Carlos Eymar
Filósofo
En un primer momento, Enrique Miret fue para mí un nombre de la revista Triunfo, inevitablemente asociado a la polémica. Recuerdo que, allá por los años sesenta, a propósito de un artículo suyo sobre moral sexual, en un corrillo de la facultad de Filosofía, se desató una fuerte discusión. Los calificativos de hereje, libertino y de infiltrado del Partido Comunista, se alternaban con elogios emitidos por algunos que, para lucirse, lo comparaban con Schleiermacher.
Más tarde, en los noventa, cuando lo traté personalmente en el contexto de las tertulias de El Ciervo en Madrid, Enrique dejó de ser para mí un enfant terrible para convertirse en un hombre bondadoso. No obstante, él seguía disfrutando con un tono provocador, cultivando el arte de la paradoja. Pues paradójico era que un químico como él, dedicado a una empresa de recubrimientos, fuera presidente de una asociación de teólogos; que un “lanzado” en cuestiones sexuales fuera un marido fiel y padre de familia numerosa; que un “hereje” orientalizante fuera un modélico parroquiano o que, en fin, siendo mayor, nunca llegara a hacerse viejo.
Sábado, 11 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Juan Antonio Espinosa
Ana Bou
Carmen Guaita
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Salvador García Bardón