El Ciervo

La penitencia de confesar

07.10.09 | 11:18. Archivado en Vida cotidiana, Iglesia
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Joaquim Gomis
Un pecado cometí en este “Diario” del pasado junio donde recordaba mis inicios como cura de pueblo: me comprometí a contar algo sobre mi tarea de confesor. Pecado porque después de tantos años ejerciendo de escribidor ya debería saber que nunca debe uno comprometerse a hablar de eso o aquello. Porque pasas semanas pensando qué dirás y al llegar el momento de escribirlo ya te aburre el tema, te falta la chispa divertida de la improvisación. Pero lo prometido es deuda, dicen, y aquí me tienen cumpliendo mi penitencia.
Como penitencia era confesar. Mis recuerdos son de los años sesenta y principios de los setenta, tiempos por tanto preconciliares en que buena parte de los que se sentían católicos acudían con sentimiento de obligación al confesionario. También para ellos era una penitencia. Lo que no alcanzo a comprender, ahora, es si tanto para quien estaba sentado dentro del confesionario como para quienes ante él se arrodillaban, todo –para casi todos– era una ceremonia básicamente penitencial y aburrida, haya quien tantos años después lamente que pocos se confiesen. Al fin y al cabo, es volver a la práctica de la Iglesia en la mayor parte de su historia: la confesión no se impuso hasta el siglo xiii, antes no existía. Es el chiste aquel que ya escuché en el seminario: san Agustín escribió Las Confesiones y es un buen tratadista sobre el pecado y el arrepentimiento, pero él nunca se confesó. ¿Porqué no admitir la confesión comunitaria y dejar como algo excepcional la individual?

Pero vuelvo a mis recuerdos de cura recién estrenado. En el seminario nos hablaban extensamente sobre la tarea del confesor y una de las asignaturas principales era la moral, dedicada sobre todo a esta tarea. Por eso me sorprendió que una vez metido en aquella caja lóbrega que era el confesionario, apenas nada de lo que los pobres penitentes venían a decirme con toda buena voluntad, tuviera el menor interés. Luego he leído que hay quien acusa a la Iglesia de utilizar la confesión como sistema de control y poder. Por mi experiencia puedo decir que en el confesionario pasaban sólo menudencias, rutinas, pequeños vicios. Y ya que en aquellos tiempos un amplio sector de los católicos practicantes se confesaban cada semana, uno debía armarse de paciencia sabiendo que este o aquella penitente volvería a repetir lo mismo, aunque un servidor intentara convencerles que buena parte de lo que decían no tenía importancia.

En la asignatura de moral se dedicaba amplio espacio al robo porque era el único pecado que no se podía perdonar sin previo compromiso de restituir: nunca nadie se me acusó de haber robado o estafado (sólo recuerdo una mujer de limpieza acusandose de que cada semana cogía un huevo porque en la casa le pagaban poco: un servidor terminó deseándole que le hiciera buen provecho). La cuestión del sexo no era tan ampliamente tratada en la asignatura de moral como podría imaginarse dada la mala fama que tiene la Iglesia de obsesionarse por el tema: me parece que yo sólo aprendí que según aquella concepción moral en el matrimonio todo se permitía y fuera de él todo era pecado grave. Pronto descubrí que los penitentes medios no compartían esa visión y cada uno se hacía su moral que en general pecaba más por rigidez que por laxitud.

Intenté convencer a los penitentes que lo más importante del camino cristiano estaba en otros aspectos de la vida. Pienso que con escaso éxito porque al confesionario se iba a decir los supuestos pecados y una vez terminada la lista, lo que decía el cura apenas se escuchaba. Aunque con sorpresa y alegría, años después alguien me ha dicho que le había ayudado. Como aquella entonces adolescente que ya adulta me dijo ante el actual párroco: “Mosén Joaquim me ayudó mucho porque siempre me repetía: ‘Dolors no te preocupes de eso, tú vive tranquila’”.

No sé si según la enseñanza de la jerarquía eclesiástica la función del confesor sea tranquilizar, pero me parece cercana a lo que hacía Jesús. Por ello, aunque hayan pasado muchos años, siempre recordaré con pena que no sé si conseguí hacerlo con una joven desconocida que en un suburbio de Florencia vino a expresar su pesar por haber abortado, obligada por su familia (durante la semana santa a quienes estudiábamos en Roma nos enviaban como confesores por toda Italia, pero mi italiano era muy precario, sólo me habían advertido de algunas fórmulas utilizadas por los penitentes –recuerdo– pero sea como sea, por más que me esforcé no sé si conseguí tranquilizar a aquella florentina). Y ello me lleva a concluir que quizá sí que en algunas ocasiones, la confesión podía servir como lugar de expansión personal ya que otros no había para gente sencilla.
Párrafo aparte quisiera dedicar a las vigilias de los primeros viernes de mes. Entonces aún vigía la pintoresca creencia surgida en el siglo xviii de que comulgando nueve primeros viernes de mes seguidos, uno tenía la salvación asegurada. Por ello las tardes de los jueves la iglesia del pueblo, se llenaba a rebosar de los alumnos de todas las escuelas, incluso de aquellas que tenían escasa relación con la parroquia. Los chiquillos y chiquillas iban pasando a notable velocidad ante el cura para confesarse. La mayoría no tenían ni idea y sólo les habían dicho que se trataba de decir los pecados. Pero un servidor se divertía e incluso llegué a hacer algún amigo, que ellos recuerdan más que yo. Me divertía porque, sobre todo los chicos, solían vomitarte nada más arrodillarse: “Burro, imbécil, hijo de puta”. Eso era decir los pecados. Uno escuchaba y una vez pasada la tormenta intentaba preguntarles cómo se portaban con sus padres o si se peleaban con los amigos. La mayoría quedaban algo desconcertados pero ya dije que, a pesar de la velocidad que la acumulación requería, hice algunos amigos. No tenía nada que ver con la confesión, pero era una ocasión de encuentro. Y ahora es un divertido recuerdo.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Que pena 10.10.09 | 20:10

    Como penitente, me da verdadera pena lo que leo en este articulo.

    Me pregunto si alguien que fue dispensador del perdon lo vivio alguna vez en primera persona de un modo profundo, y real.

    No puedo imaginar como un sacerdote puede llegar a valorar la capacidad de transmitir el perdon de Dios, restituir la gracia perdida.

    Lo que mas me ha dolido del articulo, ademas de la frivolidad con la que se relatan algunas experiencias, es el modo de resumirlo todo: "ahora es un divertido recuerdo". Seguramente para muchos de sus penitentes aquello era un encuentro con Cristo, y eso mas que divertido, es sagrado.

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