Recuerdos ínfimos y eucarísticos
21.10.09 @ 10:00:43. Archivado en Vida cotidiana
JOSÉ MARÍA MARGENAT
Profesor de Filosofía Social en ETEA (Universidad de Córdoba)
Si llegaba el día que hubiese de escribir en El Ciervo sobre Ruiz-Giménez sabía que quería hacerlo desde el recuerdo personal de varios momentos en torno a la eucaristía. Ha llegado sin esperarlo. Siempre me sorprendió la naturalidad con que él se refería a la que para él era fuente de su vida y siempre me edificó. El primer recuerdo es de antes de nacer yo, pues en mi familia en que no se hablaba ni bien ni mal de ningún ministro franquista, excepcionalmente desde niño oí hablar con admiración de un ministro que había estado en Barcelona, iba pronto a misa, tomaba el tranvía y hablaba con los estudiantes. Este ministro era el único elogiado cuyo nombre conocí, Ruiz-Giménez. En la primavera de 1982, en el mitin de la ciudad universitaria de Madrid para movilizarnos en contra de la entrada en España en la OTAN sólo hablaron dos oradores: Felipe González y don Joaquín. Éste fue presentado como alguien que ya había asistido a la misa, era domingo. Hablaba con la voz de la sociedad civil junto al entonces líder de la oposición, pero subrayando que era también voz de la conciencia católica de muchos de nosotros.
Don Joaquín y doña Mercedes nos visitaron en Úbeda, en las Escuelas de la SAFA, invitados para recordar aquel proyecto que él había apoyado, siendo ministro de educación. En la eucaristía, fue Ruiz-Giménez quien predicó una palabra viva, recuperando su mejor seseo jienense. En abril de 1996 coincidimos juntos en la celebración del jueves santo en la Guadalupana de Madrid. Cuando me acerqué a saludarles a él y a doña Mercedes y a decirles que en pocos días iba a recibir el diaconado, se alegraron, aunque fuese desde el dolor reciente de la pérdida de una nieta en accidente. Otra vez en un foro de Fe y Secularidad íbamos charlando, pero al pasar delante de la capilla, entró un momento a orar. En marzo de 1999 hizo mucho frío. El último día del Congreso de Sevilla Lorenzo y Rosario invitaron a una cena a Joaquín Ruiz-Giménez y a Mercedes, su mujer, al matrimonio de Rosa Virós y José A. González Casanova y a dos amigos sevillanos: Lorenzo cumplía 75 años. Al acabar la cena les acompañé al hotel (“doña Mercedes –insistí viendo que era inútil mi empeño hasta entonces–, dígale a su esposo que se cubra que hace mucho frío y humedad”), su despedida, su única ocupación en aquella noche desapacible era saber la hora de la misa del sábado en la cercana iglesia del Salvador, antes de regresar a Madrid.
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