los 95 años, me ha parecido oportuno rendirle un pequeño homenaje personal no releyendo alguna de sus grandes obras teológicas –debo confesar que no recuerdo haber terminado ninguna–, sino este libro en que Strazzari sabe entrevistarlo de tal modo que nos lo revela honda y cercanamente.
William J. O’Malley SJ
SalTerrae , Santander, 2009
El autor cita una frase del psicólogo William James, que resume lo que en cierta manera podría ser, y efectivamente es, el contenido de este libro: “Si el mero hecho de sentirse bien resultara decisivo, la ebriedad seria la experiencia humana más válida”. Tiene razón O’Malley al tratar el tema de este pequeño y sabroso libro de reflexión personal sobre la vida del ser humano, de todos los que tenemos la capacidad de leer y pensar sobre todo aquello que nos está ocurriendo a nosotros y a nuestro alrededor. ¿Y cuál es este tema central del libro? Sin duda, el del sentido de la vida, el de la fe, el de la conducta personal, el de averiguar qué estamos haciendo aquí y porqué.

Ana María Schlüter Rodés
Ana María Schlüter Rodés (Barcelona 1935) vivió en Alemania durante la Guerra civil española y la Mundial y desde 1949 de nuevo en Barcelona. En1958 marchó a Holanda, con las Mujeres de Betania, trasladándose en 1966 primero a Madrid y luego a Castilla, dedicada al ecumenismo y actividades sociales, y en 1986 a Brihuega (Guadalajara), donde ha fundado Zendo Betania. Aparte de artículos en diversas revistas, ha publicado El camino del despertar en los cuentos (Madrid, 1997), Mística Oriental y mística cristiana (Santander, 1999), Biografías de maestros Zen (Brihuega, 2000), Guía del caminante (Brihuega, 2003), Luz del alma, el tesoro escondido en los cuentos (Madrid, 2004), La Palabra desde el silencio (Brihuega, 2005), El verdadero vacío, la maravilla de las cosas (Brihuega, 2008), así como algunas traducciones de H.M. Enomiya-Lassalle SJ y Yamada Kôun Roshi.

Josep Maria Margenat
‘Si apenas hay ya cristiandad, en cambio sí hay cristianos. Cristianos escogidos; que preparan el futuro en secreto. El hecho de que haya en cada una de nuestras clases de humanidades, en cada uno de nuestros auditorios universitarios, algunos creyentes fervorosos, que tienen una vida espiritual infinitamente más exigente que la de nuestros padres en la fe (me refiero a los del siglo XIX), constituye una esperanza y una alegría. La apostasía planetaria de los conjuntos sociales se compensa con el vigor de la fe de los grupos selectos”. Esto escribía Charles Moeller a mediados de 1953. Así comenzaba el prefacio de su monumental Literatura del siglo xx y cristianismo. Lo releí el día de comienzo de curso, pensé en los alumnos christiani absconditi con quienes me iba a encontrar aquel día.
Desde hace años me interesa comprender la debilidad de la fe de los cristianos en el siglo xx, un siglo que también ha sobresalido por auténticos mártires y conversos, aunque al final predomina la oligopistía, la debilitada y poca fe. ¿Por qué ese debilitamiento? 56 años después, la apostasía planetaria no parece disminuir; las “creencias” ya no están de vacaciones, la religión ha vuelto, esta vez para quedarse. Sin embargo, la pregunta nos acucia: ¿quedan creyentes cristianos?, ¿somos los últimos?, ¿está sólo muriendo una forma histórica de cristianismo? Aún no lo sabemos.
Parece que junto a una fe más intensa, una creencia más personal, lo que ha venido ocurriendo en los últimos decenios ha sido diferente a lo que previó Moeller. Hemos entrado en un proceso acelerado de pérdida de significación, de progresiva irrelevancia de la fe cristiana realmente vivida. De la irrelevancia surgen las reacciones obsesivas, compulsivas diría, por afirmar la identidad, las identidades.
