El Ciervo

Historias de confianza

11.12.09 | 11:37. Archivado en Espiritualidad
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JOAQUIM GOMIS

Ya que esta página se titula “Diario”, empezaré con un suceso personal. Repasábamos días atrás con mi mujer fotos de mi infancia. Afortunadamente son abundantes y en ellas casi siempre un servidor aparece como un niño risueño, tranquilo, de mirada abierta y feliz. Se ve que me lo pasaba bien, incluso en circunstancias –la guerra, la ausencia entonces de mi padre– que para los demás debían ser difíciles. Y comentó mi mujer: “Se nota que vivías en un ambiente de confianza”.
Creo que así tuve la suerte de iniciar una historia de confianza. Que es, pienso, lo mejor que puede sucederle a un humano. Historias de confianza deberían ser –deberían poder ser– nuestros itinerarios en la tierra, nuestras temporadas en la tierra, que dijo Lorenzo. Y ya que le cito a él, bueno será agradecerle su aportación a mi personal historia de confianza. A él, a mi otro hermano, Juan, a mis padres, aportaciones distintas pero que ahora en mi ancianidad recuerdo y se iluminan como lo que me atrevería a denominar una gloria envolvente, en la cual de algún modo sigo viviendo. Porque la confianza primero se recibe, arraiga en nosotros, nos conforma, nos alimenta, incluso nos exige. Uno no puede dar –o difícilmente da– lo que no ha recibido. Si no recibimos confianza, nos costará saber darla. Es un aprendizaje de contagio, de comunión. Aunque sea casi siempre en un juego inconsciente, en que se recibe y se da, más por gracia que sale de dentro que por voluntad de cumplir. Como debía suceder en aquel lejano niño, gordito y feliz, de las viejas fotos.
¿No será el vivir y dar confianza una semilla que Dios ha sembrado en nosotros? Por eso, porque ha sido sembrada y no es fruto de nuestro esfuerzo, somos poco conscientes de ella. Claro está que hay que saber regarla, cultivarla. Es decir, valorarla. No sé si me atrevería a decir, volviendo la vista atrás, en un rápido y por ello quizá injusto por simplista balance del personal que ha pasado por mi vida, que lo dividiría en dos grandes grupos: aquellos que ahora veo que vivían dando confianza y los que no sabían –no les salía– darla.
Lo que me parece claro es que con los primeros uno ha gozado, no le ha sido en absoluto difícil convivir tanto en el trabajo como en la fiesta, incluso en el posible tedio del día a día. En cambio, con los segundos, no sé si justamente o no, me temo que la reacción ha sido –en lo posible– borrarlos, tacharlos. Si Juan de la Cruz dejó escrito como gran consejo aquello de “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, creo que también podría decirse que donde no hay confianza, pon confianza y sacarás confianza. Pero no creo que haya sabido hacerlo. Más bien he huido, he desconfiado de los desconfiados.
Y sigue siendo ahora mi reacción, por ejemplo cuando en los medios de información –o en la relación diaria– veo que crece un cierto apuntarse a desconfiar casi diría que sistemáticamente de los demás, sean políticos o simplemente diferentes a nosotros. Lo repito: desconfío de los desconfiados, me aburren. Y por ello lamento que en demasiadas ocasiones la Iglesia aparezca más desconfiando que no abierta y sembradora de confianza. Lo es, sin duda, en muchos ámbitos de su base, en curas, religiosos y religiosas, laicos, que viven cerca del pueblo llano. Pero no aparece como tal sino más bien al contrario, cuando desde arriba juzga y dictamina muchas veces desde un punto de partida que domina su opinión y su actuación: el de desconfiar de la sociedad contemporánea. ¿Cómo no se da cuenta que desde esta desconfianza nunca podrá conseguir una respuesta de confianza en ella?
Juan XXIII fue la más notable excepción y a la vez lección: él sí que halló una casi universal respuesta de confianza porque el personal intuyó que él también confiaba en todos. Y su convocatoria del Concilio fue una inmensa muestra de este dejarse llevar por el confiar más allá de lo previsible: con el talante de la mayoría de los obispos convocados, nadie habría previsto el resultado.
El amigo Salvador Giner escribe en este número que el cristiano “confía en el Todopoderoso”. Sin duda, así aparece en muchas oraciones de la liturgia católica. Sin embargo, la palabra Todopoderoso no sale en los evangelios. Por lo que en ellos leemos, nunca Jesús habló de un Dios Todopoderoso. Lo que me parece que sí hallamos es una historia de una gran confianza.
No sé si podría definirse a Jesús como el hombre que confió. Confió ante todo en Dios Padre, en una relación de confianza mutua que es la médula de su existencia y de su mensaje –dejarnos testimonio que tal relación de confianza es posible–, y confió también sin límites ni condiciones previas en los hombres y mujeres que halló en su camino. Quienes le siguieron, no puede decirse que lo hicieran por su poder o por entenderle mucho. Sí que lo hicieron porque confiaron en él como él había confiado en ellos. Por eso pienso que puede decirse que lo propio del cristiano, del seguidor creyente en Jesús, es sumergirse en esta historia de confianza.


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