El Ciervo

Cómo debe ser la laicidad bien entendida (IV)

14.10.09 | 10:00. Archivado en Iglesia
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La neutralidad es imprescindible

Rafael Díaz-Salazar
Profesor de Sociología en la Universidad Complutense

La neutralidad religiosa e ideológica del Estado es la piedra angular del proyecto laico. Las instituciones políticas y las leyes tienen identidades específicas y son autónomas e independientes de las confesiones religiosas. Por este motivo, la crítica del clericalismo y de los usos políticos de Dios es fundamental. Ahora bien, la neutralidad ideológica del Estado es tan importante como su neutralidad religiosa y por ello la lucha contra los totalitarismos filosóficos estatales tiene la misma relevancia que la liberación de la dominación de las castas sacerdotales. Hay que tener en cuenta que la neutralidad del Estado es imprescindible para la articulación del pluralismo cívico que es el objetivo central del laicismo.
La autodeterminación humana imbuye de libertarismo a la laicidad. La libertad de conciencia, el libre pensamiento y el derecho a la heterodoxia constituyen su tríada cultural. La ética es muy importante para la autodeterminación. Las personas han de construirse un proyecto moral que oriente sus vidas y determine sus comportamientos, inspirándose en religiones o en filosofías agnósticas o ateas. El espíritu laico rechaza con la misma contundencia el relativismo amoral y el absolutismo que pretende uniformar éticamente a países que poseen el patrimonio del pluralismo moral. La laicidad alienta la búsqueda de una moral cívica común fruto del diálogo entre éticas diversas. La liberación de la dominación de clase es básica para la emancipación humana y por ello el laicismo socialista se diferencia del laicismo liberal que sólo busca acabar con la influencia social de las iglesias. Desde esta perspectiva, la instauración de la democracia económica es imprescindible para construir un Estado laico.
La tolerancia activa es la virtud laica por antonomasia. No se trata sólo de respetar y hacer posible el desarrollo de diversos estilos de vida, sino de generar aperturas a culturas diferentes para enriquecer la propia. El antidogmatismo, la autocrítica y la percepción de los límites de cada identidad son fundamentales. La laicidad hace posible el diálogo intercultural e interreligioso, favorece la apertura a los valores emancipatorios de las religiones y a las contribuciones de las confesiones religiosas al Estado y a la sociedad civil. La tolerancia genera un sensor que detecta el fundamentalismo laicista y hace posible que su crítica sea tan contundente como el rechazo de los integrismos religiosos. Esta virtud crea la infraestructura cultural para edificar la amistad cívica entre ciudadanos con identidades diferentes.


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