Pero las reacciones identitarias no pueden ocultar la invisibilización cristiana, antes bien refuerzan el “marco mental” de la pérdida de significación que tanto agitan. Estamos de retirada, el fermento no se ha mostrado ¡todavía! fecundo. La sectarización reactiva del cristianismo no es más que la otra imagen de la sectarización exculturada en la que nos movemos. La difusa disociación entre práctica religiosa y vivencia cotidiana hace crecer el abismo entre el credo profesado y los modos colectivos de pensar, de actuar, entre el mensaje al que nos adherimos o decimos hacerlo y el estilo y mentalidad dominantes. Esta distancia no se da sólo entre sociedad y comunidad cristiana, sino al interior de ésta. El cristianismo, reconozcámoslo, es culturalmente imperceptible en todos los ámbitos del saber y de la creación.
Los cristianos “escondidos” podrán volver a ser cristianos “perceptibles”, es decir, vivos, relevantes, significativos, si asumen como tarea esencial de los próximos años construir un proyecto cultural. No podemos seguir reaccionando en retirada ante la desaparición de los crucifijos, ni tampoco reaccionar agresivamente. Hemos de conseguir que en el “marco mental” de la mayoría de los ciudadanos entre natural, lógicamente, la petición de que haya crucifijos en los lugares públicos (en realidad, me importa muy poco que haya crucifijos; uso el ejemplo por su actualidad). El proyecto cultural de los cristianos entraña una dinámica de búsqueda, de propuesta y de diálogo con la sociedad. Como proceso debe permitir la emergencia y la relevancia del contenido cultural del evangelio como aportación de los cristianos a la vida pública; su estilo, estimulante, fraterno y profundo; su modo de proceder, la instauración de “circuitos virtuosos” de colaboración que creen convergencia con otras pertenencias y raíces y hagan aportaciones sustantivas a la vida pública.
Ángeles y ciervos
Los ángeles existen, pero no los reconocemos fácilmente. Los lectores de nuestra revista, ciervistas o cervunos ¡tanto da!, tienen más facilidad que otros muchos para reconocer los ángeles que pueblan sus vidas. Los ciervos reconocen mejor a los ángeles. Unos caminan delante de nosotros, no les vemos, otros vienen a nuestra casa sin anunciarse y aún hay otros que se alejan súbitamente sin que nos demos cuenta. En esta glosa quiero hablar de algunos ángeles. Hélène y Pierino son franceses, alumnos míos en Pensamiento social cristiano. Son los mejores: siguen con mucha atención los cursos, leen siempre, estudian, hacen los trabajos. Un día hablamos sobre su interés por la asignatura. Me dicen que se han inscrito para conocer algo del cristianismo. Con naturalidad me dicen que son ateos. ¿Serán nietos de aquellos alumnos de 1953?

Joaquim Gomis
Muchos años atrás, quizá a finales de los 60, Joan Llopis y un servidor –tándem unido desde la juventud en muchas tareas y sobre todo en la amistad–, empezamos a escribir en el entonces decano y luego lamentablemente desaparecido Diario de Barcelona. Recuerdo que su subdirector, Álvarez Solís, de pie, allí en medio de la redacción, nos dio este entre consejo y mandato (no creo que confiara demasiado en el interés de nuestros artículos sobre religión): “Ante todo, antes de escribir, lo que hay que buscar es el disparadero. Sin un buen disparadero inicial, que incite el interés del lector, no hay buen artículo”.
No creo que compartiera gran cosa con Álvarez Solís, pero este consejo/ mandato me quedó grabado y casi sin querer suelo tenerlo en cuenta cuando pienso qué diré en un artículo: lo primero, buscar el disparadero. No sólo para interesar al lector, sino también como incitación personal para ir encontrando el camino de lo que quiero decir. Si es que sé lo que quiero decir.
Extensa introducción para justificar el inicio de esta página de mi diario. Me dijeron en la redacción que este número de El Ciervo tenía como tema central –de portada, según el argot periodístico– la fama. Me desconcertó y me preocupó: ¿qué podría escribir yo sobre la fama y los famosos? Ignorancia y desinterés se unían para situarme en un páramo de vacío intelectual.
Hasta que se me ocurrió una frase que podría servir de disparadero. La frase era: afortunadamente nunca he sido famoso. Pensaba en el bus que me lleva a mi pueblo –el bus donde me surgen las pocas ideas supuestamente luminosas para este diario– que podía ser la frase inicial y que de ella ya irían derivándose mis reflexiones y experiencias sobre eso de lo que nunca he disfrutado o padecido: la fama. Con esta afirmación central: estoy muy satisfecho de no ser famoso. O dicho de otro modo: no sabría, ni me apetece, vivir en la fama.
Con todo, luego, un par de días después, cuando se acercaba el momento para mí siempre agobiante de ponerme ante el ordenador y escribir esta página, cuando uno debe reconocer que no basta tener el disparador, que el lector merece más, se me encendió una luz de alarma. Y me pregunté: ¿de verdad puedo afirmar con convicción que “afortunadamente” nunca he sido famoso? ¿No hago trampa y en realidad me habría gustado gozar de una cierta fama? ¿Incluso, en ocasiones, no he sentido como algo un poco injusto no ser más reconocido en este mundo de mi trabajo como escritor?
No, no es que lo haya vivido como una tragedia ni que me haya provocado algún intento de aquello que denominan la lucha por alcanzar la fama. Pero la pregunta era si no debía reconocer que en mi historia personal no había existido en ocasiones algún resquemor por no estar más incluido en el ámbito de los famosos. Y que antes y ahora, lo que sucedía es que yo mismo me ocultaba este resquemor y prefería cultivar lo bueno de no ser famoso. Lo bueno de pertenecer como uno más al amplio mundo de la gente normal.
Ahora, cuando escribo –y siempre escribo más por intuición que por reflexión, más de corazón que de razón– me parece haber llegado a una síntesis. No me hubiera gustado ser famoso en gran parte porque no creo que hubiera sabido serlo. Siento una cierta desazón ante un famoso y casi me compadezco de él. Me siento mucho más cómodo entre la mayoría de quienes no lo somos. Quizá, por ello, me hiere que algún famoso nos mire a la gente menos considerada desde una altura que un servidor no siempre reconoce. Peor para él y mejor para nosotros. Porque si sabemos superar resquemores, la comunión de la gente normal, de a pie, es al fin y al cabo, la mejor. Y la más cómoda.
Daniel Berrigan
En este número se publica una amplia entrevista con el jesuita norteamericano Daniel Berrigan. Cuando la vio, nuestra directora casi saltó exultante: “¡Si El Ciervo ya habló de él cuando nadie aquí le conocía!” Es decir, no era famoso. Un fallo de esta casa es que los archivos son casi inexistentes y no hemos conseguido encontrar cuándo se publicó una información sobre él y su hermano Philip. Probablemente hacia finales de los 60 o principios de los 70, cuando emprendió una lucha contra la guerra del Vietnam. Ahora, a sus 88 años habla de ello y de otras muchas cosas relacionadas con su apuesta por la paz.
Los Berrigan fueron famosos en su país pero no aquí. Me gustaría decir que una nota buena que se merece nuestra revista –en los ámbitos de su modestia– es que más de una vez ha sabido valorar a los no famosos. Como si tuviera un periscopio –título de una antigua sección– que sabe ver lo que parece oculto. Y darlo a conocer más allá del criterio de la famosidad.
En no pocas ocasiones porque amigos de aquí o de otros países piensan que El Ciervo es el lugar algo extraño donde se puede hablar de personas no famosas pero de las que vale la pena escribir. Fue, años atrás, el caso de los Berrigan. Que ahora reaparecen en estas páginas.
Lo peor, el miedo
Soledad Gomis
En Europa viven entre 15 y 20 millones de musulmanes –no puede concretarse más–, mientras que la cifra oficial de habitantes roza los 500 millones.
“Los musulmanes padecen una creciente discriminación en toda Europa y urge tomar medidas para atajar el problema”. El consejo es del Instituto Sociedad Abierta (OSI), una fundación creada por el multimillonario George Soros. Nada sospechosa, pues. Según sus datos, los musulmanes tienen mayores tasas de desempleo y reciben menores salarios, mientras que algunos alumnos musulmanes se enfrentan a situaciones de xenofobia y prejuicios y sus maestros les atienden con menores expectativas. A pesar de eso, el trabajo de OSI, realizado en once ciudades de once países, muestra que los musulmanes sienten parte de la ciudad y el país en el que viven, y prefieren residir en comunidades mixtas a vivir entre personas de su mismo origen.
Neocolonialismo
Lluís Pastor
La impregnación de nuestras sociedades con inmigrantes de todo el mundo es un giro copernicano. Europa estaba acostumbrada a exportar. Las personas que iban a conquistar el mundo acabaron mandando allí donde fueron e imponiendo leyes, tradiciones y religión. En lo que había sido selva un día los indígenas amanecían con una iglesia.
Hoy es distinto. Se habla de globalización, pero es cierto sólo a medias. Se produce a través de las pantallas. Para que la globalización alcanzara cualquier lugar del mundo haría falta que todas las culturas, religiones y creencias fueran nodos de peso parecido.
Síntoma y enfermedad
Fernando Rey
Que el 57,7 por ciento de los suizos rechace la construcción futura de minaretes en las mezquitas me parece una barbaridad, pero el asunto me preocupa más como síntoma de enfermedades más graves. Esta cuestión está relacionada con la petición del presidente francés a los musulmanes de su país de que practiquen su religión de modo discreto. O con la política racista contra los gitanos del presidente italiano. Etcétera. Cabe suponer que en todos estos casos una parte significativa de los pueblos respectivos están de acuerdo con sus líderes. En España no hay una verdadera lucha institucional contra el racismo, la intolerancia y la xenofobia porque se niega el problema. Si no reconocemos la enfermedad, no podemos curarla.
Libertad
Jordi Delás
Hace unas décadas se hablaba de la libertad, se cantaba y reclamaba. Libertad que se acotaba en libertad de opinión, de reunión, asociación, prensa, expresión. Los menores de 30 años pueden juzgar con horror que pudiera detenerse a alguien por hablar en una asamblea no autorizada.
Hoy una de las más importantes limitaciones es la libre circulación de las personas a través de la tierra. Muchas de las libertades golpean un determinado estado de la cuestión. Tres, cuatro décadas atrás, en el seno de familias que amaban la libertad, su consecución se temía a cambio de enfrentamientos violentos, que afortunadamente no ocurrieron.
El nombramiento de José Ignacio Munilla como obispo de San Sebastián ha causado conmoción. Diríase que volvemos a los tiempos en que los asuntos internos de la Iglesia eran vividos como cuestiones públicas, que afectaban a toda la sociedad. Cuando las más altas autoridades eclesiásticas, en Roma y en nuestro país, repiten el lamento quejoso por la pérdida de presencia y valoración de la Iglesia en la sociedad, especialmente por lo que juzgan oposición e incluso persecución por parte del poder político, ahora, gracias a este conflictivo nombramiento, consiguen de nuevo volver al primer plano de la actualidad.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Baena Calvo
Jose Luis Cortés
Salvador García Bardón
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Carmen Guaita
Josemari Lorenzo Amelibia
Desiderio Parrilla Martínez
Juan Fernandez Krohn
Vicente Haya